Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 11 #4
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CAPÍTULO 11 #4

—Ya lo sabíamos.

—También llegaron hasta la canción.

—Si cancelamos, sabrán que la advertencia funcionó.

Bash observó la fotografía.

—Debes informar a Isabella.

—Todavía no.

—Alguien vulneró la seguridad de su familia.

—Si lo sabe ahora, cancelará el traslado.

—Tiene derecho a decidir.

La frase me golpeó.

—Necesitamos identificar cómo entraron antes de provocar una crisis diplomática.

—Otra explicación correcta para justificar que controles la información.

—No es el momento.

—Nunca lo es cuando la verdad puede cambiar lo que una mujer decide hacer contigo.

Me acerqué.

—Investiga primero.

Bash sostuvo mi mirada.

—Dos horas.

—Cuatro.

—Dos. Después se lo diré yo.

Acepté.

No porque tuviera razón.

Porque sabía que cumpliría.

* * *

Isabella entró en el salón de seguridad a las seis.

Llevaba pantalones oscuros, una camisa blanca y el cabello recogido sin cuidado. No se había maquillado.

El rostro de la futura reina había desaparecido.

Solo quedaba una mujer cansada y todavía herida.

—Bash me informó de una intrusión —dijo.

Lo miré.

—Las dos horas terminaron —respondió.

Isabella examinó la memoria, el sistema de seguridad y la fotografía colocada dentro de una bolsa.

Sus ojos se detuvieron sobre Evie.

—Te la dejaron a ti.

—Sí.

—¿Por qué?

—Forma parte del plan para manipularme.

—Eso no explica por qué eligieron recordarte personalmente que pueden alcanzarla.

No respondí.

Isabella levantó la mirada.

—¿Qué existe entre ustedes?

—No es relevante para la intrusión.

—Entonces deja de comportarte como si la fotografía fuera una amenaza directa contra tu vida.

—Cualquier persona utilizada dentro de esta conspiración merece protección.

—No estás mirando a cualquier persona.

Bash permanecía al fondo.

Los agentes españoles fingían revisar las pantallas.

—No hablaré de Evie delante de un equipo de seguridad —dije.

Isabella aceptó la evasión por el momento.

—¿Cuál era el plan para hoy?

—Traslado a Sevilla —respondió uno de sus agentes—. Recomendamos cancelarlo.

—¿La ruta está comprometida?

—No tenemos evidencia.

—Entonces continuamos.

El jefe de seguridad dio un paso adelante.

—Alteza, alguien accedió a la residencia.

—Precisamente. Permanecer aquí no garantiza nada.

—Podemos trasladarlos a una instalación militar.

—Eso demostraría que controlan nuestros movimientos.

Isabella miró hacia mí.

—¿Piensas lo mismo?

—Sí.

—Bien.

—No tienes que continuar para demostrar nada.

—Tampoco necesito que me protejas de una decisión que comprendo perfectamente.

Evie habría dicho lo mismo.

—Seguiremos hasta Sevilla —ordenó—. Modifiquen los vehículos y compartan la ruta únicamente cinco minutos antes de salir.

Los agentes comenzaron a moverse.

Isabella se acercó.

—No confundas que continúe el viaje con que haya olvidado lo ocurrido anoche.

—No lo hago.

—Y cuando estemos solos, responderás mi pregunta.

Se alejó.

No parecía una mujer que aceptaría otra evasión.

Yo ya estaba construyéndola.

* * *

El convoy salió poco después de las ocho.

Utilizamos vehículos distintos hasta abandonar Madrid. Después Isabella se sentó junto a mí en el automóvil central.

No hablamos del beso.

Tampoco de Evie.

La fotografía permanecía dentro de mi chaqueta porque me había negado a dejarla con las pruebas. No confiaba en ningún archivo que pudiera perderla de vista.

Isabella revisaba informes sobre el traslado.

Yo miraba el teléfono secreto.

Evie había enviado un mensaje de voz.

Lo abrí con el volumen casi apagado y acerqué el dispositivo al oído.

—Buenos días —dijo su voz—. Naomi afirma que no debería distraerte durante reuniones confidenciales, pero ha olvidado que no me interesa su opinión. La policía volvió a preguntar por la canción. No les entregué la letra completa. Esa parte sigue siendo nuestra.

Escuché el movimiento de unas hojas.

—Te extraño. Mucho más de lo que pienso admitir cuando regreses. Y te amo. Todavía estoy aprendiendo a decirlo sin sentir que acabo de saltar desde un edificio, así que espero que lo aprecies.

Rió suavemente.

—Vuelve conmigo.

El mensaje terminó.

Lo reproduje otra vez.

Isabella dejó los documentos.

—Era ella.

No fingí no comprender.

—Sí.

—¿Está a salvo?

La pregunta me sorprendió.

No había hostilidad.

—Por ahora.

—Entonces encontraremos a quien tomó la fotografía.

—¿Aunque sea Evie?

Isabella volvió la cabeza hacia la carretera.

—No necesito odiarla para querer ganarte.

La honestidad me dejó sin respuesta.

—Pero tampoco aceptaré que me mientas —añadió.

Guardé el teléfono.

—La situación es más compleja de lo que parece.

—Siempre lo es para el hombre que posee toda la información.

El convoy aceleró.

Madrid desapareció detrás de nosotros.

Delante se extendía la ruta hacia Sevilla, preparada dentro de un itinerario que alguien conocía desde hacía seis meses.

Isabella ocupaba el asiento a mi lado.

La fotografía de Evie permanecía junto a mi corazón.

Y su voz seguía dentro de mi cabeza.

Vuelve conmigo.

Apoyé una mano sobre el bolsillo.

Volvería.

Ese era el problema.

Ya no sabía qué parte de mí regresaría con ella.

Ni quién estaría esperando para impedirlo.