CAPÍTULO 5 #2
Sonó como la de alguien a quien no le importaba qué título debía heredar para ser obedecido.
Mi padre sostuvo mi mirada.
Después asintió.
El investigador recogió sus documentos.
Ayudé a Alexander a ponerse de pie. Pasé uno de sus brazos alrededor de mis hombros y avancé con él hacia la puerta.
Mi madre nos siguió hasta el corredor.
—Llamaré al médico.
—Ya viene —dijo mi hermano.
Un hombre de cabello blanco apareció desde el otro extremo. Alexander levantó una mano para mantenerlo a distancia.
—Necesito un minuto con Adrien.
Mi madre dudó.
Después se alejó junto con el médico.
Alexander apoyó la espalda contra la pared. Tenía pequeñas gotas de sudor en la frente.
—Lo siento —murmuró.
—Deja de disculparte por estar enfermo.
—No me disculpo por eso.
Abrió los ojos.
—Me disculpo porque intenté apartarte de la sucesión sin explicarte que quizá estaba intentando salvarte.
Comprendí.
—Isabella.
—Cuando comenzaron los episodios, padre habló de prepararte para asumir parte de mis funciones. Yo sabía que aceptarías.
—Era mi responsabilidad.
—Ese es el problema. Siempre aceptas cuando alguien afirma que te necesita.
—¿Por eso propusiste España?
—Pensé que una vida propia te impediría pasar el resto de la tuya esperando que mi cuerpo volviera a fallar.
—No estoy esperando eso.
—Lo sé.
Alexander apoyó una mano en mi hombro.
—Si Lawson creía que los dos representábamos un riesgo, quería que tu futuro no dependiera de esta Corona. Pensé que tenía razón en una cosa: merecías una salida.
—No sabías lo que estaba haciendo.
—Debí saber que algo estaba mal.
—Confiabas en él.
—Y ahora Evie paga las consecuencias.
La forma en que pronunció su nombre eliminó cualquier distancia.
No era una cantante inconveniente.
Era una mujer en peligro porque su hermano había confiado en el hombre equivocado.
Me senté junto a Alexander en un banco del corredor.
—Nada de esto es culpa tuya.
Soltó una risa amarga.
—Repítelo suficientes veces y quizá alguno de los dos lo crea.
* * *
Dormí dos horas en una habitación de Clarence House.
Cuando desperté, tenía once llamadas perdidas, treinta y siete mensajes y una fotografía de mi rostro dormido enviada por Beatrice.
Debajo había escrito:
La esperanza de Europa.
Respondí:
¿Cómo entraste?
La respuesta llegó inmediatamente:
Soy una princesa. A veces abren puertas.
Cinco minutos después apareció con café, una bolsa de comida y el cabello recogido en un moño desordenado.
—Antes de que preguntes, Bash me dejó pasar.
—Bash disfruta demasiado traicionándome.
Se sentó sobre el borde de la cama.
—¿Cómo está Alexander?
—Durmiendo.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Va a mejorar?
—No lo sé.
Beatrice bajó la vista hacia el café. Sus pestañas ocultaron momentáneamente los ojos.
—Nadie me permite hablar con él.
—No porque no quiera verte.
—Lo sé.
La forma en que lo dijo demostraba que no estaba completamente segura.
Me senté a su lado.
Beatrice apoyó la cabeza sobre mi hombro. El gesto me devolvió durante un instante a cuando era una niña y buscaba mi habitación después de una pesadilla.
—Está asustado —dije—. Y avergonzado. Dale tiempo.
—No debería avergonzarse.
—Díselo cuando lo veas.
—¿Tú se lo dijiste?
—Varias veces.
—Entonces probablemente necesita escucharlo de alguien que no sea un hipócrita.
Le di un golpe suave con el hombro.
Beatrice sonrió.
Después desbloqueó el teléfono.
—Hay una fotografía tuya besando a Evie en todas partes.
—Una transición delicada.
—Pensé que preferirías sufrir de una manera diferente.
Me mostró la imagen.
Evie se aferraba a mi chaqueta y mi mano rodeaba su cintura. Nuestras bocas estaban indiscutiblemente unidas.
No existía un ángulo inocente.
—Asteria quiere que diga que estaba en shock —explicó—. No aceptó.
—¿La sancionaron?
—Convocaron una reunión disciplinaria.
Me puse de pie.
—¿Dónde?
—No vas a presentarte.
—No te pedí permiso.
Beatrice se levantó también.
—Si apareces, confirmas que existe una relación y les entregas otro motivo para castigarla.
Tenía razón.
Lo odié.
—Puedo intervenir mediante la fundación si intentan retirarla de la campaña —añadió—. Sin amenazas y sin mencionar el beso.
—Hazlo.
Mi hermana levantó una ceja.
—Por favor.
—Mucho mejor.
Guardó el teléfono.
—¿Vas a volver a verla?
—No públicamente.
Beatrice se quedó inmóvil.
Había hablado antes de decidir cuánto debía saber.
—Adrien.
—No preguntes.
—Eso nunca ha funcionado conmigo.
—Esta vez tendrá que hacerlo.
—No pienso convertirme en la cómplice de una mentira entre tú, Evie e Isabella.
—No te lo he pedido.
—¿Isabella sabe algo?
—No existe una relación con Isabella.
—Pero existe una negociación.
—Confidencial.
—Para Evie o para tu conveniencia.
—Vete, Beatrice.
La herí.
Deliberadamente.
Mi hermana retrocedió y cruzó los brazos.
—Cuando esto termine mal, no digas que nadie te advirtió.
—Nunca lo hago.
—No. Finges que sabías que ocurriría y por eso no te duele.
Cerró la puerta con suavidad.
Habría preferido que la golpeara.
Porque el silencio me obligó a admitir que ya había decidido volver a ver a Evie.
Y que no pensaba contarle a ninguna de las dos mujeres todo lo que necesitaban saber para decidir si querían verme a mí.
Beatrice continuaba enfadada conmigo cuando abandonó la habitación de Clarence House.
Lo sabía porque cerró la puerta con suavidad.
Mi hermana gritaba cuando quería ganar una discusión. Cuando estaba realmente herida, se volvía silenciosa.
Permanecí sentado sobre el borde de la cama con el café enfriándose entre las manos. Había sido cruel con ella para impedir que continuara preguntando y había funcionado.
Aquello no convertía la estrategia en menos efectiva.
Solo demostraba la clase de hombre que estaba dispuesto a ser cuando alguien se acercaba demasiado a la verdad.
Mi teléfono vibró.
No era Evie.
Julian informaba que la visita programada con Isabella se había trasladado a la National Gallery. La Casa de Valcázar quería mantenerla lejos de Clarence House mientras la policía continuaba revisando los dispositivos de Alexander.
Contesté que llegaría a tiempo.
Después abrí la conversación secreta con Evie.
Su último mensaje continuaba allí:
Entonces nosotros tampoco.
Escribí tres respuestas.
Eliminé las tres.
No sabía cómo decirle que estaba empezando a necesitarla sin utilizar una palabra que pudiera parecer una promesa.
Finalmente guardé el teléfono.
* * *
Isabella me esperaba en la National Gallery.
El museo estaba cerrado al público. Dos integrantes de su equipo permanecían junto a la entrada y varios agentes recorrían las salas contiguas.
Llegué dos minutos tarde.
Isabella consultó el reloj.
—Son míos.
—¿Qué cosa?
—Los dos minutos que acabas de robarme.
Llevaba un traje verde oscuro ajustado en la cintura. Había dejado el cabello negro suelto y los mechones caían en ondas sobre sus hombros. Unos pendientes dorados se movían cuando giraba la cabeza.
—Pensé que las futuras reinas debían fingir paciencia.
—Puedo fingirla frente a un Parlamento. Contigo no me interesa.
Me ofreció el brazo.
Lo acepté.
Caminamos hacia la primera sala. Isabella escuchó a la directora explicar el origen de la colección, formuló preguntas sobre la restauración de un retrato y recordó el nombre del principal patrocinador.
No interpretaba interés.
Lo sentía.
Cuando quedamos solos, se detuvo frente a una pintura de una reina vestida de negro.
—¿Querías besarla?
La pregunta llegó sin introducción.
—¿A la reina del retrato?
—A Evie.
El nombre sonó diferente en su voz.
No hostil.
Preciso.
—Sí.
Isabella continuó contemplando la pintura.
—¿Fue solo una reacción después del accidente?
Pensé en la forma en que Evie me había sujetado la corbata antes de marcharse.
En el roce de su boca contra la comisura de la mía.
—No.
Isabella asintió lentamente.
No le agradaba la respuesta, pero tampoco intentó obligarme a modificarla.
—Gracias por no insultarme con una mentira.
La frase produjo una punzada incómoda.
—No existe un acuerdo entre nosotros —dije.
—Todavía.
—Nuestras familias intercambiaron condiciones. Eso no significa que debamos aceptarlas.
—Yo quiero considerarlas.
Me volví hacia ella.
Isabella mantuvo la mirada sobre el retrato.
—No por obediencia —continuó—. Tampoco porque nuestras coronas necesiten una fotografía conveniente. Quiero saber si tú y yo podemos construir algo.
—¿Por qué?
Se volvió entonces.
La luz gris de Londres entraba por los ventanales y perfilaba sus facciones. Sus ojos color miel no mostraban vergüenza.
—Porque siempre me has atraído.
—Nos vemos dos veces al año.
—Eso no me ha impedido observarte.
Avanzó hacia mí.
—Sé que estudiaste Negocios Internacionales porque necesitabas demostrar que podías ser útil más allá de tu apellido.
Sé que detestas los actos oficiales y, aun así, recuerdas el nombre de cada empleado que trabaja directamente contigo.
Sé que utilizas el sarcasmo para evitar que alguien descubra cuándo tiene poder para hacerte daño.
—Parece que has preparado un informe.
—Me estoy planteando compartir mi vida con un hombre que podría afectar mi reinado. Sería irresponsable no investigar.
—Eso es perturbadoramente romántico.
—No intento ser romántica. Intento ser honesta.
Sus dedos se posaron sobre la baranda que nos separaba del cuadro.
—La fotografía con Evie no hará que me retire.
—No te estoy pidiendo que compitas.
—No necesito que lo hagas.
—Isabella.
—Quiero una oportunidad real. Si después de conocerme decides que no puedes amarme, lo aceptaré. Pero no abandonaré algo que deseo porque otra mujer llegó primero a una calle.
La determinación de su voz me obligó a mirarla de una manera distinta.
Isabella no era una princesa obediente enviada por su familia.
Era una futura reina que había identificado un objetivo y estaba dispuesta a luchar por él.
—¿Y si termino eligiéndola? —pregunté.
El dolor atravesó sus ojos.
No retrocedió.
—Me enfadaré. Te insultaré en dos idiomas y seguiré con mi vida.
—Parece un plan sólido.
—Pero antes voy a asegurarme de que sepas exactamente qué estarías rechazando.
Se acercó hasta quedar frente a mí.
Su perfume, suave y especiado, me rodeó.