Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Las dos mujeres engañadas

El vuelo de regreso a Londres duraba dos horas y veinticinco minutos.

Tardamos nueve en despegar.

Durante los primeros cinco, llamé a Evie seis veces desde tres teléfonos distintos.

Todas las llamadas terminaron en el buzón de voz.

En la séptima, su número dejó de existir.

No figuraba como desconectado ni fuera de cobertura. Una voz mecánica me informó que la línea no estaba disponible, con la serenidad de quien no acababa de confirmar que una mujer había cortado la última vía que yo poseía para llegar hasta ella.

—Ha cambiado el número —dijo Bash desde el asiento contrario.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de llamar.

Marqué otra vez.

La misma voz.

La misma frase.

La misma sensación de que algo se cerraba al otro lado.

—Adrien.

—Cállate.

Bash apoyó los antebrazos sobre las piernas y me observó.

Había dejado la chaqueta sobre el respaldo. La camisa blanca estaba arrugada después de toda una noche despierto y el cabello castaño, normalmente demasiado corto para desordenarse, parecía haber perdido una batalla contra sus propias manos.

No intentó arrebatarme el teléfono.

Probablemente porque sabía que terminaría golpeándolo.

Probablemente porque no estaba seguro de que yo perdiera.

Abrí los mensajes de Evie.

La conversación seguía allí.

Meses condensados en una pantalla.

Insultos.

Fotografías tomadas desde habitaciones donde nadie sabía que estábamos juntos.

Una imagen de sus pies sobre mis piernas mientras trabajaba en la cama de Sussex.

Una nota de voz en la que se reía porque había quemado la cena y yo había intentado convencerla de que el humo formaba parte de una experiencia gastronómica británica.

El primer te amo que no nos habíamos atrevido a escribir completo.

Tq.

Una cobardía de dos letras que entonces había parecido suficiente porque ambos conocíamos el resto.

Ahora parecía otra mentira.

Deslicé el dedo hasta sus últimos cuatro mensajes de voz.

No necesitaba escucharlos otra vez.

Conocía cada respiración.

Cada silencio.

El instante en que la confusión se había convertido en comprensión.

La forma en que su voz se rompió cuando descubrió la fecha del memorándum.

El mismo día en que le había mostrado la casa.

El mismo día en que ella me había entregado una llave.

El mismo día en que yo había firmado un documento que conservaba abierta la posibilidad de casarme con Isabella.

—¿Quién filtró el acuerdo? —pregunté.

—Ginny está trabajando en ello.

—¿Y la grabación del balcón?

—El equipo español asegura que no salió de sus archivos.

—Naturalmente.

—Las imágenes parecen capturas del sistema de seguridad de la residencia.

—¿Quién tenía acceso?

—Personal español, protección británica y el equipo conjunto que revisó la visita.

—Una lista muy pequeña.

—Treinta y siete personas.

—Demasiadas.

Bash se recostó.

—No encontrarás a Evie revisando registros desde un avión.

—Tampoco la encontraré obedeciéndote.

—Ella no quiere que la encuentres.

Levanté la mirada.

Bash no retrocedió.

—Eso no significa que esté a salvo.

—Naomi está con ella.

—Naomi no es seguridad.

—Samantha sí contrató seguridad independiente.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Averígualo.

—No.

La palabra produjo un silencio distinto.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

—¿Qué has dicho?

—Que no voy a averiguarlo.

—No te lo estoy pidiendo como amigo.

—Entonces solicítalo formalmente y deja una orden escrita donde conste que quieres utilizar recursos de protección real para localizar a una mujer que te pidió que no la buscaras.

La rabia se extendió lentamente por mi pecho.

—Existe una amenaza activa contra ella.

—Y se encuentra acompañada, protegida y lejos de las direcciones conocidas por el Palacio. Localizarla mediante nuestros sistemas podría revelar exactamente dónde está.

—Puedes hacerlo sin dejar un registro.

—Sí.

—Entonces hazlo.

—No.

Me puse de pie.

El avión todavía ascendía. El suelo se inclinó ligeramente bajo mis zapatos, pero me sostuve de la mesa.

Bash también se levantó.

—No confundas que esté destrozado con que no pueda despedirte.

—No puedes. Renuncié hace siete minutos.

La respuesta consiguió detenerme.

—¿Qué?

Sacó su teléfono y lo dejó frente a mí.

Había un correo dirigido a Julian, al jefe de protección real y a mi padre. Bash solicitaba su separación temporal de cualquier función vinculada conmigo hasta que pudiera garantizar que sus decisiones profesionales no estaban condicionadas por nuestra amistad.

—Retíralo.

—No.

—No aceptaré tu renuncia.

—No necesitas hacerlo.

—Eres responsable de mi seguridad.

—Y he permitido que utilices esa seguridad para mantener una relación clandestina, engañar al Palacio, mentirle a Isabella y esconder información de Evie. Si continúo obedeciéndote, dejaré de saber si te protejo o si únicamente facilito que destruyas a todos los que se acercan.

Di la vuelta a la mesa.

—No sabes lo que ocurrió.

—Sé que Evie te preguntó directamente qué existía con Isabella y le mentiste.

—El memorándum no era un compromiso.

—Para ella no importaba la definición jurídica.

—No pensaba casarme con Isabella.

—Tampoco pensabas renunciar a la posibilidad.

Mi mano se cerró alrededor del respaldo de un asiento.

—Quería tiempo.

—Lo compraste con la confianza de Evie.

Aparté la mirada hacia la ventanilla.

Las nubes cubrían todo lo que había debajo. No había ciudades, fronteras ni rutas visibles.

Solo blanco.

—Cuando lleguemos, regresarás a tu puesto —dije.

—No.

—Bash.

—Puedes ordenarme que te acompañe como agente durante este vuelo. No puedes obligarme a continuar siendo el hombre que miente para que tú consigas dormir con una mujer mientras preparas un futuro con otra.

Lo empujé.

No con suficiente fuerza para tirarlo.

Sí con suficiente para que chocara contra el asiento.

Bash no respondió.

La ausencia de resistencia me enfureció más.

—No vuelvas a hablar de ella así.

—¿Como una mujer con la que dormías?

Lo golpeé.

Mi puño encontró su mandíbula y su cabeza giró hacia un lado. El sonido quedó enterrado bajo el zumbido de los motores.

Bash permaneció inmóvil durante un segundo.

Después se tocó el labio. Una línea de sangre apareció sobre sus dedos.

—¿Terminaste?

Respiraba demasiado rápido.

—No.

—Entonces vuelve a hacerlo.

Levantó el rostro.

No había miedo ni rabia en sus ojos.

Había decepción.

La misma expresión de Beatrice cuando cerró la puerta con suavidad.

Bajé la mano.

Bash limpió la sangre con el pulgar.

—Me golpeaste porque no puedes golpear la parte de ti que hizo esto.

—No sabes nada de esa parte.

—La conozco desde que teníamos once años.

Recogió el teléfono.

—Si Ginny localiza a Evie por razones legales, te informará únicamente si ella autoriza el contacto. Yo no voy a perseguirla.

Regresó a su asiento.

Permanecí de pie hasta que el piloto anunció que debíamos mantenernos sentados.

No me disculpé.

Bash tampoco me lo pidió.

* * *

Isabella salió de la zona privada diez minutos después.

Había viajado en un compartimento separado junto a dos asesores españoles. Ya no llevaba el traje de la reunión. Se había cambiado por pantalones negros, una blusa marfil y un abrigo rojo oscuro que descansaba sobre sus hombros.

El cabello negro estaba sujeto en una coleta baja.

No llevaba maquillaje.

Nunca la había visto con el rostro completamente desnudo. Parecía más joven, aunque la rigidez de su postura eliminaba cualquier impresión de fragilidad.

Miró el labio de Bash.

Después mis nudillos.

—Déjanos solos —dijo.

Bash se levantó.

—No tienes que…

—No hablaba contigo.

Me sostuvo la mirada.

Bash tomó su chaqueta y desapareció tras la puerta divisoria.

Isabella ocupó el asiento frente a mí.

No preguntó si podía hacerlo.

Sacó una tableta de su bolso y la dejó sobre la mesa.

En la pantalla aparecía una fotografía de la casa de Sussex.

Evie estaba sentada sobre el alféizar de la ventana de la cocina. Llevaba una de mis camisas, las piernas desnudas y el cabello recogido descuidadamente sobre la cabeza. Yo aparecía detrás, inclinado sobre ella, con una mano en su cintura y la boca junto a su cuello.

La fotografía había sido tomada desde el jardín.

El aire abandonó mis pulmones.

—¿De dónde la obtuviste?

—Llegó a mi equipo hace veinte minutos.

—¿Quién la envió?

—Una cuenta anónima.

Intenté tomar la tableta.

Isabella apoyó la palma sobre ella.

—No.

—Necesito enviársela a seguridad.

—Ya lo hice.

Deslizó el dedo.

Apareció otra imagen.

Evie y yo entrando por separado a la propiedad de Belgravia.

Otra mostraba el automóvil utilizado para trasladarla.

La tercera se había tomado dentro de Sussex. Evie dormía con la cabeza apoyada sobre mi pecho. Mi mano descansaba en su espalda y su rostro quedaba oculto bajo mi barbilla.

Aquella fotografía no podía proceder del jardín.

Alguien había estado dentro.

Me puse de pie.

—Hay cámaras en la casa.

—Siéntate.

—Quien tomó esto pudo acercarse a ella mientras dormíamos.

—Siéntate, Adrien.

—No entiendes…

Isabella golpeó la mesa con la palma.

—Siéntate.

Obedecí.

No porque fuera una princesa.

Porque la furia de su voz consiguió atravesar la mía.

Isabella amplió la imagen de Evie dormida.

Sus dedos temblaban.

Los cerró antes de que pudiera fingir que no lo había notado.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

—Isabella…

—¿Cuánto tiempo mantuviste una relación con ella?

—Desde la gala.

Cerró los ojos.

—Todo este tiempo.

—Sí.

—Cuando viniste a España.

—Sí.

—Cuando me besaste en la recepción.

No respondí.

Isabella abrió los ojos.

—Contéstame.

—Sí.

Su mano voló hacia mi rostro.

La bofetada giró mi cabeza.

El golpe ardió desde la mandíbula hasta la oreja.

No intenté detenerla.

—Me besaste —dijo— y cuatro horas después fuiste a acostarte con ella.

—No dormimos juntos esa noche.

La precisión resultó obscena.

Lo comprendí demasiado tarde.

Isabella soltó una risa que no contenía diversión.

—¿Eso es lo que quieres utilizar para defenderte?

—No intento defenderme.

—Lo haces cada vez que corriges una palabra para que la verdad parezca menos repugnante.

Se levantó y comenzó a caminar por el estrecho espacio.

Dos pasos.

Giro.

Dos pasos.

El mismo patrón de mi padre cuando intentaba contener la ira.