CAPÍTULO 17
El hombre sin nombre
Daniel Mercer apareció en una fotografía tomada dentro de una iglesia.
No estaba rezando.
Permanecía sentado en el último banco, con la espalda hacia el altar y una gorra ocultando parcialmente su rostro. Había adelgazado desde la gala. La barba era más larga y llevaba el cabello teñido de un tono casi negro.
Aun así, Bash lo reconoció.
La fotografía llegó a las seis y treinta y dos de la mañana, mientras yo preparaba café dentro de la residencia de Evie.
Ella continuaba dormida.
Había pasado la noche con una pierna enredada alrededor de las mías y una mano cerrada sobre mi camisa, como si incluso dormida necesitara comprobar que no me había marchado.
El teléfono cifrado vibró sobre la encimera.
Abrí el mensaje.
Localizamos a Mercer. Iglesia de Saint Matthew. Equipo en posición.
Debajo había una segunda línea.
No salga de la residencia.
Una instrucción optimista.
Apagué la cafetera y regresé al dormitorio.
Evie estaba acostada de lado. El cabello oscuro cubría parte de su rostro y la sábana se había deslizado hasta su cintura.
Me vestí sin encender la luz.
Cuando tomé la chaqueta, abrió los ojos.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Mientes peor por las mañanas.
Se incorporó.
—¿Es Alexander?
—Encontraron una posible pista.
—¿Mercer?
No respondí.
Evie apartó la sábana.
—Voy contigo.
—No.
La palabra salió con demasiada rapidez.
Sus ojos se endurecieron.
—Inténtalo otra vez.
—La policía todavía no confirmó la identidad.
—Pero crees que es él.
—Sí.
—Entonces también forma parte de lo que me ocurrió.
—Precisamente por eso permanecerás aquí.
—No vuelvas a decidir por mí.
—No pienso llevarte a una detención.
—No te he pedido que lo hagas. Quiero conocer la información cuando ocurra, no varias horas después de que el Palacio decida qué versión puedo soportar.
Me senté frente a ella.
—Bash me pidió que tampoco fuera.
—¿Le harás caso?
—Naturalmente no.
—Entonces no utilices la seguridad como argumento cuando tú tampoco la obedeces.
—La diferencia es que Mercer no intentó secuestrarme.
—Organizó una operación completa para manipularte.
La observé.
Evie tenía razón.
Aquello no mejoró mi disposición a admitirlo.
—La policía dirigirá la detención —dije—. Yo iré a Kensington para recibir la transmisión segura.
—¿Y yo?
—Ginny puede conectarte desde aquí.
—Quiero que me lo prometas.
—Evie.
—Sin resúmenes, sin información mutilada y sin esperar a que alguien decida si resultará demasiado difícil.
La palabra mutilada me recordó cada respuesta que le había entregado sobre Isabella.
—Lo prometo.
Evie sostuvo mi mirada.
—Bien.
Me acerqué para besarla.
Apoyó una mano sobre mi pecho.
—Todavía estoy enfadada.
—Puedes besarme con hostilidad.
—Eres insoportable.
—Y aun así me diste una llave.
Sus ojos bajaron hacia el bolsillo de mi chaqueta.
La llave se encontraba allí.
Junto a otra más pequeña que pertenecía al cajón donde guardaba el memorándum.
Dos metales casi idénticos.
Dos vidas incompatibles.
Evie me besó brevemente.
—Llámame en cuanto lo detengan.
—Lo haré.
—Y no aparezcas dentro de la iglesia.
—No pensaba hacerlo.
—Mientes.
—Tengo una reputación que mantener.
Evie volvió a recostarse.
No cerró los ojos hasta que abandoné la habitación.
* * *
La iglesia estaba vacía cuando entró la policía.
La fotografía tenía cuarenta y siete minutos.
Mercer había dejado una mochila debajo del banco, una taza de café todavía tibia y un teléfono sin tarjeta.
No había huellas.
Tampoco documentos.
Solo una Biblia con varias páginas arrancadas.
Observamos el operativo desde una sala de seguridad en Kensington.
Bash permanecía de pie detrás de mí. Ginny estaba conectada desde su despacho y Evie aparecía dentro de una ventana pequeña en la esquina de la pantalla, acompañada por Samantha.
Había cumplido mi promesa.
No parecía agradecerlo.
—Alguien le advirtió —dijo Evie.
—O la fotografía fue enviada deliberadamente después de que se marchara —respondió Ginny.
—¿Para qué?
—Obligarnos a encontrar la mochila.
El equipo forense la abrió dentro de una caja de protección.
Contenía ropa, dinero en cuatro monedas y una fotografía de Lawson junto a Alexander.
Mi hermano tendría veinte años.
Lawson se encontraba detrás, con una mano sobre su hombro. Alexander sonreía hacia alguien fuera de la imagen.
En el reverso había una frase escrita:
Los príncipes siempre confían en quien permanece cuando todos los demás se marchan.
Alexander observaba la pantalla desde un sillón.
Había insistido en participar.
Su rostro perdió color.
—Recuerdo ese día —dijo.
Mi madre, sentada a su lado, tomó su mano.
—No tienes que continuar.
—Sí.
—Alexander…
—Lawson me acompañó a mi primer compromiso después de un ataque de pánico. Padre quería cancelarlo. Él me convenció de ir.
Mi padre permanecía junto a la ventana.
No respondió a la acusación.
—¿Quién tomó la fotografía? —pregunté.
Alexander cerró los ojos.
—Marcus.
El nombre se instaló dentro de la sala.
Bash anotó algo.
—¿Está seguro?
—Sí. Estábamos en Escocia. Marcus acababa de empezar a trabajar conmigo.
—Entonces Mercer posee una imagen tomada por el principal sospechoso —dijo mi padre.
—Marcus no es Orfeo —respondió Alexander.
—No puedes saberlo.
—Lo conozco.
—También conocías a Lawson.
Mi hermano retiró la mano de nuestra madre.
—No vuelvas a utilizar eso contra mí.
Mi padre quedó inmóvil.
Alexander se puso de pie.
—Confié en un hombre que me manipuló cuando estaba enfermo. No significa que cada persona que haya trabajado conmigo sea un traidor.
—Significa que no eres capaz de evaluar objetivamente la lealtad de tu entorno.
El silencio cayó.
Alexander perdió todo el color.
Avancé antes de decidir hacerlo.
—Basta.
Mi padre me miró.
—Esto no es asunto tuyo.
—Acabas de utilizar su enfermedad para declarar que no puede confiar en su propio juicio.
—Estamos investigando una conspiración.
—Entonces investiga pruebas. No humillaciones.
Alexander apretó los labios.
Me acerqué.
—Siéntate.
Por una vez, no discutió.
Evie observaba desde la pantalla.
No podía verme completamente, pero escuchó cada palabra.
Su expresión se había endurecido.
—La fotografía es una provocación —dijo—. Quieren que sospechen de Marcus porque Alexander confía en él.
Todos se volvieron hacia su imagen.
Mi padre frunció el ceño.
—La señorita Han no debería participar en una discusión familiar.
Evie sostuvo su mirada a través de la cámara.
—Entonces no hablen de la investigación delante de mí.
—La conexión existe únicamente por cortesía de Adrien.
—No —intervino Ginny—. Existe porque el material encontrado está relacionado con una operación de la que mi clienta es víctima.
Evie todavía no era formalmente su clienta para todos los aspectos.
Ginny decidió que aquel no era el momento de precisar detalles.
—La fotografía no demuestra la participación de Marcus —continuó—. Solo que alguien tuvo acceso a un archivo de Alexander.
—Marcus poseía el original —dijo mi padre.
—Y Lawson tenía acceso a su oficina —respondió Alexander.
El equipo forense extrajo el teléfono.
Una única nota permanecía almacenada.
ORFEO NO TIENE ROSTRO. SOLO LA VOZ QUE NECESITAS OÍR.
Debajo aparecían coordenadas.
Bash las introdujo en el sistema.
El mapa señaló una zona industrial cerca del Támesis.
—Es otra invitación —dije.
—Una trampa —respondió mi madre.
—Ambas cosas.
La policía comenzó a movilizarse.
Evie se acercó a su cámara.
—Adrien.
—No iré.
—Eso ha sido demasiado rápido.
—Porque sabía que preguntarías.
—Bien.
—¿No vas a discutir?
—Estoy aprendiendo a elegir mis batallas.
—Una evolución preocupante.
Evie no sonrió.
—Ten cuidado.
—Siempre.
La conexión terminó.
Alexander apoyó los codos sobre las rodillas.
—Voy con el equipo.
—No —respondimos mi madre y yo al mismo tiempo.
Mi hermano levantó la mirada.
—Hablan de mí.
—También de Evie y no irá —dije.
—Evie fue atacada hace semanas.
—Tú tuviste una migraña ayer.
—No perdí tiempo.
—No importa.
—Decides por mí con la misma facilidad que criticas a padre.
La acusación encontró su objetivo.
Alexander se puso de pie.
—Puedo permanecer dentro del centro de coordinación.
Miré a Bash.
—¿Es seguro?
—Podemos instalarlo dentro del vehículo principal. No entrará en la zona.
—Entonces voy —dijo Alexander.
—Con un médico.
—Adrien.
—No es negociable.
—Todo es negociable. Tú me lo enseñaste.
A pesar de la tensión, sonreí.
—Un médico y dos agentes.
—Un agente.
—Dos.
—Trato.
Mi madre cerró los ojos.
Había perdido la discusión antes de que comenzara.
* * *
Las coordenadas conducían a una imprenta abandonada.
El edificio estaba rodeado por depósitos y talleres cerrados. Varias cámaras exteriores habían sido destruidas.
La policía entró poco después de las diez.
Alexander y yo observábamos desde el centro de coordinación, estacionado a tres calles.
Mi hermano llevaba un chaleco protector sobre la camisa. Parecía absurdo y demasiado pesado para su cuerpo.
—Deja de mirarme —dijo.
—Compruebo que continúes consciente.
—Tu interés no parece médico.
—Evie dice lo mismo.
La frase salió con naturalidad.
Alexander volvió lentamente la cabeza.
—Entonces hablan mucho.
—Forma parte de la investigación.
—Naturalmente.
Me concentré en las pantallas.
Los agentes recorrieron el primer piso.
Nada.
En el segundo encontraron ordenadores destruidos, documentos quemados y una silla colocada frente a una cámara.
—Otra habitación preparada —dijo Bash por el auricular.
—¿Para qué?
La pantalla central se encendió.
Mercer apareció en directo.
Estaba sentado dentro de un vehículo, aunque el fondo había sido oscurecido. Llevaba la misma gorra de la iglesia.
—Príncipe Adrien —dijo.
Los agentes levantaron sus armas hacia la cámara vacía.
Mercer sonrió.
—Sabía que vendría.
—La transmisión no es bidireccional —informó un técnico—. El video fue programado.
Mercer continuó:
—Si escucha esto, Lawson está muerto, el Palacio encontró el almacén y Orfeo decidió que yo también soy reemplazable.
Su rostro perdió parte de la seguridad.
—No fui yo quien eligió a Evelyn Han. Tampoco sabía que el príncipe Alexander estaba siendo sometido a procedimientos médicos sin autorización.
Alexander se tensó.