Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 14
70%

CAPÍTULO 14

El heredero perfecto

La canción de Evie se reprodujo dentro del Salón Azul a las siete y doce de la mañana.

Mi padre permanecía de pie frente a la chimenea.

Mi madre estaba sentada junto a Alexander.

Beatrice ocupaba el sofá con las piernas cruzadas y dos teléfonos sobre las rodillas. Ginny se encontraba cerca de la puerta, revisando documentos. Julian hablaba en voz baja con tres asesores mientras Bash esperaba junto a mí.

Nadie miraba la pantalla.

Solo escuchábamos.

La voz de Evie llenó la habitación.

Después apareció Lawson.

—Si las pruebas confirman que la condición es hereditaria, el segundo hijo tampoco será viable.

La tercera voz respondió:

—No necesitamos que esté enfermo. Solo que la institución crea que podría estarlo.

La canción regresó durante tres segundos.

El archivo terminó.

Mi padre tomó el control remoto y lo dejó sobre la mesa con una precisión violenta.

—¿Cuántas reproducciones? —preguntó.

Beatrice actualizó una pantalla.

—Diecisiete millones.

—¿Desde qué cuenta se publicó?

—Una red de perfiles falsos. El primero apareció en Singapur, pero el archivo ya estaba replicado antes de que pudiéramos retirarlo.

—¿Los medios?

—Todos.

Mi hermana deslizó el dedo.

—La BBC solicita una confirmación sobre la salud de Alexander. Dos periódicos españoles preguntan si existe una enfermedad hereditaria que pueda afectar a Adrien. En Estados Unidos creen que Asteria filtró la canción para castigar a Evie.

—¿Y Asteria? —pregunté.

Ginny levantó la mirada.

—Convocó una reunión disciplinaria.

—¿Contra ella?

—Afirman que únicamente Evie y su equipo tenían acceso a la grabación completa.

—Eso es mentira.

—Una mentira jurídicamente conveniente.

—La policía tiene una copia.

—Y el Palacio, otra —señaló mi padre.

Giré hacia él.

—Nosotros no tenemos el archivo original.

—Seguridad recibió la pista forense.

—Sin autorización para difundirla.

—Tampoco Asteria.

—Entonces existen tres organizaciones con acceso. No pueden culparla.

—Pueden intentarlo —dijo Ginny—. Ya suspendieron sus cuentas oficiales y bloquearon el lanzamiento de la campaña.

La rabia llegó con suficiente rapidez para tensarme los hombros.

—Publicaré que Evie no filtró nada.

Mi padre volvió la cabeza.

—No.

—La canción es suya.

—Precisamente por eso cualquier defensa personal te vinculará nuevamente con ella.

—Ya estoy vinculado. Mi voz no aparece en la grabación, pero hablan de mí.

—La prioridad es Alexander.

Mi hermano continuaba sentado.

Llevaba una camisa blanca, pantalones oscuros y un abrigo gris que no se había quitado desde que llegó. Tenía las manos entrelazadas sobre las piernas.

No había pronunciado una sola palabra.

—Evie también es una víctima —dijo Beatrice.

Mi padre la miró.

—Nadie lo niega.

—Asteria sí.

—No controlamos a una compañía extranjera.

—Pero controlamos nuestras declaraciones.

—El Palacio no defenderá a una artista mientras existe una crisis constitucional.

Beatrice se levantó.

—No es una artista cualquiera.

La habitación quedó inmóvil.

Mi hermana comprendió demasiado tarde cuánto había revelado su tono.

—Es embajadora de nuestra campaña —añadió—. Si permitimos que su compañía la culpe, parecerá que la utilizamos mientras resultaba conveniente.

—La fundación suspenderá la campaña hasta que termine la investigación —ordenó mi padre.

—No.

—Beatrice.

—Es mi patronato.

—Pertenece a la Corona.

—El trabajo lo dirijo yo.

—Y los recursos los autoriza esta familia.

Mi hermana apretó los labios.

—Entonces renunciaré al patronato y defenderé a Evie personalmente.

Mi madre levantó una mano.

—Nadie va a renunciar esta mañana.

—Asteria intenta destruirla.

—Lo sé.

La suavidad de su voz consiguió que Beatrice se detuviera.

Mi madre miró a mi padre.

—Debemos protegerla.

—Debemos proteger al heredero.

—Ambas cosas no son incompatibles.

—Lo serán cuando alguien pregunte por qué nuestra familia parece especialmente preocupada por Evelyn Han.

Sentí la atención de Bash sobre mí.

Beatrice también me miró.

La fotografía instantánea permanecía escondida dentro del libro que Evie había comprado para mí.

No lo llevaba.

Aun así, sentí su peso.

—Puede preocuparnos porque la grabación fue obtenida durante una operación dirigida contra Alexander —dije—. No necesitamos explicar nada más.

—Tu participación personal ya ha complicado esa narrativa.

—¿La fotografía del accidente?

—Tu declaración. La visita. La rapidez con que abandonaste España.

Beatrice se volvió hacia mí.

—¿Abandonaste España?

El error de mi padre llegó demasiado tarde para retirarlo.

—¿Cuándo estuviste allí? —preguntó.

—No es relevante.

—Dijiste que estabas en reuniones fuera de Londres.

—España se encuentra fuera de Londres.

—Gracias por la aclaración geográfica.

Mi hermana miró hacia las carpetas de los Valcázar.

Después hacia mí.

—¿Fuiste con Isabella?

—La visita era confidencial.

—Y regresaste por Evie.

—Regresé por una emergencia de seguridad.

—¿Ella sabe que estabas en España?

—Beatrice —advirtió mi madre.

Mi hermana ignoró la advertencia.

—¿Lo sabe?

—No hablaré de Evie contigo.

El dolor apareció en su rostro.

—Entonces no.

—Basta —ordenó mi padre.

Beatrice retrocedió.

No conocía la relación.

Pero las piezas comenzaban a adquirir una forma.

—No defenderás públicamente a la señorita Han —continuó mi padre—. Tampoco mantendrás contacto con ella hasta que controlemos la crisis.

—Ya respondí a esa orden.

—Entonces responderás nuevamente.

—No.

Alexander levantó la cabeza.

—Yo hablaré.

Todos se volvieron hacia él.

Su voz había sido baja.

La decisión dentro de ella no.

—No —dijo mi padre.

—La grabación habla de mi enfermedad.

—Por eso no puedes responder bajo presión.

—He vivido bajo presión desde que nací.

Alexander se puso de pie.

Mi madre extendió una mano, pero él no la tomó.

—Si permanecemos en silencio, Asteria culpará a Evie y los medios llenarán los espacios con diagnósticos inventados.

—No existe una estrategia aprobada —respondió mi padre.

—Entonces aprobaré una.

—No tienes autoridad para hablar en nombre de la Corona sin autorización del rey.

Mi hermano lo miró.

—Soy el heredero sobre cuya capacidad el mundo está especulando. No necesito permiso para hablar sobre mi cuerpo.

La frase produjo un silencio absoluto.

Evie habría estado orgullosa.

Yo también.

Alexander caminó hacia la mesa y tomó el control remoto.

Reprodujo nuevamente el fragmento.

Escuchó su propia intimidad convertida en entretenimiento mundial sin apartar la mirada.

Cuando terminó, dejó el dispositivo.

—Diré que padezco una condición neurológica en estudio, que algunos síntomas afectaron mis compromisos y que nunca autoricé la obtención de las muestras mencionadas.

Mi madre perdió el color.

—No puedes confirmar eso.

—Es la verdad.

—Expondrás información que no podremos retirar.

—Ya fue expuesta.

—No toda.

Alexander se volvió hacia ella.

—No quiero pasar el resto de mi vida esperando que otra persona decida cuál es la cantidad correcta de verdad que puedo soportar.

Las mismas palabras que todos parecían utilizar contra mí.

Mi madre las recibió como un golpe.

—También aclararé que Evie desconocía el contenido —continuó Alexander—. Su grabación fue utilizada sin consentimiento y no existe ninguna evidencia de que participara en la filtración.

—Eso no impedirá las preguntas sobre Adrien —dijo mi padre.

—Entonces él podrá responderlas cuando llegue el momento.

Mi hermano me miró.

No había sospecha.

Solo la expectativa de que, cuando alguien intentara destruirme, él también ocuparía mi lugar.

—Alexander —dije—. No tienes que hacerlo.

—Sí.

—Podemos encontrar otra manera.

—Eso significa que encontrarás una forma de asumir tú la responsabilidad.

—No se trata de mí.

—Contigo siempre se trata de todos menos de ti.

Se acercó.

—Esta vez déjame protegerte.

No pude responder.

Durante toda nuestra vida, Alexander había sido el heredero enfermo, sensible y responsable a quien yo debía sustituir cuando faltaba.

Aquella mañana parecía más fuerte que cualquiera de nosotros.

Mi padre no lo vio así.

—No permitiré una comparecencia improvisada.

Alexander sostuvo su mirada.

—Entonces tendrás dos horas para organizarla.

* * *

El Palacio intentó controlar cada palabra.

Alexander rechazó nueve versiones.

La primera describía sus episodios como fatiga.

La segunda no mencionaba las muestras de sangre.

La tercera hablaba de Evie como una artista involucrada, una expresión suficientemente ambigua para permitir que Asteria siguiera culpándola.

Mi hermano rompió la cuarta.

En la quinta, cambió personalmente una frase.

La señorita Han no tuvo responsabilidad alguna.

No permitió que añadieran según la información disponible.

—Parece demasiado absoluto —protestó uno de los asesores.

—Lo es.

—La investigación continúa.

—¿Existe evidencia contra ella?

—No.

—Entonces no construiremos una duda para protegernos.

El asesor miró a mi padre.

Alexander siguió escribiendo.

Yo permanecía cerca de la ventana con Bash.

—Esto lo convertirá en un héroe —murmuró.

—Lo es.

Bash no respondió.

Lo miré.

—¿Qué?

—Nada.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de hombre que evalúa una amenaza.

—Estoy observando a alguien bajo presión antes de una declaración mundial. Es mi trabajo.

—Alexander no es una amenaza.

—Nunca he dicho que lo fuera.

La irritación apareció sin motivo claro.

Quizá porque demasiadas personas habían utilizado la enfermedad de mi hermano para convertirlo en un riesgo.

No permitiría que Bash hiciera lo mismo.

—Preocúpate por las entradas —dije.

—Ya están cubiertas.

—Entonces cúbrelas otra vez.

Bash me observó durante un segundo.

Después se alejó.

* * *

Evie llamó desde el teléfono de Samantha.

No respondí dentro de la sala.

Caminé hasta un corredor privado y cerré la puerta de una oficina vacía.

—¿Estás bien? —preguntó antes de saludar.

—Sí.

—La declaración de Asteria dice que incumplí las condiciones de seguridad del archivo.

—Ginny prepara una respuesta.

—No quiero que tú intervengas públicamente.

La petición me sorprendió.

—¿Por qué?

—Porque el Palacio te utilizará para convertir esto en otra historia sobre nosotros.

—Existe una historia sobre nosotros.