Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La voz en la grabación

La mentira despertó conmigo.

Abrí los ojos a las seis y doce de la mañana y la encontré extendida sobre la almohada vacía, ocupando el lugar donde pocas horas antes había descansado la cabeza de Evie.

Entre Isabella y yo solo existen compromisos culturales.

Había pronunciado la frase con suficiente naturalidad para que Evie me creyera.

Ese era el problema con mentir bien: la recompensa llegaba demasiado rápido.

Evie había soltado el aire. La tensión abandonó sus hombros y durante unos segundos volvió a mirarme como si yo fuera el único hombre dentro de una habitación que no debía existir.

Después me pidió que le prometiera que lo ocurrido entre nosotros era real.

Lo hice.

Aquella parte no había sido una mentira.

No necesitaba una conspiración para desearla. Tampoco una amenaza, un hombre muerto ni dos coronas negociando mi futuro desde habitaciones cerradas.

Solo había necesitado verla furiosa bajo un foco.

Me incorporé.

El teléfono oficial descansaba sobre la mesa de noche. Un asistente lo había devuelto después de utilizarlo para confirmar que yo había permanecido toda la noche en Kensington.

Había cuatro mensajes de Julian, dos de mi madre y uno de Isabella.

Abrí el último.

He reorganizado la reunión de la fundación. Te recogeré a las diez. No llegues tarde.

Debajo había añadido:

No es una petición.

Sonreí.

Recordé su boca sobre la mía en el balcón de la Cámara de Comercio. Sus brazos alrededor de mi cuello. La seguridad con la que había respondido al beso, sin fingir indiferencia ni disculparse por quererme.

Después recordé a Evie acostada sobre mi pecho.

Su risa dentro de la oscuridad.

Los dedos recorriendo la cicatriz de mis costillas.

La manera en que se había quedado dormida mientras mi mano permanecía enredada en su cabello.

Deseaba a las dos.

No de la misma forma.

Isabella representaba una vida que podía explicarse mediante tratados, comunicados y retratos oficiales. Era inteligente, ambiciosa y había sido educada para caminar junto a un hombre como yo sin permitir que su sombra la cubriera.

Evie era lo inexplicable.

La puerta trasera.

La canción sin micrófono.

La única persona junto a la cual no quería encontrar una forma de escapar.

Quizá aquello debió facilitar mi elección.

Solo consiguió que deseara conservarlas con mayor fuerza.

Me levanté y caminé hacia el baño.

El espejo devolvió la imagen de un hombre con el cabello desordenado, ojeras profundas y tres marcas rojizas bajo la clavícula.

Evie.

Pasé los dedos sobre una de ellas.

La culpa llegó.

No porque hubiese permitido que me tocara.

Porque me gustaba llevar sobre la piel algo que Isabella no podía ver.

* * *

Beatrice esperaba en el comedor privado.

Estaba sentada frente a una bandeja de desayuno con una pierna doblada debajo del cuerpo. Llevaba pantalones deportivos, un suéter azul y el cabello rubio recogido en lo alto de la cabeza. Tres teléfonos estaban distribuidos junto a su plato.

Alzó los ojos cuando entré.

Después miró el reloj.

—Dormiste mucho.

—La juventud permite ciertos excesos.

—Tienes treinta y un años.

—La monarquía prolonga artificialmente la adolescencia.

Me serví café.

Beatrice observó mi ropa. Me había cambiado antes de bajar, pero una de las marcas asomaba sobre el cuello de la camisa.

Sus ojos se detuvieron allí.

Subí otro botón.

—¿Dónde estabas anoche? —preguntó.

—En mis habitaciones.

—Entré a las dos.

—Eso plantea más preguntas sobre ti que sobre mí.

—La cama no había sido utilizada.

—Tal vez estaba en el baño.

—Durante cuarenta minutos.

—Tengo una relación compleja con la higiene.

Mi hermana no sonrió.

—Bash tampoco estaba.

—Es mi jefe de seguridad. Su trabajo suele involucrar mi presencia.

—Cambió el automóvil, reemplazó a dos agentes y dejó de responderme durante tres horas.

Tomé un sorbo de café.

—¿Interrogas habitualmente a mi personal?

—Solo cuando mientes.

—Entonces deben tener una agenda ocupada.

Beatrice apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Estuviste con Evie?

No respondí.

Una negación demasiado rápida habría confirmado que la pregunta había encontrado su objetivo.

—Estuve donde seguridad consideró conveniente.

—Eso no es un no.

—Tampoco una autorización para continuar.

Beatrice volvió a mirar la marca de mi cuello.

—¿Isabella sabe dónde estabas?

—No necesitas preocuparte por Isabella.

—Me preocupo por las mujeres que se acercan a ti.

—Una afición innecesariamente extensa.

—No es gracioso.

—No pretendía serlo.

La herí.

Vi el instante exacto.

Mi hermana retiró las manos de la mesa.

—No sé si estuviste con Evie —dijo—, pero sé que escondes algo. También sé que cada vez que alguien se acerca a descubrirlo te vuelves cruel.

—Quizá deberías aprender a mantener la distancia.

Beatrice quedó inmóvil.

Había querido detenerla.

Lo conseguí.

Se puso de pie y guardó los teléfonos uno por uno.

—No voy a seguirte ni a preguntarle nada a Bash.

—Es una decisión sorprendentemente sensata.

—Pero tampoco voy a ayudarte.

—No te lo he pedido.

—Todavía.

Se dirigió hacia la puerta.

—Beatrice.

Mi hermana se detuvo, aunque no se volvió.

Podía disculparme.

Solo necesitaba pronunciar dos palabras.

En cambio, pregunté:

—¿Qué hará Asteria con Evie?

Los hombros de Beatrice se tensaron.

—La suspendieron de las actividades públicas en Londres porque se negó a respaldar una declaración sobre el beso.

Mi mano se cerró alrededor de la taza.

—¿Qué declaración?

Beatrice me mostró uno de los teléfonos.

El texto afirmaba que Evie se encontraba alterada después del accidente y que yo había malinterpretado su estado emocional. No decía que el beso hubiera ocurrido sin su consentimiento.

Lo insinuaba con suficiente precisión para destruirme sin formular una acusación legal.

—Ella lo rechazó —explicó—. Naomi pidió asesoría a la abogada que recomendó Ginny.

—¿Intervino la fundación?

—No.

—Bien.

—No porque tú me lo ordenaras. Porque Evie no quiere que nadie convierta su trabajo en otra herramienta para controlarla.

Me entregó el teléfono.

—No utilices su seguridad como excusa para decidir qué puede saber.

La frase me tensó.

Beatrice lo advirtió.

Sus ojos grises se clavaron en los míos.

—No sé qué estás haciendo —continuó—. Pero espero que tú sí.

Salió.

Esta vez cerró la puerta con suavidad.

La incertidumbre de mi hermana sobrevivía.

El secreto también.

Debería haber sentido alivio.

Solo sentí que acababa de utilizar la confianza de Beatrice de la misma forma en que utilizaba la de Evie: entregándole la cantidad exacta de verdad necesaria para conservar el control.

* * *

Alexander desayunaba en la biblioteca de Clarence House.

Lo encontré sentado junto a la ventana, vestido con pantalones grises y un suéter azul oscuro. El cabello castaño caía sobre su frente y las sombras bajo sus ojos parecían haberse profundizado durante la noche.

Un plato permanecía intacto sobre la mesa.

—Madre dijo que dormías —comenté.

—Lo intenté.

—¿El médico te vio?

—Dos veces. Si vuelve a tomarme la presión, utilizaré el aparato para estrangularlo.

Me senté frente a él.

—Eso sería un uso poco convencional de la medicina preventiva.

Alexander sonrió débilmente.

Sus dedos sostenían una taza. Temblaban.

No lo mencioné.

—¿Cómo fue la recepción? —preguntó.

—Productiva.

—¿En términos económicos o románticos?

—Empiezo a arrepentirme de haber defendido tu intimidad.

—Isabella cenó aquí.

—Lo sé.

—Parecía satisfecha.

Pensé en el beso.

—Fue una buena recepción.

—Naturalmente.

Alexander dejó la taza.

—¿Y tú qué hiciste después?

La pregunta parecía casual.

Mantuve el rostro inmóvil.

—Regresé a Kensington.

—¿Dormiste?

—Poco.

No era completamente falso.

Mi hermano asintió sin sospechar nada.

Una punzada incómoda apareció bajo mis costillas.

Alexander confiaba en mí con una facilidad que no merecía.

—Recordé otra cosa —dijo.

Toda mi atención regresó a él.

—¿Sobre Lawson?

—No sé si ocurrió en el almacén o durante Escocia. Los recuerdos aparecen separados, como fotografías mezcladas.

—¿Qué viste?

—Nada. Estaba oscuro.

Su respiración cambió.

Más rápida.

Superficial.

—Escuché a Lawson hablando con alguien. No reconocí la otra voz. Creían que estaba inconsciente.

—¿Qué dijeron?

Alexander presionó dos dedos contra la sien.

—Lawson dijo que yo no resistiría la presión y que padre tendría que recurrir a ti. La otra persona respondió que tú siempre elegías aquello que parecía una salida.

—¿Mencionaron a Isabella?

—No.

Sus dedos se apretaron alrededor de la taza.

—Lawson dijo algo más: “El segundo hijo elegirá la jaula si cree que dentro está la mujer que ama”.

Un frío lento recorrió mi espalda.

—¿Estás seguro de las palabras?

—Es lo único que recuerdo con claridad.

La jaula podía ser España.

La sucesión.

El matrimonio.

También podía ser Evie.

Si alguien la había seleccionado para llamar mi atención, quizá Lawson no pretendía únicamente provocar un escándalo. Tal vez esperaba que intentara protegerla hasta destruir cualquier posibilidad de futuro con Isabella.

O que eligiera voluntariamente un lugar desde el cual pudieran controlarme.

—¿Cuándo ocurrió? —pregunté.

—He dicho que no lo sé.

La taza se rompió entre sus manos.

Me levanté.

El café cayó sobre sus pantalones y varios fragmentos de porcelana quedaron dentro de sus palmas.

—No me toques —dijo.

Me detuve.

Alexander miraba algo detrás de mí.

Sus pupilas parecían desenfocadas.

—Soy Adrien.

No reaccionó.

—Alexander, mírame.

Se puso de pie con demasiada rapidez. La silla cayó.

—No voy a volver a esa habitación.

—No estás allí.

—Dile a Lawson que no puede tocarme.

—Lawson está muerto.

Mi hermano retrocedió hasta chocar contra la pared. Respiraba como si acabara de correr.

Le mostré las manos antes de acercarme.

—Voy a tocarte. ¿De acuerdo?

No respondió.

Apoyé lentamente las palmas sobre sus hombros.

Su cuerpo estaba rígido.

—Estás en Clarence House —dije—. En la biblioteca. Es martes por la mañana. Lawson no está aquí.

Sus ojos se movieron hasta encontrar los míos.

—Adrien.

—Sí.

—No puedo respirar.

—Puedes. Hazlo conmigo.

Inhalé despacio.

Alexander intentó imitarme.

La primera vez no consiguió completar el movimiento.