CAPÍTULO 16 #2
La casa olía a madera, humedad y abandono. Varias sábanas cubrían los muebles. El suelo crujía y una mancha oscura se extendía sobre una esquina del techo de la cocina.
Evie examinó cada habitación.
Abrió ventanas.
Discutió con Bash sobre las cámaras que pensaba instalar.
—No habrá ninguna dentro —dijo.
—Solo accesos y corredores de servicio —respondió.
—Ningún corredor interior.
—La entrada trasera…
—Afuera.
Bash me miró.
—Ella decidirá —dije.
Evie levantó una ceja.
—Eso sonó doloroso.
—Estoy creciendo.
—Lentamente.
Subimos.
El dormitorio principal miraba hacia el mar.
Evie permaneció junto a la ventana.
—La cama irá aquí.
—Bloquearía el paso.
—No.
—Estudié planos.
—Yo dormiré en ella.
—Un argumento persuasivo.
La habitación contigua era más pequeña.
La luz entraba desde dos lados.
—El piano —dijo Evie.
—Eso pensé.
Caminó hasta el centro.
Extendió los brazos como si pudiera imaginar el instrumento debajo de sus dedos.
—Y un escritorio junto a esa pared.
—Tu habitación para escribir.
—Nuestra.
La palabra me golpeó.
—¿Nuestra?
—Puedes tener un escritorio pequeño.
—Generoso.
—No quiero que trabajes demasiado.
—Tendré que financiar tus decisiones decorativas.
Evie sonrió.
Después se acercó y rodeó mi cintura.
—Esto parece real.
—Lo es.
—¿Firmaste?
—Una opción de compra.
—¿Qué significa?
—Tenemos algunas semanas para completar la operación después de revisar la propiedad.
—Entonces todavía puedo impedir que compres una ruina.
—Teóricamente.
—¿Y si decido ir a Los Ángeles?
El miedo llegó.
No permití que apareciera en mi rostro.
—La casa continuará aquí.
—¿Me esperarías seis meses?
—No.
Evie se apartó.
—¿No?
—Viajaría a verte.
La sorpresa suavizó sus facciones.
—Dijiste que no podías desaparecer constantemente.
—Encontraría una manera.
—¿Entonces por qué me pediste que me quedara?
—Porque quiero despertarme contigo todos los días, no cada vez que una agenda lo permita.
Evie apoyó una mano sobre mi pecho.
—No quiero rechazar Los Ángeles solo por ti.
—Entonces no lo hagas.
Las palabras costaron.
—Acepta el proyecto si es lo que quieres. Conservaremos la casa. Trabajarás allí seis meses y después regresarás.
—¿Y si no quiero regresar?
La idea fue insoportable.
—Lo harás.
—Presuntuoso.
—Mentirosa.
Esta vez sonrió.
Apoyó la frente contra mi pecho.
—Pediré que reduzcan el proyecto a tres meses.
No era quedarse.
Tampoco marcharse completamente.
—Puedo sobrevivir tres meses.
—No pareces seguro.
—Enviaré a Bash contigo.
Desde el corredor, Bash respondió:
—No.
Evie rió.
La abracé.
Durante varios minutos permanecimos frente a las ventanas, construyendo planes.
Un piano.
Dos escritorios.
Un perro.
Navidades sin cámaras.
Desayunos donde nadie tuviera que marcharse antes del amanecer.
Evie no sabía que el memorándum seguía esperando dentro de mi despacho.
La casa parecía mucho más real.
Eso me permitió creer que el otro futuro todavía era únicamente papel.
* * *
Nos quedamos hasta el anochecer.
Bash y los agentes revisaron el exterior mientras Evie y yo permanecíamos dentro del salón vacío.
No había electricidad en algunas habitaciones, pero la chimenea funcionaba. Encendimos el fuego y extendimos una manta sobre el suelo.
Evie apoyó la cabeza sobre mis piernas.
—Tengo algo para ti —dijo.
Sacó una llave del bolsillo.
—¿De qué es?
—La residencia.
—Ya tengo acceso.
—Bash tiene acceso. Tú llamas antes de entrar.
—Una costumbre civilizada.
—Esta es para ti.
La dejó sobre mi palma.
Era una llave común, sin marcas.
—Naomi cree que es para Samantha —explicó—. Samantha cree que la tiene Naomi.
—Estás aprendiendo demasiado de mí.
—No es un elogio.
Cerré los dedos.
—¿Qué significa?
—Que no quiero que cada vez necesites organizar una operación para entrar donde vivo.
—¿Puedo aparecer sin avisar?
—No abuses.
—Eso reduce el valor del regalo.
Evie se incorporó.
—Significa que tienes un lugar en mi vida incluso cuando no estoy esperándote.
La emoción llegó demasiado rápido.
Besé su frente.
—También tengo algo.
—¿Otra propiedad?
—Un caballo.
Evie abrió los ojos.
—No.
—Qué alivio.
Saqué del abrigo una carpeta delgada.
Dentro estaba la partitura original que había tocado la noche del estudio. El papel conservaba marcas, correcciones y una pequeña mancha de café.
Evie pasó los dedos por las notas.
—¿Es la canción?
—La primera parte. Antes de que la escribieras.
—¿Por qué me la das?
—Porque comenzaste a convertirla en nuestra sin saberlo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Estás intentando que llore demasiado dentro de esta casa.
—Así podré reparar el techo con la humedad adicional.
Evie me golpeó suavemente.
Después besó mi boca.
La llave permanecía dentro de mi mano.
La partitura, entre las suyas.
Intercambiamos acceso.
Confianza.
La promesa de que algún día no necesitaríamos esconder ninguna de las dos cosas.
—Te amo —dijo.
—Te amo.
No tuve que mentir.
Eso era lo más peligroso.
* * *
Isabella me esperaba en Kensington cuando regresé.
Estaba sola dentro de la biblioteca privada. Había dejado el abrigo sobre un sillón y sostenía el memorándum entre las manos.
—¿Cómo entraste?
—Soy una princesa. A veces abren puertas.
La frase pertenecía a Beatrice.
—Mi hermana es una mala influencia.
—Tu hermana cree que revisamos documentos de la fundación.
—Entonces todavía conserva parte de su inocencia.
Isabella dejó el memorándum sobre la mesa.
—Mi padre necesita una respuesta esta noche.
—Dijiste veinticuatro horas.
—Terminaron hace seis.
Miré el documento.
Había pasado el día entero construyendo una casa con Evie.
Podía rechazarlo.
Solo necesitaba pronunciar una palabra.
—¿Firmaste? —pregunté.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quería hacerlo antes que tú.
—No es vinculante.
—Lo sé.
—No establece un compromiso.
—También.
—Entonces solo conserva una conversación abierta.
Isabella sostuvo mi mirada.
—Eso intentas decirte.
No respondí.
Se acercó a la mesa.
—Si firmas, no significará que aceptaste casarte conmigo. Pero significará que todavía consideras posible elegirme.
—Lo considero posible.
Las palabras hirieron a tres personas.
Solo una estaba presente para escucharlas.
Isabella cerró los ojos.
Cuando los abrió, había esperanza dentro de ellos.
La clase de esperanza que yo no tenía derecho a entregarle.
—Entonces firma —dijo.
Pensé en la llave dentro de mi bolsillo.
En la partitura.
En Evie frente a las ventanas de nuestra casa.
—No habrá anuncios.
—No.
—Ni fechas.
—No.
—Y cualquiera podrá retirarse.
—Sí.
Tomé el bolígrafo.
La puerta se abrió.
Alexander entró.
Se detuvo al ver el documento.
—¿Qué haces?
—Revisamos el memorándum.
—Dijiste que no habías firmado.
—Todavía no.
Mi hermano miró a Isabella.
—¿Puedo hablar con él?
Ella no se movió.
—También es mi documento.
Alexander aceptó la corrección.
—Entonces lo diré delante de ambos. No deberían firmar.
Isabella cruzó los brazos.
—La cláusula de renuncia fue eliminada.
—No importa.
—Importa para mí.
—No me refiero a España. Me refiero a Adrien.
Mi cuerpo se tensó.
—Alexander.
—Amas a otra persona.
Isabella dejó de respirar.
Lo miré con furia.
—No sabes nada.
—Sé suficiente.
Mi hermano se acercó.
—No sé quién es. Tampoco necesito saberlo. Pero cada vez que alguien menciona estas negociaciones pareces estar preparándote para un funeral.
Isabella me observó.
—¿Es cierto?
—No hablaré de mi vida privada delante de Alexander.
—Entonces existe una vida privada que afecta esto.
—Todos tenemos una.
Alexander apoyó una mano sobre la mesa.
—No firmes esta noche.
—No decides por mí.
—No. Intento impedir que vuelvas a permitir que otros lo hagan.
—Nadie me obliga.
—Eso es peor.
La frase me irritó.
—Basta.
—Adrien…
—Sal.
Mi hermano quedó inmóvil.
—Te pedí que salieras.
El dolor apareció en su rostro.
Isabella observaba en silencio.
—Solo intento protegerte —dijo Alexander.
—Estoy cansado de que todos utilicen esa frase.
La misma acusación que Evie dirigía contra mí.
Alexander retrocedió.
—Tienes razón.
Su voz fue baja.
—Es tu vida.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir, miró el memorándum.
—Solo espero que la otra persona sepa que estás a punto de firmarlo.
La puerta se cerró.
Isabella se volvió hacia mí.
—¿Lo sabe?
Podía terminar allí.
Negarme.
Regresar a Sussex y contarle todo a Evie antes de que la compra se completara.
—No existe nada que deba saber sobre un documento no vinculante.
Isabella perdió parte del color.
Había comprendido que Alexander tenía razón.
También que yo pretendía firmar de todas formas.
—Eres consciente de lo que haces —dijo.
—Sí.
—Bien.
No parecía pensar que fuera bueno.
Tomó otro bolígrafo.
Firmé.
Adrien Hawthorne.
Isabella firmó debajo.
Isabella de Valcázar.
Dos nombres.
Ningún compromiso.
Ninguna promesa oficial.
Solo un documento que confirmaba que ambos considerábamos posible un matrimonio futuro.
Isabella dejó el bolígrafo.
—No me beses.
—No pensaba hacerlo.
—Eso no me hace sentir mejor.
Tomó su copia.
—Cuando descubras qué quieres, quizá ninguna de nosotras continúe esperando.
Se marchó.
Me quedé solo.
Saqué la llave que Evie me había entregado.
La coloqué junto a mi firma.
Metal y papel.
Dos futuros dentro de la misma mano.
El memorándum no era un compromiso.
La llave tampoco era un matrimonio.
Aun así, sabía cuál de los dos objetos resultaría más difícil explicar cuando Evie descubriera la verdad.
Guardé la llave en el bolsillo.
El acuerdo, dentro del cajón.
Después llamé a Evie.
—¿Llegaste? —preguntó.
—Sí.
—¿Qué haces?
Miré el documento que acababa de firmar.
—Pensaba en nuestra casa.
Otra respuesta cierta.
—Yo también —dijo—. Creo que el piano debe ir frente a la ventana.
—Bloqueará la vista.
—Entonces tendrás que mirarme a mí.
Sonreí.
—Una negociación convincente.
—Te amo.
—Te amo.
Cerré el cajón.
Evie empezó a hablarme de pinturas, muebles y de un perro que ya había decidido llamar Bowie.
Yo la escuché con la llave apretada dentro del bolsillo.
Aquella mañana no tenía dos compromisos.
Al terminar el día, tampoco.
Solo tenía una casa con Evie y un memorándum con Isabella.
Palabras diferentes.
La misma traición.