CAPÍTULO 5 #3
Durante un instante creí que iba a besarme.
Isabella miró mi boca.
Después dio un paso atrás.
—Todavía no —dijo.
—¿Por qué?
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—Porque quiero que seas tú quien lo pida.
Continuó caminando hacia la siguiente sala.
La seguí.
No porque mi familia esperara que lo hiciera.
Porque quería saber qué ocurriría cuando Isabella decidiera dejar de esperar.
* * *
Al regresar a Clarence House, la policía había terminado de copiar los dispositivos de Alexander.
Mi hermano descansaba en sus habitaciones. Mi madre estaba con él. Mi padre y el investigador principal nos esperaban en la biblioteca.
Bash permanecía junto a la ventana.
En la mesa había nuevas fotografías del almacén.
El investigador señaló tres carpetas transparentes.
—Encontramos documentos financieros relacionados con Peter Lawson. Recibió pagos durante los últimos seis meses mediante una sociedad llamada Harcourt Strategic Services.
Ginny, que estaba sentada en uno de los sillones, levantó una ceja.
—No tiene relación conmigo.
—Nadie lo ha sugerido —respondió el investigador.
—Utiliza mi apellido y se dedica a ocultar dinero. Prefiero dejarlo establecido.
Ginny llevaba un vestido negro debajo de un abrigo largo. Había pasado la mañana revisando registros corporativos a solicitud de mi padre, bajo un acuerdo que le permitía trabajar para la investigación sin convertirse en asesora del Palacio.
—La sociedad fue creada hace ocho meses y disuelta la semana pasada —continuó—. Los fondos pasaron antes por dos empresas registradas fuera del Reino Unido. La primera transferencia verificable salió de Meridian Cultural Consulting.
—¿Qué es Meridian? —pregunté.
—Una intermediaria para contratos internacionales, eventos y seguridad privada.
—¿Relación con Asteria?
Ginny abrió una carpeta.
—Uno de sus consultores participó en la planificación de la gala. Daniel Mercer.
El investigador colocó una fotografía sobre la mesa.
El hombre parecía tener unos cuarenta años. Cabello castaño, barba corta y facciones tan ordinarias que probablemente resultaban útiles para pasar inadvertido.
—¿Conocía a Lawson? —pregunté.
—Coincidieron en tres operaciones oficiales —respondió Bash—. Mercer trabajaba para una empresa contratista del Gobierno.
—Entonces podía conseguir los movimientos de VANTA y Lawson aportaba el acceso al Palacio.
—Es una hipótesis —advirtió Ginny—. No una conclusión.
—¿Dónde está Mercer?
—No aparece en su domicilio y no ha respondido a Meridian desde la noche de la gala.
—¿La policía lo busca?
El investigador asintió.
—Desde esta mañana.
—¿Evie conoce su nombre?
—Asteria será informada cuando podamos determinar si alguien dentro de la compañía colaboró con él.
—No he preguntado por Asteria.
—La abogada de la señorita Han recibirá la información relevante.
Ginny me observó.
Era una advertencia para que no interviniera.
No respondí.
Mi teléfono secreto vibró dentro del bolsillo.
No lo saqué.
Aun así, sentí la atención de Bash sobre mí.
* * *
Esperé hasta quedar solo dentro de un baño para revisar el mensaje.
¿Lawson trabajaba con alguien de Asteria?
Evie no podía conocer todavía el nombre de Mercer.
Alguien le había enviado otra información o había escuchado algo dentro de la compañía.
Escribí:
¿Por qué lo preguntas?
La respuesta llegó inmediatamente:
Asteria está revisando al equipo que organizó la gala. Un consultor no aparece desde esa noche. Nadie quiere decirnos su nombre.
Podía dejar que su abogada y la policía manejaran el asunto.
Era lo correcto.
También era una forma segura de que Asteria decidiera qué debía conocer.
Contesté:
Daniel Mercer. ¿Lo reconoces?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente recibí:
Sí. Estuvo en dos ensayos. Dijo que trabajaba para el Palacio.
El frío recorrió mi espalda.
No trabajaba para nosotros.
Evie llamó.
Respondí.
—¿Estás segura de que era él?
—Lo vi dos veces. Habló con el director de la presentación y revisó la ubicación de las cámaras.
Su voz sonaba baja. Probablemente se había encerrado en alguna habitación para hablar.
—¿Interactuó contigo?
—Me preguntó si siempre ocupaba el centro.
—¿Qué respondiste?
—Que dependía de la canción.
Escuché una puerta al otro lado. Evie guardó silencio hasta que unos pasos se alejaron.
—Adrien, ¿por qué alguien de Asteria fingía trabajar para tu familia?
—Todavía no lo sabemos.
—Odio esa respuesta.
—Yo también.
—¿Dónde estás?
—Clarence House.
—¿Con Isabella?
La pregunta pareció casual.
No lo era.
—No.
—¿La viste hoy?
Miré mi reflejo.
El cabello oscuro caía sobre mi frente. Tenía la camisa abierta en el cuello y la cicatriz de la ceja parecía más clara bajo la iluminación.
—Fue un compromiso oficial.
—Eso es un sí.
—¿Te molesta?
—No.
—Te conozco demasiado para creerte.
Evie soltó una respiración.
—No sé qué existe entre ustedes.
Tuve otra oportunidad de hablar sobre las negociaciones.
No la utilicé.
—Nuestras familias comparten compromisos culturales —dije—. Isabella estará en Londres algunos días.
—Su cuenta publicó sobre nosotros antes que el Palacio.
—Su equipo lo hizo sin consultarle.
—La defiendes.
—Estoy explicando un hecho.
—Naturalmente.
Podía imaginarla poniendo los ojos en blanco.
Sonreí.
—¿Por qué llamaste realmente? —pregunté.
—Quería saber si estabas bien.
La respuesta eliminó mi sonrisa.
—¿Por qué no lo estaría?
—Encontraron el lugar donde retuvieron a tu hermano. Lawson hablaba de ti en sus grabaciones y sigues actuando como si lo único importante fuera lo que me ocurre.
No supe qué decir.
Evie continuó:
—No tienes que ser el que protege a todos durante cada minuto.
—Alguien tiene que hacerlo.
—No. Eso es lo que te dices para evitar pensar en lo que sientes.
Me apoyé contra el lavamanos.
—No me psicoanalices.
—Entonces deja de ser tan predecible.
—Pensaba que llamaste porque estabas preocupada.
—Lo estaba. Empiezo a arrepentirme.
—Evie.
—¿Qué?
—Gracias.
Silencio.
Cuando habló de nuevo, su voz era más suave.
—De nada.
La puerta del baño se abrió.
Bash entró y se detuvo al verme con el teléfono.
—Debo irme —dije.
—¿Podemos vernos?
La pregunta llegó deprisa, como si Evie temiera arrepentirse antes de terminarla.
Miré a Bash.
Él comprendió de inmediato.
—Sí.
—No en el hotel, el Palacio ni la residencia.
—Encontraré un lugar.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—Adrien…
—Esta noche todavía buscan a Mercer. No saldrás mientras no conozcamos sus movimientos.
—Eso ha sonado como una orden.
Cerré los ojos.
—Por favor, espera hasta que Bash organice una ruta segura.
La pausa duró varios segundos.
—Mañana —aceptó.
La llamada terminó.
Bash cruzó los brazos.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a pedirte.
—Quieres una casa sin cámaras, una ruta que no informe al Palacio y agentes que no sepan a quién protegen.
—Veo que podemos ahorrar tiempo.
—¿Naomi?
—Deberá conocer parte.
—¿Ginny?
—No.
—¿Beatrice?
—Mucho menos.
Bash se pasó una mano por el rostro.