Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Las reglas del regreso

Evie intentó abandonar la clínica a las siete de la mañana.

La encontré sentada en el borde de la cama, con los pies descalzos sobre el suelo y una mano presionada contra el vendaje de su costado. Había conseguido ponerse los pantalones, pero la camiseta continuaba extendida sobre una silla.

—¿Qué haces?

Levantó la mirada.

—Admirando la decoración.

—Vuelve a la cama.

—No.

—Tienes ocho puntos.

—Y todos parecen continuar en su lugar.

Avancé.

Evie tomó la camiseta antes de que pudiera alcanzarla. Intentó levantar los brazos, pero el movimiento tiró de la herida y el dolor atravesó su rostro.

Me detuve frente a ella.

—Déjame ayudarte.

—Puedo vestirme sola.

—Acabas de demostrar lo contrario.

—Acabo de demostrar que duele. No que sea imposible.

Su cabello oscuro caía desordenado sobre los hombros. Tenía una pequeña herida junto a la ceja y sombras profundas bajo los ojos.

Parecía agotada.

También preparada para combatir a cualquiera que sugiriera que debía descansar.

Me arrodillé.

—¿Puedo ayudarte?

Evie observó mis manos.

Después me entregó la camiseta.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de hombre que está decidiendo comprar un hospital para controlar personalmente las altas médicas.

—No había llegado tan lejos.

—Mientes.

Abrí la camiseta y la ayudé a introducir los brazos. Evie levantó apenas el cuerpo mientras deslizaba la tela con cuidado sobre su cabeza.

Mis dedos rozaron su cintura.

Ella inhaló.

No por deseo.

Por dolor.

El recuerdo de la sangre regresó.

Evie contra la pared del almacén.

La tela roja presionada sobre su costado.

Su voz diciendo que estaba viva mientras yo olvidaba cómo respirar.

—Necesitas quedarte otra noche —dije.

—El médico me dio el alta.

—Recomendó observación.

—Recomendó que no corriera, no levantara peso y no participara en persecuciones.

—Una agenda sorprendentemente limitante para ti.

—Puedo recuperarme en la residencia.

—La residencia fue comprometida.

—Entonces en el hotel.

—Asteria controla el personal.

—Buscaré otro lugar.

—Ya lo hice.

Evie estrechó los ojos.

—¿Cuándo?

—Durante la noche.

—Mientras yo dormía.

—Parecía un momento ineficiente para consultarte.

—¿Dónde?

—Una propiedad protegida fuera de Londres.

—No.

—Ni siquiera sabes cuál es.

—Otra casa elegida por ti, con guardias elegidos por ti y rutas que solo tú conoces.

—Intentaron secuestrarte hace menos de veinticuatro horas.

—Precisamente por eso no pienso trasladarme a un sitio que nadie más pueda encontrar.

—Naomi conocerá la dirección.

—¿Mi abogada?

—También.

—¿Las integrantes de VANTA?

—Solo un contacto de emergencia.

Evie me observó.

Había anticipado cada objeción.

Aquello no significaba que estuviera aceptando su decisión.

Solo había perfeccionado la forma de conducirla hacia la respuesta que deseaba.

—¿Cuántos guardias? —preguntó.

—Seis dentro del perímetro y cuatro en las rutas.

—No.

—Evie.

—Cuatro en total.

—Eso no es suficiente.

—Entonces cinco.

—Ocho.

—Seis.

—Siete.

—¿Estás negociando mi seguridad?

—Tú empezaste.

—Seis y Bash revisa cada turno.

Evie dejó escapar el aire.

—Seis. Ninguno dentro de la casa y no revisarás mis llamadas.

—Si el sistema detecta…

—No.

—Solo amenazas verificables.

—Sin escuchar conversaciones.

—De acuerdo.

—Y podré salir.

—Con escolta.

—Discreta.

—Naturalmente.

Evie extendió la mano.

—Trato.

La estreché.

—Eso ha sido demasiado fácil —dijo.

—Estudié Negocios Internacionales.

—Conseguiste exactamente lo que querías.

—Tú también.

—Yo quería volver al hotel.

—Entonces deberías haber negociado mejor.

Me golpeó el hombro.

El movimiento tiró de su herida.

La sujeté antes de que perdiera el equilibrio.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿Golpearte?

—Moverte como si no estuvieras herida.

Evie apoyó ambas manos sobre mi pecho.

—No quiero sobrevivir a un intento de secuestro para convertirme en prisionera de tu miedo.

—No eres prisionera.

—Todavía.

La palabra pertenecía a Bash.

También a Beatrice.

Todos parecían convencidos de que cada uno de mis intentos por proteger algo terminaba convirtiéndose en una jaula.

—Aprenderé —dije.

—¿Qué cosa?

—A mantenerte viva sin quitarte la vida que quieres conservar.

La expresión de Evie se suavizó.

—Eso sonó casi saludable.

—No te acostumbres.

Se inclinó y besó mi boca.

Fue un beso breve.

Su mano permaneció sobre mi mejilla.

—Gracias por volver —murmuró.

La culpa apareció inmediatamente.

No sabía desde dónde había regresado.

—Siempre volveré por ti.

Otra promesa.

Otra parte sincera de una mentira mucho mayor.

* * *

La nueva residencia estaba al oeste de Londres.

No pertenecía a Bash ni a la Corona. Ginny la había conseguido mediante una clienta que vivía fuera del país y había amenazado con demandarme personalmente si dañaba una sola obra de arte.

Evie aprobó la cocina.

Naomi aprobó las salidas.

Samantha Reed aprobó los documentos que impedían al Palacio o a Asteria entrar sin autorización.

Yo aprobé las cámaras del perímetro.

Nadie aprobó que permaneciera allí.

Asteria quería trasladar a Evie junto al resto del grupo.

Mi familia esperaba que regresara inmediatamente a Kensington.

Isabella había enviado un único mensaje desde España.

Necesitamos hablar.

No había respondido.

Evie caminó lentamente por el salón, examinando las ventanas.

Llevaba un abrigo negro sobre la ropa de la clínica. Naomi permanecía cerca, preparada para sujetarla sin admitirlo.

—Me quedaré con ella —dijo.

—Hay dos dormitorios en el piso superior —respondió Ginny—. El personal llegará solo durante el día y firmó acuerdos de confidencialidad.

Evie volvió la cabeza.

—¿Tú elegiste el personal?

—Yo —respondió Ginny—. Adrien no conoce sus nombres.

—Una crueldad innecesaria —dije.

—Una medida de protección para ellos.

Ginny entregó a Evie una carpeta.

—Estas son las condiciones de ocupación y seguridad. Puedes revocar el acceso de cualquier integrante del equipo.

Evie leyó la primera página.

—¿Incluso Adrien?

—Especialmente Adrien.

—Empiezo a comprender por qué todos la prefieren —dijo Evie.

—Ese fenómeno se extiende a distintos continentes —respondí.

Ginny se volvió hacia mí.

—Tu familia espera en Kensington.

—Pueden seguir haciéndolo.

—El rey ya sabe que regresaste.

El silencio cayó.

Evie levantó la vista.

—Dijiste que no podías contarle a nadie.

—No se lo conté.

Ginny guardó un documento dentro del maletín.

—La Casa de Valcázar informó que el príncipe abandonó el itinerario por una emergencia de seguridad.

—¿Mencionaron a Evie?

—No. Pero el rey conoce la existencia de la operación.

—Debo quedarme aquí.

—No.

—Ginny.

—Evie está protegida. Tu ausencia solo confirmará que la emergencia está relacionada con ella.

Tenía razón.

Evie cerró la carpeta.

—Ve.

—No quiero dejarte.

—No he dicho que quiera que lo hagas.

Sus dedos apretaron el documento.

El ataque había terminado.

El miedo no.

—Regresaré esta noche.

—¿Es seguro?

—Sí.

Naomi soltó una risa sin humor.

—Nadie puede afirmar eso.

Evie levantó una mano.

—Llámenme cuando comience la discusión familiar. Quiero escuchar cómo un rey regaña a su hijo adulto.

—No se permite entretenimiento durante la recuperación.

—Entonces considera que forma parte del tratamiento.

Me acerqué.

Había demasiadas personas para besarla como deseaba.

Apoyé una mano sobre su brazo.

—Descansa.

—Intenta no provocar una guerra.

—No prometo cosas imposibles.

Evie sonrió.

Nadie pareció notar que sus dedos rozaron los míos antes de separarnos.

Solo Bash.

Siempre Bash.

* * *

Mi padre me esperaba en el Salón Azul.

La habitación reservada para las catástrofes.

Aquello parecía apropiado.

Mi madre estaba sentada junto a la chimenea. Beatrice ocupaba el brazo de un sofá y Alexander permanecía de pie cerca de la ventana. Llevaba un suéter gris, el rostro pálido y una mano escondida dentro del bolsillo.

Marcus Vale no estaba presente.

Ginny se situó junto a mí.

Bash cerró la puerta.

—Abandonaste un viaje diplomático sin autorización —comenzó mi padre.

—Evie estaba desaparecida.

Beatrice levantó la cabeza.

Mi padre le dirigió una mirada.

—Se suponía que la emergencia permanecería limitada a seguridad.

—Entonces no convoques reuniones familiares.

—Adrien —advirtió mi madre.

Beatrice se puso de pie.

—¿Evie está bien?

—Sí.

—¿La viste?

La pregunta llegó demasiado rápido.

—Participé en el operativo.

—No fue lo que pregunté.

—Está protegida.

Mi hermana observó mi camisa.

Me había cambiado, pero una pequeña mancha de sangre continuaba sobre el puño. No sabía si pertenecía a Evie o a Naomi.

Beatrice la vio.

No dijo nada.

Mi padre golpeó la mesa con una carpeta.

—Tu ausencia pudo provocar una crisis con España.

—Isabella proporcionó el avión.

—Eso no significa que aprobara tu decisión.

—Sabía por qué regresaba.

No toda la razón.

La parte suficiente.

—Debiste esperar confirmación de la policía —dijo mi padre.

—Esperar mientras perseguían a una mujer desarmada por una carretera.

—Había profesionales actuando.

—Los mismos sistemas profesionales permitieron que dos hombres entraran con credenciales de nuestra familia.

Mi padre quedó inmóvil.

Alexander abandonó la ventana.

—Adrien hizo lo correcto.

Todos se volvieron.

Mi hermano avanzó hacia el centro de la habitación.

—Evie fue atacada porque poseía información relacionada con mi enfermedad. Yo habría regresado.

—No estabas en España —respondió mi padre.

—No cambia el principio.

—Cambiar el itinerario confirmó al responsable que Adrien reaccionaría ante una amenaza contra ella.

—No regresar también habría entregado una respuesta —dijo Alexander—. Que estamos dispuestos a sacrificarla para proteger un acuerdo diplomático.

Su voz no tembló.

El heredero estaba hablando.

No el paciente.

—La seguridad de la señorita Han es responsabilidad de la policía —dijo mi padre.

—No después de que alguien utilizó mis credenciales, mis informes y a mi antiguo jefe de seguridad.

—No son tus credenciales.

—Llevaban mi emblema.

Alexander apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Si este asunto se hace público, asumiré la responsabilidad.

—No —dije.

Me miró.

—No permitiré que la prensa la culpe nuevamente por algo que empezó conmigo.

—No empezó contigo.

—Eso no importa.