CAPÍTULO 17 #2
—Mercer miente —murmuró.
—Escucha —dije.
—Acepté modificar rutas, eliminar grabaciones y contratar personal. Creí que trabajábamos para provocar una crisis controlada que obligaría a las casas reales a acelerar el acuerdo con España.
El video presentó una interferencia.
—La orden era sencilla: Alexander debía parecer vulnerable. Adrien, impulsivo. La cantante, peligrosa. España sería la salida más conveniente para todos.
Mi hermano se llevó una mano a la boca.
Mercer miró directamente hacia la cámara.
—Después comenzaron las amenazas reales. Lawson quiso detenerse cuando comprendió que alguien podía morir. Orfeo ordenó continuar.
—Entonces Lawson no dirigía nada —dijo Bash.
—Nunca lo hizo —respondió Alexander.
La grabación prosiguió:
—Orfeo pertenece al círculo íntimo de los Hawthorne. Conoce sus protocolos, sus relaciones y las palabras exactas necesarias para que cada integrante actúe según lo previsto.
Mercer levantó un teléfono.
—Tengo pruebas. Registros de pagos, mensajes y el archivo original de la voz. Los entregaré si recibo protección y una identidad nueva.
La imagen cambió.
Apareció una dirección.
Un edificio de apartamentos en Greenwich.
La grabación terminó.
Bash ya transmitía órdenes.
—¿Cuánto tardará el equipo? —pregunté.
—Doce minutos.
—Demasiado.
—Una unidad local llegará en cinco.
Alexander abrió el cinturón.
—No vas a ninguna parte —dije.
—Mercer puede identificar a Orfeo.
—Y precisamente por eso alguien intentará matarlo.
—Debemos llegar antes.
—La policía llegará.
—Lawson murió dentro de una habitación cerrada. El atacante murió en custodia. ¿En quién confías?
No tuve una respuesta.
Alexander se acercó.
—Por una vez, no intentes protegerme manteniéndome lejos de la verdad.
Miré a Bash.
—Prepara el vehículo.
—No es una buena idea.
—Nunca lo son.
* * *
Encontramos a Mercer intentando abandonar el edificio.
Llevaba una mochila y una chaqueta oscura. Había teñido el cabello, pero el sudor comenzaba a revelar el color claro junto a la frente.
La policía bloqueó ambos extremos de la calle.
Mercer levantó las manos.
No ofreció resistencia.
Observé la detención desde el vehículo junto a Alexander.
Mi hermano dejó escapar el aire.
—Está vivo.
—Por ahora.
—No digas eso.
—Orfeo ya mató a dos personas relacionadas con la operación.
—Entonces no lo llevarán a una comisaría normal.
Bash habló con el investigador.
—Utilizarán una instalación militar. El equipo médico y la custodia serán seleccionados fuera de las unidades vinculadas con los casos anteriores.
—Quiero hablar con él —dije.
—No.
—No era una petición.
—La respuesta continúa siendo no.
Alexander apoyó una mano sobre mi brazo.
—Deja que la policía trabaje.
—¿Tú me dices eso?
—Estoy creciendo emocionalmente.
—Lentamente.
Mercer volvió la cabeza cuando los agentes lo acercaron al vehículo policial.
Nuestros ojos se encontraron a través del cristal.
Me reconoció.
Después miró a Alexander.
El miedo apareció en su rostro.
Tropezó.
Un agente lo sostuvo.
Mercer comenzó a decir algo.
No podíamos escucharlo.
Sus labios formaron una palabra.
No fue Orfeo.
Pareció decir heredero.
Alexander se tensó.
—Hablaba de mí.
—No lo sabemos.
—Me miró.
—Eres el heredero.
—Precisamente.
El vehículo se alejó.
No sospeché de mi hermano.
Mercer había contribuido a utilizar su enfermedad, robar sus archivos y destruir su seguridad. Su miedo podía ser culpa.
O temor a que Alexander lo reconociera como uno de los hombres presentes durante los procedimientos.
Apoyé una mano sobre la nuca de mi hermano.
—Terminará pronto.
Alexander cerró los ojos.
—Eso es lo que me asusta.
* * *
Mercer entregó una condición antes de declarar.
Quería hablar conmigo.
La policía se negó.
Él se negó a desbloquear los archivos.
Durante cuatro horas permanecimos dentro de la instalación, separados por tres puertas y suficientes agentes para invadir un país pequeño.
Evie llamó dos veces.
Respondí la segunda.
—¿Está vivo? —preguntó.
—Sí.
—¿Habló?
—Quiere protección.
—¿Y qué le ofrecen?
—Una identidad nueva si entrega pruebas verificables.
—¿Por qué no lo hace?
—Quiere verme.
Evie guardó silencio.
—No entrarás.
—No lo he decidido.
—Adrien.
—Podría saber por qué te eligieron.
—Ya lo sabemos. La grabación.
—Podría conocer a Orfeo.
—Y podría tener un arma, veneno o cualquier otra cosa que no entiendo.
—Lo revisaron.
—También revisaron la habitación donde apareció la fotografía.
La preocupación de su voz se convirtió en algo físico dentro de mi pecho.
—Estaré detrás de un cristal y habrá agentes.
—No.
—No puedes darme órdenes.
—Puedo intentarlo.
—Eso es mío.
—Aprendo de los peores.
Sonreí.
—No me ocurrirá nada.
—No prometas cosas que no controlas.
—Entonces prométeme que estarás en la residencia cuando regrese.
—Eso es diferente.
—Naturalmente.
Evie soltó una respiración.
—Llámame antes de entrar.
—Lo haré.
—No después.
—Evie.
—Quiero escuchar tu voz antes.
El miedo detrás de la petición me hizo cerrar los ojos.
—De acuerdo.
—Te amo.
—Te amo.
La llamada terminó.
Alexander estaba sentado al otro lado del corredor.
No podía haber escuchado las palabras.
Aun así, me observaba con una expresión demasiado comprensiva.
—Era ella.
—La investigación tiene muchas participantes.
—Naturalmente.
No insistió.
* * *
Mercer fue trasladado a una sala sin ventanas.
Yo permanecí detrás de un cristal blindado. Bash y el investigador estaban conmigo. Alexander observaba desde otra habitación, acompañado por el médico.
Mercer tenía las manos sujetas a la mesa.
Una cámara grababa cada movimiento.
—Príncipe Adrien —dijo.
Un altavoz transmitió mi voz.
—Señor Mercer.
—Pensé que vendría solo.
—Entonces no ha prestado atención a mi familia.
Sus ojos recorrieron el cristal.
No podía verme con claridad.
—Quiero inmunidad.
—No puedo concederla.
—Puede conseguirla.
—Sobreestima mi autoridad.
—No. Todos la subestiman. Ese es el problema.
El investigador intervino:
—Entregue los archivos y evaluaremos un acuerdo.
Mercer negó.
—Primero quiero garantías.
—Participó en secuestros, acceso ilegal y amenazas.
—No intenté secuestrar a Han.
Mi cuerpo se tensó.
—Contrató a las personas que lo hicieron.
—Orfeo modificó la operación.
—¿Quién es?
Mercer miró hacia el cristal.
—No conozco su nombre real.
—Miente.
—Lawson tampoco lo conocía al principio.
—Dijo que pertenece al círculo íntimo.
—Porque sabe cosas que nadie externo debería saber.
—¿Cómo se comunicaban?
—Mediante audios. A veces llamadas breves. La voz siempre estaba alterada.
—¿Los archivos originales?
—Dentro de una cuenta cifrada.
—Contraseña.
Mercer sonrió.
—Protección.
—No controla esta negociación.
—Entonces no obtendrá el nombre.
Me incliné hacia el micrófono.
—Orfeo ya consiguió entrar en una instalación policial y matar a un hombre. Sabe dónde está usted. Cada minuto que conserva la información pierde valor.
La sonrisa desapareció.
—No sabe que estoy aquí.
—Envió la dirección del apartamento mediante una grabación preparada.
—Yo preparé el video.
—¿Quién envió la fotografía de la iglesia?
Mercer quedó inmóvil.
No lo sabía.
—Orfeo lo entregó —continué—. No permitió que eligiera el momento de rendirse. Lo condujo hasta nosotros.
La respiración de Mercer cambió.
—No.
—La mochila contenía una fotografía de Lawson y Alexander. Nada relacionado con usted. Era otro mensaje.
—Yo envié las coordenadas.
—Después de que Orfeo revelara su ubicación.
Mercer apretó las manos.
—Quiere que piense que ya está muerto.
—Lo está si continúa protegiéndolo.
Miró hacia la cámara.
—Apáguenla.
—No.
—Entonces no hablaré.
—Se acabó el tiempo.
Me aparté del micrófono.
Mercer golpeó la mesa.
—¡Espere!
Volví.
—La voz utilizó una frase una vez —dijo—. No estaba dentro del guion.
—¿Cuál?
—Dijo que el segundo hijo siempre confunde ser necesario con ser amado.
El frío me recorrió la espalda.
Era una observación demasiado íntima.
Mi padre podía conocerla.
Mi madre.
Alexander.
Beatrice.
Bash.
Ginny.
Isabella, quizá.
—¿Algo más?
—Lawson reaccionó. Preguntó dónde la había escuchado.
—¿Qué respondió Orfeo?
—“Dentro de la habitación donde aprendió a reemplazarlo”.
Alexander.
Mi infancia.
El lugar donde había aprendido a convertirme en su sustituto.
—¿Qué habitación?
—No lo sé.
—¿Quién conoce la respuesta?
—Lawson la conocía.
—Está muerto.
—Entonces encuentre sus archivos originales.
—¿Dónde?
Mercer comenzó a hablar.
La cámara se apagó.
No disminuyó.
Murió.
Las luces también.
Bash me empujó hacia el suelo.
La alarma comenzó a sonar.
Detrás del cristal escuchamos gritos.
—¡Mercer! —ordenó el investigador—. ¡Equipo médico!
La energía de emergencia regresó siete segundos después.
Siete segundos demasiado largos.
Mercer estaba inclinado sobre la mesa.
Uno de los agentes yacía junto a la puerta.
Otro intentaba reanimarlo.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
—Descarga en el sistema —respondió Bash—. Las cerraduras se abrieron.
—¿Entró alguien?
—No lo sé.
El equipo médico rodeó a Mercer.
Alexander apareció en el corredor.
—¿Está vivo?
Nadie respondió.
Un médico levantó la cabeza.
—No tiene pulso.
Entraron con un desfibrilador.
Mercer no reaccionó.
Encontraron una pequeña herida debajo de su mandíbula.
Una aguja.
Alguien lo había alcanzado durante la oscuridad.
Dentro de una instalación militar.
Rodeado por agentes seleccionados.
Orfeo no necesitaba atravesar puertas.
Solo conseguir que se abrieran durante siete segundos.
* * *
Alexander se quedó sentado junto a la pared.
El médico quería trasladarlo.
Se negó.
Tenía el rostro entre las manos.
—Iba a decirnos dónde estaban los archivos.
—La policía revisará sus cuentas —respondí.
—Orfeo lo mató delante de nosotros.
—No delante.
—Siete segundos no cambian nada.
Me senté a su lado.
—Dijo algo sobre una habitación.
Alexander levantó el rostro.