CAPÍTULO 8 #2
—No la mires así cuando mientes sobre ella.
—¿Así cómo?
—Como si pronunciar su nombre fuera suficiente para sentirla.
La observé.
Durante un instante no pareció mi hermana menor.
Pareció una mujer que ya había comprendido algo que yo todavía intentaba negar.
—No la lastimes —dijo.
—No pienso hacerlo.
—Nadie piensa hacerlo al principio.
Tomó la carpeta.
—Acepto tus disculpas.
—Generoso.
—No las arruines.
Se alejó.
No sabía que había estado con Evie.
Tampoco sabía lo cerca que estaba su advertencia de llegar demasiado tarde.
* * *
Alexander descansaba en el salón de música.
Habían retirado las cortinas para dejar entrar la luz, aunque el cielo gris de Londres ofrecía poca. Mi hermano estaba recostado sobre un sofá con una manta sobre las piernas.
Mi madre leía junto a la ventana.
Cuando entré, cerró el libro.
—El médico recomendó que descansara.
—Estoy descansando —respondió Alexander.
—Se refería a no continuar con la investigación.
—Entonces eligió una profesión equivocada si esperaba obediencia.
Mi madre me dirigió una mirada que sugería que mi influencia era responsable de todos los defectos familiares.
—Ginny y el investigador están esperando —dije—. Podemos cancelar.
Alexander retiró la manta.
—No.
Mi madre se levantó.
—Estaré afuera.
No intentó detenerlo.
Solo apoyó una mano sobre su hombro antes de salir.
Ginny entró acompañada por el investigador principal. Llevaba una tableta y una bolsa transparente que contenía varios objetos recuperados del almacén.
—No reproduciremos las grabaciones —explicó—. Solo necesitamos que identifiques algunas pertenencias.
Alexander asintió.
El investigador colocó la primera bolsa sobre la mesa.
Un reloj.
Mi hermano negó.
La segunda contenía un encendedor de plata.
—Lawson —dijo—. Se lo regaló mi padre después de un viaje a Canadá.
La tercera guardaba una llave pequeña.
Alexander la observó durante varios segundos.
—Pertenecía a una caja que guardaba en su oficina.
—¿Qué contenía?
—Informes médicos y protocolos de evacuación.
—¿Tuvo acceso después del despido?
—No debería.
El investigador tomó notas.
Ginny colocó sobre la mesa una fotografía de varios documentos encontrados en el almacén.
Alexander se inclinó.
—Esa es mi letra.
—¿Reconoces el contenido?
—Son respuestas a las pruebas neurológicas. Fechas, nombres y palabras que debía recordar.
—¿Lawson estaba presente durante las evaluaciones?
—Algunas veces.
La respiración de mi hermano comenzó a acelerarse.
Me acerqué, pero no lo toqué.
—Podemos detenernos.
—No.
—Alexander.
—Estoy cansado de que todos decidan qué puedo soportar.
La frase me recordó a Evie.
Retrocedí.
Alexander tomó la fotografía.
Sus dedos temblaban.
—Lawson me hacía repetir una frase cuando comenzaban los episodios —dijo—. Afirmaba que servía para comprobar si todavía sabía quién era.
—¿Qué frase? —preguntó el investigador.
Mi hermano cerró los ojos.
—La Corona sobrevive a los hombres que la sirven.
Ginny levantó la cabeza.
—Esa expresión aparece en otro fragmento.
El investigador giró hacia ella.
—¿Cuál?
Ginny revisó la tableta.
—La tercera voz dice: “La Corona sobrevivirá a los dos hermanos si es necesario”.
Alexander abrió los ojos.
El miedo apareció en ellos.
—Lawson utilizaba esa frase.
—Eso no demuestra que sea la misma persona —advirtió Ginny—. Alguien pudo escucharla o leerla en sus archivos.
—¿Quién sabía que la repetía? —pregunté.
Alexander intentó recordar.
—Lawson, sus dos asistentes, el médico y Marcus.
—¿Nuestros padres?
—Madre la escuchó una vez.
El investigador anotó los nombres.
No sentí sospechas hacia Alexander.
La grabación había utilizado una frase vinculada con su trauma. Era otra forma de penetrar su intimidad y convertirla en un arma.
Mi hermano se frotó las manos.
—¿La voz habló de Evie?
—Sí —respondí.
—¿Qué dijo?
Ginny me dirigió una advertencia.
Alexander tenía derecho a conocerlo.
—Que querían que se acercara a mí.
El dolor apareció en su rostro.
—Entonces todo esto ocurrió por mi condición.
—No.
—Utilizaron a Lawson, mis informes y mis accesos.
—Te utilizaron a ti también.
—Evie no estaría en peligro si yo hubiera reconocido antes lo que Lawson hacía.
Me arrodillé frente a él.
—Mírame.
Alexander lo hizo.
—Confiaste en un hombre que tenía la obligación de protegerte. La culpa pertenece a quien utilizó esa confianza.
—Dices eso porque soy tu hermano.
—Lo digo porque es cierto.
—¿También se lo dirías a Evie?
Pensé en todas las verdades que todavía le ocultaba.
—Sí.
La respuesta sonó limpia.
Odié la facilidad con que podía pronunciarla.
* * *
Asteria mantuvo la suspensión de Evie.
No podía aparecer en actos públicos, conceder entrevistas ni utilizar las cuentas oficiales del grupo durante cuarenta y ocho horas.
Aquella noche me llamó desde un número desconocido.
—¿Quién es? —pregunté.
—Una mujer misteriosa.
—Ginny no utiliza teléfonos desechables. Prefiere que sus amenazas queden registradas.
—Naomi consiguió el número.
Me acomodé junto a la ventana de mi dormitorio.
—¿Dónde estás?
—En la residencia. Hay seis personas en el salón y tres guardias en el corredor.
—Demasiadas.
—Creí que te tranquilizaría.
—No lo hizo.
Evie guardó silencio.
Escuché una puerta cerrarse al otro lado.
—No puedo salir esta noche —dijo.
—Lo sé.
—¿Te molesta?
—Profundamente.
—Qué tragedia.
—Puedo ir.
—No conoces la dirección.
—Bash sí.
—Naomi empezaría a hacer preguntas.
—Bash puede entrar por una ventana.
—No enviaré a tu mejor amigo a escalar un edificio para que puedas besarme.
—No era el plan, pero empieza a gustarme.
Evie rió.
Apoyé la frente contra el cristal frío.
—Canta para mí.
La risa desapareció.
—No.
—Dijiste que terminaste la canción.
—También dije que no podías escucharla.
—Soy conocido por ignorar instrucciones.
—Por eso alguien intentó manipularte mediante una cantante.
—Funcionó de manera excelente.
—Adrien.
—Evie.
Guardó silencio durante varios segundos.
Después escuché un movimiento y el sonido leve de una puerta cerrándose con seguro.
—Solo una parte —dijo.
—Acepto.
Comenzó a cantar.
Sin acompañamiento.
Sin la perfección que utilizaba frente a un público.
Su voz atravesó el teléfono y llenó mi habitación.
La canción hablaba de un hombre nacido dentro de una casa sin puertas. De alguien que construía salidas para todos salvo para sí mismo.
Después hablaba de una mujer que había confundido la libertad con no necesitar a nadie.
No mencionaba príncipes, coronas ni escenarios.
No era necesario.
Reconocí cada parte de nosotros.
Cuando terminó, no pude hablar.
—¿Sigues ahí? —preguntó.
—Sí.
—Di algo.
—No sé qué.
—Eso debe ser nuevo.
Me senté junto a la ventana.
—Nadie había escrito una canción sobre mí.
—Tal vez no sea sobre ti.
—Mentirosa.
Evie soltó una respiración.
—No quería terminarla.
—¿Por qué?
—Porque las canciones terminadas dejan de ser completamente tuyas. Alguien las escucha, las interpreta y decide qué significan.
—No tienes que mostrársela a nadie.
—Asteria escuchó un fragmento. Quiere que la grabemos.
—¿Qué dijiste?
—Que no.
—¿Pueden obligarte?
—Pueden recordarme durante horas quién paga el estudio, los músicos y mi contrato.
—Utiliza el estudio de la fundación.
—Eso levantaría preguntas.
—Entonces compraremos uno.
—Otra vez: no eres tan rico como crees.
—Puedo vender un caballo.
—¿Tienes caballos?
—Mi familia tiene suficientes para no notar la ausencia de uno.
Evie rió de nuevo.
El sonido se convirtió en algo cálido dentro de mi pecho.
—No quiero que resuelvas esto —dijo.
—¿Entonces qué quieres?
—Que te quedes en el teléfono.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que me duerma.
La petición era pequeña.
La intimidad que contenía no.
Me recosté sobre la cama sin colgar.
Evie comenzó a hablarme de Seattle, de la primera vez que cantó en público y de cómo su madre siempre desafinaba la misma nota.
Yo le conté sobre el internado, sobre Bash rompiéndose una muñeca al intentar saltar desde el tejado y sobre la ocasión en que Ginny defendió jurídicamente nuestro derecho a tener un hurón dentro del dormitorio.
—¿Ganó? —preguntó Evie.
—Por supuesto.
—¿Qué ocurrió con el hurón?
—Atacó al director.
—Entonces Ginny se equivocó.
—Ginny jamás se equivoca. El director no estaba autorizado para entrar.
La respiración de Evie se volvió más lenta.
—Adrien.
—¿Qué?
—¿Dónde estabas antes de que llamara?
Pensé en la cena con Isabella.
En la invitación a España.
—Con Alexander.
También había sido cierto.
—¿Está mejor?
—No lo sé.
—Puedes decir que tienes miedo.
—No tengo miedo.
—Mientes peor cuando estás cansado.
Cerré los ojos.
—Tengo miedo de no llegar a tiempo para salvarlo.
—No puedes salvar a alguien de su propio cuerpo.
—Entonces encontraré a quien se aprovechó de él.
—Eso tampoco hará que desaparezca su enfermedad.
La dureza de la verdad me irritó.
—No necesito una explicación.
—No. Necesitas dejar de comportarte como si amar a alguien te obligara a impedirle todo sufrimiento.
Amar.
La palabra quedó entre nosotros.
Evie pareció notarlo.
—Me refiero a tu hermano.
—Lo sé.
Otra mentira.
Porque durante un segundo ambos habíamos estado hablando de algo más.
—Duerme —murmuré.
—Qué autoritario.
—Es una petición.
—Estás aprendiendo.
La escuché respirar.
No colgué cuando dejó de responder.
Permanecí con el teléfono junto al oído durante casi una hora, oyendo el ritmo suave de su sueño.
Cuando finalmente terminó la llamada, la habitación pareció demasiado grande.
* * *
Vi a Evie la noche siguiente.
No utilizamos Belgravia ni el estudio de Camden.
Bash organizó dos vehículos, tres cambios de ruta y una entrada cerrada al público dentro de una antigua residencia diplomática.
Naomi creía que Evie volvería a reunirse con la misma fuente.
Beatrice pensaba que yo cenaba con un ministro.
Isabella esperaba verme al día siguiente para discutir el viaje a España.
Todos conocían una versión distinta de mi noche.
Evie entró poco después de las once.
Llevaba un abrigo oscuro sobre pantalones cómodos y el cabello suelto. Parecía agotada.
No dijo nada cuando me vio.
Cruzó la habitación y apoyó la frente contra mi pecho.
La rodeé con los brazos.
—¿Qué ocurrió?