Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La promesa pública

La habitación de Windsor seguía exactamente igual.

Dos escritorios.

Dos sillas.

Dos juegos de libros que enseñaban la misma historia de maneras diferentes.

Los míos eran más pequeños.

No porque tuviera seis años cuando los colocaron allí, como siempre había creído, sino porque incluso los muebles debían recordarme que yo era la segunda versión.

El sustituto.

El niño que aprendería las mismas lecciones por si el primero dejaba de estar disponible.

Alexander permaneció junto a la puerta.

No había entrado desde que tenía dieciocho años. Lo supe por la manera en que observaba cada objeto, como si esperara que alguno pudiera reconocerlo.

—Odiaba esta habitación —dijo.

—Tú odiabas estudiar.

—No. Odiaba que te sentaran detrás de mí.

Me volví.

—Nunca dijiste nada.

—Tenía nueve años.

—Ya eras insoportablemente moral a los nueve.

Una sonrisa breve apareció en su rostro.

Llevaba un abrigo gris sobre un suéter oscuro. El viaje desde Londres lo había agotado, aunque insistía en permanecer de pie.

Bash y dos agentes revisaban los muros con dispositivos. El archivero real esperaba en el corredor junto a Ginny.

—Lawson conocía este lugar —dijo Alexander.

—No trabajaba para la familia cuando estudiábamos aquí.

—Le hablé de él después de mi primer episodio.

—¿Por qué?

Mi hermano caminó hacia su escritorio.

Pasó los dedos sobre una marca tallada en la madera.

—Me preguntó cuándo había comenzado a sentir que todos esperaban que fallara. Le dije que aquí.

El frío recorrió mi espalda.

—Entonces conocía la frase de Mercer.

La habitación donde aprendió a reemplazarlo.

—Pudo contársela a Orfeo —respondió Alexander—. O escribirla dentro de algún informe.

—¿Dónde guardaba sus notas?

—En su oficina, supongo.

—La policía la revisó.

—No encontraron todo.

Bash se acercó a una estantería.

—Existe un espacio detrás.

Retiró varios libros y presionó la madera.

No ocurrió nada.

El archivero entró.

—El panel se abre mediante el escritorio del heredero —explicó.

Alexander levantó la mirada.

—No sabía que existía.

—Era un compartimento destinado a documentos de sucesión.

Mi hermano observó su escritorio como si acabara de traicionarlo.

Ginny se colocó guantes y movió una pequeña pieza metálica escondida debajo del borde.

El panel se abrió.

Dentro había una caja negra.

No pertenecía al siglo anterior. Era moderna y estaba cubierta de polvo solo en la parte superior.

—Alguien la colocó después —dijo Bash.

—¿Cuándo revisaron el compartimento por última vez? —pregunté.

El archivero perdió color.

—Hace ocho años.

—¿Quién estuvo presente?

—El jefe de archivos, el secretario del rey y Marcus Vale.

Otra vez Marcus.

Ginny fotografió la caja antes de abrirla.

Contenía copias de nuestros informes escolares.

Evaluaciones psicológicas.

Pruebas médicas.

Y una carpeta con el emblema de los Valcázar.

La abrí.

El primer documento era un análisis sobre las consecuencias de un posible matrimonio entre el segundo hijo de la Casa Hawthorne y la heredera española.

Fecha: siete años antes.

Mucho antes de la enfermedad de Alexander.

—Esto no comenzó hace seis meses —dije.

Ginny tomó el informe.

—La posibilidad de una unión se evaluaba desde que Isabella alcanzó la mayoría de edad.

—Eso es normal entre ambas casas —respondió Alexander.

—La cláusula de renuncia aparece en el segundo anexo.

Mi hermano quedó inmóvil.

—¿Hace siete años?

—Sí.

—Lawson no dirigía mi seguridad entonces.

—Marcus ya trabajaba para ti —dije.

Alexander se volvió.

—No es una prueba.

—No.

Bash encontró una memoria dentro de la caja.

—Esto podría serlo.

El equipo forense la conectó a un dispositivo aislado.

Solo contenía un archivo.

Una grabación realizada dentro de aquella misma habitación ocho meses antes de la gala.

La voz de Lawson apareció primero.

—El acuerdo con España sigue siendo la opción más limpia.

Otra persona respondió.

La distorsión impedía identificarla.

Orfeo.

—Adrien no aceptará si cree que están obligándolo.

—Entonces debe pensar que está eligiendo.

—¿Y Alexander?

Una pausa.

—Seguirá siendo el heredero. España retirará al único reemplazo inmediato y todos obtendrán estabilidad.

Alexander retrocedió.

—No.

Lawson continuó:

—Si la condición empeora, el Consejo podría rechazarlo.

—Para entonces Adrien habrá renunciado y la institución no tendrá una alternativa sencilla. Alexander será más fácil de preservar si nadie puede sustituirlo.

La grabación terminó.

Mi hermano caminó hacia la ventana.

Apoyó ambas manos sobre el marco.

—Querían mantenerme en el trono aunque no estuviera en condiciones.

—Querían controlarlo —dijo Ginny.

—Y utilizar el matrimonio para apartarme —añadí.

Alexander se volvió.

Tenía lágrimas en los ojos.

—No viajes nuevamente a España.

—No estaba planeado.

Ginny miró el teléfono.

—Ahora sí.

Todos se volvieron hacia ella.

—La Casa de Valcázar solicita una reunión inmediata. El memorándum fue registrado esta mañana y sus abogados detectaron que el anexo antiguo reapareció dentro de dos copias oficiales.

—Ordené eliminarlo —dije.

—Alguien lo restauró antes del registro.

—¿La renuncia?

—No puede activarse porque no existe un matrimonio, pero España quiere revisar los documentos presencialmente y fuera de cualquier red.

Bash negó.

—La grabación demuestra que Orfeo espera que viaje.

—Precisamente por eso debemos ir.

Alexander cruzó la habitación.

—No.

—El memorándum ya está comprometido.

—Entonces destrúyelo.

—Eso eliminaría una ruta hacia Orfeo.

—También podría mantenerte vivo.

—No me ocurrirá nada dentro de una reunión entre dos casas reales.

Bash soltó una risa sin humor.

—Nuestra experiencia reciente contradice esa afirmación.

Alexander me sujetó por los brazos.

—No tienes que continuar con el acuerdo para protegerme.

—No lo hago por ti.

La frase lo hirió.

—Entonces ¿por qué?

Pensé en Isabella.

En la vida que había visto en España.

En la posibilidad política que todavía no estaba dispuesto a abandonar.

—Porque firmé.

—Puedes retirarte.

—Después de descubrir quién restauró el anexo.

—Siempre existe algo más que necesitas resolver antes de elegir.

Lo miré.

Alexander soltó mis brazos.

—¿Ella lo sabe?

No necesitó pronunciar el nombre de Evie.

—No es asunto tuyo.

—Entonces no.

Se apartó.

—No continúes prometiéndole una vida mientras viajas para negociar otra.

La misma advertencia.

Otra vez.

Ya no podía afirmar que nadie me había explicado con claridad lo que estaba haciendo.

—La reunión durará menos de veinticuatro horas —dije—. No habrá actividades con Isabella, fotografías ni conversaciones sentimentales.

—Eso deberías decírselo a Evie.

—No puedo revelar una operación activa.

Alexander cerró los ojos.

—Naturalmente.

* * *

Evie estaba en Sussex cuando llegué.

Habíamos recibido las llaves definitivas aquella mañana.

La compra estaba prácticamente terminada. Solo faltaban algunos registros y las reparaciones antes de poder trasladarnos.

La encontré dentro de la habitación destinada al estudio.

Había extendido muestras de pintura sobre el suelo y sostenía dos contra la pared.

—Azul o gris —dijo sin saludar.

—Parecen iguales.

—Retiro la pregunta.

Me acerqué por detrás y rodeé su cintura.

Evie apoyó la cabeza contra mi hombro.

—Llegaste tarde.

—Alexander y yo fuimos a Windsor.

—¿Encontraron algo?

—Una grabación.

La tensión apareció en su cuerpo.

—¿De Orfeo?

—Sí.

—¿Qué decía?

No podía contarle todo sin explicar el memorándum.

—Confirmó que España formaba parte del plan para apartarme de Inglaterra.

Evie se volvió dentro de mis brazos.

—¿Por eso viajaste con Isabella?

—Parte de la investigación estaba vinculada con ambas casas.

—No es lo que pregunté.

—La visita permitió revisar proyectos y protocolos relacionados.

—Adrien.

—¿Qué?

—Cada vez que pregunto algo sobre Isabella respondes hablando de instituciones.

Me aparté.

—No quiero discutir.

—Entonces responde.

El mar golpeaba debajo del acantilado.

Dentro de aquella habitación vacía no existían asesores ni líneas comprometidas.

Solo Evie y yo.

Otra oportunidad.

—Debo viajar esta noche —dije.

Su expresión cambió.

—¿Dónde?

No contesté inmediatamente.

No era necesario.

—España —murmuró.

—Menos de veinticuatro horas.

—Con Isabella.

—Habrá abogados y equipos de seguridad.

—Otra vez.

—El memorándum fue comprometido.

—¿Qué memorándum?

La pregunta detuvo todo.

Había utilizado la palabra sin pensar.

—Un acuerdo de cooperación entre las casas.

—¿Sobre qué?

—Fundaciones, seguridad y continuidad institucional.

Evie me observó.

—¿Continuidad de qué?

—No puedo explicar los detalles hasta que revisemos el archivo.

—Siempre dices eso.

—Porque alguien accede a nuestras comunicaciones.

—Estamos solos.

—La casa todavía no ha sido revisada completamente.

Vi el instante en que la explicación dejó de parecerle suficiente.

No conocía la verdad.

Pero empezaba a reconocer su contorno.

—¿Existe algo entre tú e Isabella que no me has contado?

—No existe ningún compromiso.

—No he utilizado esa palabra.

—Es la respuesta.

—No. Es la que preparaste antes de que preguntara.

Evie caminó hacia la ventana.

Cruzó los brazos.

—Cuando regresaste desde España te pedí que dejaras de ocultarme cosas capaces de cambiar mis decisiones.

—Nada ha cambiado.

—Viajas otra vez con una mujer que está enamorada de ti.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Cómo lo sabes?

Evie soltó una risa vacía.

—Por la forma en que te mira. Por cómo habló de ti en el estudio. No soy idiota.

—Nunca he dicho que lo fueras.

—¿La besaste después de que empezamos a vernos?

La pregunta llegó.

Directa.

Sin espacio para transformarla en otra cosa.

Pensé en Toledo.

En Isabella sobre mi cama.

En la canción de Evie interrumpiéndonos.

—Antes de que prometiéramos exclusividad —respondí.

Evie perdió el color.

—Eso no es un no.

—Fue antes de nuestra conversación en la librería.

—¿Cuándo?

—Durante el primer viaje.

—Después de decirme que me amabas.

El dolor de su voz me atravesó.

—No cambió lo que siento por ti.

—Deja de repetir eso.

—Es cierto.

—Puedes amar a alguien mientras lo traicionas.

El silencio se instaló.

Evie se llevó una mano al rostro.

—¿Te acostaste con ella?

—No.

—¿Estuviste a punto?