CAPÍTULO 10 #2
Evie no la consideraba una rival.
Ambas podían permitirse aquella honestidad porque ninguna conocía la verdad completa.
Sentí náuseas.
—¿Ocurre algo? —preguntó Naomi a mi lado.
—No.
—Las miras como si estuvieras esperando una explosión.
—Mi hermana participa en la conversación. Siempre es una posibilidad.
Naomi no pareció convencida.
Un ejecutivo de Asteria entró acompañado por dos abogados. Llevaba una carpeta y una expresión satisfecha que desapareció al ver a Isabella.
—Su Alteza —saludó.
Ella se volvió.
—Estábamos a punto de comenzar —informó Beatrice.
—Antes debemos resolver los derechos de la nueva canción —dijo el hombre—. Fue desarrollada originalmente durante una sesión financiada por Asteria.
Evie cruzó los brazos.
—La escribí fuera del estudio.
—El primer registro se produjo dentro de nuestras instalaciones.
—Sin mi autorización.
—El contrato permite grabar ensayos.
—No utilizar una grabación privada después de que la compositora se niega.
El hombre abrió la carpeta.
—Podemos discutir una participación adicional, pero la propiedad principal…
—Pertenecerá a Evie —intervino Isabella.
Todos la miraron.
El ejecutivo sonrió con rigidez.
—Princesa, quizá desconoce los términos de nuestra relación contractual.
—Conozco los términos de la aportación española. Esta sesión se financiará mediante mi fundación únicamente si la compositora conserva el control de la obra.
—La campaña requiere derechos de difusión internacional.
—Puede recibir una licencia limitada.
—Eso incrementaría los costos.
—Entonces reduzcan el presupuesto destinado a ejecutivos que graban mujeres sin permiso.
Beatrice ocultó una sonrisa.
Evie no lo intentó.
El hombre miró hacia mí, esperando que corrigiera a Isabella.
—La princesa ha sido clara —dije.
Isabella levantó ligeramente una ceja.
No necesitaba mi respaldo.
Aun así, algo cálido apareció dentro de su expresión.
El ejecutivo cerró la carpeta.
—Revisaremos la propuesta.
—Háganlo antes de las cuatro —respondió Isabella—. Después retiraremos los fondos.
El hombre salió.
Evie observó a Isabella.
—Gracias.
—No lo hice como un favor. La canción no puede ser honesta si pertenece a alguien que no la escribió.
Sus ojos se encontraron.
El principio que las unía era exactamente aquello que yo les estaba quitando a ambas: el derecho a decidir con toda la información.
Me alejé antes de que mi rostro pudiera revelarlo.
* * *
Evie entró en la cabina.
Se colocó los audífonos y revisó las hojas.
Beatrice ocupó un asiento junto a la consola. Isabella permaneció detrás de ella y empezó a hacer preguntas al productor.
Yo me situé al fondo.
Lo suficientemente lejos de Evie para que nadie interpretara mi presencia como interés.
La música comenzó.
Reconocí las primeras notas.
La canción del piano.
Nuestra canción.
Evie cerró los ojos.
Cantó sobre un hombre nacido dentro de una casa sin puertas. Sobre alguien que construía salidas para todos y permanecía encerrado porque ya no recordaba cómo cruzarlas.
Después llegó una estrofa nueva.
Hablaba de una mujer que esperaba detrás de un muro, convencida de que el hombre terminaría por abrirlo desde dentro.
No sabía que él utilizaba las mismas piedras para construir otra prisión a su alrededor.
La letra me atravesó.
Evie abrió los ojos.
Me miró a través del cristal mientras cantaba.
Nadie más podía saber que cada palabra estaba dirigida a mí.
No aparté la mirada.
El productor detuvo la pista.
—Perfecto —dijo.
Evie se quitó los audífonos.
—Otra vez.
—La toma está limpia.
—He dicho otra vez.
Volvieron a comenzar.
Esta vez su voz sonó más dolorosa.
La observé durante toda la canción.
Cuando salió de la cabina, varios integrantes del equipo la felicitaron.
Yo no me acerqué.
Isabella la abrazó.
—Es hermosa —dijo.
Evie sostuvo las hojas contra el pecho.
—Gracias.
—¿La escribiste para alguien?
Sus ojos buscaron los míos antes de que pudiera evitarlo.
Fue apenas un segundo.
Isabella volvió la cabeza.
Yo ya estaba hablando con Bash.
—Las buenas canciones siempre parecen hablar de alguien —respondió Evie.
—Una evasión elegante —comentó Isabella.
—La aprendí observando entrevistas reales.
Ambas rieron.
Me obligué a permanecer lejos.
* * *
Durante el descanso, Evie salió hacia un corredor lateral.
Esperé treinta segundos antes de seguirla.
No porque quisiera anunciar que iba tras ella.
Porque necesitaba que pareciera una coincidencia.
La encontré junto a una máquina de agua. Estaba de espaldas, acomodándose el cabello sobre un hombro.
—La canción es buena —dije.
Evie no se volvió.
—Qué elogio tan apasionado.
—Hay personas cerca.
—Lo sé.
Llenó un vaso.
—Isabella es agradable.
—Puede serlo.
—También es hermosa.
—Evie.
—Solo hago una observación.
—No necesito que me describas a otra mujer.
Finalmente se volvió.
El dolor en sus ojos eliminó mi irritación.
—No me miraste en toda la mañana salvo cuando cantaba.
—Había cámaras y personal de ambas casas.
—Podías saludarme sin iniciar una crisis internacional.
—Ya hablamos en el despacho de tu abogada.
—Como si fuéramos desconocidos.
—Era necesario.
Evie dejó el vaso sobre una mesa.
—Todo parece necesario cuando se trata de esconderme.
—No te escondo por vergüenza.
—Lo sé intelectualmente.
—Entonces ¿cuál es el problema?
La pregunta fue más dura de lo que pretendía.
Evie cruzó los brazos.
—Que solo parezco una parte real de tu vida cuando estamos dentro de una habitación cerrada.
—Eso terminará cuando encontremos a Mercer.
—Siempre existe una condición.
—Alguien intenta utilizarte para llegar hasta mí.
—Y tú utilizas la amenaza para decidir cuánto de ti puedo tener.
Escuchamos pasos.
Me aparté inmediatamente.
Evie observó el movimiento.
El dolor de su rostro se transformó en rabia.
Beatrice apareció al final del corredor.
—Aquí están.
Miró de Evie a mí.
—¿Ocurre algo?
—La señorita Han quería información sobre la investigación —respondí.
Evie quedó inmóvil.
No había necesitado convertirla en una extraña.
Lo hice para proteger el secreto.
Y para protegerme de las preguntas de Beatrice.
—Ya terminé —dijo Evie.
Pasó junto a mi hermana y regresó al estudio.
Beatrice esperó hasta que desapareció.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Parecía herida.
—Está bajo presión.
—No por Asteria.
—No sabes de qué hablas.
—Entonces explícamelo.
—No es asunto tuyo.
Beatrice me observó durante varios segundos.
—Todavía la deseas.
—Baja la voz.
—No he dicho que exista algo.
—Porque no existe.
La mentira salió demasiado rápido.
Mi hermana la escuchó.
—Isabella está luchando por construir una relación contigo —dijo—. Evie intenta recuperar el control de su vida. No conviertas a ninguna en una forma de escapar de la otra.
—No necesito consejos románticos de una joven de diecinueve años.
—Y yo no necesito treinta y uno para reconocer a un cobarde.
Regresó al estudio.
Permanecí solo.
Evie no volvió a mirarme durante el resto de la sesión.
* * *
Alexander me esperaba en Kensington.
No sabía cómo había conseguido que mi madre le permitiera abandonar Clarence House. Parecía agotado y llevaba un abrigo oscuro sobre el suéter.
Julian lo condujo hasta mi despacho y cerró la puerta.
—Escuché el fragmento sobre España —dijo.
Miré a Bash.
—No fui yo —respondió.
—Ginny informó a la investigación. El inspector vino a interrogarme.
Alexander dejó una carpeta sobre la mesa.
—Cancela el viaje.
—No.
—La voz conoce el itinerario desde hace seis meses.
—Precisamente por eso iré.
—Es una trampa.
—También una oportunidad.
—No sabes quién estará esperando.
—Seguridad controlará cada movimiento.
—Lawson formaba parte de seguridad.
—Está muerto.
—Y Mercer continúa libre.
Alexander comenzó a caminar.
Tenía el rostro pálido y una mano presionada contra el costado.
—Voy contigo.
—No.
—Conozco los procedimientos de ambas casas y la grabación habla de mi enfermedad.
—Eso no te convierte en investigador.
—Me convierte en la persona cuya vida utilizaron para construir el plan.
—No estás en condiciones de viajar.
El silencio cayó.
Alexander se volvió lentamente.
—¿Eso lo decidiste tú o el médico?
—Ambos.
—No te corresponde.
—Si sufres otro episodio en Madrid, expondrás tu condición ante dos gobiernos.
—Entonces el problema no es mi salud. Es que podría avergonzarlos.
—El problema es que alguien podría utilizarte.
—Ya lo hizo.
Su voz se quebró.
Alexander apretó los puños.
—No voy a quedarme sentado mientras ocupas mi lugar dentro de una trampa diseñada para mí.
—No está diseñada para ti.
—Todo comenzó conmigo.
—No todo gira alrededor de tu enfermedad.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Alexander perdió el color.
—Naturalmente —murmuró.
—No quise decir eso.
—Sí.
Se dirigió hacia la puerta.
Lo sujeté por el brazo.
—No viajarás.
Mi hermano miró mis dedos.
Lo solté.
—¿Es una orden? —preguntó.
—Una petición.
—Mientes. Siempre utilizas esa palabra después de haber tomado la decisión.
—Intento mantenerte vivo.
—Y yo intento hacer lo mismo contigo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No puedo perderte por algo que construyeron utilizando mi cuerpo.
La rabia desapareció.
Alexander apoyó una mano sobre mi hombro.
—Eres mi hermano pequeño —dijo—. Sé que detestas que lo recuerde, pero lo eres. Pasé toda la vida permitiendo que ocuparas cada lugar que yo abandonaba. No voy a dejar que entres voluntariamente en este.
—No puedes detenerme.
—Lo sé.
La resignación de su voz dolió más que una discusión.
—Entonces prométeme que si algo cambia regresarás.
—Lo prometo.
—Y no intentes proteger a Isabella solo.
—Tendrá su propio equipo.
Alexander asintió.
—¿Evie sabe?
Mi cuerpo se tensó.
—¿Por qué preguntas por ella?
—Porque si algo te ocurre, no creo que se conforme con un comunicado.
—No sabe del viaje.
La sorpresa apareció en su rostro.
—¿Por seguridad?
—Sí.
Una verdad sencilla.
La explicación incompleta.
Alexander pareció aceptarla.
—Cuando se lo digas, explícale que insistí en detenerte.
—¿Por qué?
—Para que sepa que al menos uno de nosotros comprende que eres un idiota.
Sonreí.
Mi hermano me abrazó.
Fue un gesto breve.
Desesperado.
Después se marchó sin volver a pedirme que lo llevara.
No vi a un culpable.