CAPÍTULO 13 #2
—Importa para mí.
Alexander sostuvo mi mirada.
No vi cálculo.
Vi culpa.
Miedo.
A un hombre dispuesto a colocarse delante de una multitud para evitar que una mujer desconocida pagara por su enfermedad.
—La decisión de regresar fue mía —dije.
—Entonces compartiremos las consecuencias.
Beatrice miró de Alexander a mí.
—¿Qué no están contando?
—Nada que necesites saber —respondió mi padre.
—Esa frase siempre precede a una catástrofe.
—Beatrice.
—Evie fue atacada, Adrien abandonó un país por ella y Alexander pretende asumir la responsabilidad. Claramente me falta una parte.
Mi padre señaló la puerta.
—Sal.
—Tengo diecinueve años, no nueve.
—Entonces demuestra la madurez suficiente para obedecer.
Beatrice perdió todo el color.
Me interpuse.
—Se queda.
Mi padre me observó.
—No diriges esta reunión.
—Tampoco tú diriges su vida.
—Adrien —dijo mi madre con suavidad.
La advertencia fue suficiente.
Beatrice tomó su teléfono.
—No importa. Ya entendí lo necesario.
Pasó junto a mí.
Sus ojos se detuvieron otra vez sobre la sangre de mi puño.
—Espero que Evie esté realmente bien.
La puerta se cerró.
Mi padre volvió hacia mí.
—A partir de este momento, suspenderás todo contacto no autorizado con la señorita Han.
El silencio se volvió absoluto.
—No.
Alexander me observó.
Mi madre también.
—No era una petición —dijo mi padre.
—Entonces no necesitabas una respuesta.
—Tu involucramiento emocional compromete la investigación.
—La investigación estaba comprometida antes de que la conociera.
—Precisamente. Alguien sabía cómo reaccionarías.
—Eso no les otorga derecho a decidir con quién hablo.
—La Corona…
—No posee mis conversaciones.
Ginny intervino:
—Legalmente, el rey no puede restringir el contacto privado del príncipe sin una orden relacionada con la investigación.
Mi padre la miró con frialdad.
—Esta es una conversación familiar.
—Entonces deje de formular instrucciones con consecuencias institucionales.
Alexander bajó la vista.
Podía interpretar mi negativa como protección.
No sabía qué significaba realmente Evie.
Nadie en la habitación lo sabía salvo Bash.
El secreto sobrevivió.
Apenas.
* * *
La cláusula apareció dentro de un anexo de seis páginas.
Ginny la encontró después de la reunión, mientras revisaba los documentos del viaje con los abogados españoles.
Entró en mi despacho sin llamar.
Alexander estaba conmigo.
Mi hermano descansaba en uno de los sillones con los ojos cerrados y una compresa fría sobre la frente.
—Necesito que lean esto —dijo Ginny.
Dejó el documento sobre la mesa.
El encabezado hablaba de continuidad dinástica y prevención de conflictos sucesorios.
—Parece una forma especialmente aburrida de arruinar una vida —comenté.
—Lee el cuarto apartado.
Lo hice.
En caso de incapacidad permanente, abdicación o imposibilidad médica del heredero Alexander Hawthorne, el príncipe Adrien deberá renunciar irrevocablemente a cualquier derecho sucesorio británico antes de formalizar una unión con la Casa de Valcázar.
Leí dos veces.
Alexander retiró la compresa.
—¿Qué significa?
—Que si tu salud empeora —respondí—, no podría casarme con Isabella sin renunciar primero a sustituirte.
—Entonces el acuerdo estabiliza la sucesión alrededor de mí.
—O de cualquier persona situada después de mí —dije.
Beatrice.
Parientes más lejanos.
Una regencia controlada por el Parlamento.
Ginny señaló la fecha.
—La cláusula fue incorporada hace siete meses.
—Antes de que España presentara la propuesta formal —dije.
—Sí.
Alexander se puso de pie.
—Yo no sabía esto.
—Nadie ha dicho que lo supieras.
—Sugerí que escucharas la propuesta.
—No redactaste las condiciones.
—Pero convencí a padre de que España podía ofrecerte una salida.
Su respiración comenzó a acelerarse.
Me acerqué.
—Siéntate.
—No.
—Alexander.
—Querían apartarte.
—Todavía no sabemos quién agregó la cláusula.
—Lawson conocía el borrador.
Ginny asintió.
—Accedió a los archivos preliminares de cooperación entre ambas casas.
Alexander se llevó una mano a la sien.
—No firmes.
—No pensaba hacerlo.
—Rechaza todo el acuerdo.
—Isabella no conocía la cláusula.
—No importa.
—Sí importa.
Mi hermano me miró.
—¿Quieres casarte con ella?
La pregunta llegó demasiado cerca de otra verdad.
—No lo sé.
—Entonces no permitas que nuestras familias conviertan tu indecisión en consentimiento.
—Es más complejo.
—No debería serlo.
Alexander tomó el documento y lo rompió.
Ginny cerró los ojos.
—Era una copia certificada.
—Envíales la factura.
Mi hermano arrojó los fragmentos sobre la mesa.
—No permitiré que te envíen lejos para protegerme.
—No necesitas protegerme.
—Tú tampoco y llevas toda la vida intentándolo.
No pude responder.
Alexander apoyó una mano sobre mi hombro.
—Elige la vida que quieres. No la que parece más útil para todos nosotros.
Pensé en Evie.
En la casa junto al mar.
En Isabella frente a un consejo, preparada para reformar una Corona a mi lado.
Quería dos vidas.
Aquello no significaba que pudiera vivir ambas.
* * *
Isabella regresó a Londres aquella tarde.
No informó a mis padres.
Tampoco solicitó una reunión oficial.
Entró en mi despacho a las seis y cerró la puerta detrás de ella.
Llevaba un traje negro, el cabello recogido en una cola baja y la expresión de una mujer que había pasado el vuelo decidiendo exactamente cuánto dolor pensaba mostrar.
Poco.
—La cláusula fue retirada —dijo.
—Ya la viste.
—Yo misma ordené eliminarla de todos los borradores.
—¿La conocías?
—No.
—¿Tu padre?
—Dice que la recomendó un asesor británico.
—¿Quién?
—No entregará el nombre hasta revisar los registros.
—Conveniente.
Isabella dejó el bolso sobre una silla.
—No he venido a hablar de la cláusula.
—Naturalmente.
—Amas a Evie.
No fue una pregunta esta vez.
La observé.
—Ya discutimos esto.
—Lo evitaste.
—Su vida privada…
—No utilices otra vez su privacidad.
Se acercó.
—Abandonaste España antes de saber si estaba herida. No esperaste confirmaciones, no consultaste a tu familia y no pensaste en lo que ocurriría con el viaje.
—Intentaban secuestrarla.
—Lo sé.
—Entonces ¿qué esperabas?
—La verdad.
Sus ojos color miel brillaban.
—Quiero que reconozcas que no regresaste por una posible víctima ni por responsabilidad institucional. Regresaste porque la idea de perderla te destruye.
Mi silencio respondió.
Isabella cerró los ojos un instante.
—Bien.
—No he dicho nada.
—No era necesario.
Dio un paso atrás.
—¿Ella sabe de mí?
—Sabe quién eres.
—No me insultes.
—No existe un compromiso entre nosotros.
—¿Sabe que viajaste conmigo?
No respondí.
—¿Sabe que nos besamos?
—Eso ocurrió antes de que existiera…
Me detuve.
Demasiado tarde.
Isabella abrió los ojos.
—Antes de que existiera qué.
—Nada formal.
—Con Evie.
—No he dicho eso.
—Pero existe algo.
Su voz se quebró por primera vez.
—¿Desde cuándo?
—No hablaré de ella sin su consentimiento.
—Otra vez.
Isabella soltó una risa rota.
—Consigues que cada mentira parezca una defensa honorable.
—Nunca te prometí exclusividad.
—No. Solo me besaste, viajaste conmigo y permitiste que planificara una vida a tu lado mientras protegías a otra mujer detrás de una puerta cerrada.
—No conoces la situación completa.
—Porque tú decidiste que no podía conocerla.
La acusación pertenecía a Evie.
A Beatrice.
A Bash.
Ya no podía fingir que todos se equivocaban de la misma forma.
—¿Te retirarás de las negociaciones? —pregunté.
Isabella quedó inmóvil.
—¿Eso quieres?
Debería haber dicho que sí.
Habría sido lo único decente.
—No lo sé.
El dolor se transformó en furia.
—Eres un hijo de puta.
—Existe consenso internacional.
—No conviertas esto en una broma.
—No lo hago.
Isabella se acercó hasta quedar frente a mí.
—Te amo.
Las palabras no sonaron suaves.
Fueron una acusación.
Una declaración de guerra.
—No sé en qué momento ocurrió. Tal vez cuando discutiste conmigo sobre inversiones o cuando abandonaste todo por una mujer a la que yo no consigo odiar.
Tomó aire.
—Pero no voy a retirarme únicamente para facilitarte la cobardía.
—Isabella…
—No aceptaré un compromiso mientras continúes ocultándome partes de tu vida. Tampoco permitiré que nuestras familias anuncien nada.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que decidas.
—No puedo hacerlo ahora.
—Lo sé.
Su sonrisa fue amarga.
—Por eso todavía crees que puedes conservarnos a ambas.
Tomó el bolso.
—No volveré a besarte hasta que sepa a quién estás besando cuando no te veo.
La puerta se cerró detrás de ella.
No había renunciado a mí.
Tampoco había aceptado continuar bajo las mismas reglas.
Isabella estaba enamorada.
Aquello no la volvía más fácil de controlar.
La convertía en una mujer con tanto que perder como Evie.
* * *
La primera cita real fue idea de Evie.
—Quiero salir —dijo por teléfono.
—Puedes caminar por el jardín.
—Eso no es salir.
—Técnicamente…
—No termines esa frase.
Me recosté contra el escritorio.
Habían transcurrido cuatro días desde el ataque. Evie continuaba recuperándose y los médicos prohibieron cualquier esfuerzo considerable.
—¿Qué quieres hacer?
—Ir a una librería.
—Puedo enviarte libros.
—Quiero elegirlos.
—Existe Internet.
—Quiero tocarlos.
—La conversación adquiere un tono inesperado.
—Adrien.
—¿Qué?
—Quiero tener una cita contigo.
El resto del mundo desapareció.
—¿Una cita?
—Dos personas salen juntas, hablan y descubren si se soportan fuera de una cama.
—Parece arriesgado.
—Puedes decir que no.
—Nunca.
Bash protestó durante una hora.
La librería elegida por Evie se encontraba en una calle estrecha de Richmond y cerraba a las diez. Ginny conocía al propietario y consiguió que nos permitiera entrar después de medianoche.
Los agentes ocuparían los edificios contiguos.
Naomi dejaría a Evie en un estacionamiento privado.
Beatrice pensaría que yo cenaba con Ginny.
Mis padres creerían que dormía en Kensington.
Isabella no sabía nada.
La cita más normal de mi vida necesitó dieciséis personas y tres mentiras institucionales.
* * *
Evie llegó con una peluca castaña.
Me quedé observándola.
—No digas nada.
—No pensaba hacerlo.
—Mientes.
—Pareces una profesora que seduce al padre de uno de sus alumnos.
Evie se quitó las gafas.
—Y tú pareces un delincuente.