Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 9 #4
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CAPÍTULO 9 #4

Golpeé una rodilla contra el borde.

Evie rió cuando intenté fingir que no había ocurrido.

Después dejó de reír cuando mi boca encontró su cuello.

Nos tocamos sin prisa, deteniéndonos cada vez que alguno necesitaba comprobar la expresión del otro. Evie pronunció mi nombre contra mi piel y sentí que la palabra encontraba lugares donde nadie había llegado.

No fue una batalla ni una rendición.

Fue confianza.

El cuerpo de Evie debajo del mío.

Sus manos aferradas a mi espalda.

Mi frente apoyada contra la suya mientras ambos respirábamos el mismo aire.

Cuando finalmente nos unimos, permanecí inmóvil.

—Mírame —susurró.

Lo hice.

Sus ojos estaban abiertos.

No había miedo.

Solo una emoción demasiado grande para continuar llamándola deseo.

La besé.

Evie rodeó mi cuerpo y me acercó hasta que ya no existió una distancia capaz de esconder nada físico entre nosotros.

Lo demás continuaba oculto.

Isabella.

España.

El futuro que mi familia organizaba mientras Evie me entregaba el suyo durante una noche.

Aparté el pensamiento.

Me concentré en su respiración, en la forma en que se movía conmigo y en cada sonido que intentaba contener.

No quería olvidar nada.

Después permanecimos abrazados.

Evie tenía la mejilla sobre mi pecho y una pierna enredada con las mías. Mi mano recorría lentamente su espalda desnuda.

—¿Te arrepientes? —pregunté.

—De la pasta.

—Fue una comida compleja.

—Era un arma.

—Me refería a esto.

Evie levantó el rostro.

—No.

Me besó sobre el corazón.

—¿Tú?

—Pregúntame cuando consiga volver a pensar.

Sonrió.

Se acomodó nuevamente.

—No quiero que mañana actúes como si esto no hubiera ocurrido.

—No lo haré.

—Ni que desaparezcas durante días porque tu familia organiza otra crisis.

Pensé en España.

—Tengo compromisos fuera de Londres próximamente.

Evie se tensó.

—¿Cuándo?

—Todavía no está confirmado.

—¿Dónde?

La pregunta llegó con una naturalidad peligrosa.

—Europa.

—Eso es un continente.

—Me alegra que la educación estadounidense incluya geografía.

Me golpeó suavemente el pecho.

—¿Irás solo?

Todo mi cuerpo permaneció inmóvil.

—Con un equipo oficial.

Otra respuesta diseñada para sobrevivir a una investigación.

Evie pareció aceptarla.

—¿Cuántos días?

—Cinco, probablemente.

—Te extrañaré.

No dijo que estuviera preocupada.

No preguntó otra vez quién viajaría conmigo.

Confiaba.

—Yo también —respondí.

Aquella parte era cierta.

Evie volvió a apoyar la cabeza sobre mi pecho.

—Adrien.

—¿Qué?

Guardó silencio.

Su mano se cerró sobre mi costado.

—Nada.

Supe qué había estado a punto de decir.

No porque pudiera leer su mente.

Porque las mismas palabras habían llegado hasta mi garganta.

Te amo.

No las pronuncié.

Evie tampoco.

Permanecimos abrazados dentro de todo lo que todavía no podíamos prometernos.

* * *

Desperté con la primera luz.

Evie dormía de lado, con la espalda contra mi pecho. El cabello oscuro se extendía sobre la almohada y mi brazo rodeaba su cintura.

No quería moverme.

El teléfono desechable vibró sobre la mesa.

Lo alcancé sin soltarla.

Bash había enviado dos mensajes.

La policía está preparada para recibir el disco.

El segundo incluía un documento.

La Casa de Valcázar confirmó el itinerario. Debes responder antes del mediodía.

Abrí el archivo.

Tres días en Madrid.

Dos en Sevilla.

Actividades privadas con Isabella.

El anuncio matrimonial había sido retirado, pero una nota indicaba que ambas familias evaluarían los resultados al finalizar la visita.

Evie se movió.

Bloqueé la pantalla.

—¿Qué hora es? —murmuró.

—Temprano.

—No te vayas.

Se volvió y escondió el rostro contra mi cuello.

La rodeé con ambos brazos.

—No me iré.

Cerró nuevamente los ojos.

Esperé hasta que su respiración se volvió profunda.

Después desbloqueé el teléfono detrás de su espalda.

Acepto el itinerario bajo las condiciones acordadas. Mantengan el viaje en secreto.

Envié el mensaje.

Evie continuó durmiendo entre mis brazos.

La mujer con quien viajaría a España recibiría la confirmación antes del mediodía.

La mujer a la que amaba no sabía siquiera el nombre del país.

* * *

Encontramos el disco dentro de la mochila.

Evie lo sostuvo antes de entregármelo.

Era pequeño, negro y completamente ordinario.

No parecía capaz de destruir a una familia.

—Mi abogada quiere que vaya directamente a la policía —dijo.

—Es lo correcto.

—Quiero que tú lo escuches primero.

—Evie.

—Hablan de tu hermano y de ti.

—También contiene tus canciones, tus sesiones y probablemente información que no me corresponde conocer.

—Confío en ti.

Las palabras me inmovilizaron.

Evie colocó el disco sobre mi palma y cerró mis dedos alrededor.

—No abras las carpetas personales. Solo la sesión señalada.

—Podría entregarlo sellado.

—Quiero saber qué intentaban quitarme antes de que la policía decida qué parte puedo escuchar.

Otra persona cansada de que la protección se pareciera demasiado al control.

—Lo escucharemos juntos.

—Tengo que regresar antes de que termine la reunión de Asteria.

—Entonces esperaré.

—Adrien.

—No revisaré tu información sin ti.

Evie estudió mi rostro.

—A veces casi pareces un buen hombre.

—No difundas el rumor.

Sonrió.

Me besó antes de marcharse.

La observé subir al vehículo desde la ventana.

Mantuvo una mano contra el cristal hasta que el automóvil giró al final del camino.

Esperé a que desapareciera.

Después conecté el disco.

No pretendía revisar las carpetas personales.

Solo necesitaba determinar si existía alguna amenaza inmediata.

Eso me dije.

Encontré la sesión marcada.

Abrí la pista ambiental.

La conversación comenzó igual que la copia recuperada.

Mercer.

Lawson.

La tercera voz.

Esta versión no estaba distorsionada artificialmente, pero la distancia todavía impedía reconocerla.

Escuché los diecisiete minutos completos.

Hablaron de Alexander, de sus episodios y de la posibilidad de manipular la sucesión.

Después se produjo una pausa.

Lawson preguntó:

—¿Cuándo comenzará la siguiente etapa?

La tercera persona respondió:

—Cuando Adrien viaje a España.

Mi cuerpo quedó inmóvil.

Lawson volvió a hablar:

—¿Y si se niega?

—No lo hará. Isabella conseguirá que acepte.

La silla se movió.

Mercer preguntó:

—¿Cómo puede estar seguro?

La voz respondió:

—Porque Adrien desea una salida y todavía no comprende que cualquier puerta puede convertirse en una jaula.

El audio terminó.

Miré el itinerario abierto en el teléfono.

Solo unas pocas personas conocían el viaje.

Mis padres.

Isabella y la Casa de Valcázar.

Julian.

Bash.

Alexander.

La grabación se había realizado seis meses antes de que Isabella llegara a Londres.

Antes de que la gala se confirmara.

Antes de que conociera a Evie.

No pensé que Alexander fuera responsable.

La conversación hablaba de su enfermedad como un recurso que otros pretendían utilizar. Lawson le había tomado muestras, lo había retenido y había destruido su confianza.

Mi hermano era una víctima.

La filtración tenía que encontrarse en otro lugar.

Quizá dentro de ambas casas reales.

Quizá en una oficina capaz de acceder a agendas que todavía no existían oficialmente.

Copié únicamente la pista de audio y desconecté el disco.

Después llamé a Bash.

—El viaje está comprometido.

—¿Cómo?

—La grabación lo menciona.

—Eso es imposible.

—Alguien sabía hace seis meses que Isabella conseguiría llevarme a España.

—¿La voz la nombra?

—Sí.

Bash guardó silencio.

—¿Qué harás?

Miré hacia la puerta por la que Evie había salido.

Podía cancelar el viaje.

Pero quien estuviera detrás de la voz esperaba que yo fuera. Negarme solo conseguiría advertirle que habíamos escuchado el archivo completo.

—Iré.

—Adrien.

—Si modificamos el itinerario sin explicación, sabrán que encontramos la grabación.

—Podría ser una trampa.

—Naturalmente.

—¿Y Evie?

—No debe saberlo todavía.

—Te entregó el disco porque confiaba en ti.

—Precisamente por eso no puedo ponerla en riesgo.

—Eso no es lo único que estás protegiendo.

Cerré los ojos.

—Organiza una copia forense. El disco original volverá a su abogada sin que nadie del Palacio lo toque.

—¿Le dirás que escuchaste la sesión?

—Sí.

—¿Y España?

Observé la cama desordenada.

La marca de su cuerpo todavía permanecía sobre las sábanas.

—Cuando regrese.

La respuesta me produjo asco.

No la modifiqué.

Ya la amaba.

Acababa de pasar la noche más honesta de mi vida junto a ella.

Y mientras Evie se alejaba convencida de que me había entregado un disco duro, comprendí que también me había confiado la parte de sí misma que más temía perder.

Yo tenía en mis manos la posibilidad de destruir esa confianza.

Solo necesitaba continuar callando.