Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 6 #2
26%

CAPÍTULO 6 #2

—Eso no mejora la situación.

—No. La vuelve más interesante.

Mis padres salieron para hablar con los asesores españoles.

Alexander permaneció sentado. La camisa azul claro resaltaba su palidez y el cabello castaño caía sobre su frente.

—¿Vas a ver a Evie esta noche? —preguntó.

Lo miré.

—¿Ahora todos investigan mis movimientos?

—Beatrice entró en mi habitación enfadada y Bash solicitó reemplazar a dos agentes de tu equipo por hombres de confianza. No necesito una investigación.

—No es asunto tuyo.

—Tienes razón.

La facilidad con que aceptó me desarmó.

—Solo quiero que tengas cuidado —continuó.

—¿Con Evie?

—Contigo.

Se inclinó hacia delante.

—Crees que puedes mantener separadas dos vidas porque aprendiste a moverte entre habitaciones sin ser visto.

—No existe una relación con ninguna.

—Entonces ¿por qué la visita debe ser secreta?

—Evie está amenazada y Asteria utiliza cada fotografía contra ella.

—Eso explica por qué nadie debe fotografiarlos. No explica por qué Isabella no puede saberlo.

—Acabo de decirle que pienso verla.

—No le dijiste dónde, cómo ni qué esperas que ocurra.

—Tampoco tengo que entregarle un informe.

Alexander me observó durante varios segundos.

No había juicio en su rostro.

Solo preocupación.

—No necesitas romper una promesa para traicionar la confianza de alguien.

Me levanté.

—Ocúpate de recuperarte.

La frase fue cruel.

Vi cómo atravesaba a mi hermano.

No la retiré.

Ser un hijo de puta resultaba más sencillo cuando conseguía que los demás dejaran de hacer preguntas.

* * *

La recepción de la Cámara de Comercio se celebró en un edificio de piedra frente al Támesis.

Era el tipo de actividad para la que mi carrera resultaba útil. Había empresarios británicos, representantes españoles y acuerdos de inversión disfrazados de conversaciones junto a copas de vino.

Isabella se movía entre ellos con facilidad.

Escuchaba, formulaba preguntas y recordaba cifras. Cuando un empresario intentó explicarle con condescendencia el impacto de una alianza energética, ella respondió con datos sobre regulación europea y consiguió que el hombre pasara los siguientes diez minutos intentando recuperar su dignidad.

La observé desde el otro lado del salón.

Isabella no era solo una obligación.

Era inteligente.

Ambiciosa.

Capaz de caminar a mi lado sin quedar reducida a una extensión de mi apellido.

Cuando se reunió conmigo, apoyó una mano sobre mi antebrazo.

—Estás mirando.

—Tengo ojos.

—Esa respuesta parece menos original cada vez.

—La utilizo con demasiadas mujeres.

—Ten cuidado. Podría sentir celos.

—No pareces el tipo de mujer que siente algo que no desea.

Isabella sonrió.

—Sentir y mostrar son negociaciones diferentes.

Nos alejamos hacia un balcón interior. Las conversaciones quedaron detrás de las puertas de cristal.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté.

—Una oportunidad real.

—Eso no es específico.

—Quiero que me conozcas sin comparar cada minuto conmigo con lo que sientes por Evie.

—Acabas de mencionarla.

—Porque ocupa la habitación aunque no esté presente.

Isabella alzó una mano y acomodó el mechón oscuro que caía sobre mi ceja.

—No voy a enumerar sus defectos ni a pedir que te alejes de ella —dijo—. Voy a asegurarme de que comprendas qué puedo ofrecerte yo.

—¿Qué cosa?

—Una alianza. Una mujer capaz de enfrentarse a nuestras familias contigo. Una vida que no necesite esconderse detrás de puertas de servicio.

Pensé en la casa de Belgravia.

En la ruta que Bash preparaba.

—Eso suena como una propuesta comercial.

—Es el idioma que mejor entiendes.

—Las relaciones no son fusiones empresariales.

—Entonces deja de evaluar a las mujeres según los costos que impondrían a tu vida.

Se colocó frente a mí.

—Bésame.

—¿Una prueba?

—No. Esta vez quiero que lo hagas porque sabes que voy a responder.

Faltaban cuatro horas para mi encuentro con Evie.

Debería haberme negado.

En cambio, sujeté la cintura de Isabella y la atraje.

Ella alzó el rostro.

La besé.

Isabella respondió con seguridad. Rodeó mi cuello con los brazos y se pegó a mi cuerpo. Su boca era cálida, lenta y deliberada.

No había miedo ni urgencia.

Había promesa.

Una vida completa dentro de un gesto.

Deslicé una mano por su espalda. Isabella enterró los dedos en mi cabello y profundizó el beso.

Me gustó.

Más de lo que deseaba admitir.

Cuando se apartó, permaneció dentro de mis brazos.

—No estabas pensando en ella —murmuró.

—No.

Era cierto.

—Bien.

—Te gusta esa palabra.

—Me gusta ganar terreno.

Alisó mi chaqueta y regresó al salón.

La seguí.

Porque la deseaba.

Porque podía imaginar un futuro con ella.

Y porque aquella misma noche pensaba utilizar una salida de servicio para encontrarme con Evie.

No me sentí confundido.

Ese era el problema.

Sabía exactamente lo que quería.

A las dos.

Y todavía creía que podía conservarlas sin permitir que se encontraran con la verdad.

Regresé a Kensington a las siete y media.

Entré por la puerta principal junto a Isabella, permití que los fotógrafos capturaran nuestra despedida y esperé hasta verla subir al vehículo que la trasladaría a Clarence House para cenar con Alexander.

No la besé frente a las cámaras.

La forma en que sus dedos apretaron los míos antes de soltarlos resultó más íntima.

—Mañana —dijo.

—¿Es una orden?

—Una promesa.

Isabella sonrió y entró en el vehículo.

Permanecí en la escalinata hasta que desapareció detrás de las puertas.

El recuerdo de su boca continuaba sobre la mía.

No lo lamentaba.

Aquello debería haberme detenido.

En cambio, consulté el reloj.

Faltaba una hora y media para encontrarme con Evie.

Crucé el vestíbulo, saludé al personal y subí a mis habitaciones acompañado por Julian.

—El rey solicita que permanezca disponible durante la noche —informó.

—¿Por qué?

—Seguridad presentará el informe definitivo sobre Lawson a las nueve.

—Pueden enviarme una copia.

—Su Majestad prefiere que asista.

—Su Majestad prefiere demasiadas cosas.

Julian consultó la tableta.

—También debemos revisar los compromisos de mañana con la princesa Isabella.

—Por la mañana.

—Señor…

Me detuve frente a la puerta de mis habitaciones.

—Estoy cansado, Julian.

No era completamente falso.

Solo había omitido que pensaba agotarme de una manera distinta.

Mi secretario observó mi rostro. Llevaba suficiente tiempo trabajando conmigo para reconocer cuándo no obtendría más información.

—Enviaré el informe —dijo.

—Gracias.

Entré y cerré la puerta.

Bash esperaba junto a la ventana.

Había dejado un abrigo negro sobre la cama, una gorra y un teléfono desechable.

—La casa está preparada —informó.

—¿Alguien conoce el lugar?

—El propietario.

—Tú eres el propietario.

—Exactamente.

—¿El equipo de seguridad?

—Dos agentes vestidos de civil vigilarán la calle. Creen que protegen una reunión vinculada con la investigación. No saben quiénes estarán dentro.

—¿Naomi?

—Dejará a Evie en una propiedad contigua y regresará dos horas después. Cree que se reunirá con una fuente.

—Entonces Evie le mintió.

—También tú.

Comencé a quitarme la chaqueta.

Bash permaneció inmóvil.

—¿Qué?

—El equipo vio cuando tú e Isabella salieron al balcón.

—Espero que también vigilaran las entradas.

—No me refiero a seguridad.

—Eso suele ocurrir cuando empiezas una frase con “el equipo”.

Bash cruzó los brazos.

—La besaste.

Dejé la chaqueta sobre el respaldo de una silla.

—No es asunto tuyo.

—Me pediste que organizara una operación clandestina para que puedas reunirte con Evie. Lo convertiste en asunto mío.

—No le he prometido exclusividad a ninguna.

—Eso explica la situación jurídica, no la humana.

—Ginny ya ocupa el cargo de conciencia insoportable.

—No hablo como abogado.

—Entonces no necesito escuchar.

Bash avanzó hasta quedar frente a mí. Su cuerpo ancho bloqueó parcialmente la salida.

—Evie confía en ti.

—Apenas me conoce.

—Eso no significa que no confíe.

—Isabella sabe que voy a verla.

—Sabe que piensas verla. ¿Sabe que preparaste una casa secreta?

—No tengo que entregarle un informe de mis movimientos.

—¿Y Evie sabe que besaste a Isabella cuatro horas antes?

—No es asunto suyo.

—Lo será cuando vuelvas a besarla.

—Apártate.

Bash no se movió.

—Quieres a las dos.

—No conozco suficiente a ninguna.

—Eso no fue una negación.

—Porque no estoy obligado a darte una.

Nos miramos.

Finalmente se apartó.

—Eres un hijo de puta.

—No soy exactamente popular.

—Esta vez no era una broma.

—Lo sé.

Tomé el abrigo.

Bash me sujetó del brazo.

—Si vuelve a estar en peligro, la sacaré de allí aunque tengas que explicar dónde estabas.

—Eso espero.

—No confundas que te ayude a mantenerla viva con que apruebe lo que le estás haciendo.

Retiré el brazo.

—No le estoy haciendo nada.

—Todavía.

* * *

Salí por un pasadizo de servicio utilizado antiguamente por el personal.

Un vehículo sin distintivos esperaba en el estacionamiento subterráneo. Mi teléfono oficial permaneció en Kensington. A las nueve, un asistente entraría en mis habitaciones, encendería una lámpara y confirmaría desde mi cuenta que había recibido el informe de seguridad.

Mi familia creería que estaba dentro.

Isabella creería que reflexionaba sobre nuestro beso.

Beatrice probablemente sabría que mentía.

Solo una de aquellas cosas me preocupaba.

Que Evie no apareciera.

* * *

La casa de Belgravia estaba en silencio.

Había muebles cubiertos con sábanas en el salón y una botella de whisky sin abrir sobre la encimera. Encendí únicamente una lámpara de la cocina para evitar que las ventanas revelaran movimiento.

Faltaban veintidós minutos para la hora acordada.

Recorrí el pasillo.

Regresé.

Serví whisky.

No bebí.

A los diecisiete minutos, comprobé el teléfono.

Ningún mensaje.

A los doce, me quité la chaqueta.

A los ocho, abrí la puerta interior para asegurarme de que funcionara.

A los tres, comprendí que estaba nervioso.

No recordaba la última vez que había esperado a una mujer sin tener la certeza de que aparecería.

Las mujeres acostumbraban acudir cuando un príncipe las invitaba.

Evie no parecía particularmente impresionada por mi capacidad para abrir puertas.

Quizá por eso importaba tanto que cruzara aquella.

A las nueve y doce escuché la cerradura.

Evie entró.