CAPÍTULO 10 #3
Vi a un hombre aterrorizado por la posibilidad de perder a la persona que siempre había ocupado su lugar.
* * *
Evie ignoró mis mensajes durante seis horas.
A las once de la noche, respondió:
No quiero verte si volverás a actuar como si no me conocieras mañana.
Contesté:
No habrá nadie mañana.
Pasaron dos minutos.
¿Dónde?
Bash había preparado una residencia cerca de Richmond. Más pequeña que la anterior, con acceso desde un garaje y sin propiedades relacionadas con la Corona.
Te recogerán en una hora.
La respuesta tardó.
Solo hablar.
Mentirosa.
No respondió.
Aun así, llegó.
* * *
Evie entró poco después de medianoche.
Llevaba pantalones vaqueros, un abrigo negro y el cabello oculto bajo una gorra. Cerró la puerta y permaneció junto a ella.
No corrió hacia mí.
No sonrió.
—No puedes tratarme así delante de otras personas —dijo.
—Tenía que mantener la distancia.
—Podías ser educado.
—Beatrice estaba observando.
—Entonces preferiste hacerme sentir como una idiota.
—Preferí que no descubriera que dormimos juntos.
—¿Por mí o por ti?
—Por ambos.
—No vuelvas a responder por mí.
Se quitó la gorra.
El cabello oscuro cayó alrededor de su rostro.
—Sé que esto debe ser secreto. Lo acepté. Pero no aceptaré que me conviertas en una desconocida cada vez que alguien importante entre en la habitación.
—Isabella no tiene relación con…
—No estaba hablando de Isabella.
Evie cruzó los brazos.
—Hablo de todos. De tu hermana, tu familia, los asesores y cualquier persona cuya opinión parezca pesar más que lo que ocurre entre nosotros.
—Si Beatrice descubre algo, intentará intervenir.
—Tal vez porque cree que me harás daño.
—Beatrice cree que todos necesitan su intervención.
—¿Está equivocada?
No respondí.
Evie soltó una risa amarga.
—Exactamente.
Intentó pasar junto a mí.
Sujetarla habría repetido el primer error que cometí con ella.
Me aparté.
Aquello pareció enfurecerla más.
—Di algo.
—Lo siento.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Lamento haberte tratado como si no te conociera.
—No parece suficiente.
—No sé hacer esto.
—¿Mentir?
—Querer a alguien sin convertirlo en una vulnerabilidad pública.
La rabia abandonó parte de su rostro.
Me acerqué lentamente.
—Cuando te miro delante de otros, olvido que ellos también pueden verlo.
—Entonces aprende a mirar de otra manera.
—Lo intenté hoy.
—Parecía odio.
—Era más sencillo.
—Para ti.
—Sí.
La honestidad produjo silencio.
Evie bajó los brazos.
—No quiero que esto exista únicamente cuando Bash encuentra una casa vacía.
—No será así para siempre.
—¿Cuándo terminará?
—Cuando estés a salvo.
—Eso podría no ocurrir nunca.
—Ocurrirá.
—No prometas cosas que no controlas.
Me detuve frente a ella.
—Entonces te prometo algo que sí puedo controlar.
—¿Qué?
—Cuando esto termine, no volveré a esconderte.
La promesa salió antes de que pudiera medirla.
Evie levantó la mirada.
—¿Aunque tu familia se oponga?
—Sí.
—¿Aunque afecte tu posición?
—Sí.
—¿Aunque la Corona te exija elegir?
Pensé en España.
En Isabella.
En el matrimonio que todavía no había aceptado ni rechazado.
—Te elegiré.
Evie dejó de respirar durante un segundo.
La mentira no estaba en las palabras.
En aquel momento deseaba elegirla.
La mentira consistía en permitirle creer que no existía ninguna otra elección esperando.
—No digas eso si no es cierto —susurró.
Tomé su rostro entre las manos.
—Es cierto.
Evie me besó.
No fue una rendición inmediata.
Todavía había rabia en su boca. Sus manos empujaron mi pecho antes de aferrarse a la chaqueta.
La estreché contra mi cuerpo.
—Sigo enfadada —murmuró.
—Lo prefiero.
—¿Por qué?
—Eres especialmente hermosa cuando quieres asesinarme.
—Eso ocurre con frecuencia.
—He tenido suerte.
Volvió a besarme.
* * *
Subimos al dormitorio.
Esta vez la intimidad no comenzó con urgencia.
Evie se sentó frente a mí sobre la cama y me quitó lentamente la corbata. Desabrochó mi camisa mientras me observaba, como si necesitara comprobar que el hombre detrás de la puerta era el mismo que había fingido no conocerla.
Besé sus dedos.
—Me marcharé unos días —dije.
Evie dejó de moverse.
—¿Cuándo?
—Pasado mañana.
—Pensé que no estaba confirmado.
—Lo confirmaron esta tarde.
—¿Dónde?
—Tengo reuniones institucionales en Europa.
—Otra vez el continente.
—La ubicación no puede difundirse. La investigación detectó una posible filtración.
Aquella parte era cierta.
—¿Estás en peligro?
—Siempre.
—Adrien.
—Existe un riesgo controlado.
—¿Bash irá?
—Sí.
—¿Tu familia?
—No.
Isabella no era mi familia.
Todavía.
Evie observó mi rostro.
—¿Por qué siento que evitas algo?
—Porque estás aprendiendo a desconfiar de los palacios.
—No del Palacio. De ti.
El golpe encontró su objetivo.
Tomé su mano.
—Regresaré en cinco días.
—No has respondido.
—No puedo contar detalles de seguridad.
Evie apartó la mirada.
—Siempre tienes una razón correcta para ocultarme algo.
—Esta vez podría mantenerte viva.
—Y la próxima también.
—Evie.
—No quiero discutir durante la última noche.
—Entonces no lo hagamos.
Era egoísta.
Ella necesitaba respuestas.
Yo necesitaba que continuara allí.
Evie volvió a mirarme.
—Cinco días.
—Después volveré contigo.
—No como príncipe.
—No.
—Ni como un hombre que finge no conocerme.
—Nunca más.
Otra promesa que el mundo podía obligarme a romper.
Evie apoyó la frente contra la mía.
—Está bien.
La besé.
No utilizamos el deseo para terminar la discusión.
Lo convertimos en otra conversación.
Sus manos me dijeron que todavía estaba herida.
Las mías intentaron explicarle aquello que no podía pronunciar sin destruir el secreto.
Permanecimos juntos durante horas.
Después, Evie descansó sobre mi pecho mientras yo recorría lentamente su espalda.
—¿Cómo sería? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—La casa donde nadie conoce tu nombre.
Recordé nuestra conversación anterior.
—Tendría ventanas grandes.
—Y una cocina.
—Podemos contratar a alguien.
—No. Aprenderás.
—Eso parece innecesariamente cruel.
Evie sonrió contra mi piel.
—Estaría cerca del mar.
—¿Por qué?
—Porque mi madre decía que el océano era el único lugar suficientemente ruidoso para silenciar sus pensamientos.
—Podría vivir cerca del mar.
—Tendríamos un piano.
—Que no utilizarías como mueble.
—No prometo nada.
—Una biblioteca.
—Naturalmente.
—Y una habitación donde pudiera escribir sin que nadie grabara desde el otro lado.
La rodeé con mayor fuerza.
—La tendrás.
—Hablas como si fuera real.
La imagen apareció con demasiada facilidad.
Evie descalza dentro de una cocina.