Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 7 #4
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CAPÍTULO 7 #4

No me estaba enamorando de Evie únicamente cuando me besaba.

Me estaba enamorando de la manera en que dejaba espacios dentro de las conversaciones. De que podía sentarse conmigo sobre un suelo frío, comiendo un sándwich terrible, y conseguir que no quisiera estar en ninguna otra parte.

Me estaba enamorando de aquello que nadie fotografiaba.

Hasta la médula.

El miedo llegó después.

Porque el deseo podía satisfacerse.

Una obsesión podía agotarse.

Pero amar a alguien significaba entregarle el lugar exacto donde debía herirte para destruirte.

Y yo ya había comenzado destruyéndola primero.

* * *

El teléfono desechable vibró cerca de la medianoche.

Evie levantó la cabeza.

—Bash.

Respondí.

—¿Qué ocurre?

—La policía recuperó otro fragmento de la grabación —informó—. Necesito que lo escuches antes de regresar.

—¿Por qué?

—La voz menciona a Evie.

Ella se incorporó.

—Ponlo en altavoz.

—No sabemos si debe oírlo.

Evie extendió la mano.

—Es mi nombre.

Miré el teléfono.

—Reprodúcelo.

Bash guardó silencio durante unos segundos.

Después el audio llenó el estudio.

La voz de Mercer apareció primero:

—¿Y si Han se acerca demasiado a él?

La tercera persona respondió:

—Eso es lo que necesitamos.

—Podría perder el control.

—Adrien jamás pierde el control. Decide cuándo dejar de fingir que lo conserva.

Se escuchó un movimiento.

Después Mercer volvió a hablar:

—¿Qué ocurrirá con la princesa?

La tercera voz respondió:

—Ella cumplirá su función.

La grabación terminó.

Evie miró el teléfono.

—¿Qué princesa?

Mi cuerpo se tensó.

Había varias mujeres dentro de la familia.

Mi madre.

Beatrice.

Isabella.

—No lo sabemos.

—¿Podría ser Beatrice?

—Sí.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Evie lo notó.

—¿Existe otra princesa relacionada contigo?

—Europa está llena de ellas.

—Adrien.

—La investigación determinará a quién se referían.

No era una respuesta.

Evie me observó.

Durante un instante temí que relacionara la frase con Isabella.

Después miró hacia el piano.

—Alguien quería que me acercara a ti.

—Eso no significa que haya creado lo que sentimos.

—No. Pero sabía que podía ocurrir.

—No sabía nada sobre ti.

—Sabía suficiente para elegirme.

Tomé su barbilla y obligué con suavidad a que volviera a mirarme.

—Escúchame. No importa por qué te colocaron sobre ese escenario. Lo que ocurrió después nos pertenece.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque nadie podría haber previsto cuánto ibas a irritarme.

La comisura de sus labios se movió.

—Eso no es romántico.

—Estoy estudiando.

—Lentamente.

—También nadie sabía que continuarías cantando cuando corté la música. Ni que intentarías marcharte de una sala protegida. Ni que me besarías en una calle.

—Creí que iba a morir.

—Una excusa que pierde credibilidad cada vez que vuelves a hacerlo.

Evie me empujó el hombro.

La sujeté por la muñeca.

No con fuerza.

Solo para mantenerla cerca.

Su expresión cambió.

Recordaba el corredor.

Yo también.

Aflojé los dedos.

Evie giró la mano y entrelazó nuestros dedos voluntariamente.

—Esto lo decidí yo —dijo.

—Sí.

—Y si algún día descubro que me ocultaste algo capaz de cambiar esta decisión, no volverás a verme.

La advertencia atravesó mi pecho.

Podía hablar.

Debía hacerlo.

Isabella.

La negociación.

El matrimonio.

El beso.

Todas las palabras se reunieron detrás de mis dientes.

Evie esperaba.

—No permitiré que nadie decida por ti —respondí.

Una promesa construida cuidadosamente para no incluirme.

Evie apoyó la frente contra la mía.

—Bien.

Cerró los ojos.

Yo mantuve los míos abiertos.

Porque alguien tenía que observar cómo la mentira terminaba de ocupar todo el espacio entre nosotros.

* * *

Bash organizó la salida con siete minutos de diferencia.

Evie se colocó la chaqueta y recogió el cabello bajo una gorra.

Antes de abrir la puerta, regresó hacia mí.

—Mañana no podré salir.

—Encontraré una manera.

—Tengo ensayo hasta tarde.

—Después.

—Naomi empezará a sospechar.

—Cree que tienes una fuente exigente.

—La tengo.

Apoyó una mano sobre mi pecho.

—No siempre podrás organizar habitaciones vacías.

—Entonces compraremos un país pequeño.

—¿Con qué dinero?

—Soy príncipe.

—Eso no significa que seas rico.

—Estudié Negocios Internacionales. Encontraré inversores.

Evie sonrió.

—Eres ridículo.

—Y aun así estás aquí.

—Ese es mi principal defecto.

La besé.

No fue un beso desesperado.

Fue lento, profundo y peligroso por la naturalidad con que su cuerpo encontró el mío.

Como si ya conociera el camino.

Cuando se apartó, sus dedos permanecieron enredados en mi camisa.

—Buenas noches, Adrien.

—Buenas noches, Evie.

Desapareció por la puerta lateral.

Esperé quince minutos.

No porque quisiera obedecer el protocolo de Bash.

Porque necesitaba tiempo para aprender a respirar sin ella dentro de la habitación.

* * *

Bash entró cuando el vehículo de Evie se encontraba a varias calles.

—Está en ruta hacia la residencia —informó.

—¿Naomi?

—Cree que la reunión fue con un informante vinculado a Mercer.

—Bien.

Bash me observó.

—Beatrice preguntó dónde estabas.

—¿Qué respondiste?

—Que estabas revisando asuntos de seguridad.

—También es cierto.

—No estoy seguro de que todavía distingas la verdad de una frase que no puede demostrarse falsa.

Tomé mi chaqueta.

—Ginny está influyendo demasiado en ti.

—¿Se lo contaste?

—¿A Ginny?

—A Evie. Lo de Isabella.

—No existe un compromiso.

Bash cerró los ojos.

—Eso es un no.

—No era el momento.

—Nunca lo será mientras creas que puedes conservarla mediante el silencio.

—La tercera voz acaba de mencionar a una princesa. No pondré en riesgo una negociación internacional por una conclusión que todavía no comprendemos.

—No estás protegiendo una negociación. Estás protegiéndote de su reacción.

—No te he pedido una evaluación moral.

—Solo vehículos, agentes y casas donde puedas mentir con mayor comodidad.

Me acerqué.

Bash no retrocedió.

—Ten cuidado.

—¿Eso es una amenaza?

—Una advertencia de tu mejor amigo.

—No necesito otra.

—Por eso nadie consigue detenerte.

Me entregó el teléfono.

—Evie acaba de llegar a la residencia.

La tensión abandonó parte de mi cuerpo.

Bash lo vio.

—Estás enamorándote de ella.

—No.

La negación fue automática.

Ridícula.

Bash observó el estudio.

El piano.

Los restos de la cena sobre el suelo.

La forma en que yo todavía miraba la puerta.

—Naturalmente —respondió.

Salimos por separado.

* * *

Isabella había enviado otro mensaje.

Mañana a las ocho. Elegiré el restaurante y no habrá representantes.

Debajo aparecía una fotografía del menú.

Respondí:

Llegaré a tiempo.

Después abrí la conversación con Evie.

Ya estoy dentro. Naomi cree que la fuente fue útil.

¿Lo fue?

Evie tardó varios segundos.

Demasiado.

Sonreí.

Presuntuoso.

Mentirosa.

Buenas noches, Adrien.

Buenas noches, Evie.

Los tres puntos volvieron a aparecer.

Desaparecieron.

Finalmente llegó otro mensaje.

La canción era sobre ti.

Observé la frase hasta que las letras comenzaron a perder su forma.

Nadie había escrito una canción sobre mí.

Habían escrito discursos, perfiles, artículos y evaluaciones de riesgo. Mi familia llevaba décadas construyendo documentos destinados a explicar qué función debía cumplir.

Evie había convertido en música algo que todavía no se atrevía a decirme.

Escribí:

Termínala.

La respuesta llegó inmediatamente.

Tendrás que darme una razón.

Guardé el teléfono contra el pecho.

Yo tenía cientos.

Su rabia.

Su voz.

La cicatriz bajo su barbilla.

La forma en que me escuchaba sin intentar corregirme.

La manera en que pronunciaba mi nombre cuando olvidaba que debía odiarme.

Y el silencio que dejaba después, cuando permanecer junto a ella resultaba más sencillo que continuar huyendo.

Bash tenía razón.

Ya no se trataba únicamente de deseo.

Me estaba enamorando de Evie hasta la médula.

No me hizo más noble.

Solo consiguió que la idea de perderla resultara insoportable.

Y por eso decidí continuar ocultándole la verdad.

No porque creyera tener derecho a conservarla.

Porque el miedo consiguió que el silencio se pareciera demasiado a la protección.

Era una mentira. La peor era que yo todavía fingía no reconocerla.