Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 12 #4
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CAPÍTULO 12 #4

—Necesito escucharla de ti —insistió Isabella.

Miré hacia la puerta de Evie.

—No por teléfono.

—Otra forma de aplazarlo.

—Isabella.

—Cuando vuelvas a España hablaremos. Si es que vuelves.

—Lo haré.

—No me prometas nada esta noche. Ya debes suficientes promesas a otras personas.

La llamada terminó.

Permanecí en el corredor.

Isabella ya conocía la respuesta.

No la relación.

No las casas ni las noches juntos.

Pero sabía que había abandonado España por Evie.

Y todavía no se retiraba.

* * *

Bash llegó con el informe preliminar a las dos.

Evie continuaba dormida.

Nos sentamos dentro de una sala vacía al otro extremo del piso.

—Detuvieron a uno de los atacantes —informó—. El hombre que Naomi golpeó.

—¿Identidad?

—Pasaporte falso. Huellas eliminadas parcialmente. La policía intenta reconstruirlas.

—¿El segundo?

—Escapó.

—¿Credenciales?

—Dos pertenecían a agentes retirados del equipo de Alexander. Una fue emitida a nombre de Peter Lawson.

—Otra provocación.

—Probablemente.

Bash colocó un teléfono dentro de una bolsa transparente.

—Esto estaba en el vehículo.

—¿Contenido?

—Mensajes, mapas y una conexión con el duplicado del teléfono secreto.

—¿Remitente?

—Cuenta cifrada.

—¿Qué decía?

Bash deslizó una fotografía sobre la mesa.

El último mensaje había sido enviado minutos antes del corte de electricidad.

Si Adrien abandona España por ella, habremos confirmado la elección.

Leí la frase dos veces.

—No querían secuestrarla.

—Querían comprobar qué harías.

—Pudieron matarla.

—El riesgo les resultaba aceptable.

La furia llegó con suficiente fuerza para hacerme temblar.

—¿Quién conoce mi regreso?

—El equipo del avión, Isabella, dos agentes españoles, nosotros y la clínica.

—Demasiadas personas.

—La tercera voz probablemente ya lo sabe.

—¿Qué elección confirmaron?

Bash miró hacia la habitación donde Evie dormía.

—A quién elegirías si te obligaban a abandonar una Corona.

Apreté la fotografía.

—No elegí entre ellas.

—Abandonaste a Isabella en España cuando Evie estuvo en peligro.

—Eso no es una elección romántica.

—Para ti no.

—¿Qué significa?

—Que continuarás diciendo que quieres a las dos porque ninguna te ha obligado todavía a perder algo por la otra.

—Evie estaba en peligro.

—Y fuiste por ella.

—Isabella estaba protegida.

—Exactamente.

Me levanté.

—Encuentra al segundo hombre.

—El equipo trabaja.

—No es suficiente.

—Nunca lo será mientras creas que encontrar al atacante resolverá todo lo demás.

—No necesito otra lección moral.

—No. Necesitas decidir qué harás cuando Evie descubra que regresaste desde España.

—No lo descubrirá.

Bash me observó con una mezcla de rabia y lástima.

—Eso crees sobre cada mentira.

Salió.

Me quedé con el teléfono y el mensaje.

Habremos confirmado la elección.

Quien dirigía la operación había conseguido su respuesta.

Yo también.

Cuando Evie estuvo en peligro, no pensé en España, la sucesión ni el futuro que Isabella podía ofrecerme.

Solo regresé.

Siempre regresaría por ella.

El problema era que elegir a Evie cuando podía perderla no significaba estar dispuesto a renunciar a Isabella cuando ambas estaban a salvo.

Seguía queriendo el amor de una.

La vida de la otra.

Y todavía creía que podía conservar ambas cosas mientras nadie me obligara a nombrarlas.

* * *

Volví a la habitación.

Evie se había despertado.

La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro. Tenía el cabello desordenado sobre la almohada y la piel demasiado pálida.

—Pensé que te habías ido —dijo.

Me senté junto a ella.

—No.

—¿Tienes que regresar a tus reuniones?

—No esta noche.

—¿Mañana?

—Tampoco.

—¿Terminó el viaje?

—Sí.

La verdad más sencilla de toda la conversación.

Evie levantó la manta.

—Ven aquí.

Me quité los zapatos y me recosté con cuidado para no tocar su herida.

Apoyó la cabeza sobre mi pecho.

Su mano encontró el lugar sobre mi corazón.

—Tenías razón —murmuró.

—Necesito grabar eso.

—Sobre que no siempre llegarías a tiempo.

La ligereza desapareció.

—Llegué.

—Después.

—Pero llegué.

—No quiero pasar el resto de mi vida esperando que aparezcas después de cada desastre.

—No tendrás que hacerlo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque terminaré esto.

—¿La investigación?

—Todo lo que nos obliga a escondernos.

Evie levantó el rostro.

—¿Lo prometes?

La palabra debería haberme detenido.

Pensé en Isabella.

En España.

En la conversación que esperaba cuando regresara.

—Sí.

Evie me estudió.

Después apoyó los labios sobre mi pecho.

—Te amo.

La rodeé con los brazos.

—Yo también te amo.

Aquello era cierto.

Más cierto que cualquier cosa.

También era insuficiente.

Evie cerró los ojos.

Poco después volvió a dormirse.

Permanecí despierto, contemplando el techo.

La tercera voz sabía que había abandonado España por ella.

Isabella sabía que amaba a otra mujer.

Alexander continuaba entregando cada parte de su intimidad para ayudarme.

Y Evie dormía convencida de que yo regresaba siempre porque ya la había elegido.

Acaricié lentamente su cabello.

Me dije que algún día la elegiría.

Cuando hacerlo no significara perder todo lo demás.

No era una promesa.

Era la mentira que me permitió cerrar los ojos.