CAPÍTULO 18 #3
Bash permanecía cerca.
No intentó tocarme.
El cuarto mensaje duraba casi tres minutos.
No quería reproducirlo.
Lo hice.
La voz de Evie había cambiado.
Ya no lloraba.
Esa calma fue mucho peor.
—Encontré la fecha de la firma.
Una pausa.
—Firmaste el memorándum el mismo día que me llevaste a Sussex.
Sentí que algo se rompía dentro de mi pecho.
—Ese día me mostraste dónde estaría nuestro dormitorio. Elegimos la habitación del piano. Me dijiste que la casa era real.
Otra pausa.
—Después me entregaste la partitura y yo te di una llave.
Escuché un sonido metálico dentro del mensaje.
La llave sobre una mesa.
—Las dejé juntas para ti. También la fotografía de la librería. Pensé en romperla, pero no quiero destruir la única prueba de que me amaste. Porque sé que lo hiciste.
Su voz se quebró por primera vez.
—Eso es lo que no puedo perdonarte. Si todo hubiera sido mentira, podría odiarte y terminar. Pero me amabas mientras me ocultabas una negociación matrimonial. Me amabas mientras permitías que Isabella creyera que podía tenerte. Me pediste exclusividad cuando todavía querías conservarnos a las dos.
No fue exactamente así.
Yo había prometido exclusividad.
No la había pedido.
La corrección apareció automáticamente dentro de mi mente.
Sentí asco.
Incluso mientras Evie terminaba conmigo, una parte de mí seguía buscando una precisión capaz de reducir mi culpa.
—Sabías lo que me hizo Daniel —continuó—. Sabías que la peor parte no fue descubrir a otra mujer. Fue comprender que él me dejó tomar decisiones sobre una realidad inventada.
Escuché cómo soltaba el aire.
—Hiciste lo mismo.
Una puerta se cerró al otro lado de la grabación.
—Voy a marcharme de la residencia. Estaré con Naomi y Samantha. La policía conocerá mi ubicación, pero tú no.
El miedo apareció inmediatamente.
—Evie…
Mi voz no podía atravesar un mensaje grabado hacía minutos.
—No utilices mi seguridad para encontrarme —dijo—. No envíes a Bash. No llames a Beatrice. No conviertas esto en otra situación donde tus necesidades se vuelvan obligaciones para todos los demás.
La calma desapareció.
Su siguiente respiración fue un sollozo contenido.
—Te amo.
Cerré los ojos.
—Ojalá no fuera así. Pero te amo y precisamente por eso necesito irme antes de que encuentres otra forma de convencerme de aceptar menos de lo que pensé que estábamos construyendo.
Guardó silencio durante varios segundos.
—No vuelvas conmigo.
El mensaje terminó.
El corredor quedó en silencio.
Intenté llamarla.
Buzón.
Otra vez.
Nada.
Después apareció una notificación.
Mi mensaje no pudo entregarse.
Había bloqueado el número.
—No —dije.
Nadie respondió.
—No.
Me dirigí hacia la salida.
Ginny apareció desde la sala.
—¿Dónde vas?
—Londres.
—No puedes abandonar otra instalación sin revisar la seguridad.
—Apártate.
—Adrien.
—Apártate.
Isabella se acercó.
Había escuchado suficiente.
Su rostro había perdido todo el color.
—Se enteró sola —dijo.
Me volví hacia ella.
No había acusación.
Solo horror.
—No autoricé la filtración —añadió.
—Lo sé.
—Las fotografías de Toledo eran privadas.
—Lo sé.
—Adrien, no tuvo a nadie que pudiera explicarle nada.
La frase me golpeó.
Evie dentro de la residencia.
La televisión.
Las fechas.
Cada mentira apareciendo al mismo tiempo mientras mi teléfono permanecía guardado dentro de una caja.
Exactamente como había descubierto la traición de Daniel.
Otra mujer.
Otra llamada que nadie respondía.
—Necesito encontrarla.
—No quiere que la encuentres —dijo Ginny.
—No me importa.
—Ese es el problema.
La miré.
—Alguien intenta matarla.
—Está con Naomi, Samantha y una unidad policial que tú no controlas.
—Entonces dime dónde.
—No.
Ginny no retrocedió.
—Por primera vez desde que la conociste, Evie tomó una decisión que no puedes modificar mediante seguridad, negociaciones ni una casa. Respétala.
—No entiendes.
—Entiendo perfectamente. Firmaste un memorándum mientras le prometías exclusividad.
—No era un compromiso.
Las palabras abandonaron mi boca.
Toda la habitación quedó inmóvil.
Isabella cerró los ojos.
Ginny me observó con desprecio.
Incluso yo escuché lo que realmente significaban.
—Quiero decir que la filtración exagera…
—Basta —ordenó Isabella.
Su voz tembló.
—No vuelvas a reducir esto a términos jurídicos.
—No le prometí matrimonio a nadie.
—Le prometiste una vida.
Isabella también lo sabía.
No los detalles.
Pero suficiente.
—¿Cómo? —pregunté.
—La canción. La casa. La forma en que abandonaste España.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Yo también decidí no ver lo que estaba frente a mí.
Se limpió el rostro.
—Ve a Londres.
—Isabella…
—No porque ella vaya a perdonarte. No lo hará.
El dolor se transformó en furia.
—Ve porque si permaneces aquí mi padre utilizará tu presencia para afirmar que el acuerdo continúa.
Su padre apareció al final del corredor.
—Isabella.
—No habrá ningún anuncio —ordenó—. Tampoco una declaración conjunta. Informaremos que el memorándum no constituye un compromiso y que la filtración se encuentra bajo investigación.
—Eso debilitará ambas casas.
—Entonces se debilitarán.
Se volvió hacia mí.
—Y cuando regreses, me contarás todo lo que me ocultaste a mí también.
No era el momento de decirle que no sabía si habría algo a lo que regresar.
Salí.
* * *
El avión tardaría cuarenta minutos en estar preparado.
Cuarenta minutos durante los cuales llamé a Evie desde todos los números que conocía.
No respondió.
Beatrice sí.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
No saludó.
—¿Dónde está Evie?
—No lo sé.
—Mientes.
—Esta vez no.
Su voz estaba llena de lágrimas.
—Naomi me llamó. Solo dijo que Evie estaba viva y que no intentara localizarla.
—Necesito verla.
—Tú necesitas demasiadas cosas después de decidir que las demás personas no necesitaban la verdad.
—Beatrice.
—¿Firmaste?
—Un memorándum no vinculante.
Mi hermana soltó una risa rota.
—Eres exactamente igual que padre.
La frase me atravesó.
—No.
—Construyes situaciones donde nadie está técnicamente obligado y después finges que todas las decisiones fueron libres.
—No entiendes el acuerdo.
—Entiendo que compraste una casa con Evie mientras negociabas casarte con Isabella.
No pude respirar.
—¿Cómo sabes lo de la casa?
—Ginny encontró la sociedad.
—No era asunto tuyo.
—Evie es mi amiga.
—La conoces desde hace semanas.
—Y tú afirmas amarla desde hace menos.
No tuve respuesta.
—No la busques esta noche —dijo Beatrice.
—No puedes pedirme eso.
—No. Pero puedo pedirte que por una vez no conviertas lo que tú necesitas en otra obligación para ella.
La llamada terminó.
Subí al avión.
Bash se sentó frente a mí.
El teléfono continuaba sin recibir respuestas.
—Encuentra la dirección —ordené.
—No.
—Eres mi jefe de seguridad.
—Y Evie retiró formalmente tu autorización para acceder a sus movimientos.
—Alguien la amenaza.
—La unidad asignada a Samantha conserva contacto.
—No confío en ellos.
—Tendrás que hacerlo.
Lo miré.
—Podría despedirte.
—Hazlo.
Su voz fue tranquila.
—Pero no utilizaré recursos de seguridad para perseguir a una mujer que acaba de pedirte que no la busques.
—No intento perseguirla.
—¿Cómo lo llamarías?
No respondí.
El avión comenzó a moverse.
Abrí nuevamente nuestros mensajes.
Te amo.
Nuestra casa.
Tres meses en Los Ángeles.
La fotografía instantánea no estaba conmigo.
Evie la había dejado en Sussex.
Una devolución.
Una prueba de que habíamos existido y de que yo había conseguido convertirlo en algo que ella necesitaba abandonar.
—¿Quién filtró los documentos? —pregunté.
—La investigación comenzó.
—Orfeo.
—Probablemente.
—Quería que Evie se enterara.
—Sí.
—¿Por qué ahora?
Bash me observó.
—Porque ya estaba suficientemente enamorada para que doliera.
La respuesta me destruyó.
Miré por la ventanilla.
España desapareció bajo las nubes.
Regresaba a Londres por Evie otra vez.
La diferencia era que esta vez no me esperaba.
No estaba herida dentro de una estación, confiando en que llegaría.
Se había marchado porque yo era la amenaza.
Y por primera vez ninguna cantidad de agentes, dinero o poder podía obligarla a permitirme salvarla de aquello que yo mismo había hecho.