Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 10 #4
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CAPÍTULO 10 #4

Su música atravesando el pasillo.

Yo regresando a un lugar donde nadie esperaba que sustituyera a otra persona.

—Podría serlo.

Evie levantó el rostro.

—¿Quieres una vida conmigo?

La respuesta me asustó.

No porque no la conociera.

Porque ya no podía negarla.

—Sí.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Nos conocemos desde hace menos de dos semanas.

—Una cantidad ofensivamente breve.

—Podríamos odiarnos dentro de un mes.

—Ya me odias la mitad del tiempo.

—No es lo mismo.

—No.

Le aparté el cabello de la cara.

—Es peor.

Evie rió mientras una lágrima descendía por su mejilla.

La limpié con el pulgar.

—No llores.

—No me des órdenes.

—Una petición.

—Eso dices cuando ya decidiste por ambos.

—Estoy intentando mejorar.

—Lentamente.

Permaneció observándome.

La expresión de su rostro cambió.

Se volvió más abierta.

Más vulnerable.

—Adrien…

Supe lo que iba a decir.

La misma frase había vivido dentro de mí desde que la escuché cantar por teléfono.

No permitiría que fuera la primera en saltar.

—Te amo.

Evie quedó completamente inmóvil.

No había planeado pronunciarlo así.

Sin preparación.

Sin una salida.

Las palabras permanecieron entre ambos, irreversibles.

—No tienes que responder —añadí.

—Cállate.

—Una reacción alentadora.

Evie tomó mi rostro entre las manos.

—Te amo.

Todo dentro de mí se detuvo.

Había escuchado aquellas palabras antes.

De mi madre.

De mis hermanos.

De mujeres que amaban el título, la fotografía o la idea de convertirse en una anécdota dentro de mi vida.

Nunca habían sonado así.

Como si Evie no estuviera recibiendo nada al pronunciarlas.

Como si simplemente me entregara la parte de sí misma que yo tenía mayor capacidad para destruir.

La besé.

No con deseo.

No al principio.

Apoyé la frente contra la suya y respiré.

—Dilo otra vez —pedí.

—Presuntuoso.

—Evie.

Sonrió entre lágrimas.

—Te amo.

Cerré los ojos.

La abracé hasta que protestó porque no podía respirar.

—No conviertas esto en otra promesa imposible —susurró.

—No lo haré.

—No puedes prometer que nada cambiará.

—No.

—Solo vuelve.

—Volveré contigo.

Evie me besó.

Esta vez el deseo llegó lentamente, mezclado con algo mucho más peligroso.

Esperanza.

Pasamos el resto de la noche construyendo una vida imaginaria dentro de una casa que no existía.

Discutimos por el color de las paredes.

Evie quería un perro.

Yo argumenté que los caballos eran más elegantes.

Ella señaló que no podían dormir sobre la cama.

Le respondí que tampoco lo haría el perro.

Evie decidió que aquella sería nuestra primera discusión futura.

Yo no le dije que ya había aceptado viajar con la mujer que mi familia quería convertir en mi esposa.

La amaba.

Y por primera vez ella me amaba también.

Aquello no me volvió más honesto.

Solo hizo que perderla fuera completamente imposible.

* * *

El aeropuerto militar estaba cubierto por una niebla baja.

Llegué antes del amanecer.

Bash caminaba detrás de mí, revisando los últimos cambios de seguridad. Julian permanecería en Londres y explicaría mi ausencia mediante una serie de reuniones privadas.

No existirían fotografías.

La Casa de Valcázar utilizaría un avión sin distintivos oficiales y una terminal reservada.

Nadie debía saber que viajaba a España.

Evie había regresado a su residencia dos horas antes.

Todavía sentía su perfume sobre mi camisa.

El teléfono secreto vibró.

Cinco días.

Respondí:

Después volveré contigo.

No tardes.

Jamás.

Guardé el dispositivo.

Subí la escalerilla del avión.

Isabella me esperaba dentro.

Llevaba pantalones oscuros, una blusa color crema y el cabello recogido en una cola. Había extendido documentos sobre la mesa situada entre dos asientos.

Sonrió cuando me vio.

—Pensé que cambiarías de opinión.

—Yo también.

—¿Te arrepientes?

—Todavía no hemos despegado.

—Entonces dame una hora.

Me senté frente a ella.

Isabella cerró la carpeta.

—Durante cinco días no quiero compartirte con Inglaterra, tu padre ni las expectativas de tu hermano.

—Eso parece difícil.

—No he dicho que fuera una orden.

—¿Una oportunidad?

—Exactamente.

Extendió una mano sobre la mesa.

No la tomé.

Fingí revisar el cinturón mientras el avión comenzaba a moverse.

Al otro lado de la ventanilla, Londres desapareció detrás de la niebla.

Evie creía que viajaba por obligaciones institucionales en alguna parte de Europa.

No sabía que Isabella ocupaba el asiento frente a mí.

No sabía que ambas familias esperaban evaluar nuestro posible matrimonio al regresar.

Solo sabía que la amaba.

Había decidido que aquello debía ser suficiente durante cinco días.

El avión despegó.

Isabella miró la ciudad alejándose.

—Cuando aterricemos —dijo— quiero mostrarte cómo sería tu vida conmigo.

Mi teléfono perdió la señal.

La última frase de Evie permaneció sobre la pantalla.

Te amo.

Apagué el dispositivo antes de que Isabella pudiera verla.

Después levanté los ojos hacia la mujer con la que podía compartir una Corona y pensé en la mujer a la que acababa de prometer una casa junto al mar.

Ya no vivía entre dos posibilidades.

Vivía dentro de dos mentiras.

Y acababa de llevar una de ellas a España.