CAPÍTULO 14 #2
—No para ellos.
Apoyé una mano sobre el escritorio.
—No dejaré que Asteria te culpe.
—Mi abogada puede defenderme.
—No es suficiente.
—Debe serlo.
Evie guardó silencio.
—Adrien, si apareces cada vez que me atacan, terminarán confirmando exactamente aquello que intentamos esconder.
—Ya comprobaron que abandonaría España por ti.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
—¿España?
Cerré los ojos.
Demasiado tarde.
—La operación estaba vinculada con España.
—No has dicho que estabas allí.
—La ubicación era confidencial.
—Estabas en España.
No era una pregunta.
—Sí.
Escuché su respiración.
—¿Con Isabella?
Podía mentir.
Esta vez la verdad ya había quedado demasiado cerca.
—Formaba parte de la delegación.
—Me dijiste que viajabas con un equipo oficial.
—Eso era cierto.
—También me dijiste que no existía otra mujer esperando que decidieras entre ambas.
—No existe ningún compromiso.
—No he preguntado eso.
El dolor de su voz me atravesó.
No era todavía la revelación completa.
Solo una grieta.
—Evie, no puedo hablar por teléfono.
—Siempre existe una razón.
—La línea no es segura.
—Naturalmente.
—Alexander hablará públicamente en una hora.
El cambio de tema fue cobarde.
Funcionó.
—¿Qué dirá?
—Confirmará parte de su enfermedad y te exculpará.
—No tiene que hacer eso.
—Quiere hacerlo.
—¿Está preparado?
—No lo sé.
—Entonces deténlo.
—No puedo decidir por él.
Evie soltó una risa triste.
—Al menos aprendiste esa lección con alguien.
La frase dolió.
—No fue justo.
—Tampoco lo fue enterarme por accidente de que estabas en España con Isabella.
—No ocurrió nada que cambiara lo que siento por ti.
Otra verdad cuidadosamente limitada.
El beso.
El dormitorio.
El cuerpo de Isabella contra el mío.
Nada de aquello había cambiado mi amor por Evie.
—No puedo discutir ahora —dijo.
—No cuelgues.
—Tengo que reunirme con Asteria.
—Evie.
—¿Qué?
—Te amo.
Silencio.
—Yo también —respondió finalmente—. Ese es el problema.
La llamada terminó.
Permanecí con el teléfono en la mano.
No sabía cuánto había sospechado.
Tampoco cuánto tiempo podría impedir que siguiera preguntando.
* * *
Alexander compareció a mediodía.
El salón de prensa estaba lleno.
No de periodistas. La declaración sería transmitida mediante una única cámara para evitar preguntas inmediatas.
Mi familia permanecía detrás de una pared.
Mi madre tenía las manos unidas con tanta fuerza que los nudillos habían perdido color.
Mi padre observaba el monitor.
Beatrice estaba a su lado.
No me había hablado desde el Salón Azul.
Alexander caminó hacia el atril.
Llevaba un traje azul oscuro, camisa blanca y corbata gris. El maquillaje no conseguía ocultar completamente las sombras bajo sus ojos.
Aun así, parecía el hombre de las monedas futuras.
El heredero perfecto.
Miró directamente a la cámara.
—Esta mañana se difundió una grabación obtenida sin autorización durante una conversación relacionada con mi salud.
Su voz no tembló.
—Durante el último año he experimentado episodios neurológicos que incluyen migrañas intensas, desorientación y periodos de pérdida de memoria. Continúo sometiéndome a evaluaciones y, hasta este momento, no existe un diagnóstico definitivo.
Mi madre cerró los ojos.
Alexander continuó:
—Oculté esta información porque temía que una condición médica se utilizara para cuestionar mi capacidad antes de contar con respuestas. Esa decisión permitió que otras personas controlaran el relato sobre mi cuerpo y perjudicaran a quienes no tenían responsabilidad alguna.
Se detuvo.
—Evelyn Han grabó involuntariamente una conversación privada dentro de un estudio. No sabía que el archivo existía ni conocía su contenido. Su música, sus dispositivos y su información médica fueron obtenidos sin consentimiento.
La expresión de Beatrice se suavizó.
—La señorita Han no filtró la grabación —afirmó Alexander—. Es una víctima de la misma vulneración que afectó a mi familia. Cualquier intento de responsabilizarla carece de evidencia y de decencia.
Mi padre se tensó ante la última palabra.
Alexander no apartó los ojos de la cámara.
—También deseo aclarar que mi hermano Adrien no ha presentado síntomas relacionados con mi condición. Las afirmaciones sobre su salud forman parte de una estrategia destinada a generar inestabilidad y no tienen respaldo médico.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
No esperaba que me defendiera.
—Sé que esta declaración generará preguntas —continuó—. Las responderé cuando la investigación y mis médicos lo permitan. Hasta entonces, pido respeto no solo para mi familia, sino para todas las personas cuya intimidad fue convertida en una herramienta.
Alexander bajó la mirada hacia las páginas.
Después las cerró.
—Ser heredero no elimina mi derecho a estar enfermo. Tampoco convierte mi silencio en autorización para que otros decidan quién debo ser.
La transmisión terminó.
Durante varios segundos nadie se movió.
Mi madre fue la primera en cruzar la puerta.
Abrazó a Alexander antes de que pudiera abandonar el atril.
Él escondió el rostro contra su hombro.
Toda la fortaleza desapareció.
Solo quedó mi hermano.
Cansado.
Aterrorizado.
Humano.
Me acerqué.
Alexander levantó los ojos.
—¿Lo hice bien?
La pregunta rompió algo dentro de mí.
—Sí.
Lo abracé.
Su cuerpo tembló contra el mío.
Las cámaras estaban apagadas.
Nadie vio al heredero aferrarse a su hermano pequeño como si fuera la única cosa que impedía que cayera.
—No tenías que defenderme —murmuré.
—Siempre haces lo mismo por mí.
—Es diferente.
—No.
Alexander se apartó.
—Nunca fue diferente.
* * *
La reacción fue inmediata.
Millones de personas compartieron la declaración.
Los titulares cambiaron.
EL HEREDERO ROMPE EL SILENCIO.
ALEXANDER HAWTHORNE DEFIENDE A EVELYN HAN.
LA ENFERMEDAD NO ES UNA ABDICACIÓN.
Asteria retiró su comunicado cuarenta y tres minutos después.
Publicó otro asegurando que jamás había pretendido atribuir responsabilidad individual.
Beatrice leyó la frase en voz alta.
—Cobardes.
—No insultes a patrocinadores internacionales —dijo mi madre.
—No mencioné nombres.
—No era necesario.
Ginny recibió una llamada de Samantha.
—Asteria levantó todas las sanciones y renunció provisionalmente a reclamar la canción.
—¿Provisionalmente? —pregunté.
—Sus abogados necesitan conservar alguna ilusión de dignidad.
Beatrice se volvió hacia Alexander.
—Acabas de salvar la campaña.
Mi hermano estaba sentado con una manta sobre las piernas y una taza entre las manos. El esfuerzo de la comparecencia había agotado lo que le quedaba de energía.
—Evie se salvó sola —respondió—. Solo impedí que la enterraran nuevamente.
Mi teléfono secreto vibró.
Un mensaje de Evie.
¿Puedo hablar con él?
La miré a través de las palabras.
A Alexander.
Sí.
No ahora. Está agotado.
Cuando pueda.
Guardé el teléfono.
Beatrice observó el movimiento.
—¿Era ella?
—Ginny.
Ginny levantó la vista.
—No.
La traición fue inmediata.
Beatrice me estudió.
—Entonces era Evie.
—No es asunto tuyo.
—Le escribes desde un teléfono que no utilizas con nadie más.
Demasiadas piezas.
—Forma parte de la investigación.
—Naturalmente.
Mi hermana no insistió.
Eso fue peor.
* * *
La videollamada ocurrió esa noche.
Alexander descansaba en una habitación privada de Clarence House. Había pasado la tarde con los médicos y mi madre finalmente había permitido que todos se marcharan.
Evie llamó mediante el sistema seguro de Ginny.
Yo sostuve la tableta.
Ella apareció sentada en el salón de la nueva residencia. Llevaba un suéter negro y el cabello recogido de manera desordenada. El vendaje asomaba bajo el cuello.
Alexander sonrió.
—Señorita Han.
—Después de lo que hizo hoy, puede llamarme Evie.
—Entonces tendrás que llamarme Alexander.
—Trato.
Mi hermano se acomodó contra las almohadas.
—¿Cómo estás?
—Mejor. ¿Tú?
—He tenido semanas más discretas.
Evie sonrió.
—No tenía que defenderme.
—Sí.
—Su declaración reveló información privada.
—Ya habían robado esa privacidad. Preferí decidir qué parte entregaba yo.
Evie permaneció en silencio.
Comprendía exactamente lo que significaba.
—No lo culpo —dijo.
Alexander bajó la mirada.
—Deberías.
—No.
—Utilizaron tu música porque hablaban de mi condición.
—También utilizaron mi ansiedad, mis contratos y mi carrera. Eso no convierte ninguna de esas cosas en culpable.
Mi hermano volvió a mirarla.
—Adrien dijo lo mismo.
—Entonces una vez tuvo razón.
—Ocurre cada algunos años.
—Disfruten mientras dure —intervine.
Ambos sonrieron.
Verlos juntos produjo algo cálido.
Evie, la mujer que amaba.
Alexander, el hermano al que llevaba toda la vida intentando proteger.
No había tensión.
Ninguna sospecha.
Solo dos personas cuya vulnerabilidad había sido utilizada por otros y que se reconocían sin necesidad de explicar demasiado.
—Gracias por cuidar de él —dijo Alexander.
Mi cuerpo se tensó.
Evie también quedó inmóvil.
—Durante el ataque —añadió—. Le cuesta admitir cuándo necesita a alguien.
—No diría que lo cuidé.
—Entonces no lo conoces suficiente. Cuando Adrien deja que una persona lo vea asustado, es lo más parecido que puede ofrecer a pedir ayuda.
Evie me observó a través de la pantalla.
—Estoy aprendiendo.
—Ten paciencia —respondió Alexander—. Es insoportable, pero ocasionalmente útil.
—¿Continúo en la habitación? —pregunté.
—Desgraciadamente.
Evie rió.
El sonido llenó la habitación de mi hermano.
Alexander sonrió.
Durante un segundo pude imaginar una vida en la que no tuviéramos que esconder nada.
Evie entrando en Clarence House por la puerta principal.
Beatrice arrastrándola hacia algún acto.
Alexander burlándose de ambos.
Una familia distinta.
Más honesta.
La imagen desapareció cuando recordé a Isabella.
—Debo descansar —dijo Alexander.
—Gracias otra vez —respondió Evie.
—No me lo agradezcas. Solo prométeme que no permitirás que mi familia decida qué debes hacer con tu canción.
Evie levantó una ceja.
—Empieza a agradarme.
—A todo el mundo le agradan más los miembros de mi familia —dije.
—Tal vez el problema seas tú —respondieron ambos al mismo tiempo.
La llamada terminó entre risas.
Alexander cerró los ojos.
—Es buena para ti.
No respondí.