CAPÍTULO 9
La canción que no debía existir
La policía descubrió por qué habían elegido a Evie un miércoles a las siete y dieciséis de la mañana.
Yo estaba dormido.
Ella también.
No en la misma cama.
Aquello habría sido demasiado sencillo.
Me encontraba en Kensington, con el teléfono oficial sobre la mesa y el secreto debajo de la almohada. Evie dormía en una residencia cuya dirección yo fingía desconocer y Bash protegía mediante hombres que no sabían por qué su presencia importaba.
El teléfono comenzó a sonar.
Extendí una mano sin abrir los ojos.
—Si alguien no ha muerto, volverá a llamar después de las nueve.
—Encontraron el archivo original —dijo Ginny.
Abrí los ojos.
—¿Qué archivo?
—La grabación donde aparece la tercera voz.
Me incorporé.
Las cortinas seguían cerradas. Una línea de luz gris atravesaba el dormitorio y dividía la alfombra.
—Pensé que la policía tenía el archivo.
—Tiene una copia intervenida, reproducida y modificada varias veces. Acaban de encontrar el origen.
—¿Dónde?
Ginny guardó silencio.
—¿Dónde? —repetí.
—Dentro de una sesión musical de Evelyn Han.
Me puse de pie.
—Explícalo.
—No por teléfono.
—Ginny.
—Clarence House. Ocho de la mañana. Alexander también estará presente.
La llamada terminó.
Observé el teléfono.
Después saqué el segundo dispositivo de debajo de la almohada.
Ningún mensaje de Evie.
Escribí:
Necesito verte hoy.
Los tres puntos aparecieron antes de que pudiera bloquear la pantalla.
Buenos días para ti también.
Es importante.
Eso dices cada vez que quieres besarme.
Esta vez no es una excusa.
Una pausa.
Qué decepción.
Sonreí.
A las ocho recibirá información tu abogada. No entregues ningún dispositivo a Asteria.
¿Por qué?
No podía explicárselo antes de escuchar el informe.
Llámame cuando tu abogada se comunique contigo.
Evie tardó en responder.
Está bien.
Después apareció otro mensaje.
Ahora puedes decir que también quieres besarme.
Quiero hacer bastante más que eso.
Los tres puntos permanecieron durante varios segundos.
Presuntuoso.
Mentirosa.
Guardé el teléfono.
Por un instante la habitación pareció menos fría.
Después recordé que alguien la había seleccionado seis meses antes de que entrara en mi vida y la calidez desapareció.
* * *
Alexander ya estaba en la biblioteca cuando llegué.
Permanecía sentado junto a la chimenea apagada. Llevaba una camisa blanca abierta en el cuello, pantalones oscuros y el cabello castaño peinado hacia atrás. Había recuperado algo de color, aunque sus manos continuaban temblando cuando levantaba la taza.
Mi madre se encontraba a su lado.
Mi padre ocupaba la cabecera de la mesa.
Ginny había extendido varias fotografías junto a un ordenador aislado de la red. Bash permanecía detrás de mí, con los brazos cruzados y la mandíbula rígida.
—¿Dónde está el investigador? —pregunté.
—En camino a la residencia de VANTA —respondió Ginny—. Primero necesitábamos informar a la familia.
—La grabación pertenece a Evie. Deberían informarle primero a ella.
Mi padre levantó la mirada.
—La información involucra a la Corona.
—Y fue obtenida desde su dispositivo.
—El archivo fue producido bajo contrato con Asteria.
—Eso no convierte su propiedad personal en nuestra.
Ginny cerró una carpeta.
—Por eso su abogada recibirá el informe simultáneamente. Nadie accederá al dispositivo sin consentimiento.
Mi padre no parecía satisfecho.
Aquello mejoró ligeramente mi mañana.
Me senté frente a Alexander.
—¿Qué encontraron?
Ginny giró el ordenador hacia nosotros.
En la pantalla aparecía un programa de producción musical. Decenas de líneas de colores representaban voces, instrumentos y grabaciones ambientales.
—Hace seis meses, Evie reservó un estudio de Asteria en Los Ángeles para trabajar en una maqueta —explicó—. La sesión principal duró cinco horas. Durante una pausa, uno de los micrófonos permaneció activo.
—¿La tercera voz estaba dentro del estudio?
—En una sala contigua. El aislamiento acústico redujo el sonido, pero no lo eliminó completamente. La pista ambiental captó diecisiete minutos de conversación.
Alexander dejó la taza.
—¿Lawson estaba en Los Ángeles?
—Los registros oficiales indican que se encontraba en Londres —respondió Bash—. Sin embargo, viajó con un pasaporte diplomático tres días después y no existe constancia del desplazamiento anterior.
—Podía utilizar otra identidad —dije.
Ginny asintió.
—La voz de Mercer aparece con claridad. La de Lawson es más débil, pero coincide con las grabaciones encontradas en el almacén. La tercera persona estaba más lejos del micrófono.
—¿Por qué Asteria tenía una copia?
—El servidor creó un respaldo automático. Alguien lo descargó cuarenta y ocho horas después, eliminó la pista ambiental y volvió a subir una versión limpia.
—¿Quién?
—La cuenta pertenece a Daniel Mercer.
—Entonces descubrió que habían sido grabados.
—Probablemente.
Alexander se inclinó hacia delante.
—¿Evie escuchó la conversación?
—No parece —respondió Ginny—. La pista estaba oculta entre más de cien archivos. El respaldo completo fue copiado a un disco externo y eliminado del servidor.
—Su disco —dije.
—Sí.
Mi padre juntó las manos.
—¿Dónde está?
—Asteria afirma desconocerlo.
—Entonces debemos encontrarlo.
—No debemos hacer nada —replicó Ginny—. Su propietaria decidirá cómo proceder.
—Ese disco contiene información de seguridad nacional.
—También grabaciones, letras y datos privados de mi clienta potencial.
—No representa a la señorita Han.
—Represento sus derechos respecto a una investigación que afecta directamente a Adrien. Y su abogada me ha solicitado coordinación limitada.
Mi padre me dirigió una mirada.
—Esto se ha vuelto innecesariamente complejo.
—Así suele ocurrir cuando las personas conservan derechos —respondí.
Alexander no participaba en la discusión.
Observaba la pantalla.
Su rostro había perdido el color.
—Reprodúzcanla —dijo.
Mi madre apoyó una mano sobre su brazo.
—No es necesario.
—Hablan de mí.
—Podría desencadenar otro episodio.
Alexander retiró el brazo.
—Estoy cansado de enterarme de mi propia vida mediante versiones aprobadas.
Mi madre quedó inmóvil.
Reconocí la frase.
Evie la había utilizado de otra forma.
Todos parecíamos rodeados por personas que confundían protegernos con decidir cuánto podíamos soportar.
Ginny inició el audio.
Primero se escuchó el zumbido del aire acondicionado.
Después una puerta cerrándose a lo lejos.
Mercer habló:
—La sesión termina a las seis. Han regresará en veinte minutos.
La voz de Lawson apareció más débil.
—Entonces tenemos poco tiempo.
—No debimos reunirnos aquí —respondió Mercer—. El edificio registra todas las entradas.
La tercera voz intervino.
Continuaba distorsionada por la distancia, no por un programa.
—Precisamente por eso nadie buscará una reunión privada dentro de un estudio lleno de cámaras.
Una silla se movió.
Lawson carraspeó.
—El tratamiento no está funcionando.
Alexander cerró una mano.
La grabación continuó:
—Los episodios duran más y el príncipe comienza a recuperar fragmentos. Si recuerda la habitación, tendremos que actuar.
Mercer preguntó:
—¿Y Adrien?
La tercera voz respondió:
—Todavía cree que su hermano solo padece ataques de pánico. Cuando se conozca la verdad, aceptará cualquier salida que parezca proteger a Alexander.
—¿España? —preguntó Lawson.
—Si es necesario.
El corazón golpeó contra mis costillas.
Alexander levantó la mirada hacia mí.
Ginny detuvo la reproducción.
—¿Por qué se detuvo? —pregunté.
—Porque el siguiente fragmento contiene información médica específica.
—Continúa —ordenó Alexander.
—No es necesario para comprender…
—Continúa.
Su voz sonó distinta.
No como la de un hombre enfermo.
Como la del heredero.
Ginny reanudó el audio.
Lawson volvió a hablar:
—Si las pruebas confirman que la condición es hereditaria, el segundo hijo tampoco será viable.
—Adrien no presenta síntomas —dijo Mercer.
—Todavía —respondió Lawson.
La tercera voz dejó escapar una respiración.
—No necesitamos que esté enfermo. Solo que la institución crea que podría estarlo.
Alexander cerró los ojos.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
Mi padre permaneció inmóvil.
La voz prosiguió:
—Cuando Adrien abandone Inglaterra, la sucesión podrá estabilizarse alrededor de una figura controlable.
Mercer preguntó:
—¿Alexander?
Una pausa.
—La Corona —respondió la voz—. Los hombres son reemplazables.
El archivo se llenó de estática.
Después se escuchó una puerta abriéndose.
Una voz femenina lejana anunció que la señorita Han regresaría en cinco minutos.
La conversación terminó.
Nadie habló.
Alexander fue el primero en moverse.
Se puso de pie y caminó hacia la ventana.
—Todo esto ocurrió porque intentaban utilizar mi enfermedad.
—Ocurrió porque alguien decidió hacerlo —dije—. Tú no les pediste que te tomaran muestras ni que manipularan tus registros.
—Evie no estaría en peligro si yo hubiese reconocido antes lo que Lawson hacía.
—Confiabas en él.
—Ese no es un argumento que utilizarías contigo.
—Por eso lo utilizo contigo.
Alexander apoyó una mano sobre el cristal.
—La seleccionaron porque grabó algo relacionado conmigo.
—Ella tampoco sabía que lo tenía.
—No importa. La siguieron, robaron sus informes médicos y pusieron un láser sobre su cuerpo.
Su voz se quebró.
—Si alguien hubiera hecho eso con Beatrice…
—No es tu culpa.
—Deja de decirlo como si repetirlo pudiera convertirlo en verdad.
Me acerqué.
Alexander volvió la cabeza.
Había lágrimas en sus ojos.
—Protégela —dijo.
—Lo hago.
—No por lo que significa para ti. Por lo que le hicimos.
—Nosotros no hicimos nada.
—Nuestra familia construyó el sistema que permitió ocultar mi enfermedad. Lawson solo aprendió a utilizarlo.
Mi padre se levantó.
—Basta.
Alexander lo miró.
—No. Llevas un año ocultándome, apartándome de compromisos y permitiendo que otros decidan qué información debe llegar hasta mí. Lawson hizo lo mismo con métodos más brutales.
—Intentábamos proteger la estabilidad institucional.
—Él también decía eso.
El golpe fue preciso.
Mi padre no respondió.
Alexander se volvió hacia mí.
—Si el disco está con Evie, no permitas que el Palacio se lo quite.