Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 15 #2
75%

CAPÍTULO 15 #2

Isabella se puso de pie y caminó hacia la ventana.

—Mi padre quiere reactivar las negociaciones.

—La cláusula no volverá.

—No.

—Tampoco habrá anuncio.

—No.

—Entonces ¿qué quiere?

—Un memorándum de continuidad. Nada vinculante. Solo confirmar que ambas partes mantienen abiertas las conversaciones.

—¿Tú qué quieres?

Isabella volvió la cabeza.

—Ya lo sabes.

—Quiero escucharlo.

El dolor cruzó sus ojos.

—Te quiero a ti.

No lo dijo como una futura reina.

Lo dijo como una mujer cansada de fingir que una negociación podía protegerla del rechazo.

—Pero no así —añadió—. No mientras una parte de ti vive en un lugar al que no me permites entrar.

—No existe un compromiso entre nosotros.

—No me refiero a nosotros.

Evie apareció dentro del silencio.

—Dijiste que no volverías a besarme hasta saber a quién beso cuando no me ves —recordé.

—¿La respuesta cambió?

No.

Evie era la única.

Desde la residencia había cumplido cada parte física de la exclusividad.

Aquello no convertía la respuesta en justa.

—No estoy viendo íntimamente a otras mujeres.

Isabella cerró los ojos.

—Esa frase tiene demasiadas salidas.

—Es la verdad.

—No toda.

—Es la que puedo darte.

—Entonces no me pidas más.

Tomó la carpeta.

—Revisaremos el memorándum con los abogados. No firmaré nada que permita un anuncio ni establezca fechas.

—¿Y si decido retirarme?

—Lo aceptaré.

—¿De verdad?

La pregunta la hirió.

Isabella levantó el mentón.

—No significa que dejaré de luchar antes de que lo hagas.

Caminó hacia la puerta.

Se detuvo junto a mí.

Su perfume me rodeó.

No me tocó.

—¿Te ha pedido que renuncies a las negociaciones?

No respondí.

—Entonces no sabe que continúan.

Isabella comprendió la verdad dentro de mi silencio.

—Eres peor de lo que pensé.

—No conoces las razones.

—Las razones explican una mentira. No la convierten en consentimiento.

Salió.

Permanecí junto a la mesa.

No la había besado.

No había roto físicamente mi promesa con Evie.

Aun así, acababa de aceptar revisar otro documento destinado a mantener la posibilidad de casarme con Isabella.

Exclusividad.

Otra palabra que podía vaciarse sin necesidad de romperla abiertamente.

* * *

La llamada de Los Ángeles duró una hora y doce minutos.

Evie no me contó el resultado hasta la noche.

La encontré sentada en el jardín de la residencia, envuelta en una manta. La primavera comenzaba a suavizar el aire y varios árboles mostraban hojas nuevas.

Me senté junto a ella.

—Naomi dijo que querías hablar.

—Naomi debe aprender a mantener secretos.

—Una crítica peligrosa considerando nuestras actividades.

Evie no sonrió.

—Me ofrecieron producir un álbum en Los Ángeles.

—¿Asteria?

—Un sello independiente.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Seis meses.

Mi reacción fue inmediata.

—No.

Evie volvió lentamente la cabeza.

—¿Qué?

—No puedes ir.

—No te he pedido permiso.

—Mercer continúa libre y Orfeo tiene acceso a tus dispositivos.

—La seguridad puede trasladarse.

—No conocemos al equipo del sello.

—Samantha puede revisarlo.

—No.

Evie dejó la manta.

—Vuelve a decirlo.

La advertencia de sus ojos llegó demasiado tarde.

—No es seguro.

—Eso es diferente de decir que no puedo ir.

—El resultado es el mismo.

—Solo para ti.

Se puso de pie.

El movimiento todavía tiraba de su herida. Lo vi en la tensión de su boca.

—Evie.

—No me toques.

Me detuve.

—Es una oportunidad importante.

—Lo sé.

—Podría producir el álbum que quiero sin que Asteria controle cada canción.

—Puedes hacerlo aquí.

—¿Dónde?

—En el estudio de la fundación.

—Eso seguiría vinculándome con tu familia.

—Con Beatrice.

—Contigo.

La palabra cayó entre nosotros.

—¿Eso es un problema?

—No quiero que cada parte de mi carrera dependa del hombre al que amo.

—No dependería de mí.

—Tú conseguiste la casa, la seguridad, los abogados y los estudios.

—Intenté ayudarte.

—Lo sé.

La rabia de Evie perdió fuerza.

—Pero necesito descubrir qué puedo construir sin que tú aparezcas antes para resolverlo.

—¿Y yo qué hago durante seis meses?

La pregunta salió antes de que pudiera ocultarla.

Evie me observó.

—Ese es el verdadero problema.

—No quiero que te vayas.

La honestidad silenció el jardín.

Me acerqué.

Esta vez no retrocedió.

—No quiero despertarme y saber que estás a once horas de vuelo —continué—. No quiero hablar contigo mediante una pantalla ni preguntarme cada noche si alguien consiguió entrar en tu apartamento.

—Podrías visitarme.

—No puedo desaparecer constantemente.

—Entonces yo debo quedarme porque tu vida no puede moverse.

—No he dicho eso.

—Lo estás diciendo ahora.

Tomé su mano.

—Quédate.

Evie bajó la mirada hacia nuestros dedos.

—¿Por la amenaza?

—No.

—¿Por qué?

—Porque te amo.

No era una razón suficiente para pedirle que renunciara a seis meses de libertad.

La utilicé de todos modos.

—Podemos encontrar un estudio independiente —dije—. Tú elegirás al equipo. Ginny revisará los contratos, pero nadie de la Corona tendrá control sobre la música.

—¿Y dónde viviré?

—Aquí.

—Esta casa pertenece a otra persona.

—Entonces encontraremos una.

Evie levantó los ojos.

—¿Nosotros?

La palabra contenía miedo y esperanza.

—Sí.

—No otra residencia segura.

—Una casa real.

—¿Para esconderme mejor?

—Para vivir.

La promesa apareció antes que el plan.

Evie guardó silencio.

—Junto al mar —añadí—. Con ventanas grandes, una cocina donde puedas humillarme y una habitación para escribir.

—Un piano.

—Naturalmente.

—¿Hablas en serio?

La imagen ya existía dentro de mí.

No como una fantasía.

Como una necesidad.

—Sí.

Evie dejó escapar una respiración temblorosa.

—No puedo rechazar una oportunidad profesional por una casa imaginaria.

—Entonces haré que deje de ser imaginaria.

—Adrien.

—Dame una semana.

—¿Para qué?

—Para demostrar que no te estoy pidiendo que suspendas tu vida. Te pido que construyamos una aquí.

Evie me estudió.

—Una semana.

—Trato.

—No significa que me quedaré.

—Lo harás.

—Presuntuoso.

—Mentirosa.

Sonrió.

La abracé.

Evie apoyó el rostro contra mi pecho.

Había conseguido que aplazara la respuesta.

Una semana más cerca.

Una distancia suficientemente corta para que pudiera seguir creyendo que no la estaba deteniendo.

* * *

Encontré la casa dos días después.

No le pedí ayuda a Beatrice.

Tampoco a Ginny.

Bash conocía a un antiguo oficial que vendía una propiedad en Sussex. La casa se encontraba sobre un acantilado, lejos de las rutas principales y suficientemente cerca de Londres para viajar en menos de dos horas.

La visitamos bajo nombres falsos.

Era más pequeña de lo que imaginaba.

Las paredes necesitaban pintura, el techo de la cocina presentaba humedad y el jardín había perdido una guerra prolongada contra el viento.

Las ventanas miraban hacia el mar.

Entré en el salón.

Imaginé un piano junto al muro.

Evie cantando.

Un perro que yo fingiría no querer sobre los muebles.

Una fotografía nuestra que no tendría que esconderse dentro de un libro.

—La seguridad será complicada —dijo Bash.

—Soluciónala.

—Solo existe un camino de acceso.

—Eso facilita el control.

—También la convierte en una trampa.

—Agrega una salida.

—El acantilado limita las opciones.

—Estudiaste aeronáutica. Sé creativo.

Bash observó la casa.

—No puedes comprarla mediante tu nombre.

—Crea una sociedad.

—Eso deja registros.

—Entonces utiliza un fideicomiso.

—Ginny tendrá que saberlo.

—No.

—No pienso organizar una compra inmobiliaria clandestina sin abogados.

—Consigue uno que no la conozca.

Bash se volvió hacia mí.

—¿Evie sabe que estás aquí?

—Le dije que encontraría una casa.

—¿Isabella?

—No tiene relación con esto.

—Continúas construyendo dos futuros.

Caminé hasta la ventana.

—No he firmado nada con España.

—Todavía.

—La casa es para Evie.

—¿Y qué ocurrirá si aceptas el memorándum?

—No es un compromiso matrimonial.

—Entonces podrás explicar a Evie que compraste una casa para vivir juntos el mismo mes en que aceptaste mantener negociaciones para casarte con otra mujer.

—No aceptaré ninguna condición que me obligue.

—No necesitas estar obligado para traicionarla.

Lo miré.

—Consigue la casa.

—Adrien.

—Eso es todo.

Bash apretó la mandíbula.

—La quieres tanto que te estás convenciendo de que cualquier cosa que hagas para retenerla es amor.

—No necesito otra evaluación.

—Necesitas varias.

Salió.

Permanecí frente al mar.

No veía dos futuros.

Veía una casa.

Evie.

La vida que realmente deseaba.

España era una negociación.

Una posibilidad política.

Un acuerdo reversible.

La casa era real.

Eso me dije mientras autorizaba a una sociedad anónima para comprarla sin que la mujer que viviría allí pudiera conocer mi nombre dentro de los documentos.

* * *

Evie aceptó el estudio.

No rechazó todavía Los Ángeles.

Durante la semana siguiente grabó tres canciones, entrevistó productores y revisó contratos con Samantha.

Yo pasé cuatro noches con ella.

Desayunamos juntos dos veces.

Una mañana la encontré sentada sobre la encimera, leyendo el libro de arquitectura mientras esperaba que el café estuviera listo.

Otra noche se quedó dormida dentro del estudio. La llevé hasta la cama y permanecí observándola durante casi una hora.

Aprendí que tarareaba mientras cocinaba.

Que dejaba libros abiertos boca abajo y fingía no hacerlo.

Que necesitaba dormir junto a la ventana.

Que cuando estaba realmente enfadada ordenaba objetos.