Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El acuerdo que no era un compromiso

El memorándum permaneció cuatro días dentro de mi escritorio.

No lo escondí.

Ocultarlo habría implicado reconocer que existía algo vergonzoso en conservar un documento que, según todos los abogados involucrados, no me obligaba a nada.

Solo lo guardé debajo de tres informes de seguridad, dos presupuestos de la fundación y una carpeta sobre la casa de Sussex.

Un lugar perfectamente razonable para un acuerdo que no significaba un compromiso matrimonial.

Abría el cajón cada mañana.

Leía las primeras páginas.

Confirmaba que las palabras matrimonio, prometido y boda no aparecían en ninguna parte.

Después volvía a cerrarlo.

Durante aquellas cuatro noches dormí con Evie.

No todas completas.

A veces llegaba después de medianoche y me marchaba antes del amanecer. En otras ocasiones permanecía hasta que Naomi comenzaba a caminar deliberadamente por el corredor para recordarme que mi presencia tenía una hora de caducidad.

Evie hablaba de la casa.

Del estudio.

De un perro que yo continuaba insistiendo en que no dormiría sobre nuestros muebles.

Yo escuchaba con el memorándum guardado dentro de un cajón a cuarenta kilómetros de distancia.

La culpa no consiguió que dejara de imaginar el futuro.

Solo consiguió dividirlo en habitaciones separadas.

* * *

Ginny entró en mi despacho a las nueve del quinto día.

Llevaba un traje azul oscuro, las trenzas recogidas en una cola alta y el borrador corregido dentro de una carpeta.

—La Casa de Valcázar aceptó las últimas modificaciones —informó.

—¿Cuáles?

—Las que sabes perfectamente porque las solicitaste tú.

—Disfruto escuchando tu voz.

—Es una lástima que nunca escuches el contenido.

Dejó la carpeta sobre la mesa.

Abrí el documento.

Habían eliminado cualquier obligación de comparecencia conjunta. No existían plazos para adoptar una decisión matrimonial ni autorizaciones para realizar anuncios.

El punto principal confirmaba que ambas casas mantendrían conversaciones privadas sobre una posible unión futura.

Posible.

Futura.

Dos palabras suficientemente amplias para esconder una vida completa.

—No es vinculante —dije.

—Legalmente.

—Es la única categoría que te corresponde evaluar.

Ginny se sentó.

—Entonces hablemos de derecho contractual.

—Finalmente.

—Las partes pueden generar expectativas legítimas aunque un memorándum no establezca obligaciones exigibles. Si firmas, España destinará fondos, modificará agendas y continuará preparando a Isabella para una eventual unión.

—Ella conoce las condiciones.

—¿Evie?

Cerré la carpeta.

—No forma parte del acuerdo.

—Ese es exactamente el problema.

—No existe compromiso.

—Prometiste exclusividad.

—No he besado a Isabella desde España.

—Continúas negociando la posibilidad de casarte con ella.

—Una posibilidad no es una relación.

Ginny me observó con una expresión casi clínica.

—¿Practicas esas frases antes de decirlas o la falta de vergüenza surge naturalmente?

—Isabella puede retirarse.

—Tú también.

—Todavía no.

—¿Qué esperas?

Miré hacia la ventana.

—Encontrar a Orfeo.

—La identidad de un delincuente no decidirá de quién estás enamorado.

—Afectará mi posición dentro de la familia.

—Evie no te preguntó por tu posición. Te preguntó si existía otra mujer.

—Y no existe.

—Isabella existe.

—No de la manera que Evie preguntaba.

—¿Cómo lo sabes? Controlas la información y después interpretas las preguntas de acuerdo con la respuesta que deseas entregar.

Me levanté.

—¿Terminaste la revisión legal?

—Sí.

—Entonces puedes irte.

Ginny no se movió.

—Adrien, no firmes esto antes de hablar con Evie.

—No eres mi conciencia.

—Ya lo dijiste.

—Parece que no funcionó.

—No.

Guardó su tableta.

—Pero el día que todo esto se destruya, no permitiré que afirmes que nadie consiguió explicártelo con suficiente claridad.

Salió.

El memorándum permaneció sobre la mesa.

A plena vista.

Todavía sin firmar.

* * *

La policía interrogó a Marcus durante siete horas.

No encontraron comunicaciones con Mercer.

Tampoco pagos, cuentas ocultas ni desplazamientos incompatibles con sus funciones.

Solo encontraron accesos.

Miles.

Marcus había administrado la vida de Alexander durante casi una década. Conocía sus citas médicas, sus contraseñas de emergencia y los nombres de cada persona autorizada para entrar en Clarence House.

La ausencia de una prueba directa no lo liberó.

La cantidad de información a su alcance lo convirtió en un sospechoso más conveniente.

Alexander pidió verme después del interrogatorio.

Lo encontré dentro de su biblioteca.

Estaba sentado en el suelo, rodeado por cajas de documentos. Llevaba pantalones oscuros, una camisa abierta en el cuello y gafas que rara vez utilizaba delante de otras personas.

—¿Qué haces?

—Revisando archivos antiguos.

—El equipo forense ya lo hizo.

—Buscan evidencias. Yo busco cosas que pudieron parecer normales cuando ocurrieron.

Me agaché y tomé una carpeta.

—¿Desde cuándo guardas informes de estacionamiento?

—Marcus guardaba todo.

—Eso parece más un argumento a su favor que una acusación.

Alexander dejó un documento.

—No creo que sea Orfeo.

—Yo tampoco.

—Pero creía lo mismo sobre Lawson.

La culpa apareció en su voz.

Me senté frente a él.

—Confiar en dos personas que te traicionaron no te convierte en responsable de sus decisiones.

—¿Y si Marcus también lo hizo?

—Entonces aprenderemos que tienes un gusto terrible para contratar personal.

Alexander sonrió débilmente.

—Tú elegiste a Julian.

—Julian fue asignado.

—Eso explica mucho.

Continuamos revisando las cajas.

Dentro de una encontré una versión antigua del protocolo dinástico.

La Corona sobrevive a los hombres que la sirven.

La frase aparecía impresa en la primera página.

—Esto no era tan secreto como creíamos —dije.

Alexander observó el documento.

—Lawson guardaba una copia en su oficina. Marcus también. Probablemente todo el equipo de transición la leyó.

—Entonces no identifica a Orfeo.

—No.

—Solo garantiza que continuemos sospechando de cada persona cercana a ti.

Mi hermano cerró los ojos.

—Quizá ese sea el objetivo.

—¿Dividirnos?

—Aislarme.

Lo miré.

Alexander sostenía una fotografía antigua. Ambos aparecíamos durante una ceremonia. Él tendría diecinueve años. Yo, dieciséis.

Yo miraba hacia una ventana.

Alexander me miraba a mí.

—Llevas toda la vida reemplazando a las personas que no pueden estar conmigo —dijo—. Madre. Padre. Lawson.

—No te reemplazaba a nadie.

—Lo hacías.

Dejó la fotografía.

—Y ahora intentan enviarte a España.

Mi cuerpo se tensó.

—La cláusula fue eliminada.

—El acuerdo continúa.

—No he firmado.

—No lo hagas.

—Alexander.

—No quiero que renuncies a Inglaterra para protegerme.

—Ya no exige una renuncia.

—Todavía conduce hacia el mismo lugar.

—Isabella no tiene culpa.

—No hablo de ella. Hablo de ti.

Se quitó las gafas.

—¿Quieres casarte con Isabella?

—No lo sé.

—¿Amas a alguien más?

La pregunta llegó sin preparación.

La imagen de Evie apareció inmediatamente.

Sentada en una encimera.

Cantando dentro del estudio.

Dormida sobre mi pecho.

—No es asunto tuyo.

Alexander asintió lentamente.

—Entonces sí.

—No he dicho eso.

—Tampoco necesitas hacerlo.

Se inclinó hacia una caja y sacó otra carpeta.

—Solo asegúrate de que ella sepa que existe una negociación.

—No sabes quién es.

—Sé que no es Isabella.

Mantuve el rostro inmóvil.

Alexander no parecía sospechar de Evie específicamente.

O fingía no hacerlo por respeto.

—No firmes hasta hablar con ella —insistió.

La misma petición de Ginny.

—Todos parecen particularmente interesados en dirigir mi vida.

—Tal vez porque llevas semanas intentando vivir dos.

Me puse de pie.

—Debo irme.

—Adrien.

—¿Qué?

—Lo siento.

Me detuve.

—¿Por qué?

—Por sugerir España. Por creer que enviarte lejos podía ser una forma de salvarte.

Su voz se quebró.

—No sabía que alguien ya había construido un plan alrededor de esa idea.

Me arrodillé nuevamente.

—No eres responsable.

—Quizá no.

Alexander levantó los ojos.

—Pero si firmas sabiendo que amas a otra persona, esa parte sí será responsabilidad tuya.

No tuve una respuesta.

Me marché antes de que pudiera exigirme una.

* * *

Evie vio la casa de Sussex esa tarde.

Bash organizó el traslado como si transportara a un jefe de Estado.

Utilizamos dos vehículos, una ruta falsa y un cambio dentro de un estacionamiento cubierto. Naomi viajó con Evie hasta la mitad del recorrido, pero no conoció la dirección final.

—Esto parece un secuestro extremadamente costoso —comentó Evie cuando Bash le entregó otra gorra.

—Los secuestros rara vez incluyen opciones de vestuario —respondí.

—No conoces suficientes secuestradores.

—Conocí a varios en la universidad.

—¿Estudiaban contigo?

—Dirigen bancos ahora.

Bash cerró la puerta del vehículo.

—Intenten no mencionar delitos mientras utilizamos identidades falsas.

Evie tomó mi mano.

—¿Cuánto falta?

—Veinte minutos.

—¿Es bonita?

—No.

—Excelente estrategia de venta.

—El techo de la cocina necesita reparación, el jardín intenta caer por el acantilado y probablemente existe una familia de fantasmas dentro del ático.

—¿Por qué la elegiste?

—Las ventanas.

Evie me observó.

No expliqué más.

Cuando el automóvil giró por el último camino, el mar apareció detrás de los árboles.

Evie dejó de respirar.

La casa se alzaba sobre el acantilado. Era de piedra gris, con ventanas amplias y un tejado oscuro. El jardín descendía hacia una cerca baja, más allá de la cual solo existían roca, viento y océano.

—Adrien.

—Todavía puedes rechazarla.

—Cállate.

Bajó antes de que Bash abriera la puerta.

El viento levantó su cabello.

Evie caminó hacia el borde del jardín y se detuvo varios metros antes de la cerca.

El mar llenaba todo el horizonte.

Me acerqué por detrás.

—Mi madre habría amado esto —dijo.

—Dijiste que el océano silenciaba sus pensamientos.

—Sí.

Se volvió.

Tenía los ojos húmedos.

—No puedes comprar una casa cada vez que te digo algo triste.

—Eso limita considerablemente mis habilidades emocionales.

Evie rió mientras una lágrima descendía por su mejilla.

La limpié con el pulgar.

—Quiero verla.

Entramos.