CAPÍTULO 10
La distancia entre dos mentiras
El disco regresó a Londres dentro de una caja sellada.
No lo transportó la policía.
Tampoco un agente de la Corona.
Ginny lo llevó personalmente hasta el despacho de la abogada de Evie y me obligó a acompañarla.
—No hables a menos que te formulen una pregunta directa —advirtió mientras el vehículo avanzaba por el centro de Londres.
—También tengo una abogada.
—No durante los próximos treinta minutos.
—Una suspensión curiosa del vínculo profesional.
—Estoy evitando que conviertas la entrega de pruebas en otra oportunidad para manipular a una mujer.
—No he manipulado a nadie.
Ginny volvió lentamente la cabeza.
Sus ojos color ámbar me observaron con el cansancio de quien lamentaba veinte años de amistad.
—Escuchaste el contenido sin Evie.
—Necesitaba determinar si existía una amenaza inmediata.
—Prometiste esperar.
—Nunca lo prometí.
—Dijiste que escucharían la grabación juntos.
—Una declaración de intención no constituye un contrato.
—Y después preguntas por qué te golpean.
Me acomodé el abrigo.
—Isabella no me golpeó.
—Todavía.
El disco descansaba dentro del maletín de Ginny, protegido por una bolsa que registraba cualquier intento de apertura.
La copia forense había sido entregada a la policía.
La grabación donde se mencionaba el viaje a España permanecía limitada a cuatro personas: Ginny, Bash, el investigador principal y yo.
No se lo habíamos contado a mi familia.
Tampoco a Isabella.
Y mucho menos a Evie.
El vehículo se detuvo frente a un edificio de oficinas.
—Una última advertencia —dijo Ginny antes de abrir la puerta—. La señorita Han decidirá qué hacer con su propiedad.
—Lo sé.
—Eso significa que no ordenarás, recomendarás ni insinuarás que entregarla a la Corona sería una demostración de responsabilidad.
—No pensaba hacerlo.
—También significa que si pregunta si escuchaste algo sin autorización, responderás con honestidad.
La miré.
—No es mi abogada.
—No necesito serlo para reconocer una pregunta sencilla.
Ginny bajó.
Yo permanecí dentro durante dos segundos más.
Los suficientes para decidir que, si Evie preguntaba, mentiría.
* * *
La abogada de Evie se llamaba Samantha Reed.
Era una mujer de unos cuarenta años, cabello cobrizo y ojos verdes detrás de unas gafas oscuras. Había rechazado tres reuniones con representantes del Palacio y enviado una carta a Asteria que Ginny describió como una obra de arte jurídico.
Me agradó de inmediato.
Aquello no parecía recíproco.
—Su Alteza —saludó.
—Señora Reed.
—Señorita.
—Una distinción importante.
—Todas suelen serlo cuando se trata de la identidad de otra persona.
Ginny ocultó una sonrisa.
Nos condujo hasta una sala sin ventanas. Evie ya estaba allí.
Llevaba pantalones oscuros, una camisa blanca y el cabello recogido en una coleta baja. No se había maquillado demasiado. Las sombras debajo de sus ojos mostraban que había dormido tan poco como yo.
Su mirada encontró la mía.
El aire cambió.
No sonrió.
Había otras personas en la habitación: un especialista forense, un investigador, Samantha y Ginny.
Nadie debía percibir que Evie y yo nos habíamos despertado juntos la mañana anterior.
—Señorita Han —dije.
—Su Alteza.
La formalidad fue impecable.
También el destello de ironía dentro de sus ojos.
Ginny dejó el maletín sobre la mesa.
—El disco original no fue alterado. La policía conserva una copia forense únicamente de la sesión identificada por la propietaria.
Samantha comprobó el sello antes de firmar la recepción.
Después colocó el disco frente a Evie.
—Asteria presentó otra solicitud de acceso —informó—. La rechazamos.
—¿Pueden sancionarme? —preguntó Evie.
—Pueden intentarlo. También podemos demostrar que uno de sus consultores utilizó una cuenta corporativa para eliminar material relacionado con una investigación criminal.
—Una posición de negociación favorable —comenté.
Samantha me miró.
—Nadie le ha formulado una pregunta directa.
Ginny cruzó una pierna sobre la otra.
—Me agrada.
—A todo el mundo le agradan más mis abogados que yo —dije.
La comisura de los labios de Evie se movió.
Fue un gesto breve.
Privado.
Samantha abrió un documento.
—La policía solicita autorización para conservar una copia de la pista ambiental. No tendrá acceso a las maquetas, letras ni archivos personales.
Evie leyó cada página.
No fingió comprender ni entregó el documento para que otra persona decidiera por ella. Formuló preguntas sobre los plazos, la custodia y las personas autorizadas.
Después firmó.
El investigador y el especialista abandonaron la sala.
Ginny recibió una llamada y salió al corredor junto a Samantha.
Evie y yo quedamos solos.
La puerta permaneció abierta.
Aun así, la ausencia de testigos directos fue suficiente para que la distancia entre nosotros se volviera insoportable.
—¿Escuchaste la grabación completa? —preguntó.
La pregunta llegó exactamente como Ginny había anticipado.
—Escuché la pista relacionada con la investigación.
—No es lo mismo.
—No abrí tus archivos personales.
—Tampoco es lo que pregunté.
Evie apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Esperaste a que la policía hiciera la copia?
—Sí.
—¿La escuchaste después?
—Sí.
Aquella parte era cierta.
Había vuelto a reproducirla con Bash.
—¿Encontraste algo que yo no sepa?
La puerta abierta parecía más estrecha.
—Nada que haya sido verificado.
—Adrien.
—La conversación confirma que utilizaron tu grabación para seguirte. La policía continúa identificando a la tercera persona.
—¿Eso es todo?
La mención del viaje a España se reunió detrás de mis dientes.
—Es todo lo que puede afirmarse con certeza.
Evie me observó durante varios segundos.
—Hablas como un comunicado.
—Estamos en el despacho de una abogada.
—Y aun así pensé que podía preguntarte a ti.
—Puedes.
—No significa que respondas.
Samantha apareció al otro lado de la puerta.
Evie se apartó.
La conversación terminó sin que yo tuviera que mentir explícitamente.
La diferencia ya no me producía alivio.
* * *
Asteria revocó la suspensión a las dos de la tarde.
No lo hizo por principios.
Naomi y las otras integrantes se negaron a continuar la gira europea mientras Evie permaneciera sancionada. Tres patrocinadores solicitaron explicaciones y la fundación de Beatrice suspendió temporalmente las actividades conjuntas.
A las dos y siete, Asteria anunció que la medida había formado parte de una revisión preventiva.
A las dos y doce, Evie publicó una declaración desde su cuenta personal.
No estaba en shock cuando besé al príncipe Adrien. Tampoco necesita disculparse por aceptar una decisión que tomé conscientemente. Mi vida privada no pertenece a una compañía, una institución ni al público.
La publicación alcanzó un millón de reacciones en dieciséis minutos.
Mi padre llamó en el minuto diecisiete.
—No responderás —ordenó.
—No pensaba hacerlo.
—La declaración vincula nuevamente tu nombre con ella.
—Mi nombre ya figuraba en la fotografía.
—Mañana aparecerás junto a Isabella en el estudio de la fundación.
—¿Por qué?
—La Casa de Valcázar aportará fondos para la nueva grabación de la campaña.
—No es necesario que yo asista.
—Precisamente por eso lo harás.
—Una lógica convincente.
—Necesitamos demostrar que tus obligaciones continúan con normalidad.
Pensé en Evie.
En la publicación.
En la posibilidad de tener que verla frente a Isabella.
—Enviaré a Beatrice.
—La fundación pertenece a ambos patronatos.
—Beatrice puede representarme.
—Adrien.
El tono cerró la negociación.
—Estaré allí.
—Y mantendrás una distancia apropiada de la señorita Han.
Miré el teléfono secreto sobre la mesa.
—Naturalmente.
* * *
Beatrice eligió el estudio.
No era el de Camden.
Había encontrado un edificio restaurado en Notting Hill con dos salas de grabación, ventanas amplias y una entrada subterránea que permitía trasladar al grupo sin atravesar a los periodistas.
Llegué acompañado por Isabella.
Ella llevaba un traje color arena, zapatos oscuros y el cabello negro suelto sobre los hombros. Había revisado los informes de la fundación durante el trayecto y corregido tres cifras antes de que nuestro vehículo llegara.
—Estás inquieto —comentó.
—Estoy cansado.
—Mientes.
—Todos parecen haber descubierto ese talento recientemente.
—Tal vez empeoraste.
Entramos.
Beatrice esperaba en el vestíbulo. Llevaba una falda azul, una blusa blanca y el cabello recogido en una trenza que caía sobre su espalda.
Abrazó a Isabella.
—Gracias por los fondos.
—No me agradezcas todavía. Quiero revisar el presupuesto final.
—Empiezo a comprender por qué te agrada —le dije a mi hermana.
Beatrice me miró.
—A mí también me agrada Ginny.
—Eso ha sido innecesariamente cruel.
Nos condujo hacia la sala principal.
VANTA se encontraba junto a la consola. Naomi hablaba con el productor mientras las otras integrantes revisaban unos arreglos.
Evie estaba frente al cristal de la cabina.
Llevaba pantalones negros y una camiseta oscura de mangas cortas. El cabello caía suelto sobre la espalda y sostenía varias páginas escritas a mano.
Levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante un segundo regresé a la residencia.
Su cuerpo debajo del mío.
Sus labios sobre mi corazón.
El modo en que había dicho que me extrañaría.
Isabella apoyó una mano sobre mi brazo.
Evie vio el gesto.
No reaccionó.
—Princesa Isabella —anunció Beatrice—, ellas son Naomi Park, Evelyn Han, Mira Chen, Sofia Reyes y Lena Ward.
Isabella saludó a cada una por su nombre.
Cuando llegó hasta Evie, extendió la mano.
—Quería conocerte.
Evie la estrechó.
—Espero que por la campaña.
—También por la declaración que publicaste.
Mi cuerpo se tensó.
Isabella sonrió.
—Fue valiente.
La sorpresa apareció en el rostro de Evie.
—No todos parecen pensar lo mismo.
—Las instituciones raramente agradecen que una mujer recuerde públicamente que tiene voluntad propia.
Evie sostuvo su mirada.
Después sonrió.
No la sonrisa oficial.
Una real.
—Empiezas a agradarme.
—Dame tiempo. Puedo arruinarlo.
Beatrice rió.
Las tres comenzaron a hablar sobre la grabación.
Me quedé a varios pasos, observándolas.
No había hostilidad.
Isabella no intentaba establecer dominio.