Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

—Asteria me hizo escuchar siete versiones de mi propia canción interpretadas por otras personas.

—Pensé que te negaste a entregarla.

—Habían grabado el ensayo.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Sin autorización?

—El estudio pertenece a la compañía. El contrato les permite registrar cualquier sesión.

—Ginny puede revisar…

—No.

Evie levantó el rostro.

Tenía los ojos enrojecidos.

—No quiero abogados, príncipes ni contratos esta noche.

—¿Qué quieres?

—A ti.

La respuesta eliminó todo lo demás.

La besé.

No con la urgencia del accidente ni con la violencia del estudio.

Despacio.

Como si tuviera todo el tiempo que ella pedía.

Evie se aferró a mi camisa y respondió con un cansancio que se transformó gradualmente en deseo.

Mis manos descendieron por su espalda.

Ella se apartó antes de que pudiera profundizar el beso.

—No quiero que esta noche sea únicamente eso.

—No tiene que serlo.

—¿Puedes quedarte?

Miré el reloj.

Debía regresar antes de las dos para sostener la mentira construida alrededor de mi cena.

—Sí.

Evie estudió mi rostro.

—¿Toda la noche?

Podía decirle que Julian esperaba verme antes del amanecer.

Que Isabella podía modificar la agenda.

Que una ausencia prolongada multiplicaba las posibilidades de ser descubierto.

—Toda la noche —repetí.

Su expresión se suavizó.

Aquella sonrisa valía cada riesgo.

Bash protestó durante siete minutos.

Julian recibió un mensaje informando que dormiría en la residencia de un amigo.

El ministro con quien supuestamente cenaba nunca supo que había participado en la coartada.

Apagué el teléfono.

Por primera vez desde que conocí a Evie, elegí no estar disponible para nadie más.

* * *

Encontramos una cocina pequeña en la planta baja.

Evie se recogió el cabello y preparó huevos mientras yo intentaba cortar pan.

—Eso es demasiado grueso —dijo.

—Es pan.

—Parece material de construcción.

—Podría utilizarse para proteger ventanas.

Se colocó detrás de mí y rodeó mi cuerpo para tomar el cuchillo.

Su pecho rozó mi espalda.

—Así.

Guiándome la mano, cortó una rebanada más fina.

—Has organizado una situación innecesariamente íntima para criticar mis habilidades.

—No todo gira alrededor de seducirte.

—Eso parece una deficiencia de planificación.

Evie apoyó la barbilla sobre mi hombro.

—Nunca has cocinado.

—Sé preparar café.

—Eso no es cocinar.

—La temperatura modifica químicamente el agua.

—Estudiaste Negocios Internacionales, no Química.

—Tuvimos asignaturas optativas.

—¿Cocinar era una?

—No.

—Se nota.

Cenamos sentados sobre la encimera porque la mesa estaba cubierta por sábanas. Evie robó parte de mi comida aunque había preparado su propio plato.

Después subimos al dormitorio.

No intentamos quitar la ropa de inmediato.

Evie se recostó de lado y apoyó una mano bajo la mejilla. Yo permanecí frente a ella.

La luz de una lámpara dibujaba sombras suaves sobre su rostro.

—Cuéntame algo que nadie sepa —pidió.

La pregunta me tensó.

Existían demasiadas respuestas.

La negociación.

Isabella.

España.

Elegí otra.

—A veces entro en la antigua habitación de Beatrice cuando no puedo dormir.

Evie sonrió.

—Eso es tierno.

—No he terminado. Robo los dulces que todavía guarda dentro del escritorio.

—Eso es menos tierno.

—Ella sabe que lo hago y continúa dejándolos.

—Entonces es todavía más tierno.

—Me arrepiento de haberlo contado.

Evie acercó una mano y recorrió la cicatriz de mi ceja.

—Yo duermo con una camiseta de mi madre cuando estoy asustada.

—¿La tienes aquí?

—Está en la residencia.

—Entonces no puedes estar asustada esta noche.

—Esa lógica parece deficiente.

—Tengo un título distinto.

Evie dejó los dedos sobre mi rostro.

—No tengo miedo cuando estoy contigo.

La culpa encontró un lugar exacto debajo de mis costillas.

—Deberías.

—¿Eso es una advertencia?

—Una observación.

—¿Vas a hacerme daño?

La pregunta no contenía sospechas.

Confiaba en que respondería que no.

—Nunca deliberadamente.

Una evasión disfrazada de promesa.

Evie pareció satisfecha.

Se acercó y me besó.

La ternura se transformó lentamente en algo más caliente.

Sus manos abrieron mi camisa. Las mías encontraron la piel bajo su camiseta.

Evie se sentó sobre mis caderas.

Su cabello cayó alrededor de nuestros rostros, aislándonos del resto de la habitación.

La deseaba con una intensidad dolorosa.

Sin embargo, cuando mis dedos llegaron al borde de su ropa, me detuve.

—¿Estás segura?

Evie apoyó la frente contra la mía.

Su respiración estaba agitada.

—Quiero que la primera vez sea cuando no tengamos que escondernos.

—Podríamos permanecer aquí varios días.

—Adrien.

—Tenía que intentarlo.

Sonrió.

Después se recostó sobre mi pecho.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme por detenerme.

—No lo hacía.

—¿Entonces?

—Por quedarte.

La rodeé con los brazos.

Evie apagó la lámpara.

Su cuerpo se acomodó contra el mío con una naturalidad peligrosa. Una pierna quedó entrelazada con las mías y su mano descansó sobre mi corazón.

Permanecí despierto después de que se durmiera.

La escuché respirar.

Sentí el peso de su cabeza.

La forma en que sus dedos se cerraban ocasionalmente sobre mi camisa, como si incluso dormida necesitara comprobar que continuaba allí.

No podía recordar la última vez que alguien había confiado en mí de aquella forma.

Quizá nadie lo había hecho.

Besé su frente.

—Estoy enamorándome de ti —susurré.

Evie no se movió.

No supe si estaba completamente dormida.

Una parte cobarde de mí esperaba que sí.

Otra deseaba que hubiera escuchado cada palabra.

* * *

Desperté antes del amanecer.

Evie continuaba sobre mi pecho.

El teléfono desechable vibró sobre el suelo.

Extendí una mano sin despertarla.

Había dos mensajes.

El primero era de Bash.

La policía recuperó otro fragmento. La tercera voz dice que Evie tiene algo capaz de destruir a los Hawthorne.

El segundo procedía de Julian.

La Casa de Valcázar confirmó el itinerario preliminar. España espera respuesta antes del mediodía.

Abrí el documento.

Tres días en Madrid.

Dos en Sevilla.

Una visita privada a la residencia de Isabella.

Reuniones con fundaciones, representantes del Gobierno y asesores constitucionales.

El último punto figuraba marcado como estrictamente confidencial:

Evaluación conjunta de las condiciones dinásticas y anuncio preliminar.

Evie se movió sobre mí.

Bloqueé el teléfono.

—¿Qué hora es? —murmuró.

—Temprano.

—No te vayas.

Me rodeó con mayor fuerza.

Miré nuevamente la pantalla apagada.

Dentro de unas horas tendría que decidir si aceptaba un viaje diseñado para acercarme al matrimonio con Isabella.

La mujer a la que amaba comenzaba a despertarse sobre mi pecho sin saber que aquella posibilidad existía.

—No me iré —dije.

Evie sonrió contra mi piel.

Cerró otra vez los ojos.

Permanecí inmóvil, sosteniéndola mientras la primera luz entraba por las cortinas.

Podía rechazar España.

Podía contarle la verdad.

Podía detener la mentira antes de que creciera hasta destruirla.

En cambio, abrí el teléfono detrás de su espalda y respondí a Julian.

Acepto revisar el itinerario. Mantengan la visita en secreto.

Envié el mensaje.

Después rodeé a Evie con ambos brazos y la besé en el cabello.

La amaba lo suficiente para querer darle todo.

Excepto la única cosa que le habría permitido elegir si todavía quería quedarse.

La verdad.