CAPÍTULO 4 #3
—¿Me lo estás ordenando?
—Lo estoy ofreciendo.
—¿Y si digo que no?
—Buscaré otra alternativa y fingiré que no me estoy volviendo loco.
Su expresión se suavizó.
Naomi habló con las demás integrantes por teléfono. Después aceptó la residencia por una noche.
—Con una condición —dijo Evie.
—Empiezo a reconocer ese tono.
—La dirección no se compartirá con nadie que no sea indispensable. Ni siquiera con tu familia.
—La reina querrá…
—Entonces encontraremos otro lugar.
Tenía razón.
Eso era lo peor.
—Se lo pediré a seguridad.
—Gracias.
El inspector recibió un mensaje y llamó a Bash hacia un extremo de la sala. Hablaron en voz baja.
Cuando regresó, Bash tenía el teléfono cerrado dentro de la mano.
—Reconstruyeron el código utilizado para entrar en Kensington —informó—. Pertenecía a una credencial de Clarence House desactivada hace cuatro meses.
—¿Lawson? —pregunté.
—Sí.
La coincidencia no demostraba que él la hubiera utilizado. El código pudo ser copiado antes de su desactivación y había otras insignias antiguas sin recuperar.
Pero era la primera conexión verificable.
—¿Dónde está? —preguntó Evie.
—Abandonó el Reino Unido hace dos meses —respondió Bash—. Los últimos registros lo sitúan en Montenegro.
—Entonces no pudo estar en la gala.
—Pudo regresar con otra identidad o entregar el código a otra persona.
Evie se frotó los brazos.
—¿Crees que es el hombre que vi?
—No tenemos suficiente para creer nada —respondí.
Sus ojos se estrecharon.
—Eso ha sonado extrañamente prudente.
—Tengo un título universitario y momentos ocasionales de lucidez.
—¿Qué estudiaste?
—Negocios Internacionales.
—Creí que los príncipes estudiaban guerras antiguas y maneras de sostener una taza.
—La taza fue una asignatura optativa.
Una sonrisa apareció en sus labios.
La observé durante demasiado tiempo.
Naomi también.
* * *
No acompañé a VANTA hasta la residencia protegida.
No pregunté la dirección.
Cualquier solicitud oficial habría dejado un registro.
Evie pasó a mi lado cuando se dirigían a la salida. El movimiento de su brazo rozó mi chaqueta.
Introdujo algo dentro de mi bolsillo.
Nadie pareció notarlo.
Esperé hasta quedar solo.
Era un papel doblado.
Había un número escrito a mano.
Debajo aparecía una frase:
La próxima vez, sin público.
Cerré los dedos alrededor del papel.
No se lo mostré a Bash.
* * *
Alexander me esperaba en Clarence House.
La biblioteca estaba en penumbra. Las cortinas permanecían parcialmente cerradas y la lámpara junto a su sillón era la única luz encendida.
Mi hermano llevaba una camisa blanca abierta en el cuello y pantalones oscuros. El cabello castaño estaba húmedo junto a las sienes y nuevas sombras rodeaban sus ojos.
Intentó levantarse cuando entré.
Perdió el equilibrio.
Llegué hasta él y sujeté sus hombros.
—Estoy bien —murmuró.
—No lo estás.
—Solo fue un mareo.
—Siéntate.
Por una vez, obedeció.
Me arrodillé frente a él y esperé hasta que recuperó el color.
—Ignoraste mis llamadas —dijo.
—Evie había desaparecido.
—Lo sé. Seguridad me informó.
—Está a salvo.
Alexander cerró los ojos.
—Gracias a Dios.
Le entregué agua. Sus dedos temblaron alrededor del vaso.
—¿Qué ocurrió anoche?
—Otro episodio. Recuerdo la gala desde la televisión. Después desperté esta mañana.
—¿Cuánto perdiste?
—Casi nueve horas.
No había irritación en su voz.
Solo vergüenza.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque sabía cómo me mirarías.
—¿Cómo te estoy mirando?
—Como si intentaras calcular cuánto tiempo me queda antes de convertirme en una responsabilidad.
—No pienso eso.
—Padre sí.
—Padre piensa que todos somos una responsabilidad.
—Yo soy el heredero. No puedo permitirme serlo.
Me senté frente a él.
Alexander abrió un cajón y sacó una carpeta.
—Madre te contó lo de Lawson.
—Parte.
—Al principio creí que intentaba protegerme. Después comenzó a revisar mis llamadas, controlar mis reuniones y modificar desplazamientos sin consultarme.
Me entregó los informes.
Había una reclamación formal presentada cuatro meses antes. Las fechas coincidían con el despido.
—Cuando comenzaron los episodios, dejó de verme como una persona —continuó—. Me convertí en un riesgo que debía controlar.
Pensé en Evie.
En cómo la había bloqueado dentro del corredor afirmando que intentaba protegerla.
—Utilizaron su antigua credencial para entrar al palacio.
El miedo apareció en el rostro de Alexander.
—¿Lawson regresó?
—No lo sabemos.
Mi hermano llamó a Marcus Vale.
Su jefe de gabinete entró casi inmediatamente. Tenía unos cuarenta años, cabello oscuro con canas en las sienes y la discreción de un hombre entrenado para desaparecer dentro de una habitación.
—Entrega todos mis dispositivos y registros a la policía —ordenó Alexander—. También los archivos relacionados con Lawson.
Marcus vaciló.
—Eso podría exponer información médica.
—No importa. Si alguien utiliza mi oficina para amenazar a Adrien, deben revisarlo todo.
No estableció condiciones.
No protegió su secreto.
En aquel momento no vi un posible responsable.
Vi a mi hermano dispuesto a entregar su intimidad para mantenerme con vida.
—Lo siento por Isabella —añadió cuando Marcus salió.
—Ayudaste a organizar el acercamiento.
—Sugerí que escucharas la propuesta.
—¿Porque quieres enviarme a España?
Pareció herido.
—Quiero que tengas una vida que no dependa de esperar que yo falle.
—No estoy esperando eso.
—Lo sé. Siempre aceptas cuando alguien afirma que te necesita y después finges que no importa cuánto sacrificas.
Aparté la mirada.
—Habla con Isabella —continuó—. Si no quieres las condiciones, recházalas. Pero decide por ti. No para castigar a padre ni para protegerme.
Marcus apareció en la puerta.
—La princesa acaba de llegar.
* * *
Isabella de Valcázar permanecía frente a los ventanales del salón principal.
Era alta, de piel cálida y cabello negro recogido en un moño bajo. Sus ojos color miel contrastaban con las facciones elegantes y una boca suave que parecía incapaz de ocultar completamente lo que pensaba.
Llevaba un traje marfil y pendientes antiguos.
La recordaba hermosa.
No recordaba que su presencia pudiera dominar una habitación.
Se volvió.
—Adrien.
—Isabella.
Avanzó y me abrazó antes de que el protocolo decidiera por nosotros.
—No pienso hacer una reverencia después de seis horas de vuelo —murmuró.
—Eso podría provocar un incidente diplomático.
—Esperaba que lo hiciera.
Cuando se apartó, mantuvo las manos sobre mis brazos.
—Pareces agotado.
—Tú pareces decepcionantemente descansada.
—Duermo en los aviones. Es mi principal habilidad política.
Alexander entró junto a Marcus. Isabella lo abrazó con cuidado y observó su palidez, pero no hizo preguntas delante del personal.
Después de que él se retirara, quedamos solos.
—La publicación de tu cuenta —dije—. ¿La escribiste?
—No. Mi equipo actuó sin consultarme. Ya reemplacé a la persona responsable.
No pidió disculpas por ocupar un lugar dentro del escándalo.
Había identificado el problema y lo había resuelto.
—No vine a atacar a Evie —añadió.
—Lo sé.
—La defiendes con rapidez.
—No la defiendo.
—Naturalmente.
Isabella se acercó y corrigió la solapa de mi chaqueta. Sus dedos permanecieron sobre mi pecho más tiempo del necesario.
—Quiero dejar algo claro —dijo—. No he venido para interpretar a una prometida obediente mientras nuestras familias negocian.
—Me alegra escucharlo.
—He venido porque quiero saber si podríamos funcionar.
—¿Por deber?
—En parte.
Levantó los ojos.
—También porque siempre me has atraído.
La honestidad me sorprendió.
—Isabella…
—No tienes que responder hoy. Pero tampoco esperes que me retire porque besaste a otra mujer.
—Viste la fotografía.
—Todo el planeta la vio.
—Lo siento.
—No necesito compasión.
Alzó el mentón.
—Si termino perdiéndote, será después de que hayas tenido una razón real para elegirme.
—Esto no es una competencia.
—Solo las personas que creen estar ganando dicen eso.
Tomó una copa de la mesa y me ofreció otra.
Mi teléfono vibró dentro del bolsillo.
El número escrito por Evie aparecía por primera vez en la pantalla.
¿Sigues pensando en el beso?
Isabella permanecía frente a mí.
Respondí:
Solo cuando respiro.
La contestación llegó inmediatamente.
Entonces deja de respirar.
Guardé el teléfono sonriendo.
Isabella lo advirtió.
—Ella.
No era una pregunta.
—Sí.
Tomó un sorbo.
—Bien.
—¿Bien?
—Ahora sé contra qué estoy luchando.
* * *
Poco antes de medianoche encontraron la motocicleta.
Había sido abandonada dentro de un estacionamiento. Debajo del asiento hallaron una cartera perteneciente a Peter Lawson y una antigua identificación de protección real.
Demasiado conveniente.
Sin embargo, el siguiente descubrimiento eliminó parte de mis dudas.
Una dirección vinculada con la motocicleta correspondía a un almacén al este de Londres.
Alexander leyó el documento y dejó caer la taza.
La porcelana se rompió junto a sus pies.
—Conozco ese lugar —susurró.
Me arrodillé frente a él.
—¿Por qué?
Su rostro había perdido todo el color.
—Estuve allí durante el episodio de Escocia.
—¿Quién te llevó?
Alexander cerró los ojos.
—Lawson.
Bash salió dando órdenes.
Yo mantuve una mano sobre el hombro de mi hermano mientras intentaba recuperar el aire.
Todas las pruebas conducían al mismo hombre.
Y mientras Alexander temblaba bajo mis dedos, no vi a un posible sospechoso.
Vi a mi hermano.
A una víctima.
A la persona a la que creía que siempre llegaría a tiempo para salvar.
Todavía no comprendía que llevaba toda la vida mirando en la dirección equivocada.