CAPÍTULO 4 #2
—Mi hermano.
—Parece insistente.
—Es una característica familiar.
—Debes responder.
—Lo haré cuando estés dentro del vehículo.
Evie bajó de la ambulancia y se colocó frente a mí.
—No soy tu responsabilidad.
—Lo sé.
—No parece.
—Acabas de besarme como si mi presencia fuera una necesidad médica. Permíteme unos minutos de confusión.
El color ascendió por su cuello.
—Eso no volverá a ocurrir.
—Mentirosa.
—Arrogante.
—Cobarde.
Sus ojos ardieron.
Me sujetó por la corbata y me obligó a inclinarme hasta que nuestros rostros quedaron separados por unos centímetros.
—La próxima vez no me detendré.
—Eso esperaba.
Su boca rozó la comisura de la mía.
No llegó a besarme.
Fue deliberadamente peor.
—Procura que no haya cámaras —susurró.
Me soltó y se dirigió hacia Naomi.
La puerta del vehículo policial se cerró entre ambos.
Bash se colocó a mi lado.
—¿Debo fingir que no escuché?
—Sería un gesto de amistad.
—Estás pensando en volver a verla en secreto.
—No sé de qué hablas.
—Naturalmente.
Mi teléfono vibró otra vez.
Esta vez no era Alexander.
Una cuenta anónima acababa de publicar la fotografía del beso.
La imagen mostraba la mano de Evie en mi cabello y la mía aferrada a su cintura. Nuestros cuerpos estaban demasiado unidos para permitir una interpretación inocente.
El contador ya superaba las cincuenta mil reproducciones.
—Mierda —dijo Bash.
—Esta noche deberíamos empezar a ser más específicos.
—¿Qué harás?
Observé la puerta detrás de la cual Evie había desaparecido.
La respuesta correcta era regresar al Palacio, emitir un comunicado y no volver a acercarme a ella.
Guardé el teléfono.
—Primero descubriré quién modificó la ruta.
—No fue lo que pregunté.
—Es la única respuesta que tendrás.
Caminé hacia nuestro vehículo.
Ya había decidido volver a ver a Evie.
La fotografía solo significaba que tendría que aprender a hacerlo sin que nadie pudiera encontrarnos.
La comisaría estaba a seis minutos del lugar del accidente.
El trayecto duró catorce.
La fotografía de nuestro beso convirtió las calles cercanas en un laberinto de vehículos de prensa. Dos motocicletas siguieron al convoy hasta que la policía bloqueó una intersección y nos permitió entrar por un acceso lateral.
Evie y Naomi fueron trasladadas en un vehículo distinto.
Yo llegué con Bash.
—No necesitas estar aquí —dijo mientras atravesábamos el pasillo.
—Quiero conocer la declaración del conductor.
—La policía te informará.
—Quiero escucharla.
—Eso podría contaminar la investigación.
—No pienso interrogarlo.
Bash me dirigió una mirada.
—¿Qué?
—Esa frase sería más convincente si no caminaras como si estuvieras buscando una habitación donde golpear a alguien.
Disminuí el paso.
No porque tuviera razón.
Porque dos agentes se habían vuelto hacia mí.
Nos condujeron hasta una sala privada. Las paredes eran grises, las sillas estaban unidas al suelo y el café de una máquina cercana olía como si hubiese sido preparado antes de mi nacimiento.
Asteria llegó diez minutos después.
Primero aparecieron dos abogados. Después un responsable de prensa y una mujer cuya función parecía consistir en repetir que todo debía mantenerse confidencial.
—La señorita Han no emitirá declaraciones adicionales —anunció uno de ellos.
—La policía acaba de solicitar una segunda entrevista —respondió Bash.
—Me refería a los medios.
—Entonces quizá debería decírselo a los medios.
El hombre me miró.
—Su Alteza, la fotografía requiere una respuesta inmediata.
—La tiene.
—¿Cuál?
—La fotografía muestra lo ocurrido.
Su rostro perdió parte del color.
—Debemos establecer que la señorita Han se encontraba alterada después del accidente.
—Lo estaba.
—Y que usted intentaba tranquilizarla.
—También.
—Entonces coincidimos.
—No. Usted pretende utilizar su miedo para afirmar que el beso no significó nada.
El abogado ajustó el puño de la camisa.
—La vida privada de nuestros artistas está sujeta a determinadas normas de conducta.
—Mi vida privada también. Eso no le otorga derecho a inventarla.
—El beso puede perjudicar al grupo.
—El vehículo de su compañía cambió de ruta después de recibir una instrucción falsa. Me preocuparía más descubrir quién intentó matarlas que controlar cómo reaccionó Evie después.
—No existe evidencia de un intento de homicidio.
—Tampoco existía evidencia de una vulneración dentro del palacio hasta que apareció el dispositivo.
El responsable de prensa intervino:
—Si ambas partes coordinan una explicación, podemos reducir el impacto.
—No publicaré nada que presente a Evie como una mujer incapaz de decidir a quién besa.
La puerta se abrió.
Evie se encontraba al otro lado.
Había escuchado.
Llevaba un vendaje pequeño sobre la mejilla y se había quitado el abrigo. El suéter oscuro resaltaba la palidez de su piel. Naomi permanecía detrás, con el brazo inmovilizado dentro de un cabestrillo.
Los abogados se volvieron.
—Evie, deberías continuar en la sala asignada.
—No soy una niña.
—Nadie ha dicho eso.
—Lo dices cada vez que hablas de mí como si no estuviera presente.
Evie entró y cerró la puerta. Caminó hasta quedar junto a mí, aunque mantuvo varios centímetros entre ambos.
—No voy a decir que Adrien me besó sin mi consentimiento —declaró.
El responsable de prensa juntó las manos.
—Nadie propone utilizar esas palabras.
—Solo quieren que parezca eso.
—Queremos protegerte.
Evie soltó una risa sin humor.
—¿De él o de las consecuencias de mi propia decisión?
El hombre no respondió.
Ella cruzó los brazos.
El gesto hizo que su hombro rozara el mío.
Ninguno se apartó.
—Fui yo quien lo besó —continuó—. Estaba asustada, pero sabía lo que hacía.
—No necesitas explicar nada más —dije.
Evie giró hacia mí.
—Tampoco necesito que respondas por mí.
—Lo sé.
—Entonces deja de hacerlo.
—Estaba hablando con ellos antes de que entraras.
—Y sigues teniendo una explicación para todo.
—Es una consecuencia de estudiar negociaciones.
—No. Es una consecuencia de que no soportas perder el control.
Sus palabras encontraron su objetivo.
Los representantes de Asteria nos observaban como si nuestra discusión fuera otra fotografía que pudieran vender.
Me incliné hacia Evie.
—No discutiremos esto delante de ellos.
—¿Eso es una orden?
—Una sugerencia.
—Parecía una orden.
—Entonces debes estar empezando a conocerme.
Sus ojos descendieron hacia mi boca.
El movimiento fue rápido.
Los presentes lo vieron de todos modos.
Naomi se interpuso.
—Podrán continuar intentando destruir sus vidas después de que terminemos con la policía.
* * *
Ginny llegó cuarenta minutos más tarde.
No traía un ordenador ni una agenda. Llevaba el maletín de trabajo y un abrigo negro sobre el traje. Sus trenzas estaban recogidas en una cola alta y sus ojos ámbar parecían especialmente poco tolerantes.
—Tengo una audiencia en dos horas —dijo—. ¿Qué necesitas legalmente?
Le mostré los mensajes, la fotografía de la camioneta y la publicación del beso.
—Quiero preservar las pruebas fuera del control de Asteria y del Palacio.
—Puedo solicitar copias certificadas y una cadena de custodia independiente.
—Asteria intenta controlar la declaración de Evie.
—No puedo representarla sin que ella lo solicite y sin comprobar un posible conflicto de intereses.
—¿Qué conflicto?
—Tú.
—No soy un conflicto.
—Esa frase podría convertirse en el lema de tu familia.
Evie salió de la sala de entrevistas acompañada por Naomi. Se detuvo al ver a Ginny.
—Lady Harcourt.
—Señorita Han.
—¿Trabaja para el Palacio?
—No. Soy la abogada personal de Adrien.
—Y su mejor amiga —añadí.
—Cuando se comporta de manera tolerable.
Evie miró de Ginny a mí.
—Entonces no deben verse demasiado.
La comisura de los labios de Ginny se movió.
—Adrien me pidió que protegiera legalmente las pruebas. Para asesorarla necesitaría su autorización. También puedo recomendarle una abogada que no tenga relación con la Corona ni con Asteria.
Uno de los representantes de la compañía avanzó.
—Nuestro equipo se ocupará de todo.
Evie no lo miró.
—Quiero asesoría independiente.
—Eso podría contradecir las condiciones de cooperación establecidas en tu contrato.
Ginny se volvió lentamente.
—Si su contrato impide que una posible víctima de un delito reciba asesoría jurídica independiente, me encantará leerlo.
El representante guardó silencio.
Evie extendió la mano.
—¿Tiene una tarjeta?
Ginny se la entregó.
—No firme nuevas declaraciones ni entregue sus dispositivos sin que su abogada revise la solicitud.
—Gracias.
Ginny miró su reloj.
—Ahora debo marcharme.
—¿No vas a ordenar el resto de mi día? —pregunté.
—Tienes un secretario privado. Intenta no despedirlo.
Se alejó por el corredor.
Evie siguió su movimiento.
—Me agrada.
—A todo el mundo le agrada más que yo.
—¿Te sorprende?
* * *
El inspector nos reunió después de entrevistar al conductor.
Era un hombre bajo, de cabello gris y ojeras profundas. Colocó una tableta sobre la mesa.
—El conductor recibió un mensaje mediante el sistema interno de Asteria —explicó—. Indicaba que existía una concentración de periodistas cerca del hotel y debía utilizar una ruta alternativa.
—¿Quién lo envió? —preguntó Naomi.
—La cuenta pertenece al departamento europeo de seguridad.
Uno de los ejecutivos negó con la cabeza.
—Nadie de nuestro equipo autorizó el cambio.
—Entonces alguien accedió a su sistema —dije.
—Eso aún debe confirmarse.
—¿Qué otra explicación existe?
—Un error administrativo.
Evie soltó una risa vacía.
—Casi nos matamos por un error administrativo.
El hombre se acomodó las gafas.
—La motocicleta también podría haber sido una coincidencia.
Naomi dio un paso hacia él.
—Nos siguió durante seis calles.
—No podemos afirmarlo sin pruebas.
—Yo puedo —respondió Evie—. Estaba allí.
El inspector levantó una mano.
—Investigaremos ambas posibilidades. Por ahora, asignaremos una escolta hasta el hotel.
—No regresaremos allí —dijo Naomi.
El ejecutivo de Asteria se volvió.
—La residencia alternativa todavía no está preparada.
—Podemos ofrecer una propiedad protegida —intervine—. No estará dentro del palacio ni pertenecerá a mi familia. La dirección quedará limitada al equipo operativo.
Evie me observó.