Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Todo lo que no podía prometerle

Isabella eligió un restaurante sin comedor principal.

Ocupaba una casa georgiana en Mayfair y funcionaba exclusivamente mediante reservas privadas, entradas laterales y camareros entrenados para olvidar los rostros de quienes servían.

Era exactamente la clase de lugar que yo habría elegido para ver a Evie.

La ironía me acompañó desde que atravesé la puerta.

—Llegas tarde —dijo Isabella.

Consulté el reloj.

—Treinta segundos.

—Siguen siendo míos.

Estaba sentada frente a una ventana cubierta por cortinas oscuras. Llevaba un vestido color marfil de mangas largas, el cabello negro suelto sobre los hombros y unos pendientes dorados que atrapaban la luz cuando movía la cabeza.

No había asesores.

Tampoco representantes, familiares ni fotógrafos.

Solo dos agentes detrás de una puerta cerrada y una mesa preparada para dos.

Isabella había cumplido su parte.

Yo todavía no sabía cuál era la mía.

Me senté frente a ella.

—Pensé que las futuras reinas debían practicar la paciencia.

—La practico con Parlamentos. Contigo prefiero establecer expectativas razonables.

—¿Siempre conviertes una cena en una negociación?

—Solo cuando el hombre frente a mí estudió Negocios Internacionales y utiliza cualquier conversación informal para evitar responder preguntas.

El camarero sirvió vino.

Isabella esperó hasta que quedamos solos.

—Cuéntame algo verdadero —dijo.

—El vino es francés.

—Sobre ti.

—No estaba preparado para una evaluación oral.

—Por eso es útil.

Tomó la copa y la hizo girar entre los dedos.

—Sé qué estudiaste, dónde serviste, las fundaciones que representas y cuántas veces apareciste ebrio en público antes de que tu equipo aprendiera a esconderte mejor. No sé qué quieres cuando nadie te observa.

Pensé en Evie sentada sobre el suelo del estudio.

En su canción.

En el mensaje que había releído siete veces antes de dormir.

La canción era sobre ti.

—Dormir —respondí.

Isabella apoyó la copa.

—Si vas a insultarme, al menos sé creativo.

—No te insulto.

—Te pedí honestidad y me ofreciste una broma.

—Las bromas suelen ser honestas.

—No las tuyas.

Se recostó en la silla.

—¿Quieres ser rey?

La pregunta eliminó parte de mi ligereza.

—No.

—Respondiste demasiado rápido.

—Porque llevo toda la vida conociendo la respuesta.

—Podrías ser rey consorte de España.

—Una función distinta.

—Pero no decorativa.

—Nunca he dicho que lo fuera.

—Entonces ¿qué te asusta?

No era la primera persona que formulaba aquella pregunta.

Era la primera que lo hacía sin insinuar que el miedo debía avergonzarme.

—Convertirme en otra pieza dentro de una institución que ya ha decidido quién debo ser.

—España no es Inglaterra.

—Las coronas comparten ciertas costumbres desagradables.

—Yo no soy tu padre.

—Todavía no.

Isabella sonrió.

—Finalmente algo verdadero.

Llegó el primer plato.

Esperamos mientras el camarero lo distribuía y explicaba ingredientes que ninguno recordaría.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, Isabella tomó los cubiertos.

—Quiero modernizar la Casa de Valcázar —dijo—. Reducir propiedades, transparentar los fondos privados y separar nuestras fundaciones de los intereses empresariales de mi tío.

—Eso provocará una guerra familiar.

—Ya existe. Solo que todos utilizan sonrisas en lugar de armas.

—¿Tu padre lo sabe?

—Conoce una versión diplomática.

—¿Y quieres que yo participe?

—Si llegamos a casarnos, sí.

No dijo si nuestras familias lo deciden.

Dijo si llegamos.

Como si la decisión pudiera pertenecernos.

—Necesitarías apoyo parlamentario —señalé—. Y una transición gradual. Si intentas hacerlo todo al asumir, tu tío presentará cada reforma como un ataque a la tradición.

Isabella se inclinó hacia delante.

—¿Qué propones?

Tomé una servilleta y busqué un bolígrafo dentro de la chaqueta.

Dibujé tres columnas.

Activos.

Fundaciones.

Representación pública.

—Primero separas la propiedad de la gestión —expliqué—. Mantienes los símbolos mientras modificas quién controla los recursos. Cuando tu tío comprenda lo ocurrido, oponerse significará reconocer públicamente cuánto poder perdió.

Isabella observó el esquema.

—Eso es despiadado.

—Gracias.

—No era un elogio.

—Lo parecías.

Durante la siguiente hora hablamos sobre regulaciones, inversiones culturales y la relación entre la Corona española y las comunidades autónomas.

Isabella conocía cada cifra. Me corrigió dos veces y en una tercera ocasión consiguió demostrar que una de mis propuestas habría provocado una crisis constitucional menor.

Disfruté la conversación.

No porque debiera hacerlo.

Porque nadie había necesitado fingir que yo era menos inteligente para sentirse cómodo ni más importante para justificar mi presencia.

Isabella podía caminar a mi lado.

La idea dejó de parecer una amenaza durante varios minutos.

Después el teléfono secreto vibró contra mi pecho.

No lo saqué.

Aun así, sentí el mensaje como si Evie hubiera apoyado una mano directamente sobre mi piel.

Isabella lo advirtió.

—Puedes revisarlo.

—No es importante.

—Entonces deja de pensar en él.

—No estaba pensando en el teléfono.

—No. Estabas pensando en la persona que escribió.

Tomó un sorbo de vino.

—¿Es ella?

—No sé de qué hablas.

—La expresión que pones cuando decides mentir es casi imperceptible.

—Entonces no podrías haberla visto.

—Te conozco desde que intentaste convencer a nuestros padres de que una escultura había caído sola.

—Era estructuralmente inestable.

—La golpeaste con una espada.

—Eso demostró mi argumento.

Isabella dejó la copa.

—No voy a preguntarte si hablas con Evelyn Han.

Mi cuerpo permaneció inmóvil.

—Bien.

—Pero tampoco voy a fingir que no existe.

—La fotografía del accidente…

—No me refiero a la fotografía.

Sus ojos color miel se clavaron en los míos.

—Me refiero a lo que ocurre en tu rostro cuando alguien pronuncia su nombre.

—No ocurre nada.

—Otra mentira.

—Dijiste que no preguntarías.

—No he preguntado.

Se inclinó hacia mí.

—Escúchame, Adrien. Estoy dispuesta a luchar por ti. No contra otra mujer como si ambas fuéramos animales esperando que nos elijas. Lucharé contra tus excusas, contra nuestras familias y contra tu costumbre de huir antes de admitir que algo te importa.

—No necesito que me salves.

—No. Necesitas que alguien te obligue a tomar una decisión.

—Todavía no existe ninguna.

—Claro que existe. Solo no ha llegado el momento en que debas pagar por ella.

La frase produjo un silencio incómodo.

Isabella volvió a mirar el esquema sobre la servilleta.

—Quiero que vengas a España.

—Tengo compromisos aquí.

—No mañana. Dentro de dos semanas.

—¿Para qué?

—Quiero mostrarte el trabajo de la fundación, el Palacio de la Zarzuela y las propiedades que pretendo transformar. Quiero que conozcas la vida que podría ofrecerte antes de decidir que es una jaula.

Recordé las palabras de Lawson.

El segundo hijo elegirá la jaula si cree que dentro está la mujer que ama.

—¿Nuestras familias lo saben?

—Mi padre conoce la propuesta. El tuyo la apoyará.

—Naturalmente.

—Pero la invitación es mía.

—¿Y si digo que no?

Isabella sostuvo mi mirada.

—Seguiré intentándolo hasta que estés seguro de por qué te niegas.

No era sumisión.

Tampoco una amenaza.

Era determinación.

—Revisaré la agenda —dije.

—Eso no es un sí.

—Tampoco un no.

—Empiezas a hablar como un diplomático.

—Despreciable, ¿verdad?

—Mucho.

Sonrió.

Esta vez no intentó besarme.

Aquello consiguió que pensara más en su boca que si lo hubiera hecho.

* * *

Revisé el mensaje de Evie dentro del automóvil.

Había enviado una fotografía del piano del estudio.

Sobre las teclas descansaba una hoja escrita a mano.

Encontré el final de la canción.

Debajo aparecía otro mensaje:

No te emociones. Todavía puedes arruinarla.

Respondí:

Creía que ya estaba basada en mí.

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

Eres insoportable.

¿Puedo escucharla?

No.

¿Por qué me escribes entonces?

Para que sepas que existe algo que no puedes tener cuando lo deseas.

Sentí una sonrisa estúpida extendiéndose sobre mi rostro.

Desde el asiento delantero, Bash me observó por el espejo.

La eliminé.

—¿Algún problema? —preguntó.

—Ninguno.

—Naturalmente.

Guardé el teléfono.

—Isabella quiere que viaje a España.

Bash volvió la cabeza.

—¿Cuándo?

—Dentro de dos semanas.

—¿Aceptaste?

—Dije que revisaría la agenda.

—Entonces sí.

—Eso no significa sí.

—En idioma real significa que ya decidiste hacerlo y deseas culpar al calendario.

Me recosté en el asiento.

—No se lo dirás a nadie.

—Tu viaje con la futura reina de España será difícil de mantener en secreto.

—Todavía no es oficial.

—¿Evie lo sabe?

Lo miré.

—No hay nada que deba saber.

Bash soltó una respiración lenta.

—Algún día esa frase estará escrita sobre tu tumba.

—Asegúrate de elegir una tipografía elegante.

* * *

Beatrice estaba en el corredor de Clarence House cuando regresé.

Había cambiado los pantalones deportivos por un vestido verde oscuro y llevaba el cabello recogido en una trenza. Sostenía una carpeta contra el pecho.

Intentó pasar junto a mí.

—Beatrice.

Continuó caminando.

La alcancé antes de que llegara a la escalera.

—Espera.

—Estoy ocupada.

—Cinco minutos.

—Tengo una reunión.

—Llegarás tarde.

Se volvió.

—Las personas que respetan a los demás suelen considerar eso un problema.

Acepté el golpe.

—Lo siento.

Mi hermana parpadeó.

—¿Qué?

—No me obligues a repetirlo. Podría producirme una lesión.

—No estoy segura de haber escuchado.

—Lamento lo que dije esta mañana.

Beatrice apoyó la carpeta sobre una mesa.

—¿Qué parte?

—La relacionada con mantener la distancia.

—¿No la parte en la que mentiste?

—No he dicho que mintiera.

—Naturalmente.

Cruzó los brazos.

—No tienes que contarme dónde estabas.

—Bien.

—Pero si algún día necesitas que te cubra, quiero saber exactamente a quién estoy protegiendo.

—No voy a involucrarte.

—Ya lo hiciste cuando me pediste intervenir ante Asteria.

—Te pedí proteger una campaña de tu fundación.

—Porque afectaba a Evie.

La forma en que dijo su nombre volvió a tensarme.

Beatrice lo vio.

—Te importa —murmuró.

—Es una posible víctima dentro de una investigación relacionada con nuestra familia.