Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 3 #3
13%

CAPÍTULO 3 #3

Como si hubiera escuchado su nombre, mi secretario se acercó.

—La Casa de Valcázar confirmó que la princesa llegará a las veinte horas. La visita se mantiene en carácter privado.

—¿Motivo?

—Su equipo considera conveniente adelantar los compromisos culturales.

Mentira diplomática.

España quería controlar la historia antes de que el escándalo creciera.

—Prepararé el horario cuando termine aquí —dije.

Julian me observó.

—Ya existe un horario preliminar.

—Entonces lo revisaré.

—El rey…

—Estudié durante cuatro años para reconocer cuándo una agenda es en realidad un contrato. No asistiré a nada que no haya aprobado.

Julian inclinó la cabeza.

—Naturalmente.

Beatrice esperó hasta que se alejó.

—No utilices a Evie como excusa para rechazar a Isabella.

—No lo hago.

—Entonces ¿por qué estás enfadado porque llega?

El ruido exterior me salvó de responder.

VANTA había llegado.

* * *

Los gritos atravesaron los cristales.

Naomi salió primero del vehículo, seguida por las otras integrantes. Llevaba un abrigo negro largo y recorrió el perímetro con una mirada rápida antes de caminar hacia la entrada.

Evie apareció al final.

El viento levantó su cabello, recogido en una coleta alta. Llevaba un abrigo color crema ajustado en la cintura, pantalones negros y botas de tacón bajo. Se detuvo junto a la barrera para recibir flores de una niña.

Su sonrisa para los admiradores era luminosa.

Perfecta.

Cuando atravesó las puertas y me vio, aquella sonrisa desapareció.

Otra ocupó su lugar.

Pequeña.

Privada.

Mucho más peligrosa.

—Su Alteza —saludó.

—Señorita Han.

Evie se quitó los guantes dedo por dedo.

—Conseguiste mantener las manos lejos durante casi dieciocho horas.

—Fue una experiencia dolorosa.

Sus ojos descendieron hasta mi vendaje.

—Parece que sobreviviste.

—Con secuelas emocionales.

—Eso requeriría emociones.

—Anoche parecías convencida de que poseía al menos una.

—Anoche estaba cansada.

—Naturalmente.

Naomi apareció detrás de ella.

—¿Necesitan quedarse solos para terminar esta conversación?

—No —respondió Evie.

—Sí —dije al mismo tiempo.

Naomi me miró sin humor.

Beatrice se acercó y abrazó a Evie con una familiaridad que me sorprendió. Evie se inclinó para corresponder el gesto y su rostro se suavizó.

—Gracias por lo de anoche —dijo.

—No hice nada.

—Asteria retiró la disculpa después de que la fundación pidiera explicaciones.

Beatrice levantó las manos.

—Solo formulé preguntas.

—Mi hermana utiliza las preguntas como otras personas utilizan explosivos —expliqué.

Evie sonrió.

El sonido de su risa fue más bajo que en la reunión. Beatrice dijo algo sobre la campaña y ambas comenzaron a caminar hacia el salón.

Me quedé observándolas.

—No la mires así —murmuró Naomi.

—¿Así cómo?

—Como si ya fuera tuya.

La advertencia me irritó porque describía exactamente lo que Beatrice había intentado explicarme.

—No creo que lo sea.

—Todavía peor. Los hombres como tú suelen confundir querer algo con merecerlo.

Evie volvió la cabeza desde el otro extremo del corredor.

Me encontró mirándola.

En lugar de apartar los ojos, sostuvo mi mirada y se humedeció lentamente el labio inferior.

Quizá Naomi tuviera razón.

No la consideraba mía.

Pero comenzaba a querer que lo fuera.

* * *

Nos sentamos con un grupo de adolescentes que participaba en un programa de apoyo emocional.

Evie habló sobre la presión de crecer bajo las expectativas de otras personas. No utilizó frases ensayadas ni convirtió su experiencia en una historia inspiradora.

Les dijo que algunas mañanas todavía no quería levantarse.

Que había aprendido demasiado tarde a pedir ayuda.

Que ser fuerte no significaba sentirse bien todo el tiempo.

Mientras hablaba, se inclinaba hacia cada joven. Apoyaba los antebrazos sobre las piernas y mantenía contacto visual, como si en la habitación solo existiera la persona frente a ella.

La mujer del escenario sabía dominar una multitud.

Aquella versión sabía escucharla.

—¿Y usted? —me preguntó un muchacho—. ¿Alguna vez siente que no puede cumplir con lo que esperan?

Julian habría preferido una respuesta sobre honor y servicio.

Mi padre habría negado la premisa.

Evie me observaba desde el otro lado del círculo.

—Todos los días —respondí.

El muchacho pareció sorprendido.

—Pero usted es príncipe.

—Precisamente.

Algunos rieron.

—Cuando naces dentro de una institución antigua, muchas personas deciden quién debes ser antes de que aprendas a hablar. El problema comienza cuando confundes sus expectativas con tu identidad.

—¿Y cómo sabe cuál es su identidad? —preguntó una niña.

Miré mis manos.

El vendaje.

La cicatriz sobre el nudillo.

La vida completa diseñada antes de que pudiera elegirla.

—Todavía no lo sé.

Esta vez nadie rió.

No había planeado decirlo.

Quizá por eso sonó verdadero.

Cuando levanté los ojos, Evie continuaba mirándome.

No había deseo en su expresión.

Había comprensión.

Aquello resultó más íntimo que tocarla.

* * *

Durante la actividad artística nos asignaron una mesa con seis jóvenes y un lienzo demasiado grande.

La tarea consistía en pintar algo que representara la libertad.

Uno dibujó un avión. Otra pintó un campo. Evie trazó un escenario vacío.

Yo sostuve el pincel durante varios segundos.

—¿Necesitas instrucciones de emergencia? —preguntó.

—Nadie me dio una instrucción. Me entregaron un pincel sin explicación.

Reconoció sus propias palabras del corredor.

—La próxima vez pediré que el posible artista rellene un formulario.

—Y la próxima vez programaré mi crisis creativa para no incomodar a la Corona.

Sonrió.

Un fotógrafo capturó el momento.

—Eso terminará en todas partes —murmuró.

—Podemos discutir si quieres equilibrar la narrativa.

—Tu pintura será suficiente.

Había producido una forma gris que parecía un animal muerto.

—Es una tormenta.

—Parece una patata.

—Una patata atrapada en una tormenta.

—Profundo.

Un adolescente volcó accidentalmente un recipiente con agua. Evie intentó levantarse, pero la pata de su silla se enganchó en la lona.

Extendí la mano.

Me detuve antes de tocarla.

—¿Puedo?

Evie miró mis dedos.

Después mi rostro.

—Sí.

La ayudé a ponerse de pie.

Su mano permaneció dentro de la mía después de que recuperara el equilibrio.

Evie pasó el pulgar sobre mi nudillo vendado.

El gesto era invisible para las cámaras detrás de nuestros cuerpos.

Me acerqué a su oído.

—Estás jugando con fuego.

—Tú comenzaste.

—Yo corté la música.

—Exactamente.

Sus dedos abandonaron los míos lentamente.

Beatrice me envió un mensaje desde el fondo:

Deja de mirarla como si quisieras devorarla. Hay menores presentes.

Guardé el teléfono sin responder.

* * *

La visita concluyó sin incidentes.

Los periodistas formularon dos preguntas aprobadas. Evie confirmó que habíamos resuelto el desacuerdo. Yo agradecí la participación de VANTA.

Ninguno mintió completamente.

Cuando nos dirigíamos hacia la salida, Julian se acercó.

—La princesa Isabella llegará esta noche.

Evie escuchó.

La calidez desapareció de su rostro.

—Creí que llegaría la próxima semana.

—También nosotros.

—Entonces deberías irte.

—Todavía no aterriza.

—Pero lo hará.

—Esa suele ser la función de los vuelos.

—Gracias por la visita, Su Alteza.

—Evie.

—La prensa está fuera.

—No aquí.

Naomi la llamó desde la puerta.

Evie se acercó antes de marcharse. Su cuerpo rozó el mío y sus labios quedaron junto a mi oído.

—No olvides dónde dejaste la mano.

El deseo me tensó por completo.

—¿Es una promesa?

—Una advertencia.

—Para ti parecen lo mismo.

Sus labios rozaron accidentalmente mi mejilla cuando se apartó.

No fue un beso.

Mi cuerpo no apreció la diferencia.

Evie salió.

Beatrice apareció a mi lado.

—Esto terminará muy mal.

—Nadie te preguntó.

—Por eso mis opiniones son gratuitas.

El teléfono de Bash sonó.

Respondió y perdió toda expresión.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—El vehículo de VANTA cambió la ruta. El conductor recibió una instrucción interna de Asteria, pero nuestro equipo no la autorizó.

Marqué el número de Evie.

Atendió al cuarto tono.

—¿Adrien?

Escuché motores.

—Tu conductor cambió la ruta sin autorización.

—Dijo que había periodistas cerca del hotel.

—Comparte tu ubicación.

—No vuelvas a darme órdenes.

Cerré los ojos.

—Tienes razón. Por favor, envíamela para que seguridad verifique el recorrido.

Silencio.

Después apareció el punto en la pantalla.

—Hay una motocicleta detrás de nosotros —susurró.

—¿Desde cuándo?

—Desde que salimos del centro.

Bash ya daba órdenes por radio.

—¿Puedes ver al conductor?

—Casco negro. No tiene matrícula.

Un motor rugió al otro lado de la llamada.

—Evie.

No respondió.

Escuché a Naomi gritar.

Después un golpe.

Metal contra hormigón.

—¡Evie!

La conexión se cortó.

Su ubicación avanzó durante tres segundos.

Después desapareció.

Bash abrió la puerta de un vehículo.

—La escolta está a dos minutos.

—Dos minutos es demasiado.

Mi teléfono vibró.

Una fotografía mostraba la camioneta de VANTA desde la motocicleta. El rostro de Evie era visible detrás del cristal.

Debajo aparecía un mensaje:

No siempre podrás llegar a tiempo.

Beatrice leyó por encima de mi hombro y perdió todo el color.

—Ve con Julian —le dije.

—Adrien…

—Por favor.

Aquella palabra consiguió lo que una orden no habría logrado.

Mi hermana retrocedió.

Subí al automóvil junto a Bash.

Mientras avanzábamos hacia la última ubicación, Alexander llamó desde Clarence House.

Ignoré la llamada.

En aquel momento no pensé en mi hermano, Isabella ni la Corona.

Solo en Evie.

Solo en la posibilidad de que aquella emboscada hubiera terminado de otra manera.

Apenas la conocía.

No era amor.

Era miedo, culpa y una necesidad de protegerla que todavía no sabía ejercer sin invadir su espacio.