CAPÍTULO 18 #2
Podía mentir.
Ya había entregado demasiado para que funcionara.
—Sí.
Evie cerró los ojos.
Una lágrima descendió por su mejilla.
Me acerqué.
—No me toques.
Me detuve.
—Evie.
—Dijiste que no existía otra mujer esperando que decidieras entre ambas.
—No había prometido nada a Isabella.
—Ella estaba enamorada de ti.
—No lo sabía cuando la besé.
—¿Y después?
No respondí.
Evie abrió los ojos.
—¿Continúa esperando?
—Le dije que no podía ofrecerle una decisión.
—Eso significa que sí.
—La situación política…
—No.
Su voz cortó la frase.
—No utilices España, tu familia ni la investigación. Te estoy preguntando por una mujer.
—Isabella conoce mis límites.
—Yo no.
La acusación quedó entre nosotros.
—¿Por qué sigues reuniéndote con ella? —preguntó.
—Nuestras casas tienen compromisos.
—Podrías retirarte.
—No mientras Orfeo utilice el acuerdo.
—Otra razón correcta.
Evie se limpió la mejilla.
—Siempre encuentras una.
—Regresaré mañana y hablaremos de todo.
—No quiero que te vayas.
—Tengo que hacerlo.
—No. Quieres hacerlo.
La distinción me irritó porque era cierta.
—Encontrar a Orfeo podría protegernos.
—¿Y conservar a Isabella?
No contesté.
Evie negó lentamente.
—Ve.
—Evie.
—Dijiste que serán menos de veinticuatro horas.
—Sí.
—Entonces ve. Cuando regreses, me contarás todo.
—Lo haré.
La promesa salió con demasiada facilidad.
Evie caminó hacia una caja y sacó el libro sobre casas costeras.
La fotografía instantánea permanecía dentro.
La miró.
Después volvió a guardarla.
—No me obligues a arrepentirme de haber confiado en ti.
Me acerqué.
Esta vez permitió que tocara su rostro.
Besé su frente.
—Te amo.
Evie cerró los ojos.
—Yo también te amo.
No me besó.
Aquello debió impedir que me marchara.
No lo hizo.
* * *
Pasamos la noche juntos.
No hicimos el amor.
Evie se acostó de espaldas a mí y permaneció despierta durante horas. Mi brazo rodeaba su cintura, pero su cuerpo no llegó a relajarse.
Poco antes del amanecer se volvió.
—Cuando regreses —dijo—, quiero saber todo sobre Isabella.
—De acuerdo.
—Cada beso.
—Sí.
—Cada documento.
Mi cuerpo se tensó.
Evie lo sintió.
—Existen documentos.
—Todas las casas reales funcionan mediante documentos.
—¿Hay alguno sobre ustedes?
El memorándum apareció dentro de mi mente.
Registrado.
Firmado.
—Existen acuerdos entre las familias.
—¿Sobre ustedes?
—Evie…
—Cuando regreses —repitió—. No ahora.
Se acercó.
Apoyó la frente contra mi pecho.
—Si me lo cuentas tú, todavía podremos resolverlo.
La esperanza de su voz fue peor que una amenaza.
—Lo haré.
Acaricié su cabello hasta que se quedó dormida.
No sabía si regresaría preparado para confesar.
Solo sabía que necesitaba conseguir veinticuatro horas más.
* * *
El avión salió desde una terminal privada.
Isabella ya estaba dentro.
No viajábamos solos. Ginny, Bash, cuatro abogados y dos especialistas en seguridad ocupaban la parte posterior.
Aun así, sentí que estaba entrando en una habitación con ella.
Isabella llevaba un traje azul oscuro y el cabello recogido. No sonrió al verme.
—¿Evie sabe dónde estás?
La pregunta sustituyó el saludo.
—Sí.
—Eso es nuevo.
—También sabe que nos besamos.
Isabella perdió parte del color.
—¿Se lo dijiste?
—Preguntó.
—Una respuesta muy distinta.
Me senté frente a ella.
—No quiere que vuelva a ocultarle nada.
—Entonces ¿le hablaste del memorándum?
Miré por la ventanilla.
—Lo haré cuando regrese.
Isabella soltó una respiración.
—Eres increíble.
—No necesito otra evaluación.
—¿Qué esperas conseguir durante estas horas?
—Eliminar el anexo y descubrir quién lo restauró.
—¿Y después?
—Hablaré con Evie.
—No. Después de eso.
—No lo sé.
Isabella cerró su carpeta.
—No permitiré que nuestras familias anuncien nada.
—Nunca lo pedí.
—Pero firmaste.
—Un documento no vinculante.
—Una expresión que utilizas con demasiada frecuencia.
—Porque es jurídicamente correcta.
—Y emocionalmente cobarde.
No volvió a hablarme durante el resto del vuelo.
* * *
La reunión se celebró dentro de una instalación subterránea de la residencia de los Valcázar.
No había ventanas ni dispositivos conectados a redes externas.
Nuestros teléfonos quedaron guardados dentro de una caja de seguridad situada fuera de la sala.
—Nadie sale hasta terminar la auditoría —informó el jefe español.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—Tres horas, aproximadamente.
Evie estaría despierta.
Sabía dónde estaba.
También sabía que no podría llamarla durante la reunión.
Tres horas.
Después regresaría a Londres.
Le contaría sobre el memorándum.
Sobre la negociación.
Sobre cada conversación con Isabella.
Eso me dije mientras la puerta se cerraba.
Los especialistas proyectaron los registros.
El anexo de renuncia había reaparecido doce minutos antes del depósito oficial. El acceso provenía de una cuenta perteneciente a un asesor español fallecido el año anterior.
Otra identidad muerta.
Otra puerta abierta por un fantasma.
—¿Quién podía utilizar esa cuenta? —preguntó Isabella.
—Cuatro administradores —respondió el especialista—. Dos españoles y dos británicos.
Los nombres aparecieron.
Marcus Vale.
Julian Mercer.
El secretario privado de mi padre.
Y la jefa de gabinete de Isabella.
Isabella se inclinó hacia delante.
—Elena no modificaría un documento sin consultarme.
—Marcus tampoco —dije.
El padre de Isabella nos observó.
—Ambos están vinculados con sus respectivas casas. No podemos descartar a nadie.
—También podría tratarse de credenciales copiadas —señaló Ginny.
—La firma digital fue renovada esta semana.
—Entonces alguien tiene acceso activo —dije.
Revisamos cada modificación.
No existía una sola prueba que identificara al usuario.
La reunión avanzó.
Una hora.
Dos.
En algún momento sentí una inquietud que no podía explicar.
Evie.
Pensé en la tensión de su cuerpo durante la noche.
En su petición.
Cuando regreses, me contarás todo.
Miré el reloj.
Faltaba menos de una hora para terminar.
Todavía podía cumplir.
La puerta se abrió antes.
Bash entró.
No debería haber podido hacerlo.
El jefe español se puso de pie.
—La sala está cerrada.
—Tenemos una emergencia.
Bash me miró.
Su rostro estaba completamente vacío.
—¿Evie? —pregunté.
—Está viva.
La respuesta no produjo alivio.
—Entonces ¿qué ocurrió?
Dejó un teléfono sobre la mesa.
El titular ocupaba toda la pantalla.
LAS CASAS HAWTHORNE Y VALCÁZAR PREPARAN UN MATRIMONIO REAL.
Debajo aparecían nuestras firmas.
El documento.
Las fechas.
Las fotografías.
Todo.
Isabella se levantó.
—No.
Tomó el teléfono.
La primera imagen nos mostraba en la Cámara de Comercio. Su boca sobre la mía. Mi mano en su cintura.
La segunda pertenecía al viaje a Toledo.
La tercera mostraba nuestra llegada de aquella mañana.
—Esta fotografía fue tomada dentro del hangar —dijo—. No había prensa.
Su padre comenzó a dar órdenes.
Yo apenas lo escuché.
—Mi teléfono.
Bash negó.
—Adrien.
—Dámelo.
Salió conmigo.
La caja de seguridad estaba abierta. Uno de los agentes me entregó ambos dispositivos.
Veintitrés llamadas perdidas.
Cinco de Evie.
Tres de Naomi.
Siete de Samantha.
El resto pertenecía a Beatrice y Alexander.
La primera llamada de Evie había llegado cuarenta minutos después de que entrara en la reunión.
La última, seis minutos antes de que Bash abriera la puerta.
Marqué su número.
Buzón.
Otra vez.
Nada.
—¿Dónde está? —pregunté.
Bash no respondió.
—¿Dónde está?
—Abandonó la residencia.
La instalación pareció inclinarse.
—¿Quién la autorizó?
—Ella misma.
—La casa estaba protegida.
—No era una prisión.
—¿Ubicación?
—Samantha emitió una orden de confidencialidad.
—Consíguela.
—No.
Me acerqué.
—Bash.
—Está protegida y no quiere que conozcas la dirección.
—Alguien intenta matarla.
—La policía conserva contacto con su abogada.
—No es suficiente.
—Tendrá que serlo.
Abrí nuestros mensajes.
No había una respuesta escrita.
Solo cuatro mensajes de voz.
El primero duraba dieciocho segundos.
Lo reproduje.
La voz de Evie llenó el corredor.
—Adrien, llámame cuando salgas. Las noticias están hablando de un memorándum y no entiendo qué significa. Sé que debes estar reunido, pero necesito escucharlo de ti antes de creer cualquier cosa.
No parecía enfadada.
Solo confundida.
Todavía confiaba.
El segundo mensaje había llegado siete minutos después.
Duraba un minuto y doce segundos.
—Dicen que las negociaciones comenzaron la noche de la gala.
Su respiración sonaba demasiado rápida.
—La noche en que nos conocimos. Julian llegó al corredor y dijo que España había aceptado condiciones preliminares. Yo estaba allí. Escuché su nombre, pero no entendí.
Evie guardó silencio.
—Tú sí. Lo sabías antes de besarme por primera vez.
Cerré los ojos.
No podía detener la grabación.
No quería.
Necesitaba escuchar todo lo que había provocado.
—También mostraron las fechas del viaje —continuó—. Estabas en España con Isabella cuando me dijiste que te encontrabas en reuniones institucionales. Te pregunté si estabas solo y respondiste “con seguridad”. Pensé que era una broma.
Una risa rota atravesó el mensaje.
—Siempre consigues que las mentiras parezcan bromas.
El audio terminó.
Sentí la presencia de Isabella detrás de mí.
Había salido de la sala.
No me volví.
Reproduje el tercer mensaje.
Evie ya estaba llorando.
No intentaba ocultarlo.
—Las fotografías tienen hora.
Escuché un movimiento.
Quizá la televisión.
Quizá sus manos intentando sostener algo.
—Besaste a Isabella cuatro horas antes de ir conmigo a Belgravia. Después me dijiste que entre ustedes solo había compromisos culturales.
Tomó aire.
—Me contaste que no existía un compromiso porque sabías exactamente qué palabra utilizar. Un memorándum no es un compromiso. Negociar un matrimonio tampoco es prometerlo. Besarla no era una relación.
Su respiración se quebró.
—Te pregunté en la librería si existía otra mujer a la que permitías creer que podía tener una relación contigo. Dijiste que no.
Recordé su rostro.
Las luces bajas.
La fotografía instantánea entre sus manos.
La confianza con la que me había besado después.
—Esa vez no utilizaste una explicación jurídica —continuó—. Solo mentiste.
La grabación terminó.
Apoyé una mano contra la pared.
No podía respirar.