Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

La segunda fue mejor.

A la tercera, sus manos se aferraron a mis brazos.

—No me dejes —susurró.

—No lo haré.

La promesa resultó fácil.

Siempre lo eran cuando todavía no exigían elegir entre dos personas.

Alexander apoyó la frente contra mi hombro. Sentí el temblor recorrer todo su cuerpo.

La puerta se abrió.

Mi madre apareció junto al médico y dos agentes.

Me aparté solo cuando ella ocupó mi lugar.

Antes de salir, miré a mi hermano.

Alexander parecía una víctima porque lo era.

Lawson había invadido su cuerpo, su privacidad y sus recuerdos. Había utilizado su enfermedad para convencerlo de que la vergüenza era una forma de protección.

No dudé de él.

Ni siquiera durante un segundo.

* * *

Isabella llegó a las diez.

Yo descendí a las diez y cuatro.

Esperaba junto a un automóvil negro, protegida de la lluvia por un paraguas sostenido por uno de sus agentes. Llevaba pantalones blancos, un abrigo rojo y el cabello negro recogido en una cola alta.

Consultó el reloj.

—Cuatro minutos.

—Alexander tuvo otro episodio.

La irritación abandonó su rostro.

—¿Está bien?

—El médico está con él.

Isabella cerró el paraguas y subió al vehículo sin exigir explicaciones.

Me senté a su lado.

—Podemos cancelar —dijo.

—No.

—No necesitas demostrar nada.

—No lo hago.

—Estás preocupado por él.

—Siempre estoy preocupado por él.

El vehículo comenzó a avanzar.

Isabella dejó una mano abierta sobre el asiento entre nosotros.

No intentó tocarme primero.

La elección quedó frente a mí.

Coloqué la mano sobre la suya.

Sus dedos se cerraron.

—No preguntaré detalles que Alexander no quiera compartir —dijo—. Pero no tienes que fingir conmigo.

—No finjo.

—Adrien.

Miré por la ventana.

—Recordó algo relacionado con Lawson.

—¿Importante?

—Podría serlo.

—¿Quieres hablar?

—No.

—De acuerdo.

Isabella no retiró la mano.

Aquello era parte de su peligro.

Evie desafiaba cada muralla hasta obligarme a sentir su existencia.

Isabella se sentaba junto a ella y esperaba a que yo decidiera abrir una puerta.

—¿Te arrepientes de haberme besado? —preguntó.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Isabella me estudió.

—¿Estabas pensando en otra mujer?

—No.

También era cierto.

Mientras la había besado, no existía nadie más.

—Bien.

—Te gusta esa palabra.

—Me gusta saber dónde estoy.

La culpa se movió dentro de mí.

Isabella sabía dónde se encontraba respecto a un beso.

No sabía que unas horas después había sostenido a Evie contra la pared de una casa secreta.

—¿Qué hiciste anoche? —preguntó.

La lluvia golpeaba los cristales.

Podía contarle que había visto a Evie y arriesgarme a que la información llegara a nuestros equipos, a ambas familias o a la prensa.

Podía negarlo.

Elegí una opción más limpia.

—Leí el informe de Lawson y dormí poco.

Dos hechos ciertos separados por varias horas de mentira.

Isabella sostuvo mi mirada.

—¿Nada más?

—Nada relevante para nuestra agenda.

Sus dedos se abrieron debajo de los míos.

Retiró la mano.

—No me agrada esa respuesta.

—No tienes por qué conocer cada movimiento de mi vida.

—Todavía no.

No insistió.

No necesitó hacerlo.

La posibilidad de un futuro juntos ya estaba dentro del vehículo, observándome desde el espacio que había aparecido entre nuestras manos.

* * *

La reunión de la fundación duró una hora.

Isabella cuestionó presupuestos, rechazó una campaña que utilizaba fotografías de niños como decoración emocional y consiguió que un director duplicara los fondos destinados a atención psicológica sin elevar la contribución de la Corona.

La observé desde el otro extremo de la mesa.

No era una obligación.

Era inteligente.

Ambiciosa.

Capaz de construir una vida conmigo sin quedar reducida a una extensión de mi apellido.

Cuando terminamos, caminamos hacia un salón privado.

Isabella cerró la puerta.

—No pienso retirarme —dijo.

—Nadie te lo ha pedido.

—Tu padre considera que las fotografías con Evie han debilitado la propuesta.

—Mi padre contempla el mundo entero como una negociación.

—Y tú también.

Se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla.

—Quiero tiempo real contigo.

—Esto era tiempo real.

—Había doce personas, tres abogados y un presupuesto anual.

—Algunas parejas han construido matrimonios sobre menos.

—No quiero ser una pareja negociada.

Se acercó.

—Quiero saber quién eres cuando no te comportas como un príncipe, un sustituto o el protector de tu hermano.

Pensé en Belgravia.

Evie dormida sobre mi pecho.

Ese hombre ya pertenecía a una habitación que Isabella desconocía.

—No estoy seguro de que exista alguien debajo de todo eso.

—Entonces lo descubriré.

Apoyó la mano sobre mi pecho.

Sus dedos quedaron peligrosamente cerca de la marca que Evie había dejado.

—Isabella.

—¿Qué?

—Ayer dijiste que querías que yo pidiera el próximo beso.

—Sí.

—No voy a hacerlo ahora.

El dolor apareció en sus ojos.

No bajó la mano.

—¿Por ella?

—Porque no quiero convertir cada conversación en una prueba.

No era una respuesta.

Isabella lo sabía.

—No soy una mujer esperando que decidas cuándo puede acercarse —dijo—. Voy a luchar por lo que quiero, pero no aceptaré migajas porque lleven una corona.

—Nunca te ofrecería eso.

—Asegúrate.

Retiró la mano y tomó el abrigo.

Antes de marcharse, me miró por encima del hombro.

—Cenarás conmigo mañana. Sin familias ni asesores.

—¿Es una orden?

—Una oportunidad.

Salió.

Me quedé solo con la certeza de que Isabella acababa de pedirme honestidad y yo había respondido protegiendo otra mentira.

* * *

Ginny me esperaba en Clarence House.

Había extendido documentos sobre una mesa de la biblioteca. Llevaba un traje color burdeos y sus trenzas oscuras caían sobre un hombro.

Bash permanecía junto a la ventana.

No me miró cuando entré.

—La policía logró limpiar parte de la tercera voz —informó Ginny.

—¿La identificaron?

—No.

—Entonces limpiaron poco.

—La ciencia lamenta no trabajar al ritmo de tu impaciencia.

Inició la grabación.

Mercer habló primero:

—Han estará en posición. ¿Qué quiere que hagamos después de la interrupción?

La tercera voz contestó.

La distorsión seguía siendo considerable, pero ahora se distinguía una cadencia británica.

—Nada. Adrien se ocupará del resto.

Mercer volvió a hablar:

—¿Y si no se interesa por ella?

Una pausa.

—Lo hará.

El audio terminó.

—¿Qué determinaron? —pregunté.

Ginny señaló un informe.

—La tercera persona podría tener entre treinta y cincuenta años. La pronunciación sugiere educación privada y la alteración digital fue agregada después de grabar el archivo.

—Eso describe a la mitad de las personas que trabajan para la Corona.

—Incluido tú —respondió.

—¿Metadatos?

—La versión más antigua se creó desde un dispositivo conectado a una red institucional. Puede pertenecer al Palacio, al Gobierno, al Parlamento o a una embajada.

—Entonces alguien con acceso a información oficial eligió a Evie meses antes de la gala.

—Eso parece.

—¿Por qué?

—Todavía no lo sabemos.

Bash se alejó de la ventana.

—La policía confirmó que las fotografías de Evie comenzaron hace seis meses.

—¿Qué vigilaban?

Ginny cerró la carpeta.

—Sus desplazamientos, contratos, relaciones y salud.

—¿Qué información médica?

—No te corresponde conocerla.

—Está relacionada con una amenaza contra mí.

—Sigue perteneciendo a Evie.

Tenía razón.

Lo odié.

Mi teléfono secreto vibró dentro del bolsillo.

Bash bajó los ojos hacia el movimiento.

Ginny continuó revisando documentos sin advertirlo.

No saqué el dispositivo hasta encerrarme en un baño.

Evie había enviado una fotografía.

Aparecía saliendo de una clínica de Los Ángeles con gafas oscuras y una capucha sobre la cabeza. Un hombre se distinguía en el reflejo de una ventana, sosteniendo una cámara a la altura del pecho.

Esto fue hace seis meses. La gala ni siquiera existía.

Respondí:

¿Dónde estás?

En un ensayo.

Envíame la dirección.

No.

Evie.

No hay presentación. Naomi está aquí y tenemos seguridad.

¿Reconoces al hombre?

No. La clínica trataba trastornos de ansiedad. Nadie sabía que iba.

El hecho de que me lo contara produjo algo más profundo que satisfacción.

Confianza.

Una forma de intimidad que no podía explicarse mediante el deseo.

Escribí:

¿Quieres hablar?

No por teléfono.

Nos veremos.

No volveré a esa casa.

Busqué una alternativa.

Beatrice había organizado semanas antes una grabación benéfica en un estudio perteneciente a la fundación. El edificio permanecería vacío por la noche y las reservas no estaban vinculadas con mi agenda.

No se lo pediría a mi hermana.

Ya había utilizado demasiado su afecto.

A las nueve. Estudio de Camden. Dile a Naomi que te reunirás con una fuente. Bash enviará la ruta.

Evie tardó en responder.

Otra mentira.

Una necesaria.

Eso dices de todas.

Aun así, a las ocho y media Bash informó que Evie había iniciado el traslado.

Naomi creía que se reuniría con una persona relacionada con la investigación.

Nadie más sabía que yo la esperaba.

* * *

El estudio olía a madera, polvo y cables calientes.

Había un piano de cola junto a una pared, una consola apagada y varios micrófonos detrás de un cristal. La única lámpara encendida proyectaba un círculo amarillo sobre el suelo.

Evie apareció a las nueve y cuatro.

Entró por el estacionamiento, acompañada por un agente que Bash hizo regresar antes de que llegara al pasillo interior.

Llevaba pantalones vaqueros, botas y una chaqueta de cuero sobre una camiseta blanca. El cabello oscuro estaba recogido en un moño alto y varios mechones caían alrededor de su rostro.

No sonrió cuando me vio.

—Llegaste tarde —dije.

—Cuatro minutos.

—Son míos.

—Demándame.

Cerró la puerta y comprobó dos veces el seguro.

—Naomi cree que estoy viendo a una fuente.

—Bash cree que estamos hablando de la investigación.

—Bash no cree eso.

—Es un hombre generoso con mis defectos.

—Es un cómplice.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla. Sus hombros permanecían tensos.

—¿Por qué me vigilaban antes de la gala?

—Todavía no lo sabemos.

—Odio esa respuesta.

—Yo también.

Evie comenzó a caminar. Pasó una mano sobre la consola, observó las ventanas interiores y finalmente se detuvo junto al piano.