Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 14 #3
72%

CAPÍTULO 14 #3

Mi hermano volvió a abrirlos.

—No he preguntado si existe algo.

—Bien.

—Pero la forma en que la miras…

—Alexander.

—No diré nada.

Me quedé inmóvil.

—No hay nada que decir.

—Naturalmente.

Sonrió débilmente.

—Solo ten cuidado. No porque sea una cantante ni porque exista una amenaza. Porque parece confiar en ti.

La advertencia llegó desde la persona que más había confiado en mí durante toda mi vida.

—Lo sé.

—¿También confías en ella?

—Sí.

—Entonces cuéntale la verdad antes de que la descubra mediante otra grabación.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué verdad?

—La que sea que te hace poner esa cara.

Alexander cerró nuevamente los ojos.

—No tienes que hablarme de ella. Pero no hagas lo que todos hicieron conmigo. No decidas por otra persona qué información puede soportar.

No pude responder.

Mi hermano ya estaba demasiado cansado para notar el silencio.

* * *

Evie me esperaba en la residencia.

Llegué después de medianoche.

Bash permaneció fuera. Naomi había subido a dormir y los guardias se mantenían al otro lado del perímetro.

La encontré sentada frente a la chimenea, con el libro sobre casas costeras abierto sobre las piernas.

La fotografía instantánea asomaba entre las páginas.

—Alexander parece agradable —dijo.

—No se lo digas. Ya tiene autoestima suficiente.

—Te quiere.

Me quité el abrigo.

—Es mi hermano.

—No todos los hermanos se miran así.

Me senté a su lado.

Evie cerró el libro.

—¿Cómo lo miro?

—Como si fuera la única persona a la que jamás permitirías caer.

—Hoy él me sostuvo a mí.

—También.

Apoyó una mano sobre mi mejilla.

—Debes estar orgulloso.

—Lo estoy.

—Y asustado.

—Eso también.

Evie me besó.

Despacio.

Sin urgencia.

Sentí que parte de la tensión del día abandonaba mi cuerpo.

Cuando se apartó, mantuvo la frente contra la mía.

—¿Por qué no me dijiste que estabas en España?

La pregunta regresó.

—Era confidencial.

—¿Por la investigación o por Isabella?

—Ambas casas estaban involucradas.

—Eso tampoco responde.

Me levanté.

—No quiero discutir esta noche.

—Yo tampoco. Quiero entender.

—No ocurrió nada capaz de cambiar lo que siento por ti.

—Sigues diciendo eso como si fuera suficiente.

—¿No lo es?

Evie me observó.

—Amarme no significa que puedas ocultarme todo lo demás.

—No te oculto todo.

—No sabía en qué país estabas.

—Había una filtración.

—¿Y si algo te hubiese ocurrido?

—Bash habría informado.

—¿A quién? ¿A tu familia? ¿A Isabella?

No respondió ella misma.

Sus ojos se llenaron de dolor.

—¿Quién soy yo cuando las cosas se vuelven oficiales, Adrien?

La pregunta me atravesó.

Me arrodillé frente a ella.

—Eres la persona por la que regresé.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que importa.

—Para ti.

Evie intentó apartar el rostro.

Tomé su mano.

—Te amo.

—Lo sé.

—Entonces confía en mí.

—Confío en lo que sientes. No estoy segura de confiar en lo que haces con ello.

La frase permaneció entre nosotros.

No podía defenderme.

Evie tenía razón.

—Dame tiempo —pedí.

—¿Para qué?

—Para terminar la investigación, proteger a Alexander y separar mi vida de las decisiones de mi familia.

—¿Y después?

—Después no habrá habitaciones secretas.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

Evie soltó el aire.

—Esa es la primera respuesta completamente honesta que me diste esta noche.

Apoyó la mano sobre mi rostro.

—No quiero perderte.

—No lo harás.

—No prometas…

—No.

Besé el centro de su palma.

—No voy a perderte.

Evie cerró los ojos.

No corrigió la promesa.

Nos recostamos frente al fuego. Su cabeza quedó sobre mi pecho y mis dedos se enredaron en su cabello.

La canción seguía reproduciéndose en millones de dispositivos.

Alexander había entregado su enfermedad al mundo para protegernos.

Evie todavía confiaba en que yo estaba construyendo una vida con ella.

Isabella esperaba una decisión.

Y mi hermano, sin conocer la magnitud de la mentira, acababa de pedirme que no decidiera por otra persona qué verdad podía soportar.

Debería haberlo escuchado.

En cambio, rodeé a Evie con mayor fuerza.

Porque si la verdad podía hacer que se marchara, todavía prefería vivir dentro de la mentira.

* * *

A las tres de la madrugada, el teléfono secreto recibió un archivo.

No había remitente.

Solo una fotografía tomada durante la declaración de Alexander.

Mi hermano aparecía frente al atril.

Debajo se leía:

El heredero perfecto siempre sabe qué verdad entregar.

La siguiente imagen mostraba a Evie durante la videollamada.

Había sido capturada desde un ángulo imposible.

Desde dentro de la habitación de Alexander.

El mensaje final decía:

Orfeo también está escuchando.

Me incorporé.

Evie continuó dormida sobre mi pecho.

Observé la fotografía.

Solo cuatro personas sabían que la llamada había ocurrido.

Alexander.

Evie.

Ginny.

Yo.

Bash conocía el canal, pero no la hora.

Alguien había accedido a la cámara de Clarence House.

Otra vulneración.

Otra forma de demostrar que ninguna habitación era realmente privada.

No sospeché de Alexander.

La imagen mostraba su propio dormitorio.

Su intimidad había sido invadida nuevamente.

Pensé en Marcus, en los asistentes y en todos los sistemas que Lawson había construido alrededor de mi hermano.

Guardé el teléfono antes de que Evie despertara.

No le contaría todavía.

Había pasado el día entero escuchando a Alexander defender el derecho de cada persona a controlar su propia verdad.

Yo respondí a esa lección exactamente como siempre.

Decidiendo que la mujer que amaba estaría más segura si continuaba ignorando la suya.