Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 20 #4
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CAPÍTULO 20 #4

—Vine a ver a Alexander.

—Está durmiendo.

—Lo noto.

Me acerqué.

Mi hermana se puso de pie y bloqueó el camino.

Apenas superaba mi hombro.

No parecía pequeña.

—No puedes entrar en las habitaciones de las personas cada vez que te quedas sin otro lugar donde ir —dijo.

—Esta también es la casa de mi hermano.

—Y él está enfermo.

—No pienso despertarlo.

—Ya lo hiciste suficientes veces para que te consolara.

La acusación me detuvo.

—No vine para eso.

—Entonces ¿por qué?

Miré a Alexander.

El cabello castaño caía sobre su frente. Incluso dormido parecía agotado.

—Quería saber si estaba bien.

Beatrice cruzó los brazos.

—Está aterrorizado por ti.

—No tiene por qué.

—Golpeaste a Bash. Robaste documentos del archivo real y desapareciste durante horas.

—No desaparecí.

—Todos sabíamos dónde estabas. Eso no significa que supiéramos quién serías cuando volvieras.

Mi hermana caminó hacia la ventana.

—¿Viste a Evie?

—Sí.

Sus hombros se tensaron.

—¿Está bien?

—No.

Beatrice cerró los ojos.

—¿Intentaste convencerla de quedarse?

—Al principio.

—Naturalmente.

—Después la dejé marchar.

Me miró.

No había orgullo en su expresión.

Solo una disminución mínima de la decepción.

—¿Va a Los Ángeles?

—Eso dijo.

—Naomi no me ha respondido.

—Probablemente porque sabe que eres mi hermana.

—Lo soy incluso cuando te comportas como un hijo de puta.

—Especialmente entonces.

Una sonrisa intentó aparecer en su rostro.

No llegó a formarse.

—Le dije que podía confiar en ti —murmuró.

—Lo sé.

—No sabía lo del acuerdo.

—También lo sé.

—Si lo hubiera sabido…

—No es culpa tuya.

Beatrice levantó el mentón.

—No necesito que me absuelvas.

—No intentaba hacerlo.

—Todos ustedes deciden quién es culpable, quién necesita protección y qué información puede soportar cada persona.

Miró hacia Alexander.

—Estoy cansada de que ser la menor signifique que nadie deba contarme nada.

La enfermedad de nuestro hermano continuaba siendo su secreto.

Pero ya no estaba dispuesto a utilizar esa frase sin preguntarme a quién protegía realmente.

—Alexander sufre episodios de pérdida de memoria —dije—. Algunos duran horas. Los médicos todavía no conocen la causa y existe una posibilidad de que la condición sea hereditaria.

Beatrice quedó completamente inmóvil.

—¿Puede morir?

—No lo sabemos.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde la gala.

—¿Y él?

—Desde hace más de un año.

—¿Madre y padre?

—Sí.

Beatrice miró al hombre dormido.

—Todos menos yo.

—No era mi secreto.

—Pero era mi hermano.

Alexander se movió en el sillón.

Abrió los ojos lentamente.

—Bea.

Ella se volvió.

Mi hermano comprendió por su rostro lo que había ocurrido.

—Se lo contaste —dijo.

—Sí.

Alexander cerró los ojos.

—No tenías derecho.

—Ella sí tenía derecho a preguntar.

—No era tu decisión.

—No.

La palabra me produjo una punzada.

—Y lo siento —continué—. Pero no volveré a utilizar la confidencialidad como respuesta automática cada vez que una verdad resulte incómoda.

Alexander se incorporó.

El cansancio desapareció parcialmente de su rostro, reemplazado por dolor.

—Podías haberme pedido que hablara con ella.

—Lo hice durante meses —replicó Beatrice—. Nunca me dejaste entrar.

Se acercó a él.

Alexander intentó levantarse. Sus piernas fallaron y Beatrice lo sujetó antes de que cayera.

Ambos permanecieron abrazados.

—No quería que me miraras diferente —murmuró él.

—Eres un idiota.

—Lo sé.

Beatrice enterró el rostro contra su hombro.

—Podrías haber muerto y yo habría continuado enviándote videos de perros.

—Eran excelentes perros.

Ella soltó un sonido entre risa y llanto.

Me aparté.

Aquello les pertenecía.

Cuando llegué a la puerta, Alexander habló:

—Adrien.

Me volví.

—Gracias por venir.

No me agradecía que hubiera revelado su enfermedad.

Me agradecía no haber permanecido solo.

O quizá solo intentaba evitar que me marchara sintiendo que ya no quedaba nadie.

—Descansa —dije.

Salí.

* * *

Bash me informó a las nueve y cuarenta de la noche que el avión de Evie había despegado.

No compartió la matrícula, el aeropuerto ni la ruta.

No pregunté.

Nos encontrábamos dentro de mi despacho. Bash permanecía junto a la ventana con las manos dentro de los bolsillos.

—¿Continuarás con la renuncia? —pregunté.

—Sí.

—¿Quién ocupará tu puesto?

—Recomendaré a alguien.

—No quiero a otra persona.

—Lo sé.

—Eso no te hará cambiar de opinión.

—No.

Asentí.

—Utilicé nuestra amistad para conseguir cosas que ningún agente habría aceptado hacer.

—Sí.

—Y cuando estableciste un límite, te golpeé.

Bash me observó.

—Eso también.

—No tengo una explicación que lo vuelva menos grave.

—Bien.

—Pero lo lamento.

Se tocó el corte del labio.

—Acepto la disculpa.

La respuesta produjo más alivio del que merecía.

—No significa que retiraré la renuncia —añadió.

—Lo sé.

—Tampoco que confíe en tu criterio.

—Empiezo a notar que las disculpas ofrecen beneficios bastante limitados.

—Por eso deberían pronunciarse sin esperar una recompensa.

Una sonrisa breve apareció en su rostro.

—Ginny te está arruinando —dije.

—A todos.

Mi teléfono secreto vibró sobre el escritorio.

Ambos lo miramos.

Solo Evie, Bash y yo conocíamos aquel número.

Tomé el dispositivo.

Una fotografía ocupaba la pantalla.

Mostraba el interior de un avión.

Evie dormía junto a una ventanilla, con el rostro apoyado sobre una almohada y el abrigo cubriendo su cuerpo. Naomi ocupaba el asiento contiguo.

La imagen había sido tomada desde el pasillo.

Desde dentro del avión.

Debajo aparecía una frase:

Separarla de ti nunca fue el objetivo.

El miedo se convirtió en hielo dentro de mis venas.

Le entregué el teléfono a Bash.

Su expresión cambió.

El amigo desapareció.

El oficial ocupó su lugar.

—¿Cuándo llegó?

—Ahora.

Amplió la fotografía.

—Necesito identificar el avión.

—Dijiste que tendría seguridad independiente.

—La tiene.

—Entonces alguien dentro del equipo está comprometido.

Bash ya llamaba a uno de sus contactos.

—No podemos asegurarlo. La imagen pudo enviarse con retraso.

—Averígualo.

Se apartó dando instrucciones.

Alexander y Beatrice entraron.

Mi hermano se apoyaba en el bastón. Beatrice mantenía una mano cerca de su brazo sin llegar a sujetarlo.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

Le mostré la fotografía.

Perdió todo el color.

—¿Es Evie?

—Sí.

Alexander tomó el teléfono.

Estudió el reflejo de la ventanilla.

—Amplía la mano.

Lo hice.

La figura que sostenía la cámara aparecía distorsionada sobre el cristal. No se veía el rostro, solo parte de un traje oscuro y el puño de una camisa.

Junto al botón había un emblema dorado.

Una corona rodeada por dos ramas.

—Ese distintivo pertenece al equipo de Windsor —dijo Alexander.

—¿Estás seguro?

—Lo utilizan los agentes asignados a traslados diplomáticos.

Bash terminó la llamada.

—El vuelo aterrizará en Boston por una emergencia médica.

—¿Qué emergencia?

—Una pasajera perdió el conocimiento.

Beatrice se llevó una mano a la boca.

—¿Evie?

—Todavía no lo sabemos.

—Comunícate con la cabina —ordené.

—Estoy intentando hacerlo sin activar una alerta que pueda advertir a la persona que tomó la fotografía.

Mi teléfono vibró otra vez.

No había imagen.

Solo un mensaje.

Ahora descubrirás si aprendiste a dejarla ir.

La rabia eliminó el resto del miedo.

—¿Qué dice? —preguntó Alexander.

Le mostré la pantalla.

Mi hermano apoyó una mano sobre el escritorio.

—Es una provocación. Quiere que actúes impulsivamente.

—Evie está dentro de un avión con una persona vinculada a Orfeo.

—Precisamente. Si movilizas públicamente a la Corona, podría reaccionar.

—No pienso emitir una declaración.

Tomé el abrigo.

—¿Dónde vas? —preguntó Beatrice.

—A Boston.

—No llegarás antes que el avión.

—No necesito llegar antes.

Bash levantó la mirada desde su teléfono.

—La tripulación acaba de confirmar que Naomi es la pasajera enferma.

—¿Y Evie?

—Consciente. Está junto a ella.

Beatrice dejó escapar el aire.

—La policía estadounidense esperará en la pista —continuó Bash—. No abordará hasta que el piloto confirme que las puertas están bloqueadas y el posible agresor se encuentra separado de ellas.

—Prepara un vuelo.

—Adrien…

—No iré para traerla de vuelta.

Todos guardaron silencio.

Me puse el abrigo.

—Evie eligió marcharse y respetaré esa decisión. Pero no voy a quedarme sentado mientras alguien la sigue dentro de un avión.

Bash me observó durante varios segundos.

Después asintió.

—Hay un vuelo militar disponible en cuarenta minutos.

Alexander tomó su chaqueta.

—Iré contigo.

—No.

—Conozco los protocolos de Windsor.

—Puedes explicárselos a Bash desde aquí.

—Adrien…

—Estás enfermo y Beatrice acaba de enterarse. Quédate con ella.

La mandíbula de mi hermano se tensó.

—No necesitas protegerme de todo.

—No lo hago.

Miré a Beatrice.

—Por una vez, estoy dejando que otra persona decida si te necesita.

Mi hermana sostuvo mi mirada.

Después tomó la mano de Alexander.

—Quédate.

Él pareció dispuesto a discutir.

Finalmente asintió.

Bash abrió la puerta.

—El vehículo está abajo.

Caminé hacia la salida.

No sabía qué encontraríamos cuando el avión aterrizara.

No sabía si Orfeo había envenenado a Naomi, si el agente de Windsor continuaba junto a Evie o si todo formaba parte de otra estrategia diseñada para obligarme a correr en la dirección equivocada.

Solo sabía que Evie ya no era mi novia.

No me pertenecía.

No me debía perdón, explicaciones ni otra oportunidad.

Iría a Boston para asegurarme de que sobreviviera.

Después volvería a apartarme.

No utilizaría el rescate para tocarla.

No le pediría que recordara Sussex.

No convertiría su miedo en una puerta por la que pudiera entrar otra vez.

Sería la primera promesa que le cumpliría cuando hacerlo no me entregaba nada a cambio.

Y quizá esa fuera la diferencia entre amar a alguien y utilizar el amor como excusa para conservarlo.