CAPÍTULO 19 #2
—Cuando te pregunté si volverías a verla, dijiste que sí —continuó—. Creí que estabas siendo honesto.
—Lo fui.
—Me entregaste una fracción cuidadosamente seleccionada.
—No existía un compromiso entre nosotros.
Isabella se detuvo.
—No vuelvas a decirme eso.
—Es cierto.
—No me importa.
Avanzó hasta quedar frente a mí.
—Me permitiste luchar por una oportunidad que sabías que no era real.
—Era real.
El dolor apareció en su rostro.
Esta vez no consiguió ocultarlo.
—Eso lo vuelve peor.
Abrió la mano y señaló las fotografías.
—Si no sentías nada por mí, podría llamarte cobarde. Pero me deseabas. Considerabas el acuerdo. Imaginabas una vida en España conmigo mientras le decías a Evie que la amabas.
—No imaginaba casarme contigo.
—Firmaste un memorándum.
—Para conservar opciones diplomáticas.
—Yo era una de esas opciones.
—No quise decirlo así.
—Estudiaste Negocios Internacionales. Sabes exactamente lo que significa conservar una opción.
Me puse de pie.
—Tú también querías una oportunidad.
—Sí. Y habría aceptado perder si me hubieras permitido competir contra la verdad.
—No era una competencia.
—Para ti no. Tú ya poseías todo lo que querías.
Su voz se quebró.
Isabella volvió el rostro y presionó los dedos contra la boca.
Intenté acercarme.
—No me toques.
Me detuve.
Respiró varias veces antes de continuar.
—¿Evie sabía que me besaste?
—Ahora sí.
—¿Se lo dijiste tú?
El silencio respondió.
Isabella me miró con una expresión tan vacía que habría preferido otra bofetada.
—Se enteró por la filtración.
—Sí.
—¿Y el memorándum?
—También.
—Dios mío.
Se apartó.
—Le dijiste que la amabas sin darle la información necesaria para decidir si quería amarte.
—La amaba.
—No he dicho que no.
Isabella recogió la tableta.
—Lo más monstruoso es que probablemente la amas más de lo que has amado a nadie.
La frase me dejó inmóvil.
—Y aun así hiciste esto —continuó—. No por deber. No porque tu padre te obligara. Lo hiciste porque no soportabas perder ninguna vida posible.
—Quería protegerla.
—¿De qué? ¿De una decisión informada?
—Si la relación se hacía pública, Asteria podía destruir su carrera. Orfeo podía utilizarla.
—No estoy hablando de publicidad. Estoy hablando de decírselo a ella.
—Habría terminado conmigo.
—Entonces sabías cuál era su elección.
No pude responder.
Isabella se colocó el abrigo.
—Cuando aterricemos, mi equipo publicará que no existe ningún compromiso entre nosotros y que las conversaciones quedan suspendidas.
—Eso confirmará la autenticidad del memorándum.
—Es auténtico.
—Debemos coordinarlo.
—No.
—Isabella, una declaración unilateral afectará a ambas casas.
—Por primera vez desde que llegué a Londres, eso no me importa.
Cerró el bolso.
—No apareceré a tu lado. No sonreiré para protegerte y no permitiré que nuestras familias conviertan a Evie en la mujer que sedujo a un príncipe comprometido.
—Nunca estuvo comprometido.
—Vuelve a corregirme y te arrojaré desde el avión.
Miré la puerta.
—Es un primer vuelo.
Isabella no sonrió.
Por primera vez, el sarcasmo no me protegió de nada.
—Si atacan a Evie —dijo—, negaré públicamente que conociera las negociaciones. Diré que tú y nuestras familias ocultaron el acuerdo.
—Eso también te perjudicará.
—Lo sé.
—Tu padre no lo aceptará.
—No necesito su permiso.
Se detuvo frente a la puerta.
—Yo no soy tu víctima silenciosa, Adrien. No voy a desaparecer con dignidad para facilitar que tú interpretes al hombre arrepentido.
—Nunca te pediría eso.
—No necesitas pedirlo. Toda tu vida está diseñada para que las mujeres limpien el desastre mientras tú contemplas tu dolor como si fuera una forma de penitencia.
Abrió la puerta.
—¿Vas a buscarla? —preguntó sin volverse.
—Sí.
—No deberías.
—La amo.
—Precisamente.
Se marchó.
* * *
Aterrizamos en una pista privada al sur de Londres.
No había periodistas junto al avión.
Nos esperaban al otro lado de las vallas.
Cientos.
La filtración había crecido durante el vuelo. Todas las cadenas transmitían las imágenes del acuerdo. Algunas mostraban la fotografía de mi beso con Isabella junto a la del accidente con Evie.
EL PRÍNCIPE DE LAS DOS MUJERES.
LA NEGOCIACIÓN MATRIMONIAL SECRETA QUE HUMILLÓ A EVELYN HAN.
¿AMANTE O DISTRACCIÓN?
Sentí un impulso físico de romper cada pantalla.
Isabella bajó primero.
Caminó sola hasta el vehículo español y no miró atrás.
Mi madre llamó antes de que llegara al automóvil.
Rechacé la llamada.
Mi padre llamó después.
También lo rechacé.
Alexander fue el tercero.
Atendí.
—¿Dónde estás? —preguntó.
Su voz sonaba cansada.
—Acabamos de aterrizar.
—Ven a Clarence House. Podemos controlar esto antes de que padre publique algo peor.
—Primero encontraré a Evie.
Hubo una pausa.
—Adrien, ella no quiere verte.
—Tú no sabes lo que quiere.
—Beatrice está aquí.
El nombre de mi hermana tensó algo dentro de mí.
—¿Por qué?
—Vio las filtraciones y vino a buscarte. Madre también está en camino.
—Dile que regrese a Kensington.
—No creo que acepte órdenes tuyas esta noche.
La llamada terminó.
Me volví hacia Bash.
—Llévame a Sussex.
—No.
—Las fotografías demuestran que alguien entró en la casa. Necesitamos revisarla.
Aquello sí era una cuestión de seguridad.
Lo sabía.
Él también.
Bash habló con uno de los agentes y ordenó preparar dos vehículos.
Subimos en silencio.
* * *
La puerta principal de Sussex estaba cerrada.
No había señales de entrada forzada.
Un equipo especializado revisó las ventanas mientras Bash desactivaba el sistema de alarma.
—El registro muestra una apertura hace treinta y seis horas —informó—. Se utilizó una llave autorizada.
—Evie.
—Probablemente.
Entré.
La casa olía a madera, polvo y al perfume que ella había dejado sobre mis almohadas.
Nada parecía alterado.
Una manta permanecía doblada sobre el sofá.
La taza roja que Evie utilizaba estaba boca abajo junto al fregadero.
En la nevera seguía la nota escrita por ella:
Compra comida real. El whisky no cuenta como cereal.
Pasé los dedos sobre la tinta.
La tinta no respondió.
Subí al dormitorio.
Los cajones que había reservado para Evie estaban vacíos.
No completamente.
En el último encontró una pinza negra para el cabello. La sostuve dentro de la palma como si pudiera hacer algo con ella.
Bash permaneció junto a la puerta.
—El equipo encontró una cámara en el detector de humo del salón —dijo—. Había otra en el pasillo.
—¿Dormitorio?
—Todavía revisan.
—¿Desde cuándo estaban instaladas?
—No lo sabemos.
—¿Transmitían?
—Parece que almacenaban el material localmente y alguien retiró las memorias.
Miré la cama.
Todo lo que había creído secreto podía haber sido observado.
Evie riendo.
Evie dormida.
Evie confesándome que me amaba.
Yo prometiéndole que no existía nada capaz de convertir lo nuestro en una estrategia diseñada por otra persona.
—Encuentra a quien entró.
—Lo intentaremos.
—No lo intentes. Hazlo.
Bash no reaccionó.
—La llave está abajo —añadió.
Bajé tan rápido que choqué contra la baranda.
Sobre la mesa del comedor había tres objetos.
La llave que le había entregado a Evie.
La partitura original de su canción.
La fotografía instantánea que nos habían tomado en la cocina.
En la imagen, Evie estaba sentada sobre la encimera. Yo permanecía entre sus piernas y ambos mirábamos a la cámara con una expresión sorprendida. Ella reía. Yo la miraba a ella.
Había una línea escrita sobre la parte blanca:
No sabía que ese día estabas eligiendo otra vida.
Tomé la fotografía.
La presión de mis dedos dobló una esquina.
—No la rompas —dijo una voz detrás de mí.
Beatrice estaba en la entrada.
No la había escuchado llegar.
Llevaba vaqueros, botas y un abrigo gris sobre un suéter negro. El cabello rubio estaba recogido en una trenza deshecha y sus ojos parecían demasiado grandes dentro del rostro pálido.
Alexander permanecía unos pasos detrás.
Se apoyaba en un bastón.
—¿Qué hacen aquí? —pregunté.
—Alexander vio la dirección en el informe de seguridad —respondió Beatrice.
Miré a mi hermano.
—No debiste venir.
—Tú tampoco deberías estar solo.
Alexander parecía agotado. La caminata desde el automóvil había dejado una capa de sudor junto a sus sienes.
Una parte automática de mí quiso acercarle una silla.
No lo hice.
Beatrice entró en la cocina.
Sus ojos se fijaron en la llave y la partitura.
Después tomó la fotografía de mis manos.
La estudió.
—Era real —murmuró.
—¿Qué?
—Todo.
Levantó los ojos.
—No fue solo el beso después del accidente. No fueron algunos encuentros. Tenían una casa.
—No era nuestra.
—Hay una taza con su nombre, ropa en la secadora y una fotografía de ustedes en la cocina.
—No necesitas hacer un inventario.
—¿Cuánto tiempo?
—Beatrice.
—¿Cuánto tiempo le mentiste?
Dejé la foto sobre la mesa.
—No voy a discutir esto contigo.
Mi hermana me golpeó.
Su puño encontró el centro de mi pecho.
No dolió.
El segundo golpe sí.
El tercero tampoco fue suficientemente fuerte para moverme, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Te defendí —dijo.
Volvió a golpearme.
—Hablé con Naomi. Presioné a Asteria. Le dije a madre que no estabas jugando con ella.
Sujetó mi camisa con ambas manos.
—Le dije a Evie que podía confiar en ti.
—Nunca te pedí que hicieras eso.
La crueldad apareció por reflejo.
Beatrice dejó de llorar.
Sus dedos se abrieron.
Retrocedió como si yo acabara de golpearla.
Alexander pronunció mi nombre.
—No —dijo ella sin mirarlo—. Déjalo.
Me obligué a sostener su mirada.
—No te pedí que intervinieras.
—No. Solo construiste cada situación para que ayudarte pareciera la única opción correcta.
Sus propias palabras del desayuno.
Esta vez no podía fingir que no las recordaba.
—¿Sabías lo del memorándum? —pregunté.
—Sabía que existían negociaciones. No sabía que lo firmaste.
—Era confidencial.
—También para la mujer que dormía en tu cama.
—No estaba autorizado a contárselo.
—Entonces no estabas autorizado a pedirle exclusividad.
Alexander avanzó.
—Beatrice…
—Tú tampoco lo defiendas.
Mi hermano se detuvo.
Ella se volvió hacia él.
—¿Lo sabías?
Alexander pareció sorprendido.
—¿Sobre la casa? No.
—¿Sobre Evie?
—Sabía que se veían. No conocía el alcance.
—¿Y el memorándum?