CAPÍTULO 9 #3
No pertenecía a su familia, a la Corona ni a ninguna persona cuya vida pudiera arruinarse mediante una investigación superficial. La utilizaba un antiguo compañero de la RAF cuando viajaba al extranjero.
Tenía ventanas que podían abrirse.
También una cocina con comida real.
—Necesito toda la noche —le dije.
Bash cerró los ojos.
—No.
—Evie pidió tiempo.
—Entonces invítala a un hotel como cualquier hombre deshonesto.
—Un hotel deja registros.
—Eso debería indicarte algo.
—Sí. Que eres mi única alternativa.
Bash caminó por el recibidor de mis habitaciones.
—Julian espera que duermas aquí. Tu padre adelantó una reunión a las siete y la princesa Isabella enviará el itinerario corregido antes de medianoche.
—Resolverás lo de Julian.
—¿También deseas que me disfrace de ti para asistir a la reunión?
—No tienes la altura adecuada.
—Soy dos centímetros más bajo.
—Insalvable.
Bash se detuvo.
—¿Evie sabe que viajarás a España?
—No está confirmado.
—Acabas de aceptar.
—Bajo condiciones.
—Entonces está confirmado.
Tomé el abrigo.
—Se lo diré cuando sea necesario.
—¿Cuándo será necesario? ¿Cuando pregunte por qué desapareciste durante cinco días?
—Le diré que tengo compromisos fuera de Londres.
—Otra verdad amputada.
—La tercera voz conoce el viaje antes de que sea público. Hasta determinar la filtración, compartir el destino aumentaría el riesgo.
Bash me observó con desprecio.
—Eso sería un argumento excelente si no estuvieras aliviado de tener una excusa para mentirle.
—No necesito tu aprobación.
—Necesitas a alguien que recuerde la diferencia entre proteger un secreto y protegerte de sus consecuencias.
—¿Organizaste el vehículo?
—Sí.
—Entonces tu oposición resulta conmovedora, pero poco efectiva.
Bash se pasó una mano por el rostro.
—Te ayudo porque alguien intenta matarla.
—Lo sé.
—No porque apruebe lo que le haces.
—No le estoy haciendo nada.
—Todavía.
* * *
Evie llegó a la residencia a las diez y once.
La observé desde una ventana del segundo piso.
El automóvil se detuvo junto a la parte posterior de la casa. Un agente revisó el perímetro mientras Naomi permanecía dentro del vehículo.
Evie bajó con una mochila sobre un hombro y una pequeña maleta en la mano.
La maleta me produjo una reacción indecentemente intensa.
No venía a pasar una hora.
Había elegido quedarse.
Bash la recibió en la puerta y habló con ella durante varios minutos. Evie miró dos veces hacia las ventanas.
Me aparté antes de que pudiera verme.
La puerta principal se abrió.
Escuché sus pasos en el recibidor.
Descendí.
Evie estaba de espaldas, quitándose el abrigo. Llevaba pantalones negros, un suéter gris y el cabello recogido en una coleta baja.
Se volvió.
Durante un segundo ninguno habló.
Después dejó caer la mochila y cruzó el espacio entre ambos.
Chocó contra mi cuerpo.
La sujeté por la cintura.
Su boca encontró la mía antes de que pudiera saludarla.
La levanté.
Evie rodeó mis caderas con las piernas y hundió las manos en mi cabello.
—Te extrañé —murmuró contra mi boca.
La confesión me atravesó.
—Han pasado veintiséis horas.
—No arruines el momento.
—También te extrañé.
Volvió a besarme.
El deseo apareció de inmediato.
Brutal.
Familiar.
Pero debajo existía algo más profundo que no había estado allí durante el accidente ni en Belgravia.
Una necesidad que no terminaba en su cuerpo.
Quería escuchar su voz, verla moverse por la casa y descubrir qué expresión ponía cuando estaba demasiado cansada para protegerse.
La bajé lentamente.
Evie mantuvo los brazos alrededor de mi cuello.
—Encontramos el disco —dijo.
—¿Dónde?
—Dentro del equipaje del hotel. Mi abogada lo retiró sin informar a Asteria.
Señaló la mochila.
—Está ahí.
—¿Lo trajiste?
—Confío más en Bash que en los guardias de la compañía.
—¿Y en mí?
Sus ojos oscuros sostuvieron los míos.
—Todavía estoy decidiéndolo.
La respuesta debería haberme preocupado.
Me gustó que todavía tuviera dudas.
Significaba que no había perdido completamente el instinto de protegerse de mí.
—¿Tienes hambre? —pregunté.
—Muchísima.
—Preparé la cena.
Evie miró hacia la cocina.
—¿Tú?
—Bash compró los ingredientes.
—Eso no mejora la parte peligrosa.
—Tengo habilidades transferibles.
—Negociar tratados no impide que quemes una casa.
—La cocina continúa estructuralmente intacta.
—Una defensa poco tranquilizadora.
Entró.
La seguí.
* * *
Había preparado pasta.
O algo que conservaba una relación distante con ella.
Evie levantó una porción con el tenedor y observó cómo permanecía unida al resto del plato.
—¿Cuánto tiempo la cocinaste?
—Hasta que dejó de parecer peligrosa.
—Ahora puede utilizarse para reparar paredes.
—Eso explica por qué Bash la miró con respeto.
Evie probó un bocado.
Su rostro se contrajo.
—Está crujiente.
—Algunas personas prefieren textura.
—No en el centro de la pasta.
Terminamos cocinando juntos.
Evie se colocó frente a la encimera mientras yo intentaba seguir instrucciones. Cada vez que me equivocaba, tomaba mis manos y corregía el movimiento.
Después de la tercera vez comprendí que cometía errores deliberadamente.
Ella también.
Cenamos sentados en el suelo frente a la chimenea.
Evie me contó que Asteria había rechazado inicialmente el estudio ofrecido por la fundación. Naomi amenazó con suspender todas las grabaciones europeas y las demás integrantes la respaldaron.
—¿Siempre te protegen así? —pregunté.
—Cuando permito que lo hagan.
—Eso parece difícil para ti.
—Lo dice el hombre que intenta resolver cada problema antes de reconocer que lo tiene.
—Yo reconozco mis problemas.
—Les das nombres de otras personas.
Sonreí.
Evie apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Alexander —dijo—. ¿Cómo está?
—Avergonzado.
—No debería.
—Lo sabe intelectualmente. No parece ayudar.
—Quiero que sepa que no lo culpo.
—Se lo dije.
—¿Te creyó?
—Probablemente no.
—Entonces díselo otra vez.
—Eres sorprendentemente compasiva con alguien a quien no conoces.
Evie levantó el rostro.
—Sé lo que significa sentir que tu cuerpo traiciona a las personas que amas.
La frase me silenció.
—No creo que me haya contado todo sobre la clínica —continuó—. Tuve ataques de pánico, pero también dejé de comer.
Observé su rostro.
—¿Por cuánto tiempo?
—Meses. Asteria controlaba nuestro peso y yo había aprendido que sentir hambre era una forma de demostrar disciplina. Después de Tokio perdí el control.
—¿Alguien lo sabía?
—Naomi. Mi terapeuta. Ahora tú.
La confianza de la confesión me produjo dolor.
No porque deseara saberlo.
Porque yo recibía cada verdad suya mientras escondía las mías.
—No tienes que decir nada —añadió.
—Quiero matar a alguien.
Evie sonrió débilmente.
—Esa es tu respuesta para todo.
—Es una solución versátil.
—No necesito que me vengues.
—Lo sé.
—¿Lo sabes de verdad?
Tomé su mano.
—Estoy intentando aprender la diferencia entre protegerte y decidir por ti.
—¿Cómo va?
—Mal.
Rió.
Después apoyó nuevamente la cabeza sobre mi hombro.
Permanecimos en silencio.
Evie empezó a jugar con mis dedos, recorriendo cada nudillo y la pequeña cicatriz de la palma.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En la universidad.
—Eso es inesperadamente aburrido.
—Pensaba que estudiar Negocios Internacionales me permitiría construir una vida que no dependiera de sustituir a Alexander.
—¿Qué querías hacer?
—Trabajar en desarrollo económico. Quizá representar fundaciones fuera de la Corona.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Mi hermano me necesitaba.
—¿O tu familia dijo que te necesitaba?
—No existe una diferencia práctica.
Evie se incorporó.
—Sí existe.
—El resultado habría sido el mismo.
—Pero la elección habría sido tuya.
—No todas las personas pueden elegir cada parte de su vida.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué insistes?
—Porque continúas hablando como si no desearas nada fuera de tus obligaciones.
Miré el fuego.
—A veces imagino una casa donde nadie conozca mi nombre.
—Eso suena solitario.
—No si estoy con alguien.
Evie dejó de mover los dedos.
—¿Con quién?
La respuesta estaba frente a mí.
Cabello oscuro.
Ojos casi negros.
Una pequeña cicatriz bajo la barbilla.
—Todavía no lo sé.
Cobarde.
Evie sonrió, aunque algo dentro de sus ojos se apagó.
—Naturalmente.
La besé antes de que pudiera apartarse.
No para evitar responder.
Al menos no únicamente.
La boca de Evie se abrió bajo la mía. Sus dedos se cerraron sobre mi camisa y tiraron hasta acercarme.
El beso adquirió profundidad lentamente.
Sin urgencia.
Sin miedo.
La levanté del suelo.
Evie rodeó mi cintura con las piernas y apoyó la frente contra la mía.
—¿Tienes una habitación? —preguntó.
—Varias.
—Presuntuoso.
—Indecisa.
—No esta noche.
La forma en que lo dijo eliminó cualquier broma.
La miré.
—¿Estás segura?
Evie bajó las piernas y quedó de pie frente a mí.
Tomó mi mano.
—Sí.
* * *
Subimos sin encender todas las luces.
El dormitorio tenía una ventana amplia que podía abrirse, tal como Evie había pedido. La lluvia golpeaba suavemente el cristal y una lámpara junto a la cama proyectaba luz sobre las paredes.
Evie se detuvo en el centro.
Durante un segundo pareció nerviosa.
Me acerqué sin tocarla.
—Podemos detenernos.
—No quiero.
—También podemos dormir.
—Adrien.
—¿Qué?
—Deja de ser razonable. Me resulta inquietante.
Sonreí.
Evie tomó mis manos y las colocó sobre su cintura.
La besé.
Despacio.
No había cámaras, accidentes ni una hora exacta para marcharnos. Nadie nos perseguía por un corredor.
Por primera vez no estábamos reaccionando a una amenaza.
Nos elegíamos.
Mis dedos encontraron el borde de su suéter. Me detuve.
Evie levantó los brazos y me permitió retirarlo.
El cabello cayó sobre sus hombros.
La observé.
No como los fotógrafos, los ejecutivos ni los millones de personas que creían conocerla.
Evie se cruzó de brazos.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a recordar cada parte.
—Lo haré.
El color ascendió por su cuello.
Me besó para ocultarlo.
Sus dedos abrieron lentamente mi camisa y la deslizaron desde mis hombros. Recorrió con la palma la cicatriz junto a mis costillas.
—No tienes que ser cuidadosa.
—No lo soy por ti.
—Devastador.
—Cállate.
Nos movimos hacia la cama.
La intimidad no fue perfecta.