Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Una vida prestada

Durante tres semanas, nadie intentó matar a Evie.

Empecé a considerar aquello una forma de progreso.

La policía no compartía mi optimismo.

Tampoco Bash.

—La ausencia de actividad no significa que la amenaza haya desaparecido —dijo mientras recorría por tercera vez el perímetro de la residencia.

—Gracias. Temía comenzar el día con esperanza.

—Orfeo consiguió acceder a la cámara del dormitorio de Alexander.

—Mediante una cuenta vinculada con Lawson.

—La cuenta fue reactivada con las credenciales de Marcus Vale.

Observé la casa desde el automóvil.

Las cortinas del salón estaban abiertas. Evie cruzó frente a una ventana con una taza entre las manos y el cabello recogido en lo alto de la cabeza.

Llevaba una de mis camisas.

No sabía que yo había llegado.

Durante unos segundos pude fingir que regresaba a una casa compartida y que el hombre junto a mí no llevaba un arma debajo de la chaqueta.

—Marcus niega haber utilizado la cuenta —continuó Bash.

—¿La policía le cree?

—No es relevante. Lo suspendieron mientras revisan sus dispositivos.

—Alexander debe estar destrozado.

—Confió en él durante años.

—También confió en Lawson.

—Precisamente.

Me volví hacia Bash.

—Marcus no es Orfeo.

—No he dicho que lo sea.

—Tu tono lo hizo.

—Mi tono afirma que un hombre con acceso a Clarence House aparece vinculado con dos vulneraciones de seguridad.

—Las credenciales pudieron ser copiadas.

—Sí.

—Lawson conocía los sistemas.

—También.

—Entonces deja de mirar a cada persona cercana a mi hermano como si fuera un posible asesino.

Bash apoyó un brazo sobre el volante.

—Mi trabajo consiste exactamente en eso.

—Tu trabajo es protegernos.

—Para hacerlo debo aceptar que cualquier persona puede representar una amenaza.

—Alexander no.

—No estaba hablando de Alexander.

—Bien.

Bash me observó.

—Nunca he sugerido que tu hermano esté involucrado.

—Entonces no tenemos un problema.

—Tenemos varios. Solo no es necesario inventar otro.

No me gustó su respuesta.

La guardé junto a todas las cosas que no pensaba examinar aquella mañana.

Abrí la puerta.

—Regresaré a Kensington antes de las nueve.

—Tienes una reunión con Isabella a las diez.

—Lo sé.

—¿Evie también?

—No.

—¿Sabe que la verás?

—Trabajaremos sobre las fundaciones españolas.

—Eso tampoco responde.

Me incliné hacia el interior del vehículo.

—No tengo contacto físico con Isabella.

—Felicitaciones por alcanzar el estándar mínimo después de prometer exclusividad.

Cerré la puerta antes de contestar.

* * *

Entré por la cocina.

Evie estaba de espaldas, intentando alcanzar una taza colocada en el estante superior. Se elevó sobre la punta de los pies y la camisa subió lo suficiente para revelar parte de sus muslos.

Cerré la puerta con mayor fuerza de la necesaria.

Se volvió.

—Llegaste temprano.

—Tú estás usando mi ropa.

—La encontré dentro del dormitorio.

—Eso suele indicar propiedad.

—Entonces presenta una reclamación.

Me acerqué.

Evie sostuvo mi mirada mientras yo tomaba la taza del estante y la dejaba sobre la encimera.

—Gracias —dijo.

—No lo hice por altruismo.

La sujeté por la cintura y la senté sobre la encimera.

Evie rodeó mi cuello con los brazos.

—Tengo una llamada en veinte minutos.

—Puede esperar.

—Es con Los Ángeles.

—También pueden esperar.

Besé su boca.

Evie intentó mantener una expresión seria durante aproximadamente dos segundos.

Después hundió los dedos en mi cabello y me acercó.

Tres semanas.

Habían transcurrido tres semanas desde la declaración de Alexander.

Tres semanas desde que Evie descubrió que mi viaje secreto había sido a España.

No había preguntado otra vez qué había ocurrido con Isabella.

Yo no había ofrecido la información.

Nuestra relación sobrevivía mediante un acuerdo silencioso: Evie confiaba en que mi promesa de exclusividad significaba que España no representaba una amenaza y yo evitaba cualquier conversación capaz de demostrar lo contrario.

No había vuelto a besar a Isabella.

No me había acostado con ella.

Solo pasaba horas a su lado hablando sobre reformas, inversiones y la clase de vida que podríamos construir juntos.

Aparentemente, la exclusividad también podía sostenerse mediante tecnicismos.

Evie apartó la boca.

—En dieciocho minutos.

—Tienes una fijación poco romántica con el tiempo.

—Algunas personas tenemos trabajos.

—Soy príncipe.

—Exactamente.

Deslicé una mano bajo la camisa.

Evie inhaló.

—Adrien.

—¿Qué?

—Naomi está arriba.

—Naomi está acostumbrada a decepcionarse contigo.

—Y Samantha llegará después de la llamada.

—Ginny está acostumbrada a decepcionarse conmigo.

—Samantha no es Ginny.

—Entonces vivirá una experiencia formativa.

Evie rió contra mi boca.

El sonido fue interrumpido por el teléfono sobre la mesa.

Contestó sin abandonar la encimera.

—¿Sí?

La voz de Naomi se escuchó desde el altavoz.

—La reunión comienza en quince minutos y no quiero saber qué está haciendo el príncipe dentro de la cocina.

—Preparamos café —respondió Evie.

—Naturalmente.

La llamada terminó.

Besé el cuello de Evie.

—Tenemos catorce minutos.

Me apartó con una mano.

—Fuera.

—Esta casa existe gracias a mis contactos.

—Y aun así puedo expulsarte.

—Una ingratitud sorprendente.

Evie saltó desde la encimera.

La camisa descendió sobre sus piernas.

—Estaré abajo en una hora.

—Tengo una reunión.

—¿Con quién?

La pregunta llegó con naturalidad.

Yo estaba preparado.

—La fundación española.

—¿Isabella?

—Ella dirige el patronato.

Evie recogió la taza.

—Entonces sí.

—No estaremos solos.

Era cierto.

Habría seis asesores, Beatrice y representantes de ambas casas.

—No he preguntado si estarían solos.

—Parecía la siguiente pregunta.

—¿Debería preocuparme?

Podía responder que no.

Lo hice.

—No.

Otra mentira pronunciada sin esfuerzo.

Evie asintió.

—Bien.

La confianza de aquella palabra debería haberme detenido.

Solo consiguió que la besara otra vez antes de marcharme.

* * *

Alexander regresó a los actos oficiales dos semanas después de su declaración.

Su primer compromiso fue una visita a un centro neurológico.

La elección pertenecía a él.

Mi padre la consideró una exposición innecesaria.

El público respondió colocándose durante horas detrás de las barreras para verlo.

Alexander habló con pacientes, médicos y familias. No permitió que las cámaras entraran en las áreas clínicas ni convirtió su condición en una historia de superación.

—Todavía no tengo respuestas —dijo cuando una mujer le preguntó si se recuperaría—. Estoy aprendiendo a vivir sin ellas.

La frase apareció en todos los periódicos.

Su popularidad alcanzó el punto más alto desde que se convirtió en heredero.

Mi padre lo llamó estabilidad.

Beatrice lo llamó la primera cosa honesta que la familia había hecho en años.

Yo lo llamé por la noche.

—¿Cómo estás? —pregunté.

—Cansado.

—¿La migraña?

—Controlada.

—¿Marcus?

Alexander guardó silencio.

—Continúa suspendido.

—¿Crees que está involucrado?

—No quiero creerlo.

—No es lo que pregunté.

—Aprendiste demasiado de Evie.

La forma en que pronunció su nombre hizo que me tensara.

—¿Hablaron otra vez?

—Me escribió después de la visita.

—¿Cómo consiguió tu número?

—Beatrice se lo dio.

—Naturalmente.

—Solo preguntó cómo me sentía.

—No tiene que ocuparse de ti.

Alexander soltó una risa débil.

—¿Estás celoso?

—De mi hermano enfermo. Una imagen favorecedora.

—No estoy intentando seducirla.

—Me tranquiliza.

—Le gustas mucho.

La ligereza desapareció.

—No sabes de qué hablas.

—Vi cómo te miraba.

—Fue una videollamada.

—Y te conozco.

Permanecí en silencio.

Alexander también.

—No diré nada —añadió—. Pero ten cuidado.

—Bash ya ocupa el cargo de conciencia.

—No hablo de la seguridad.

—Entonces no necesito escuchar.

—Adrien.

—Debo irme.

—¿Vas a verla?

—Buenas noches, Alexander.

Terminé la llamada.

Mi hermano sabía que existía algo.

No conocía las citas, las noches ni las promesas.

Pero el secreto ya no era completamente invisible.

Se estaba volviendo una silueta que todos podían reconocer sin distinguir todavía el rostro.

* * *

La reunión con Isabella se celebró en las oficinas de la fundación.

Beatrice estaba sentada a mi izquierda. Isabella ocupaba el otro extremo de la mesa.

No nos habíamos visto a solas desde España.

Habíamos intercambiado informes, observaciones y documentos. Ningún mensaje personal.

Isabella llevaba un traje blanco y el cabello negro recogido en una cola baja. No volvió a mirar mi boca.

Aquello consiguió que yo mirara la suya con mayor frecuencia.

—El convenio debe excluir cualquier derecho sobre las obras de los artistas —dijo—. Después de lo ocurrido con Evie, no financiaré otra estructura donde una empresa pueda apropiarse del trabajo creativo.

Beatrice asintió.

—También quiero asesoría jurídica independiente para todos los participantes menores de veinticinco.

—Eso incrementará los costos —advirtió un representante.

—Entonces reduciremos el lanzamiento de prensa —respondió Isabella—. Los abogados son más útiles que las fotografías.

—Ginny estaría orgullosa —comenté.

Isabella levantó los ojos.

—Lady Harcourt ya revisó la cláusula.

—Naturalmente.

Durante dos horas trabajamos sobre el convenio.

Isabella rechazó dos de mis propuestas.

Yo modifiqué una de las suyas.

Al terminar, habíamos construido un programa mejor que el original.

Funcionábamos bien.

Demasiado.

Los asesores comenzaron a marcharse.

Beatrice guardó sus documentos.

—Tengo otra reunión en diez minutos.

—Llegarás tarde —dije.

—Algunas personas consideran eso un problema.

La referencia a nuestra discusión anterior fue deliberada.

Antes de salir, miró a Isabella.

Después a mí.

—Intenten no reorganizar Europa mientras no estoy.

La puerta se cerró.

Isabella permaneció sentada.

Yo también.

—¿Cómo está Evie? —preguntó.

—Recuperándose.

—No pregunté a seguridad.

—Entonces ¿a quién?

—Al hombre que abandonó España por ella.

La observé.

Isabella entrelazó las manos sobre la mesa.

—No quiero discutir.

—Una novedad.

—Quiero saber si está bien.

—Sí.

—¿La has visto?

La promesa de privacidad apareció como una defensa útil.

—No hablaré de sus movimientos.

—Eso significa que sí.

—Interprétalo como quieras.

—Lo hago constantemente.