CAPÍTULO 4
La ruta equivocada
El nombre de Alexander continuó brillando en la pantalla.
No respondí.
—¿Tenemos el vehículo? —pregunté.
Bash mantenía una mano presionada contra el auricular mientras nuestro automóvil atravesaba el tráfico. Las luces azules de la escolta se reflejaban sobre los edificios y teñían su rostro de destellos intermitentes.
—Una unidad está a menos de un minuto de la última ubicación.
—Dijiste dos.
—El conductor más cercano decidió ignorar varias normas de tránsito.
—Asegúrate de que reciba una felicitación de mi parte.
—Preferiría que no quedara constancia escrita.
Me sujeté del asiento cuando el vehículo giró bruscamente. El cinturón se tensó sobre mi pecho. Afuera, los automóviles se apartaban con retraso y los peatones volvían la cabeza hacia nosotros.
El teléfono dejó de sonar.
Cinco segundos después, Alexander volvió a llamar.
Lo rechacé.
—Tu hermano parece decidido a hablar contigo —comentó Bash.
—Tendrá que esperar.
Observé nuevamente la fotografía enviada desde la motocicleta.
La camioneta de VANTA ocupaba el centro. En el reflejo de la ventanilla se distinguía parcialmente el rostro de Evie. Tenía la cabeza vuelta hacia atrás, como si hubiera percibido que la observaban.
El responsable no solo las había seguido.
Se había colocado lo suficientemente cerca para fotografiarla.
Presioné el pulgar contra la pantalla y amplié la imagen hasta que los píxeles deformaron sus facciones.
—Adrien.
No reaccioné.
—Adrien —repitió Bash con mayor firmeza—. Guarda el teléfono.
—No.
—No puedes encontrarla mirando una fotografía.
—No me interesa recibir consejos emocionales de un hombre que guarda una botella de whisky dentro de un botiquín.
—Es para desinfectar heridas.
—La bebes directamente.
—Me preocupo por mi interior.
El automóvil volvió a girar.
Bash escuchó algo a través del auricular.
—Tenemos la camioneta.
Me incorporé.
—¿Evie?
—Todavía no lo sé.
—Pregunta.
—El agente continúa asegurando la zona.
—Pregúntale.
Bash me miró.
Debió de encontrar algo en mi rostro porque no discutió.
—Unidad tres, confirme el estado de los pasajeros.
Solo escuché estática desde donde estaba sentado.
Después una voz demasiado distorsionada para comprenderla.
—Dos mujeres fuera del vehículo —tradujo Bash—. Conscientes. El conductor también está vivo.
—¿Dos?
—Todavía no tienen identificaciones.
—Había cuatro personas atrás.
—La segunda camioneta siguió la ruta original. En esta viajaban Evie y Naomi.
El aire regresó parcialmente a mis pulmones.
No era suficiente.
Necesitaba verla.
El automóvil giró hacia una calle estrecha y frenó detrás de dos vehículos policiales.
La camioneta de VANTA estaba atravesada junto a una barrera de hormigón. La parte delantera había chocado contra uno de los bloques. Una puerta permanecía abierta y varios fragmentos de vidrio cubrían el pavimento húmedo.
Abrí antes de que nuestro conductor terminara de detenerse.
Bash me sujetó del brazo.
—Espera.
—Suéltame.
—No sabemos si la zona es segura.
—Entonces compruébalo mientras camino.
—Adrien.
—Bash.
Nos miramos durante un segundo.
Sus dedos se aflojaron.
—Al menos mantente detrás de los agentes.
—Naturalmente.
Me liberé y avancé delante de ellos.
Dos policías interrogaban al conductor. El hombre estaba sentado junto a la acera con las manos apoyadas sobre las rodillas y un corte en la frente. Otro agente hablaba con uno de los guardias de Asteria.
No vi a Evie.
El miedo se convirtió en algo sólido dentro de mi estómago.
—¿Dónde están las pasajeras?
El agente más cercano se volvió. Reconoció mi rostro y necesitó un segundo para decidir si debía saludarme.
—Al otro lado del vehículo, señor.
Rodeé la camioneta.
Evie apareció desde la parte trasera.
Estaba de pie.
Consciente.
Viva.
Tenía el cabello desordenado y pequeños fragmentos de vidrio atrapados entre los mechones oscuros. Un corte fino atravesaba su mejilla derecha. Había perdido un pendiente y el cuello del abrigo estaba torcido.
Naomi caminaba detrás de ella presionándose un hombro. Su mandíbula estaba tensa por el dolor, pero se sostenía sin ayuda.
Evie me vio.
Durante un segundo ninguno se movió.
Sus ojos recorrieron mi rostro como si necesitara comprobar que yo también era real.
Después corrió.
Chocó contra mi cuerpo y rodeó mi cuello con los brazos.
La fuerza me obligó a retroceder. La sujeté por la cintura y la levanté parcialmente del suelo. Sus botas rozaron el pavimento antes de que volviera a apoyarlas.
Evie escondió el rostro contra mi cuello.
Su respiración estaba rota.
Sentí la humedad de sus lágrimas sobre la piel antes de comprender que estaba llorando.
—Pensé que no llegarías —murmuró.
Apreté los brazos alrededor de ella.
Una de mis manos se extendió sobre su espalda. La otra subió hasta su nuca y se enredó en su cabello.
—Yo también.
Todo lo demás desapareció.
Los agentes.
La camioneta.
Las voces.
Los teléfonos al otro lado de la calle.
Solo existía el peso de su cuerpo contra el mío y la certeza brutal de que, durante varios minutos, había creído que jamás volvería a sentirlo.
Evie levantó el rostro.
Tenía las pestañas húmedas. Una lágrima descendía junto al corte de la mejilla.
La limpié con el pulgar, cuidando de no tocar la herida.
—¿Te golpeaste la cabeza?
—No.
—¿Estás segura?
—Adrien.
—¿Qué?
—Deja de hablar.
Me besó.
No hubo pregunta.
No hubo advertencia.
Su boca encontró la mía con la misma furia con la que cantaba cuando el mundo intentaba silenciarla.
La sorpresa duró menos de un segundo.
Después dejé de intentar ser razonable.
La atraje con mayor fuerza y le devolví el beso.
Evie abrió los labios. Una de sus manos se hundió en mi cabello mientras la otra se cerraba sobre mi chaqueta. Tiró de mí como si quisiera eliminar cualquier distancia que todavía existiera.
Sabía a café, miedo y algo salado.
Sus lágrimas.
No fue un beso delicado.
Fue alivio convertido en hambre.
Una confirmación.
Una rendición.
Deslicé la mano desde su nuca hasta la línea de la mandíbula. Evie inclinó el rostro y volvió a besarme con mayor profundidad. Su cuerpo se arqueó contra el mío y un sonido bajo escapó de su garganta.
Algo dentro de mí, contenido durante días por cámaras, amenazas y una cantidad ofensiva de protocolo, terminó de romperse.
Olvidé dónde estábamos.
Olvidé quiénes éramos.
Solo sentí sus dedos tirando de mi cabello y el pulso descontrolado bajo la palma que mantenía sobre su cuello.
Un claxon sonó en la calle.
Después escuché la voz de Bash.
—No quisiera interrumpir este conmovedor ejercicio de cooperación internacional, pero alguien acaba de intentar provocar un accidente.
Evie se apartó.
No completamente.
Sus manos continuaron sobre mi pecho. Las mías permanecieron en su cintura.
Nos miramos.
La realidad regresó por partes.
La policía.
Naomi.
Los guardias.
Tres personas grabando desde la acera.
Los labios de Evie estaban enrojecidos. Los míos probablemente también.
—Nos vieron —dijo.
Miré alrededor.
—Sí.
—Mierda.
—Esa también fue parte de mi reacción.
—Había cámaras.
—Siempre las hay.
—Adrien.
—No voy a fingir que lo lamento.
Sus ojos se oscurecieron.
—Yo tampoco.
La respuesta volvió a encender el deseo.
Incliné otra vez la cabeza.
Evie apoyó una mano sobre mi boca.
—No.
Besé el centro de su palma.
La retiró como si la hubiese quemado.
—No hagas eso.
—¿Por qué?
—Porque estamos en una calle.
—No pareció preocuparte hace treinta segundos.
—Hace treinta segundos creía que iba a morir.
—Una defensa difícil de discutir.
Naomi se acercó.
Era más alta que Evie y el cabello negro, cortado junto a la mandíbula, se había pegado a un lado de su rostro. Mantenía un brazo inmóvil contra el cuerpo.
—¿Han terminado?
Evie cerró los ojos.
—Naomi…
—No te juzgo. Solo necesito saber si debo pedir una ambulancia o una habitación.
Bash tosió para ocultar una risa.
—La ambulancia —dije—. Deben revisarlas.
—Estoy bien —respondió Evie.
Estuve a punto de decir que eso lo decidiría un médico.
Vi la advertencia en sus ojos antes de pronunciarlo.
—Te recomiendo que permitas que te revisen —me corregí—. La decisión es tuya.
Su expresión se suavizó.
—Estás aprendiendo.
—El deseo de evitar que me odies resulta sorprendentemente educativo.
Naomi negó con la cabeza.
—Voy a fingir que el golpe me impide comprenderlos.
* * *
Los paramédicos atendieron a Evie y Naomi dentro de una ambulancia.
Naomi tenía una contusión en el hombro y varios cortes menores. Evie acumulaba heridas superficiales y suficiente adrenalina para iluminar Londres.
Permanecí junto a la puerta mientras una paramédica retiraba los fragmentos de su cabello con unas pinzas.
Cada vez que nuestros ojos se encontraban, regresaba el recuerdo de su boca.
Evie lo sabía.
La manera en que apretaba los labios para contener una sonrisa la traicionaba.
—Deja de mirarme —dijo.
—Compruebo que continúes consciente.
—Tu interés no parece médico.
—Nunca he afirmado que lo fuera.
La paramédica ocultó una sonrisa y se concentró en el corte de su mejilla.
Un guardia de Asteria se aproximó.
—Señorita Han, debemos trasladarla al hotel.
La ligereza desapareció de su rostro.
—Primero declararé ante la policía.
—La compañía enviará un representante para coordinarlo.
—No necesito que alguien declare por mí.
—Recibimos instrucciones de evitar cualquier exposición adicional.
—Acabamos de chocar porque alguien nos siguió. La exposición ya ocurrió.
El guardia me miró buscando apoyo.
Evie lo vio.
—No le preguntes a él.
—No lo hice.
—Lo miraste como si necesitara su permiso.
El hombre abrió la boca.
No encontró una respuesta compatible con la conservación de su empleo.
—Evie ha tomado una decisión —dije—. Escúchala.
Su sorpresa duró apenas un segundo.
—Gracias.
—Estoy intentando que mi crecimiento emocional sobreviva hasta la cena.
—No seas demasiado ambicioso.
Un agente se acercó para informar que las declaraciones se tomarían en una comisaría cercana.
Mientras Bash coordinaba el traslado, mi teléfono vibró.
Alexander había enviado dos mensajes.
Me informaron de lo ocurrido. ¿Estás bien?
¿Evie está a salvo?
Guardé el dispositivo.
—¿Era Isabella? —preguntó Evie.