CAPÍTULO 5
El hombre que protegía príncipes
La policía entró en el almacén a las doce y cuarenta y tres de la madrugada.
Nosotros permanecimos en Clarence House.
Mi padre lo llamó prudencia.
Bash utilizó una palabra menos diplomática.
Durante cuarenta minutos observamos una pantalla sin imágenes mientras escuchábamos comunicaciones incompletas, órdenes y confirmaciones. Seguridad se negó a transmitir el operativo en directo porque existía la posibilidad de encontrar información médica sobre Alexander.
Mi hermano permanecía sentado frente a la chimenea.
Una manta gris cubría sus piernas y sostenía una taza entre las manos, aunque no había bebido. El cabello castaño caía sobre su frente y la luz del fuego acentuaba las sombras debajo de sus ojos.
Mi madre ocupaba el sillón más cercano. No lo tocaba, pero su cuerpo permanecía inclinado hacia él, preparado para sujetarlo si volvía a perder el equilibrio.
Mi padre caminaba entre la ventana y la puerta.
Cuatro pasos.
Giro.
Cuatro pasos.
Giro.
Jamás lo había visto moverse tanto dentro de una habitación.
A las doce y cincuenta y siete, la unidad confirmó que el edificio estaba vacío.
A la una y siete, encontraron una habitación oculta.
A la una y diecinueve, Bash recibió la primera fotografía.
Estaba apoyado junto a una estantería con el teléfono en una mano. Su mandíbula se tensó antes de que levantara la mirada.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Encontraron archivos sobre la familia.
—¿Qué clase de archivos?
No respondió inmediatamente.
—Bash.
Cruzó la habitación y giró la pantalla.
La fotografía mostraba una pared cubierta de imágenes.
Mi padre saliendo del Parlamento.
Mi madre durante una visita hospitalaria.
Beatrice entrando en la universidad con una mochila sobre un hombro y el cabello recogido en una coleta desordenada.
Alexander frente a una clínica privada.
Yo dentro de un vehículo, en un aeropuerto militar y durante una conferencia económica en Bruselas.
En una fotografía aparecía sentado en la terraza de un restaurante. Había sido tomada durante una reunión sin prensa y mostraba claramente los documentos extendidos sobre la mesa.
Algunas imágenes se habían capturado a cientos de metros.
Otras desde una proximidad imposible.
—¿Desde cuándo nos vigilaba? —pregunté.
—La fecha más antigua visible corresponde a hace catorce meses.
Alexander dejó la taza sobre una mesa lateral.
La porcelana golpeó contra la madera.
—Cuando comenzaron mis episodios.
Mi madre apoyó una mano sobre el brazo de su sillón.
—No significa que Lawson estuviera involucrado desde entonces.
—La propiedad está relacionada con él —respondió Bash—. Todavía no sabemos quién utilizaba el lugar.
Mi padre dejó de caminar.
—No realizarán ninguna atribución hasta contar con pruebas concluyentes.
—Naturalmente —dije—. Nuestra familia solo atribuye responsabilidades sin pruebas cuando la acusada es una cantante extranjera.
Sus ojos se clavaron en mí.
—No es el momento.
—Nunca lo es cuando la observación resulta incómoda.
Bash recibió otra imagen.
Después una tercera.
En una aparecía el escenario de la gala durante el montaje. Había marcas rojas alrededor de las estructuras de iluminación, las salidas y el corredor donde Evie y yo discutimos.
Todo había sido estudiado.
Los horarios.
Los puntos ciegos.
La ruta exacta que ella recorrió después de abandonar la sala protegida.
Me acerqué hasta que la pantalla quedó a pocos centímetros de mi rostro.
—Lawson sabía dónde instalar el dispositivo.
—Y dónde desaparecerían las cámaras —añadió Bash.
—¿Encontraron un arma?
—Piezas compatibles con un sistema de puntería remoto. No el arma.
—¿Munición?
—Todavía no.
—Entonces pudo tratarse de una amenaza simulada.
Alexander pronunció las palabras con dificultad.
No parecía aliviado.
Parecía buscar desesperadamente una explicación que convirtiera a alguien en menos monstruoso.
—Había un láser sobre Evie —dije.
—Lo sé.
—También modificaron la ruta de su vehículo.
—Lo sé, Adrien.
Mi voz había subido.
La suya no.
Mi hermano se puso de pie con esfuerzo. Mi madre extendió una mano, pero Alexander negó antes de que lo tocara.
—Confié en Lawson durante seis años —continuó—. Si hizo esto, necesito comprender por qué.
—No existe una razón capaz de justificarlo.
—Comprender no es justificar.
Me aparté.
Alexander tenía razón.
Aquello me irritó aún más.
Bash recibió una llamada y salió al corredor. Regresó varios minutos después con el rostro endurecido.
—Hay archivos sobre VANTA.
Sentí que la habitación se volvía más fría.
—¿De la gala?
—Anteriores.
—¿Cuánto?
—Al menos seis semanas.
Me puse de pie.
—La participación del grupo no se confirmó hasta hace tres.
—No públicamente —dijo Alexander—. Las conversaciones comenzaron antes.
—¿Qué contienen?
—Horarios, información sobre el hotel, rutas preliminares y perfiles individuales de las cinco integrantes.
—¿Evie tiene uno?
Bash guardó silencio.
—Sí.
Avancé.
—Quiero verlo.
—La policía continúa documentando el lugar.
—Consigue una copia.
—Adrien.
—Alguien reunió información sobre ella antes de que nos conociéramos. Necesito saber por qué.
—No puedes participar directamente en una investigación donde también eres objetivo.
—No quiero dirigirla. Quiero comprender los incentivos.
Mi formación universitaria no podía encontrar a un atacante, pero sí permitía reconocer una estrategia.
Lawson había creado costos para todas las partes.
El Palacio no podía revelar la brecha sin admitir que alguien había penetrado su seguridad.
Asteria no podía reconocer que había expuesto las rutas de VANTA.
Evie no podía defenderse sin enfrentarse a su compañía.
Yo no podía acercarme a ella sin alimentar el escándalo y perjudicar las negociaciones con España.
Cada respuesta posible beneficiaba al responsable.
—No eligió a VANTA al azar —dije—. Necesitaba una organización con alcance mundial, una empresa dispuesta a controlar a sus integrantes y una figura pública cuya reputación pudiera utilizarse contra la Corona.
Mi padre me observó.
—¿Por qué Evelyn Han?
—Era el activo más eficiente.
La palabra me produjo rechazo en cuanto abandonó mi boca.
Alexander también lo notó.
—No hables de ella como si fuera una cifra.
—Intento pensar como Lawson.
—Entonces no permanezcas demasiado tiempo dentro de su cabeza.
Bash miró nuevamente el teléfono.
—El archivo de Evie no es el único. Naomi también tiene uno y todavía no han revisado los demás.
—¿Ella sabe algo?
—No. La policía informará a las representantes legales cuando determine qué puede compartirse.
—Bien.
No quería que Naomi recibiera una grabación por una filtración conveniente ni que Asteria decidiera qué parte conocería Evie.
La información llegaría mediante la investigación.
No mediante otra coincidencia.
—Encontraron archivos de audio —añadió Bash—. El equipo intenta recuperar el contenido.
Alexander se enderezó.
—Quiero escucharlos.
Mi madre tomó su mano.
—No es necesario.
—Hablan de mí.
—Precisamente.
Mi hermano retiró lentamente los dedos.
—Estoy cansado de que todos decidan qué información puedo soportar.
Las palabras produjeron una quietud incómoda.
Había escuchado una versión casi idéntica de Evie.
La verdad también es confidencial.
—Solicitaremos las grabaciones cuando la policía autorice su reproducción —dijo mi padre.
Alexander sostuvo su mirada.
—No es una petición.
El heredero apareció por primera vez aquella noche.
Mi padre asintió.
* * *
La primera grabación llegó a las dos y veinte.
Nos trasladamos a una sala de reuniones. Un investigador dejó un dispositivo sobre la mesa y explicó que el archivo se había encontrado en un ordenador aislado de cualquier red.
—La voz parece pertenecer al señor Lawson —dijo—. Necesitamos una identificación preliminar.
Alexander se sentó entre mi madre y yo.
El investigador inició el audio.
La voz de Peter Lawson llenó la habitación.
Era profunda, serena y demasiado controlada para el contenido de sus palabras.
— Una institución no puede depender de hombres incapaces de comprender el deber. El heredero está enfermo. El segundo hijo es impulsivo y vulnerable a cualquier persona que despierte su necesidad de protección.
Mi padre no reaccionó.
Mi madre cerró una mano sobre el borde de la mesa.
La grabación continuó:
— El príncipe cree que la privacidad es un derecho. No lo es. Un heredero pertenece a la institución. Si para proteger la continuidad debo actuar sin su consentimiento, lo haré.
El investigador detuvo el audio.
Durante varios segundos solo escuchamos el reloj.
—¿Reconoce la voz? —preguntó.
Alexander miró el dispositivo.
—Es Lawson.
—¿Está seguro?
—Trabajó conmigo durante seis años. Siempre hablaba de proteger la institución, no a las personas.
El investigador colocó varias fotografías sobre la mesa.
Una habitación sin ventanas.
Una camilla.
Instrumentos médicos.
Una lámpara blanca.
Alexander se inclinó hacia delante.
El color desapareció de su rostro.
—La habitación.
Mi madre se volvió hacia él.
—¿Qué recuerdas?
—Lawson estaba allí.
—¿Qué hacía? —preguntó el investigador.
Mi hermano levantó una mano hasta la sien.
Los dedos comenzaron a temblar.
—Me tomaba muestras de sangre.
—¿Con su autorización?
—No lo sé. Estaba desorientado.
—¿Había otra persona?
—Sí. Un médico o alguien vestido como uno. Llevaba mascarilla.
—¿Qué quería Lawson?
Alexander cerró los ojos.
Su respiración se volvió superficial.
—Saber si mi condición era hereditaria.
El peso de las palabras cayó sobre mí.
—¿Habló del príncipe Adrien? —preguntó el investigador.
Alexander asintió.
—Dijo que necesitaba averiguar si él también estaba comprometido antes de que la Corona cometiera otro error.
—¿Qué quiso decir con “otro error”?
—No lo sé.
Intentó levantarse.
Sus rodillas cedieron.
Sujeté su cintura antes de que golpeara el suelo. Alexander se aferró a mi chaqueta y apoyó la frente contra mi hombro.
—Se terminó —dije.
El investigador miró a mi padre.
—Necesitamos continuar mientras los recuerdos sean accesibles.
—Mañana.
—Su Alteza…
Me volví hacia él sin soltar a Alexander.
—He dicho que se terminó.
Mi voz no sonó como la del segundo hijo.