CAPÍTULO 11 #3
Convertí la privacidad de Evie en otra herramienta para ocultarla.
Isabella pareció interpretar mi respuesta como nobleza.
—Eso puedo respetarlo —dijo.
La culpa fue inmediata.
No lo suficiente para detenerme.
* * *
Cenamos solos en la terraza.
No discutimos sobre el matrimonio.
Hablamos de nuestras universidades, de viajes y de las maneras en que nuestras familias habían intentado convertir cada error adolescente en un problema institucional.
Isabella me contó que a los diecisiete escapó para asistir a un concierto.
—¿Quién tocaba? —pregunté.
—No lo diré.
—Entonces era vergonzoso.
—Profundamente.
—¿Te descubrieron?
—Regresé con un tatuaje.
Levanté una ceja.
—¿Dónde?
—Eso tampoco lo diré.
—La negociación se vuelve cada vez más interesante.
Isabella sonrió sobre la copa.
—Tal vez algún día lo descubras.
La atracción apareció lentamente.
No como con Evie.
No era un incendio.
Era calor acumulándose dentro de una habitación cerrada.
Cuando terminamos, Isabella caminó conmigo hacia el corredor.
Se detuvo frente a mi habitación.
—¿En qué piensas?
—En que funcionamos bien juntos.
—Lo dices como si evaluaras una empresa.
—Es el idioma que compartimos.
—Entonces formulemos una pregunta diferente.
Se acercó.
—¿Me deseas?
La respuesta era sí.
Podía haber mentido.
No lo hice.
—Sí.
Isabella levantó una mano y la apoyó sobre mi rostro.
—Bésame.
Pensé en Evie.
Te amo.
Pensé en la canción.
La casa sin cerraduras.
Después miré a Isabella.
Su boca.
La vida que podía ofrecerme.
La besé.
Ella respondió de inmediato.
Sus brazos rodearon mi cuello y su cuerpo se pegó al mío. El beso fue más intenso que el de Londres. Menos cuidadoso.
Isabella abrió la puerta de mi habitación sin apartar la boca.
Entramos.
La sujeté por la cintura.
Sus dedos se hundieron en mi cabello y tiraron de mi cabeza hacia atrás para besarme el cuello.
El deseo recorrió mi cuerpo.
Real.
Innegable.
La levanté.
Isabella rodeó mis caderas con las piernas y rió junto a mi boca.
—Finalmente —murmuró.
La llevé hasta la cama.
Se sentó sobre el borde y comenzó a abrir mi camisa. Sus dedos eran firmes, seguros.
El teléfono secreto vibró dentro de mi chaqueta.
Lo ignoré.
Isabella deslizó la prenda desde mis hombros.
Volvió a besarme.
El dispositivo vibró otra vez.
Después comenzó a reproducir música.
La canción de Evie.
Había programado accidentalmente el archivo como tono de una alarma cifrada.
La voz llenó la habitación.
Un hombre que construía puertas.
Una mujer esperando una casa sin cerraduras.
Me quedé inmóvil.
Isabella también.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Me aparté.
Tomé la chaqueta y apagué el teléfono.
En la pantalla aparecía un mensaje de Evie.
No puedo dormir. Dime que estás bien.
Isabella observó mi rostro.
—Es su canción.
No era una pregunta.
—Sí.
—¿Por qué la tienes?
—Me envió una copia relacionada con la investigación.
Otra mentira diseñada para contener una parte cierta.
Isabella se puso de pie.
Acomodó lentamente su vestido.
—Estabas pensando en ella.
—No.
—Cuando me besabas.
—No.
—Pero ahora sí.
No pude negarlo.
Isabella cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, la vulnerabilidad había desaparecido.
—Sal.
—Esta es mi habitación.
—Entonces saldré yo.
La sujeté por el brazo.
—Isabella.
Bajó la mirada hacia mi mano.
La solté.
—No voy a acostarme con un hombre que necesita otra voz para recordar que no me quiere suficiente —dijo.
—Te deseo.
—No es lo mismo.
—Nunca dije que lo fuera.
La respuesta la hirió.
Isabella levantó el mentón.
—Al menos eso fue honesto.
Se dirigió hacia la puerta.
—No permitiré que me utilices para demostrar que puedes elegir una vida distinta.
—No te utilizo.
—Entonces decide qué haces aquí.
—Acepté conocerte.
—Conocerme exige estar presente.
Abrió la puerta.
—Cuando puedas mirarme sin escuchar a otra mujer, hablaremos.
Se marchó.
Permanecí solo.
Mi cuerpo continuaba tenso por ella.
Mi corazón golpeaba por Evie.
Abrí el mensaje.
Estoy bien.
La respuesta llegó inmediatamente.
¿Seguro?
Miré la puerta por la que Isabella acababa de salir.
Sí.
Otra mentira.
Evie envió una fotografía de su almohada.
Tu lado está vacío.
Me senté sobre la cama que minutos antes había compartido con Isabella.
Cuatro días.
Demasiado.
Te amo.
Yo también te amo.
No le dije que todavía tenía el sabor de Isabella en la boca.
* * *
Descubrí la memoria a las cuatro de la madrugada.
Estaba sobre la mesa junto a la ventana.
No había estado allí cuando entré.
La fotografía descansaba debajo.
Evie salía del nuevo estudio de Notting Hill. Llevaba una gorra y levantaba una mano para protegerse de la lluvia.
La fecha correspondía al día anterior.
El mensaje escrito al reverso decía:
Mientras aprendes a ser rey, alguien debe cuidar a tu cantante.
Toda somnolencia desapareció.
Tomé el teléfono cifrado.
Bash respondió al primer tono.
—¿Qué ocurre?
—Entra con el equipo. No toques nada sin guantes.
Llegó en menos de un minuto.
Revisó la memoria, la fotografía y las ventanas. Dos agentes despertaron al personal y bloquearon los accesos.
—La puerta no registra aperturas —informó Bash.
—Entonces el sistema fue manipulado.
—O alguien entró antes de que llegáramos y escondió los objetos.
—Revisaste la habitación.
—Sí.
—Entonces entraron después.
Bash observó la cama desordenada.
No preguntó por Isabella.
No era necesario.
—¿Está a salvo? —pregunté.
—¿La princesa?
—Evie.
Su mandíbula se tensó.
—Su equipo confirma que continúa en la residencia.
—Quiero verla.
—No puedes.
—Una videollamada.
—Adrien.
—Ahora.
Bash transmitió la solicitud sin revelar mi identidad.
Mientras esperábamos, un especialista conectó la memoria a un equipo aislado.
Solo contenía un archivo.
La canción de Evie.
Presioné reproducir.
Su voz llenó la habitación.
Al llegar al último estribillo, otra apareció debajo.
Masculina.
Distorsionada.
—La canción abre la puerta —dijo—. La Corona decide quién la atraviesa.
El archivo terminó.
El frío se extendió por mi cuerpo.
—¿Cómo consiguieron la canción? —preguntó Bash.
—Solo existían tres copias. Evie, el estudio y yo.
—¿Asteria?
—No debía recibirla.
—Entonces el estudio está comprometido.
Mi teléfono se iluminó.
Una imagen de seguridad mostraba a Evie dormida dentro de la residencia. Naomi estaba en una silla junto a la puerta.
Viva.
Protegida.
No era suficiente.
—Cancela el viaje —dijo Bash.
—No.
—Entraron en una residencia de la familia real española.
—Eso significa que estamos cerca de algo.
—Significa que pueden llegar hasta ti.