CAPÍTULO 6 #4
—Las dos cosas no se excluyen.
Aparté la mirada.
Evie volvió a apoyar la cabeza sobre mí.
No intentó obligarme a responder.
Permanecimos en silencio.
Escuché cómo su respiración se volvía más lenta. Sentí el peso de su cuerpo, el calor de su mejilla y los dedos todavía enredados en mi camisa.
Por primera vez en años, no deseé encontrar otra habitación, otra conversación ni una forma de escapar.
No tenía que entretenerla.
No tenía que ser un príncipe.
No tenía que salvarla durante aquellos minutos.
Solo permanecer.
Aquella certeza me asustó más que el deseo.
Porque podía esconder un beso.
Podía ocultar una cita.
No sabía cómo esconder que la presencia de Evie empezaba a sentirse como el único lugar donde no interpretaba un papel.
* * *
El teléfono desechable sonó cerca de la medianoche.
Evie despertó sobre mi pecho.
—No respondas —murmuró.
Quería obedecerla.
El teléfono volvió a sonar.
—Solo Bash conoce el número.
Atendí.
—¿Qué ocurre?
—Interceptaron un paquete dirigido a la residencia —respondió—. Lleva el nombre de Evie.
Ella se incorporó.
—¿Qué contiene?
—Una carpeta y una memoria. No hay explosivos, pero la policía todavía no los abre. El remitente es falso y la fecha de envío es anterior a la muerte de Lawson.
Evie ya estaba poniéndose las botas.
—Regresaré.
—Naomi cree que continúas reunida con una fuente —dijo Bash—. Está preguntando cuánto tardarás.
La mentira apareció entre nosotros.
Evie se colocó el abrigo.
—Saldré primero.
—Te acompañaré.
—No.
—Evie.
—Si llegamos juntos, todos sabrán que nos vimos.
—No me importa.
—A mí sí. Asteria utilizará cualquier movimiento contra mí.
La verdad no evitó que doliera.
Evie se puso la gorra.
Antes de salir, regresó, me sujetó por el cuello abierto de la camisa y me besó lentamente.
—Espera quince minutos.
—No me gusta.
—No es una negociación.
—Todo es una negociación.
Su sonrisa rozó mi boca.
—Entonces considera que acabo de ganar.
Desapareció por la puerta interior.
Me quedé solo en el pasillo.
Mi teléfono oficial estaba en Kensington para demostrar que yo también permanecía allí.
Isabella probablemente creía que reflexionaba sobre nuestro beso.
Evie no sabía que había ocurrido.
Alexander confiaba en que estaba protegiéndome de Lawson.
Beatrice creía que todavía podía decidir ser mejor.
Todos estaban equivocados.
No porque yo ignorara lo que hacía.
Porque lo sabía perfectamente.
Y había decidido que, mientras nadie descubriera la verdad, no tendría que renunciar a nada.
* * *
La policía abrió la caja a la una y veinte.
La carpeta negra llevaba el nombre de Evelyn Han. Contenía horarios, evaluaciones psicológicas elaboradas por Asteria, informes médicos, contratos y fotografías tomadas durante los últimos seis meses.
La memoria guardaba varias grabaciones.
En una participaban Daniel Mercer, un ejecutivo de Asteria y una tercera persona cuya voz no había sido identificada.
La conversación se había producido dos meses antes de la gala.
Mercer habló primero:
— La invitación del Palacio está confirmada. Han debe permanecer en el centro de la presentación.
El ejecutivo respondió:
— Naomi suele ocupar esa posición durante los eventos institucionales.
— Entonces modifiquen la formación.
— Evie preguntará por qué.
La tercera voz intervino:
— No necesita comprenderlo. Solo debe estar donde él pueda verla.
El audio terminaba allí.
Evie me llamó desde el teléfono de Naomi.
—¿“Él” eres tú? —preguntó sin saludar.
—No lo sabemos.
—Alguien cambió nuestra presentación para colocarme frente a ti.
—Eso parece.
—¿Tu familia sabía algo?
—No.
La respuesta llegó con suficiente rapidez para resultar convincente.
—¿Isabella?
—No tiene relación con esto.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque su visita pertenece a compromisos culturales diferentes.
No era una mentira completa.
Solo había mutilado la verdad hasta volverla irreconocible.
—¿Eso es todo lo que existe entre ustedes? —preguntó Evie.
Pensé en la boca de Isabella.
En sus brazos alrededor de mi cuello.
En la promesa de luchar por mí.
—Sí.
La mentira fue limpia.
Evie dejó escapar una respiración.
—Entonces alguien me eligió antes de que nos conociéramos.
—Eso no significa que lo ocurrido entre nosotros estuviera planeado.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque nadie podría haber previsto cuánto ibas a irritarme.
Una risa breve escapó de ella.
Había funcionado.
—Adrien.
—¿Qué?
—No quiero que lo nuestro forme parte de esto.
—No lo es.
—Promételo.
Cerré los ojos.
—Te lo prometo.
Cuando terminó la llamada, permanecí con el teléfono en la mano.
Evie acababa de confiarme la parte de sí misma que más temía perder: la certeza de que sus sentimientos eran reales.
Yo la había tranquilizado con una mentira.
No sentí orgullo.
Porque desearla ya no era un accidente.
El silencio junto a ella había significado más que todos los besos que había recibido durante mi vida.
Y empezaba a enamorarme de Evie de la única forma que conocía:
con miedo suficiente para confundir el secreto con protección.
Todavía no comprendía que amar a alguien no volvía aceptable ocultarle la verdad.