CAPÍTULO 15 #3
Evie aprendió que yo no podía descansar con una puerta abierta.
Que leía informes durante el desayuno.
Que odiaba los tomates y los retiraba del plato cuando creía que nadie miraba.
—Podría acostumbrarme a esto —dijo una mañana.
Estábamos acostados.
Su espalda contra mi pecho.
La lluvia golpeaba los cristales.
—Esa era la intención.
—¿Manipularme mediante café?
—Una estrategia internacionalmente reconocida.
Evie giró dentro de mis brazos.
—Hablo de despertar contigo.
Acaricié la línea de su espalda.
—También.
—¿Qué ocurrirá cuando termine la amenaza?
—Nos mudaremos.
—¿A la casa que todavía no existe?
—Existe.
Evie quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La encontré.
—Adrien.
—En Sussex.
—¿La compraste?
—Estoy negociando.
Se sentó.
La sábana cayó hasta su cintura.
—Sin mí.
—Quería sorprenderte.
—Una casa no es un ramo de flores.
—Puedes rechazarla.
—¿Y qué ocurriría?
—No la compraría.
Mentira.
La operación ya estaba en curso.
—Quiero verla —dijo.
—Cuando seguridad termine de revisarla.
—Antes.
—Evie.
—Si pretendes que viva allí, quiero verla antes de que la conviertas en una fortaleza.
—Tiene ventanas grandes.
—Eso no responde.
—La cocina necesita reparaciones.
—Tampoco.
—Y existe una habitación perfecta para el piano.
La lucha abandonó parte de su rostro.
—Eres manipulador.
—Eficiente.
—No es lo mismo.
—Depende del informe.
Evie volvió a recostarse.
—No he rechazado Los Ángeles.
La abracé.
—Lo harás.
—Presuntuoso.
No respondió mentirosa.
Aquello me preocupó.
* * *
El borrador del memorándum llegó aquella tarde.
Isabella había eliminado cualquier referencia a fechas, compromiso y sucesión. El documento solo confirmaba que ambas casas continuarían evaluando proyectos conjuntos y una posible unión futura.
No me obligaba a nada.
Precisamente por eso resultaba fácil firmarlo.
Ginny lo leyó dentro de mi despacho.
—Legalmente no establece un compromiso —dijo.
—Entonces no existe un problema.
—No he dicho eso.
—¿Qué falta?
—La parte donde le explicas a Evie que estás aceptando mantener abierta una negociación matrimonial.
—Todavía no he aceptado.
—Pediste el borrador.
—Para revisarlo.
—También compraste una casa para vivir con ella.
—La compra no está cerrada.
Ginny dejó el documento.
—¿Qué esperas que ocurra?
—Que la investigación termine.
—¿Y después?
—Decidiré.
—Ya prometiste a Evie que la elegiste.
—No conoces nuestras conversaciones.
—Beatrice me contó que preguntaste por sociedades inmobiliarias y Bash solicitó revisar una propiedad en Sussex. No necesito escuchar sus conversaciones para reconocer una contradicción.
—No estoy engañando físicamente a Evie.
—Has reducido la fidelidad a no colocar una parte específica de tu cuerpo dentro de Isabella.
—Una descripción innecesaria.
—Te resulta incómoda porque demuestra lo absurdo del argumento.
Me levanté.
—Isabella sabe que no puedo ofrecerle una decisión todavía.
—¿Evie sabe que existe una decisión?
No respondí.
Ginny cerró el maletín.
—No firmes hasta contarle.
—No eres mi conciencia.
—No. Soy la persona que tendrá que defenderte cuando todas tus mentiras dejen de ser moralmente repugnantes y empiecen a producir consecuencias legales.
Se dirigió hacia la puerta.
—Ginny.
Se volvió.
—Mantén la compra fuera del conocimiento del Palacio.
—¿Por seguridad?
—Sí.
—Otra palabra que utilizas cuando quieres decir conveniencia.
Salió.
El memorándum permaneció sobre la mesa.
No lo firmé.
Tampoco lo rechacé.
* * *
La tercera semana terminó con dos documentos.
El primero era la opción de compra de la casa en Sussex.
El segundo, el memorándum de continuidad con los Valcázar.
Ambos esperaban mi firma.
Coloqué uno junto al otro.
Una casa frente al mar.
Una Corona al otro lado de Europa.
Evie.
Isabella.
Amor.
Utilidad.
Deseaba creer que solo el primer documento era real.
Entonces Isabella llamó.
—Mi padre quiere una respuesta mañana.
—No trabajo con ultimátums.
—Yo tampoco. Por eso conseguí veinticuatro horas adicionales.
—¿Por qué te importa tanto?
Silencio.
—Porque te amo —respondió—. Y porque todavía creo que, si dejas de huir, podríamos construir algo extraordinario.
Miré la opción de compra.
Evie también hablaba de construir.
Dos mujeres.
La misma palabra.
Vidas completamente distintas.
—El memorándum no nos obliga —dije.
—No.
—No habrá anuncio.
—No.
—Y puedo retirarme cuando quiera.
La pausa de Isabella fue mínima.
—Sí.
—Entonces lo revisaré.
—Eso ya lo hiciste.
—Buenas noches, Isabella.
—Adrien.
—¿Qué?
—No firmes si ya sabes que jamás me elegirás.
La llamada terminó.
Tomé el bolígrafo.
Firmé primero la opción de compra de Sussex.
Adrien Hawthorne.
La casa comenzó a pertenecernos.
Después miré el memorándum.
No lo firmé aquella noche.
Lo guardé dentro del cajón.
Me acosté junto a Evie horas más tarde y le conté que la compra estaba avanzando.
Ella sonrió.
Me besó.
Dijo que probablemente rechazaría Los Ángeles.
Mientras se quedaba dormida sobre mi pecho, pensé en el segundo documento.
Continuaba sin firmar.
Eso no volvía inocente lo que ya había ocultado.
Solo me ofrecía una diferencia técnica a la que aferrarme.
La utilicé para permitirme dormir.