Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 13 #4
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CAPÍTULO 13 #4

—¿Existe otra mujer a la que permites creer que podría tener una relación contigo?

La precisión me atravesó.

Podía hablar.

Evie estaba frente a mí, entregándome otra oportunidad para detenerlo todo antes de que la mentira se volviera irreversible.

—No —respondí.

La palabra salió limpia.

Sin cláusulas.

Sin tecnicismos.

Una mentira completa.

Evie soltó el aire.

—Entonces sí somos exclusivos.

—Sí.

La promesa quedó establecida.

No podía volver a fingir que nunca la había realizado.

Evie guardó la fotografía dentro del abrigo.

—Bien.

Tomó mi rostro y me besó.

La rodeé con los brazos.

Mi cuerpo respondió a ella como siempre.

Mi corazón también.

Isabella no estaba allí.

Solo la posibilidad de su futuro.

Decidí que eso no contaba.

* * *

El atacante murió a las tres y dieciocho de la madrugada.

Ginny llamó mientras Evie dormía sobre mi pecho dentro de una habitación situada sobre la librería.

—Entró en paro cardíaco —informó.

Me incorporé con cuidado.

—¿Causa?

—Le administraron un anticoagulante etiquetado como sedante. Provocó una hemorragia interna.

—¿Quién tuvo acceso?

—Tres médicos, dos agentes y personal de custodia.

—Entonces la conspiración entró en la clínica.

—O alguien modificó el medicamento antes.

Evie se movió.

Bajé la voz.

—¿Declaró algo?

—Solo un nombre.

—Orfeo.

—Sí. Dijo que recibía instrucciones mediante un intermediario que utilizaba ese nombre. Nunca conoció a Mercer ni a Lawson.

—¿Descripción?

—Ninguna. La voz estaba distorsionada y los pagos llegaban mediante empresas extranjeras.

—¿Por qué lo mataron?

—Quizá sabía más de lo que dijo.

—O querían impedir que descubriéramos que no sabía nada.

Ginny guardó silencio.

—¿Dónde estás? —preguntó.

—Kensington.

—Ni tú crees esa respuesta.

—Eso parece contagioso.

—Beatrice preguntó por ti.

—¿Qué respondiste?

—Que no soy tu secretaria.

—Una descripción precisa de tus funciones.

—Regresa antes del amanecer.

La llamada terminó.

Evie abrió los ojos.

—¿Qué ocurrió?

No podía ocultárselo.

La muerte formaba parte del ataque contra ella.

—El hombre detenido murió en custodia.

Se incorporó.

La sábana cayó hasta su cintura.

—¿Lo mataron?

—Eso parece.

—Entonces alguien dentro de la policía trabaja para ellos.

—O accedieron a los medicamentos antes.

—¿Dijo algo?

—Mencionó a Orfeo.

Evie apretó la sábana.

—No estamos cerca de terminar esto.

—Lo haremos.

—No prometas…

—Lo sé.

Tomé su mano.

—Pero lo haremos.

Evie apoyó la frente contra mi hombro.

—No quiero volver a la casa todavía.

—No tienes que hacerlo.

—Quédate.

—Siempre.

Me recosté nuevamente.

Evie apoyó la fotografía instantánea sobre la mesa antes de cerrar los ojos.

La imagen continuó allí.

Una prueba de que existíamos.

También de la promesa exclusiva que acababa de hacerle mientras permitía que Isabella siguiera enamorada de mí.

* * *

A las seis, la canción apareció en Internet.

No la versión completa.

Alguien había mezclado la voz de Evie con doce segundos de la grabación del estudio de Los Ángeles.

La melodía comenzaba suavemente.

Después Lawson decía:

—Si las pruebas confirman que la condición es hereditaria, el segundo hijo tampoco será viable.

La tercera voz respondía:

—No necesitamos que esté enfermo. Solo que la institución crea que podría estarlo.

El archivo terminaba con Evie cantando sobre una casa sin cerraduras.

El contador aumentaba cada segundo.

Cien mil.

Trescientas mil.

Un millón.

Las etiquetas comenzaron a extenderse.

#LaEnfermedadDelHeredero.

#ElPríncipeAdrien.

#QuéOcultanLosHawthorne.

Evie observó la pantalla desde la cama.

—Van a decir que lo filtré yo.

—No permitiré que lo hagan.

—¿Cómo?

No tenía una respuesta.

Mi teléfono oficial comenzó a sonar.

El Palacio.

Después Ginny.

Bash.

Mi madre.

Alexander.

Evie tomó la fotografía instantánea y la escondió dentro de su libro antes de ponerse de pie.

—Debes irte.

—No.

—Tu familia te necesita.

—Tú también.

—Yo tengo a Naomi, mi abogada y seguridad.

Me acercó el teléfono.

—Tu hermano acaba de convertirse en una pregunta pública.

Miré su nombre sobre la pantalla.

Alexander.

Respondí.

—Adrien —dijo.

Su voz era débil.

—Estoy aquí.

—Ya lo escucharon todos.

—No digas nada hasta que Ginny revise la estrategia.

—La prensa está fuera de Clarence House.

—No salgas.

—No puedo esconderme otra vez.

—Alexander.

—Evie no hizo esto.

—Lo sé.

—Asteria y el Palacio intentarán culparla.

—No lo permitiré.

—Entonces ven.

Miré a Evie.

Ella asintió.

—Ve —dijo.

Me acerqué y la besé.

No como una despedida.

Como otra promesa.

—Regresaré.

Evie apoyó una mano sobre mi rostro.

—Eso siempre dices.

—Y siempre lo hago.

Salí antes de que pudiera preguntarme qué parte de mí regresaría esta vez.

Afuera comenzaba a amanecer.

La canción de Evie se reproducía en millones de teléfonos.

Su voz pertenecía ya al mundo.

El secreto de Alexander también.

Y dentro de un libro sobre casas junto al mar, Evie guardaba la única fotografía capaz de demostrar que el hombre que acababa de prometerle exclusividad llevaba semanas construyendo una vida con otra mujer.

Por primera vez ya no necesitaba que alguien descubriera mi mentira.

Solo que encontrara la fotografía.