Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

—Lo escuché.

—¿Sabes a qué se refería?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Alexander.

—No sé.

Se puso de pie.

—Lawson utilizaba cientos de expresiones extrañas. Podía referirse al internado, al Palacio o a cualquier lugar donde nos criamos.

—“La habitación donde aprendió a reemplazarlo”.

Mi hermano perdió el color.

—La sala de estudio.

—¿Cuál?

—En Windsor. Cuando éramos niños.

Recordé.

Dos escritorios.

Uno para Alexander.

Otro más pequeño que habían instalado cuando cumplí seis años.

Los profesores le enseñaban a gobernar.

A mí me enseñaban las mismas materias por si algún día él no podía hacerlo.

—Lawson nunca estuvo allí —dije.

—Los archivos de nuestra educación forman parte de los protocolos de sucesión.

—Marcus pudo acceder.

Alexander cerró los ojos.

Otra pista hacia su jefe de gabinete.

Demasiado conveniente.

—No significa que fuera él —añadió.

—No.

—Prométeme que no lo acusarás sin pruebas.

—No prometo cosas que no pienso hacer.

—Adrien.

—No acusaré a Marcus.

Mi hermano asintió.

Pareció aliviado.

—Quiero ir a Windsor —dije.

—¿Cuándo?

—Ahora.

—La habitación lleva años cerrada.

—Entonces quizá sea el único lugar que Lawson creyó que nadie revisaría.

Alexander miró hacia la puerta de la sala donde cubrían el cuerpo de Mercer.

—Voy contigo.

—No.

—No vuelvas a empezar.

—Acabas de ver morir a un hombre.

—Tú también.

No pude discutir.

—Primero iremos a Clarence House —decidí—. Descansaremos dos horas y después viajaremos con seguridad.

—Una hora.

—Dos.

—Una y media.

—Trato.

Alexander extendió la mano.

La estreché.

Sus dedos estaban helados.

* * *

Evie me esperaba despierta.

No dentro de la instalación.

En el teléfono.

Tenía siete llamadas perdidas.

La llamé desde el vehículo.

Respondió inmediatamente.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Mercer?

Miré a Alexander. Dormía en el asiento contrario, con la cabeza apoyada contra el cristal.

—Muerto.

Evie cerró los ojos.

—¿Cómo?

—Una inyección durante un corte de energía.

—Pensé que era una instalación segura.

—También nosotros.

—¿Estabas dentro?

—Detrás de un cristal.

—Te pedí que llamaras antes.

Lo había olvidado.

—Lo siento.

—No.

—Evie.

—Prometiste hacerlo.

—Todo ocurrió demasiado rápido.

—Siempre ocurrirá algo demasiado rápido.

El dolor de su voz me hizo bajar la mirada.

—Tienes razón.

Evie permaneció en silencio.

—¿Qué alcanzó a decir? —preguntó.

—Orfeo conoce a mi familia. Mencionó una habitación de nuestra infancia.

—¿Sospechas de alguien?

Miré a mi hermano dormido.

—Marcus.

—El jefe de gabinete de Alexander.

—Las pruebas conducen hacia él.

—Eso no significa que sea culpable.

—Lo sé.

—¿Dónde irás ahora?

—Clarence House.

—¿Y después?

No podía decirle Windsor.

Orfeo conocía nuestros movimientos.

—Continuaremos revisando archivos.

Otra verdad incompleta.

Evie lo escuchó.

—Regresa cuando puedas.

—Lo haré.

—No prometas una hora.

—No pensaba hacerlo.

—Te amo.

—Te amo.

Esta vez las palabras no repararon la promesa que había roto.

Solo impidieron que la herida pareciera irreparable.

* * *

La cuenta cifrada de Mercer fue abierta a las seis de la mañana.

Contenía pagos, órdenes y grabaciones.

Ningún nombre.

Orfeo había utilizado intermediarios, empresas desaparecidas y dispositivos vinculados con personas muertas.

Una carpeta llevaba el nombre de Marcus Vale.

Dentro había copias de sus credenciales, sus firmas y sus movimientos durante ocho meses.

Demasiado perfecto.

Ginny llegó a Clarence House y observó los archivos.

—Esto no demuestra que sea Orfeo —dijo.

—Demuestra que alguien quiere que lo creamos —respondí.

Alexander estaba de pie junto a la chimenea.

—Marcus dijo que existe una copia de los informes educativos en Windsor.

—¿Quién tiene acceso? —preguntó Bash.

—La familia, el archivero real y los jefes de gabinete.

—Entonces Marcus.

—También Julian —dije.

Bash asintió.

—Y el rey.

Mi padre no estaba presente.

No le habíamos informado todavía sobre la habitación.

—Viajaremos en una hora —dije.

Ginny me miró.

—¿Evie sabe?

—No necesita conocer cada desplazamiento.

El silencio cambió.

Alexander levantó los ojos.

Había utilizado exactamente la clase de frase que me pidió evitar.

—Es una operación activa —añadí.

—Naturalmente —respondió Ginny.

No discutió.

Eso resultó peor.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de Evie.

No olvides que tienes una casa a la que volver.

Debajo había enviado una fotografía del libro de arquitectura abierto sobre una cocina frente al mar.

La casa en Sussex.

Nuestro futuro.

Guardé el teléfono.

En otra pantalla esperaba una solicitud para programar la firma formal del memorándum con España.

Ya estaba firmado.

Solo faltaba depositarlo en los archivos de ambas casas.

Podía detenerlo antes de que ocurriera.

No lo hice.

Respondí a Evie:

Nunca lo olvido.

Después autoricé que el memorándum fuera registrado.

Mercer estaba muerto.

Marcus parecía culpable.

Orfeo continuaba sin rostro.

Y mientras todos perseguíamos a un hombre que se escondía detrás de identidades robadas, yo acababa de convertir oficialmente mi mentira en un documento que sobreviviría aunque intentara negarla.