CAPÍTULO 6
Lo que nadie debía saber
La fotografía de nuestro beso alcanzó diez millones de reproducciones antes del desayuno.
A las ocho de la mañana ya existían análisis sobre la posición de mis manos, la inclinación del rostro de Evie y el tiempo exacto durante el cual nuestras bocas habían permanecido unidas.
Catorce segundos.
Internet había contado.
Yo también.
A las ocho y cuarto, un experto en lenguaje corporal aseguró que Evie buscaba protección emocional.
A las ocho y media, otro afirmó que yo había utilizado una técnica de seducción propia de hombres con poder institucional.
A las nueve, una mujer estadounidense explicó durante siete minutos que la manera en que Evie sujetaba mi chaqueta demostraba que planeábamos casarnos.
Dos casas reales llevaban meses organizando esa posibilidad sin acercarse tanto a ella como una fotografía desenfocada.
Me encontraba en el comedor privado de Kensington.
Las cortinas estaban abiertas y una lluvia fina golpeaba los ventanales. Había una bandeja de desayuno frente a mí, pero solo había tocado el café.
Beatrice ocupaba la silla contraria con una pierna doblada debajo del cuerpo. Llevaba pantalones deportivos, un suéter azul y el cabello rubio sujeto en lo alto de la cabeza. Tres teléfonos estaban distribuidos junto a su plato.
—Deja de verla —dijo.
—Estoy estudiando las consecuencias diplomáticas.
—Estás mirando la boca de Evie.
—También tiene consecuencias diplomáticas.
Beatrice deslizó el dedo sobre una pantalla.
—En Corea del Sur creen que fue romántico. En Estados Unidos discuten si eres atractivo o solo británico. En España están ofendidos en nombre de Isabella, aunque nadie ha anunciado oficialmente que exista algo entre ustedes.
—Porque no existe.
Mi hermana levantó los ojos.
—Existe una carpeta que dice lo contrario.
—Una negociación preliminar no es una relación.
—Besar a Evie tampoco lo era hasta que diez millones de personas lo vieron.
Dejé la taza.
La noche anterior había releído tres veces la confesión de Lawson.
Después había pasado una hora revisando el teléfono secreto.
Evie y yo nos reuniríamos aquella noche.
Faltaban once horas.
Había comenzado a contarlas antes de levantarme.
—¿Qué dice Asteria? —pregunté.
La expresión de Beatrice perdió parte de su diversión.
—Suspendieron a Evie de las actividades públicas en Londres.
Mi mano se cerró alrededor de la taza.
—¿Por el beso?
—Por negarse a respaldar una declaración.
Me mostró el borrador.
El texto afirmaba que Evie se encontraba alterada después del accidente y que yo había malinterpretado su estado emocional. No decía directamente que el beso hubiese ocurrido sin su consentimiento.
Lo insinuaba con suficiente precisión para destruirme sin formular una acusación legal.
—Ella rechazó esto.
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Naomi me escribió.
—¿Desde cuándo tiene tu número?
—Desde que la ayudé a evitar que Asteria castigara a una integrante.
—No debes intervenir en una disputa contractual.
—No lo hice. Le recomendé una abogada independiente y envié los datos públicos de la fundación.
—Beatrice.
—No amenacé a nadie.
—Lo estabas considerando.
—Naturalmente.
Se levantó y caminó hasta la ventana. Mi hermana siempre se movía cuando estaba preocupada. Permanecer quieta le exigía un tipo de control que todavía no había aprendido a fingir.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—Nada públicamente.
Se volvió.
—Eso es nuevo.
—Cuantas más personas relacionen mis movimientos con Evie, más fácil será seguirla. No puedo aparecer en su residencia cada vez que Asteria cometa una estupidez.
—¿Por eso planeas verla en otro lugar?
No respondí.
Beatrice cruzó los brazos.
—Estuviste hablando con ella anoche.
—También hablé contigo.
—No utilizaste un teléfono secreto para hacerlo.
—¿Revisas mis dispositivos?
—Vi cómo lo escondías cuando Alexander entró en la biblioteca.
—Eso no te autoriza a interrogarme.
—¿Van a encontrarse?
Tomé otro sorbo de café.
Mi hermana cerró los ojos.
—Adrien.
—No necesitas conocer la respuesta.
—No pienso ayudarte a convertir la fundación en la coartada de una aventura.
—No te lo he pedido.
—Utilizaste la fundación para evitar que Asteria la suspendiera.
—Te pedí que protegieras una campaña vinculada con tu patronato. La decisión fue tuya.
—Siempre haces eso.
—¿Qué cosa?
—Construyes una situación donde la única opción decente es ayudarte y después finges que nadie estaba obligado.
Era casi exactamente lo que Bash había dicho.
No me gustó descubrir que ambos me conocían tan bien.
—La reunión no tiene relación contigo.
—¿Isabella sabe?
—No existe un acuerdo con Isabella.
—Pero existe una negociación.
—Confidencial.
—Para Evie o para tu conveniencia.
—No es asunto tuyo.
—Soy tu hermana.
—Eso no te da derecho a dirigir mi vida.
—No. Solo me obliga a ver cómo destruyes la de otras personas.
La frase me irritó porque sentí el temor de que fuera cierta.
—No la lastimaré.
—¿Le contarás la verdad?
—No existe nada que contar.
—Eres un hijo de puta.
—La opinión pública suele coincidir.
—No era una broma.
—Lo sé.
Beatrice tomó sus teléfonos.
—No me utilices para llegar hasta Evie.
—No lo haré.
—Y no utilices su seguridad para justificar que le mientes.
—¿Le dirás algo?
Mi hermana giró lentamente la cabeza.
El parecido con nuestra madre apareció en la frialdad de sus facciones.
—No voy a exponerla. No significa que esté protegiéndote.
Cerró la puerta.
Me quedé solo.
Sabía que tenía razón.
También sabía que a las nueve estaría en la casa de Belgravia.
El conocimiento no produjo arrepentimiento.
Solo me recordó que tendría que ser más cuidadoso.
* * *
Mi padre convocó un consejo familiar a las diez.
Solo estábamos presentes él, mi madre, Alexander, Isabella y yo. Beatrice había sido excluida por razones de discreción, una expresión que significaba que había demostrado poseer opiniones.
La fotografía del beso estaba impresa sobre la mesa.
Mi padre había elegido el instante exacto en que la mano de Evie se hundía en mi cabello y la mía se extendía sobre su cintura.
—Debemos neutralizar esto —dijo.
—Eso parece difícil sin retroceder en el tiempo.
Mi madre juntó las manos.
—Asteria publicará una aclaración.
—Evie no la respaldará.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó mi padre.
—La declaración se filtró. Se negó.
—Entonces su empresa deberá controlar a su artista.
—No es una propiedad.
—Tiene obligaciones contractuales.
—También derechos.
Isabella permanecía de pie junto a la chimenea.
Llevaba un vestido rojo oscuro de manga larga. El cabello estaba recogido en una cola baja y sus labios tenían el mismo color profundo que la tela.
No había fragilidad en su postura.
Tampoco resignación.
—La Casa de Valcázar propone cancelar las actividades públicas de esta semana —informó mi padre.
—Mi padre lo propone —corrigió Isabella—. Yo no.
El rey levantó la mirada.
—La situación se ha vuelto incompatible con el propósito de su visita.
—El propósito de mi visita es comprobar si Adrien y yo podemos construir algo juntos. Una fotografía no responde esa pregunta.
—La opinión pública interpretará su permanencia como una aceptación de su conducta.
—No necesito que la opinión pública defina lo que estoy dispuesta a aceptar.
Isabella caminó hacia la mesa y tomó la fotografía.
La estudió sin prisa.
Después la dejó frente a mí.
—Ayer reconociste que querías besarla.
—Sí.
—¿Has vuelto a verla desde el accidente?
La pregunta me sorprendió.
—No.
Era cierto.
Durante unas horas más.
—¿Piensas hacerlo?
Podía mentir.
Beatrice ya sospechaba.
Bash lo sabía.
Isabella merecía una respuesta.
—Sí.
Mi madre cerró los ojos.
Mi padre permaneció inmóvil.
Alexander concentró un interés excesivo en su taza.
Isabella me sostuvo la mirada.
La respuesta la hirió.
No permitió que nadie pudiera observarlo durante más de un segundo.
—Bien —dijo.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Bien?
—Prefiero conocer el terreno antes de decidir cómo avanzar.
Se volvió hacia mis padres.
—No regresaré a España. Tampoco fingiré que la fotografía no existe ni participaré en una campaña destinada a desacreditar a Evelyn Han.
—Entonces ¿qué propone? —preguntó mi madre.
—Continuar con los encuentros.
—Isabella —dije.
—Todavía no he terminado.
Su tono me hizo callar.
—No vine para que nuestras familias me entregaran un marido preparado. Vine porque quiero a Adrien y porque considero que podemos construir una unión poderosa.
No dijo que me había querido en silencio.
No suplicó una oportunidad.
Negoció.
—Evie lo desea —continuó—. Eso es evidente. Adrien también la desea. Pero el deseo no equivale a una decisión.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No pienso retirarme antes de que tengas que tomarla.
—No soy un premio.
—No. Eres un hombre que lleva toda la vida dejando que otros decidan por él y después los culpa por el resultado.
Alexander dejó la taza.
Mi padre parecía casi impresionado.
Yo no.
Porque Isabella tenía razón y había elegido demostrarlo delante de mi familia.
—No competirás por mí.
—Ya lo estoy haciendo.
—No tienes por qué.
—No necesito que me protejas de una decisión que tomé conscientemente.
La frase podría haber pertenecido a Evie.
Tal vez por eso consiguió silenciarme.
Isabella se volvió hacia mis padres.
—Mis condiciones son simples. No cancelarán mis compromisos. No publicarán declaraciones en mi nombre sin aprobación y no utilizarán mi presencia para atacar a Evie. Si cualquiera de esos términos se incumple, regresaré a España y explicaré públicamente por qué.
Mi padre se recostó en el sillón.
—Eso perjudicaría a ambas casas.
—Por eso confío en que aceptará.
Había acorralado al rey de Inglaterra con una sonrisa.
Mi padre asintió.
—De acuerdo.
Isabella tomó sus guantes.
—Adrien y yo asistiremos esta tarde a la recepción de la Cámara de Comercio.
—Puedo cancelar.
—Yo no.
Pasó junto a mi silla y apoyó brevemente una mano sobre mi hombro.
—Llegarás a tiempo.
No fue una petición.
Alexander esperó hasta que la puerta se cerró.
—Me agrada —dijo.
—A todos parece agradarles más la mujer con la que pretenden organizar mi vida.
—Isabella no parece dispuesta a permitir que nadie organice la suya.