CAPÍTULO 12 #2
—Tal vez fue al baño.
—Encuéntrala.
—No me des órdenes.
—Alguien intenta acceder a su teléfono.
El silencio cambió.
—¿Cómo?
—No lo sé. Encuéntrala y no permitas que revise ningún mensaje.
Naomi comenzó a correr.
Escuché puertas abriéndose y voces.
Después la llamada se cortó.
Intenté comunicarme nuevamente.
Nada.
Bash recibió una alerta.
—El teléfono de Evie acaba de encenderse —informó—. Se conectó fuera de la residencia.
—¿Fuera?
—A dos calles.
—¿Cómo salió?
—La entrada principal no registra movimiento.
—Ubicación.
Bash mostró el mapa.
El punto avanzaba hacia el norte.
—Consigue las cámaras —ordené.
—El equipo de Londres ya trabaja.
Marqué el número secreto.
Evie respondió al segundo tono.
—¿Adrien?
Escuché tráfico.
—¿Dónde estás?
—Voy a reunirme contigo.
El miedo se volvió frío.
—No.
—Me enviaste una dirección.
—No fui yo.
Silencio.
—Adrien…
—Regresa a la residencia. Ahora.
—El mensaje utilizó este número.
—Lo comprometieron.
Escuché sus pasos detenerse.
—Me llamó Evelyn.
—¿Qué?
—El mensaje decía “Evelyn, cambiamos la ruta”. Tú nunca me llamas así.
El orgullo y el terror llegaron al mismo tiempo.
—¿Por qué saliste?
—No salí sola. Naomi está detrás de mí y la policía sigue el vehículo.
Solté el aire.
—Queríamos hacerles creer que funcionó.
—No vuelvas a hacer algo así sin decírmelo.
—No podía saber que llamarías desde una reunión confidencial.
—Evie.
—No estoy indefensa.
—No he dicho eso.
—Lo pensaste con suficiente fuerza.
Una alarma sonó al otro lado.
Naomi gritó algo.
—¿Qué ocurre?
Evie no respondió.
Escuché un golpe.
La llamada se cortó.
—¡Evie!
Bash ya hablaba por otro teléfono.
—Corte de electricidad en la zona —informó—. Perdieron las cámaras y la señal de la escolta.
—Activa el equipo de emergencia.
—Ya está en camino.
—¿Cuánto?
—Cuatro minutos.
—Demasiado.
Marqué nuevamente.
Sin señal.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje desde el número de Evie apareció.
La última etapa comienza cuando el príncipe elige.
Debajo había una fotografía tomada segundos antes.
Evie y Naomi caminaban junto a un automóvil oscuro.
Detrás de ellas, un hombre salía de una puerta de servicio.
—Prepara el avión —dije.
Bash levantó la mirada.
—Todavía no sabemos qué ocurre.
—Prepara el maldito avión.
* * *
Regresé al patio.
Isabella estaba junto a los arquitectos.
Me vio y abandonó la conversación antes de que llegara hasta ella.
—¿Qué ocurrió?
—Debo regresar a Londres.
—¿Alexander?
—Evie.
El nombre salió sin protección.
Isabella perdió toda expresión.
—¿Está herida?
—No lo sé.
—¿Qué ocurrió?
—Comprometieron nuestro teléfono. Intentaron sacarla de la residencia y perdimos contacto.
—¿Nuestro teléfono?
Demasiado tarde.
—Una línea utilizada para la investigación.
—No mientas mientras podría estar en peligro.
—No tengo tiempo para esto.
—Entonces dime qué necesitas.
La respuesta me detuvo.
No preguntó qué ocurriría con el viaje.
No exigió explicaciones.
Solo quería actuar.
—Un avión —dije—. Sin registro público y preparado dentro de treinta minutos.
—El aeropuerto más cercano no puede recibir…
—Encuentra otro.
Isabella sacó el teléfono.
Habló en español mientras caminábamos hacia los vehículos. Dio tres órdenes, rechazó una objeción y consiguió una autorización militar antes de llegar al automóvil.
—Una aeronave saldrá desde la base de Morón —informó—. Está a cuarenta minutos.
—Demasiado.
—Un helicóptero nos llevará en doce.
—¿Nos?
—Voy contigo.
—No.
—Evie fue atacada mediante una vulneración ocurrida durante mi viaje. España está involucrada.
—Tu presencia multiplicará la atención.
—Puedo llegar a Londres sin anuncio.
—Isabella.
—No me excluyas de otra decisión.
—Necesito que te quedes aquí y controles la información. Si ambos desaparecemos, las casas comenzarán a hacer preguntas.
La lógica logró lo que una orden no habría conseguido.
Isabella guardó silencio.
—Estás regresando por ella —dijo.
—Sí.
No fingí que se tratara únicamente de la investigación.
El dolor atravesó su rostro.
—¿La amas?
La pregunta volvió.
Esta vez no tuve espacio para construir una respuesta.
Mi teléfono vibró.
Bash leyó el mensaje.
—Naomi recuperó señal. Están huyendo a pie.
Me dirigí hacia el helicóptero que esperaba en el patio exterior.
Isabella me sujetó del brazo.
—Cuando vuelvas, dejarás de decidir cuánta verdad puedo soportar.
—No es el momento.
—Siempre dices eso.
Sus ojos brillaban, pero no lloró.
—Ve —ordenó—. Tráela de regreso. Pero no esperes encontrarme exactamente donde me dejaste.
Soltó mi brazo.
Subí al helicóptero.
Isabella permaneció en el patio mientras despegábamos.
El viento agitó su cabello y la tela de su chaqueta.
No parecía una mujer derrotada.
Parecía alguien que acababa de comprender que estaba luchando dentro de una guerra cuyas reglas yo le ocultaba.
* * *
Evie y Naomi escaparon por el acceso de servicio de una tienda.
La policía perdió su ubicación durante nueve minutos.
Los hombres entraron en la residencia utilizando dos credenciales oficiales y uniformes de una empresa contratada por la Corona. Cuando Naomi detectó el corte de electricidad, condujo a Evie por un túnel de mantenimiento conectado con el edificio vecino.
Los atacantes las siguieron.
Todo aquello llegó hasta mí mediante frases incompletas mientras el helicóptero volaba hacia la base.
—¿Está herida? —pregunté.
Bash escuchó el auricular.
—No lo saben.
—¿Naomi?
—Sigue con ella.
—¿Ubicación?
—El teléfono se apagó.
—Entonces rastreen las cámaras de tráfico.
—El apagón afecta cuatro calles.
—Satélites.
—No tenemos una película estadounidense a nuestra disposición.
—Consigue una.
Bash me miró.
—Gritar no hará que aparezca.
—Entonces dime algo útil.
—Evie reconoció la trampa. Activó a la policía y no siguió las instrucciones sola. Está haciendo exactamente lo que le pediste durante días: tomar decisiones por sí misma.
—Y ahora alguien la persigue.
—Eso no convierte sus decisiones en incorrectas.
Me pasé una mano por el rostro.
Alexander llamó.
Respondí.
—¿La encontraron?
—No.
—Marcus entregó los códigos antiguos. Las credenciales corresponden al equipo de Lawson.
—¿Pueden rastrearlas?
—Una se conectó hace cinco minutos cerca de una estación de servicio en desuso.
Bash buscó la ubicación.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—Marcus conserva un registro de los identificadores. Estoy dentro del sistema con la policía.
—Deberías estar descansando.
—Y tú deberías estar regresando.
Escuché teclas.
La respiración de Alexander era demasiado rápida.
—El código vuelve a moverse —dijo—. Hacia el oeste.
—¿Puede pertenecer a Evie?
—No. Es una credencial masculina activada durante la entrada.
—Envía la información a Bash.
—Ya lo hice.
—Alexander.
—¿Qué?
—Gracias.
Mi hermano guardó silencio.
—Encuéntrala —murmuró.
La llamada terminó.
Bash señaló el mapa.
—La policía enviará dos unidades.
—Que no utilicen sirenas.
—Ya lo saben.
La base apareció debajo.
El avión esperaba con los motores encendidos.
* * *
El vuelo a Londres duró dos horas y diecisiete minutos.
Fueron las peores de mi vida.
No podía llamar a Evie.
No podía verla.
Solo recibía actualizaciones:
Una cámara había captado a dos mujeres cruzando una calle.
Uno de los atacantes abandonó una credencial dentro de un vehículo.
La policía encontró sangre sobre una barrera.
No sabían a quién pertenecía.
Isabella escribió una vez.
¿La encontraron?
Respondí:
Todavía no.
No preguntó nada más.
Alexander permanecía conectado con el equipo de Londres. A pesar de la migraña, había entregado registros, códigos y rutas utilizadas por Lawson.
Beatrice no sabía nada.
Mis padres tampoco.
Evie y yo continuábamos siendo un secreto incluso mientras media unidad de protección intentaba encontrarla.
Poco antes de aterrizar, Naomi logró encender un teléfono.
Su mensaje llegó a Bash:
Estación abandonada. Carretera norte. Evie herida. Un hombre cerca.
—Ubicación exacta —ordené.
—La triangulan.
—No esperaré.
—El vehículo estará junto al avión.
Aterrizamos en una terminal militar.
No pasé por migración.
No existió registro público.
Bash y yo subimos a un automóvil antes de que la escalerilla terminara de retirarse.
—Quince minutos —informó el conductor.
—Diez.
—La carretera…
—Diez.
Bash apoyó una mano sobre el asiento.
—No hagas que nos matemos antes de llegar.
—Entonces conduce tú.
—Eres un imbécil.
—Consenso internacional.
* * *
La estación de servicio llevaba años cerrada.
Los letreros estaban rotos y la maleza crecía entre las grietas del pavimento. Dos vehículos policiales esperaban sin luces junto a la carretera.
Bajé antes de que el automóvil se detuviera completamente.
Un agente intentó bloquearme.
—La zona no está asegurada.
—¿Dónde está?
—Su Alteza…
Lo aparté.
Escuché un grito dentro del edificio.
Evie.
Corrí.
Atravesé una puerta rota y encontré a Naomi sujetando una barra metálica. Tenía sangre sobre la frente y una manga rasgada.
Un hombre yacía en el suelo frente a ella.
Dos agentes lo inmovilizaban.
—¿Evie?
Naomi señaló una puerta.
—Atrás.
Entré.
Evie estaba sentada contra la pared de un almacén. Tenía las rodillas recogidas y sostenía un trozo de tela contra el costado.
Había sangre en sus manos.
Demasiada.
Levantó la mirada.
Durante un segundo no pareció reconocerme.
Después sus labios pronunciaron mi nombre.
—Adrien.
Crucé la habitación.
Me arrodillé frente a ella y tomé su rostro entre las manos.
—¿Dónde estás herida?
—Es superficial.
—Déjame verla.
—No vuelvas a darme órdenes.
Su voz tembló.
Era Evie.
Viva.
Furiosa.
La abracé.
No me importó la sangre ni los agentes al otro lado.
Evie se aferró a mi chaqueta y escondió el rostro contra mi cuello.
Su cuerpo comenzó a temblar.
—Pensé que no llegarías —murmuró.
—Siempre llegaré.
La promesa apareció antes de que pudiera detenerla.
Una de sus manos se cerró sobre mi nuca.
La sostuve con más fuerza.
—Me encontraron —dijo—. Naomi golpeó a uno, pero el otro nos siguió. Tuvimos que cruzar la carretera y me corté con una valla.
—¿Te golpearon?
—No.
—¿Estás segura?
—Adrien.
—¿Qué?
—Respira.
Solo entonces comprendí que era yo quien no podía hacerlo.
Evie apoyó una palma ensangrentada sobre mi mejilla.