Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

—Intenté convencerlo de que no firmara.

El dolor cruzó el rostro de Beatrice.

Alexander parecía la única persona de la habitación que había intentado detener el desastre.

Se acercó a ella con cautela.

—Lo siento.

Mi hermana permitió que apoyara una mano sobre su hombro.

Después volvió a mirarme.

—¿Dónde está Evie?

—No lo sé.

—Bien.

—Beatrice.

—No voy a decírtelo si me entero.

—Su vida continúa en peligro.

—Y ahora está lejos de la persona que utilizó ese peligro como excusa para controlarla.

—No la controlé.

—Le ocultaste la verdad porque sabías qué decidiría.

La misma acusación de Isabella.

—No entiendes lo que estaba en juego.

—Ella sí tenía derecho a entenderlo.

—La habría perdido.

La confesión salió demasiado alto.

Todos guardaron silencio.

Beatrice apretó los labios.

—Entonces lo sabías.

Me pasé una mano por el cabello.

—Sabía que podía marcharse.

—Y decidiste que amarla significaba impedir que tuviera esa posibilidad.

—Quería tiempo para resolverlo.

—No. Querías tiempo para asegurarte de poder conservarla sin renunciar a nada.

Mi hermana tomó la llave de la mesa y la dejó sobre la partitura.

El metal produjo un sonido pequeño.

Definitivo.

—No vuelvas a pedirme ayuda para acercarte a ella.

—No lo haré.

—Y no utilices a Alexander, a Ginny ni a Bash.

Miró a mi amigo.

La sangre seca continuaba en su labio.

Los ojos de Beatrice descendieron hasta mis nudillos.

Comprendió.

—¿También lo golpeaste?

—Fue un desacuerdo.

—Eres exactamente como padre.

Aquello sí me golpeó.

Beatrice salió de la cocina.

Alexander me observó durante un momento. Parecía dividido entre seguirla y permanecer conmigo.

—Ve con ella —dije.

—Adrien…

—No necesito que me consueles.

—No pensaba hacerlo.

Su voz fue suave.

Eso lo volvió peor.

—Pensaba asegurarme de que no estuvieras solo cuando comprendieras lo que hiciste.

—Ya lo comprendo.

Alexander miró la llave.

—No. Todavía estás pensando en cómo recuperarla.

No respondí.

—Esa no es la misma pregunta que preguntarte si tienes derecho a hacerlo.

Siguió a Beatrice.

Bash se quedó junto a la puerta.

—Tú también puedes marcharte —dije.

—El equipo todavía revisa la casa.

—No me importa.

—A mí sí.

—Renunciaste.

—La renuncia no ha sido aceptada.

Solté una risa vacía.

—Conveniente.

Bash no contestó.

Tomé la llave, la partitura y la fotografía. Las llevé hasta el dormitorio y las dejé sobre la cama.

El equipo encontró una tercera cámara detrás de una rejilla.

Había apuntado directamente hacia nosotros.

* * *

Mi padre publicó una declaración a las seis de la tarde.

No la autorizó Isabella.

Tampoco yo.

La Casa Real lamenta la difusión de documentos privados vinculados con conversaciones preliminares entre las casas Hawthorne y Valcázar.

No existe ni ha existido un compromiso formal.

Su Alteza Real el príncipe Adrien y la princesa Isabella mantienen una relación de amistad y cooperación institucional.

La Corona no realizará comentarios sobre especulaciones relativas a terceras personas.

Terceras personas.

Evie había pasado de ser la mujer a la que amaba a una categoría diplomática.

Isabella respondió doce minutos después desde su cuenta oficial.

Las conversaciones matrimoniales existieron y han sido suspendidas por decisión mía. Evelyn Han no fue informada de ellas y no debe ser responsabilizada por actos ni acuerdos que se le ocultaron. No participaré en ninguna campaña destinada a desacreditarla.

Mi padre llamó.

No atendí.

Ginny llegó a Sussex a las siete.

Entró en el dormitorio sin quitarse el abrigo. Las trenzas caían sobre un hombro y llevaba una carpeta bajo el brazo.

Sus ojos encontraron los objetos sobre la cama.

No preguntó qué eran.

—Isabella contrató asesoría independiente —informó—. Su declaración bloqueó cualquier intento del Palacio por presentar a Evie como responsable.

—Lo sé.

—Asteria suspendió todas las actividades europeas de VANTA.

—¿Evie se marchó del país?

—No puedo responder.

—Eso significa que lo sabes.

—Significa que no puedo responder.

Me acerqué.

—Eres mi abogada.

—Por eso estoy aquí. Para explicarte que no utilizaré información obtenida durante una consulta con Naomi o con la representación independiente de Evie para localizarla.

—¿Está con Naomi?

—Tampoco responderé eso.

—Ginny.

—No.

—Podría estar en peligro.

—Se encuentra protegida.

La certeza de su voz confirmó que conocía el lugar.

—Dime dónde.

—Me pidió expresamente que no lo hiciera.

—¿Hablaste con ella?

Ginny dejó la carpeta sobre una mesa.

—No voy a contestar preguntas diseñadas para reconstruir su ubicación.

—No necesito la dirección. Organiza una reunión.

—No.

—Tiene que escucharme.

—Ya lo hizo.

—Escuchó grabaciones. No me escuchó a mí.

—Tus palabras son el problema, Adrien. Siempre encuentras una forma de ordenar la mentira hasta que parece razonable.

Apreté los dientes.

—Necesito explicarle por qué firmé.

—¿Cambiará lo que firmaste?

—No.

—¿Cambiará que besaste a Isabella y después mentiste cuando Evie te preguntó directamente?

—No.

—¿Cambiará que le prometiste exclusividad?

—No.

Ginny inclinó la cabeza.

—Entonces no quieres explicarle. Quieres convencerla de que el daño no debería tener consecuencias.

—Quiero disculparme.

—Una disculpa no exige que la otra persona te reciba.

La frase cayó sobre mí con una precisión insoportable.

Me senté en el borde de la cama.

La partitura quedó junto a mi mano.

—¿Está bien?

Ginny me observó durante varios segundos.

—No.

Cerré los ojos.

—Pero está acompañada —añadió—. Y nadie conoce su ubicación fuera del equipo indispensable.

—Orfeo sí podría conocerla.

—Si encontramos evidencia de eso, seguridad intervendrá.

—Yo debo saberlo.

—No.

Abrí los ojos.

—Deja de decirme que no.

—Empieza a acostumbrarte.

Ginny tomó la llave de Evie. La hizo girar entre los dedos y volvió a dejarla en su lugar.