Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Mi padre dio un paso adelante.

—Contiene información confidencial.

—Entonces por una vez tendremos que confiar en otra persona.

Alexander salió.

Mi madre lo siguió.

Observé a mi padre.

—No enviarás a nadie por el disco.

—No acepto órdenes tuyas.

—Entonces considérelo una advertencia legal —intervino Ginny—. Cualquier intento de incautarlo sin autorización podría interpretarse como obstrucción y apropiación indebida de pruebas.

Mi padre recogió sus documentos.

—Esta familia ha perdido todo sentido de jerarquía.

—Es lo más saludable que nos ha ocurrido en años —dije.

* * *

Evie llamó a las nueve y veintitrés.

Salí al jardín de Clarence House antes de responder.

La lluvia había cesado, pero las hojas todavía liberaban gotas cuando el viento movía las ramas.

—¿Dónde está el disco? —pregunté.

—Buenos días.

—Evie.

—Mi abogada también empezó así.

—¿Lo tienes?

—No lo sé.

Cerré los ojos.

—¿Cómo puedes no saberlo?

—Porque tengo más de veinte discos con sesiones, maquetas y grabaciones. Algunos están en Seattle, otros en Los Ángeles y tres viajaron conmigo.

—¿Dónde están los tres?

—Uno en la residencia, otro dentro de la caja fuerte de Asteria y el tercero con mi equipaje almacenado en el hotel.

—No permitas que Asteria toque ninguno.

—Ya bloquearon el acceso a la caja fuerte.

—¿Quién?

—Mi abogada.

—Me agrada.

—A todo el mundo le agradan más mis abogados que yo.

—Es un fenómeno que compartimos.

Evie guardó silencio.

Escuché cómo cerraba una puerta.

—Me explicaron lo que contiene la grabación —dijo—. Hablaban de Alexander.

—Sí.

—¿Cómo está?

—Culpándose.

—No debería.

—Díselo. Parece que mi opinión ha perdido valor.

—¿Quieres que hable con él?

La pregunta me sorprendió.

No había curiosidad.

Solo compasión.

—No sé si está preparado.

—No necesito preguntarle nada. Solo quiero que sepa que no lo considero responsable.

Miré hacia la casa.

Alexander aparecía detrás de una ventana del segundo piso. Mi madre permanecía cerca, aunque fingía leer.

—Se lo diré.

—Adrien, la voz mencionó España.

Mi cuerpo se tensó.

—Sí.

—¿Qué significa?

Era la pregunta que debía temer.

No porque conociera la respuesta.

Porque estaba empezando a construirla.

—Lawson quería apartarme de la sucesión —dije—. España pudo ser una referencia a antiguas conversaciones diplomáticas.

—¿Con Isabella?

—Nuestras familias comparten fundaciones y acuerdos desde hace años.

—Eso no responde.

—Es todo lo que sé con certeza.

Evie permaneció en silencio.

—¿Me crees? —pregunté.

—Quiero hacerlo.

Aquello dolió más que una acusación.

—Encontraré el disco.

—No vendrás a la residencia.

—No he dicho eso.

—Lo estabas pensando.

—Tengo derecho a pensamientos privados.

—No cuando normalmente terminan rodeando edificios con agentes armados.

—Bash puede ser discreto.

—Bash parece un hombre que sabe romper una puerta con el hombro.

—Solo si está motivado.

—Mi abogada supervisará la búsqueda.

—Estaré disponible.

—Sin dar órdenes.

—Haré un esfuerzo.

Evie soltó una respiración.

—Esta noche.

—¿Qué ocurre esta noche?

—Naomi y las demás estarán reunidas con Asteria. Tendré tres horas.

—¿Quieres verme?

—Necesitamos trasladar el disco si lo encontramos.

—No fue lo que pregunté.

—Eres insoportable.

—Y aun así no has respondido.

Otra pausa.

—Sí —murmuró—. Quiero verte.

El jardín desapareció.

Solo escuché su voz.

—Encontraré un lugar.

—No otra casa vacía.

—¿Qué quieres?

—Una ventana que pueda abrir. Una cocina con comida real. Y tiempo suficiente para no mirar el reloj cada cinco minutos.

—Eres exigente.

—Puedes decir que no.

—Jamás he cometido ese error contigo.

* * *

Asteria encontró el disco antes que nosotros.

A las once, uno de sus ejecutivos presentó una solicitud formal para acceder a la caja fuerte donde se guardaban las pertenencias de VANTA. Afirmó que las sesiones habían sido producidas bajo un contrato de exclusividad y, por lo tanto, pertenecían a la compañía.

La abogada de Evie bloqueó la solicitud.

A las doce, Asteria amenazó con extender la suspensión del grupo.

A las doce y veinte, Naomi se negó a ensayar.

A las doce y media, las otras tres integrantes hicieron lo mismo.

A la una, el director europeo convocó una reunión de emergencia.

Beatrice apareció en mis habitaciones con una carpeta.

—La fundación tiene un estudio disponible —anunció.

—¿Quién te lo pidió?

—Naomi preguntó si VANTA podía terminar la canción de la campaña fuera de las instalaciones de Asteria.

—¿Qué canción?

—La nueva de Evie.

La que había escrito sobre mí.

Mantuve el rostro inmóvil.

—¿Cuál es el problema?

—Asteria grabó un ensayo sin autorización y ahora afirma que puede utilizarlo.

—Entonces ofrece el estudio.

Beatrice levantó una ceja.

—Eso fue rápido.

—La campaña necesita una canción.

—Naturalmente.

Dejó la carpeta sobre la mesa.

—El estudio de Camden está reservado para actividades internas.

El recuerdo de Evie sentada sobre el piano atravesó mi cuerpo.

—Busquen otro.

—¿Por qué?

—La seguridad ya identificó vulnerabilidades.

No era completamente falso.

Nosotros éramos la principal.

Beatrice me estudió.

—¿Has estado allí recientemente?

—Visité el lugar durante la planificación del programa.

—¿De noche?

—¿Qué intentas preguntar?

—Nada.

Tomó nuevamente la carpeta.

—Conseguiremos un estudio independiente. Sin utilizar tu nombre.

—Bien.

—No lo hago por ti.

—Nunca he pensado que lo hicieras.

Se dirigió hacia la puerta.

—Beatrice.

Se volvió.

—Gracias.

Mi hermana sonrió apenas.

—Intenta no hacer que me arrepienta.

Demasiado tarde.

* * *

Isabella almorzó con mis padres.

No estaba invitado.

Aun así, mi madre solicitó mi presencia cuando llegaron al postre.

Entré y encontré varias carpetas sobre la mesa. El emblema de los Valcázar aparecía junto al de nuestra familia.

Isabella llevaba un traje azul oscuro y el cabello recogido en un moño bajo. Sus ojos siguieron mis movimientos cuando me senté.

—La Casa de Valcázar confirmó las fechas —informó mi padre.

—¿Para qué?

—El viaje a España.

Miré a Isabella.

—Dijiste que era una invitación.

—Lo es —respondió—. Mi equipo necesitaba reservar una posibilidad dentro de la agenda.

—Una posibilidad con itinerario, seguridad y reuniones gubernamentales.

—Los aviones reales rara vez funcionan mediante improvisación.

Mi madre abrió la primera carpeta.

—Tres días en Madrid y dos en Sevilla. Las actividades públicas se limitarán a fundaciones culturales y educativas.

—¿Públicas? —pregunté.

—Solo después de que ambas casas aprueben la visita.

—Entonces no han entendido mi respuesta.

Isabella intervino antes que mi padre:

—Todavía puedes negarte.

—¿Y cancelar cinco días de preparativos entre dos países?

—Sí.

—Eso generaría preguntas.

—Las decisiones importantes tienen consecuencias —dijo mi padre.

Reconocí mis propias palabras utilizadas contra mí.

Abrí el itinerario.

La visita a la residencia de Isabella ocupaba el cuarto día.

Evaluación conjunta de las condiciones dinásticas y anuncio preliminar.

Cerré la carpeta.

—Ese punto desaparece.

Mi padre entrelazó las manos.

—Es el propósito principal del viaje.

—No para mí.

—No podemos continuar retrasando una definición.

—Entonces defínanla sin mi presencia.

Isabella permaneció inmóvil.

El dolor apareció en sus ojos.

No se volvió sumisa.

—Déjennos solos —ordenó.

Mi padre frunció el ceño.

—Isabella…

—Si pretenden que evalúe un matrimonio con su hijo, será conveniente permitirme hablar con él sin una audiencia.

Mi madre fue la primera en levantarse.

Mi padre tardó varios segundos más.

Cuando salieron, Isabella cerró la carpeta.

—No tenías que humillarme delante de ellos.

—No era mi intención.

—Entonces debes aprender a controlar mejor los resultados.

—No aceptaré un anuncio preliminar.

—Yo tampoco lo he aceptado.

—Está dentro de tu itinerario.

—Elaborado por nuestros equipos.

—Tú pediste el viaje.

—Para que conocieras mi vida.

Se levantó.

—No voy a llevarte a España para encerrarte dentro de una habitación hasta que aceptes casarte conmigo.

—Eso tranquiliza algunas preocupaciones específicas.

—No bromees.

Caminó hacia mí.

—Quiero que vengas porque considero que existe una posibilidad real entre nosotros. Quiero que veas mi trabajo, mis responsabilidades y la mujer que soy fuera de Londres.

—Y después.

—Después decidiremos si continuamos.

—¿Sin anuncio?

—Sin anuncio.

—¿Tu padre lo sabe?

—Lo sabrá.

Su tono me recordó que algún día sería reina.

—¿Aceptarías eliminar el último punto? —preguntó.

—Sí.

—Entonces hazlo.

Isabella arrancó la página del itinerario y la rompió por la mitad.

Después volvió a romperla.

Dejó los fragmentos sobre la mesa.

—Ahora puedes dejar de comportarte como si fueras la única persona dentro de esta negociación con capacidad para decir que no.

La observé.

—Quiero que vengas —continuó—. No te necesito. Existe una diferencia.

—¿Y si al final te rechazo?

El dolor regresó.

Isabella alzó el mentón.

—Sobreviviré.

—No parece un buen argumento para aceptar.

—Entonces acepta porque una parte de ti desea descubrir si podrías ser feliz conmigo.

Pensé en nuestra conversación sobre la reforma de la Corona española.

En su mano abierta entre nosotros.

En la vida pública, útil y coherente que podía construir a su lado.

—Cinco días —dije—. Sin anuncio y sin encuentros sobre condiciones matrimoniales.

—De acuerdo.

—La visita seguirá en secreto hasta que ambos autoricemos su publicación.

—De acuerdo.

Isabella extendió la mano.

La estreché.

Sus dedos permanecieron alrededor de los míos.

—Esta noche —dijo— quiero cenar contigo.

—Tengo otro compromiso.

—¿Oficial?

—Privado.

Sus ojos buscaron algo en mi rostro.

—¿Puedes cancelarlo?

—No.

No estaba dispuesto.

Isabella soltó mi mano.

—Mañana, entonces.

—Mañana.

—Espero que aquello que harás esta noche valga la pena.

Pensé en Evie.

—Lo hará.

Isabella pareció escuchar algo más dentro de mi voz.

No preguntó.

Eso permitió que el secreto sobreviviera otro día.

* * *

Bash consiguió una residencia a una hora de Londres.