Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—No existe ninguna aventura.

—Entonces ¿por qué parece que acabas de recibir el único número de teléfono que importa en Londres?

Antes de que pudiera responder, apareció un mensaje.

Cinco minutos. Sin representantes, abogados ni madres con corona.

El pulso se me aceleró.

Respondí:

Mi madre rara vez usa la corona en hoteles. Daña los marcos.

Los tres puntos aparecieron.

Cuatro minutos.

Beatrice intentó ver la pantalla.

La giré.

—¿Quién era?

—Julian.

—Julian no utiliza signos de puntuación cuando está enfadado.

—Tienes una relación preocupante con mi secretario.

—Y tú estás sonriendo.

Toqué mi boca.

La sonrisa desapareció.

No porque hubiera dejado de sentirla.

Porque Evie acababa de pedirme que regresara y mi primer impulso había sido obedecer.

* * *

La encontré en una sala contigua al comedor privado.

No informé a mi madre.

Julian creyó que había regresado a Kensington.

Bash me acompañó hasta el hotel, pero permaneció en el automóvil y no preguntó por qué había cambiado la ruta.

Evie había dejado la puerta entreabierta.

Entré y la cerré.

Llevaba un suéter negro de cuello amplio y pantalones oscuros. El cabello estaba suelto, ligeramente ondulado en las puntas, y la venda de su palma era más pequeña.

Había dos tazas de café sobre una mesa.

—¿Una es para mí?

—Era para Naomi.

—¿Dónde está?

—Dijo que si pensaba interrogar a un príncipe debía hacerlo sin testigos para poder negar cualquier intento de homicidio.

—Me agrada.

—A ella tú no.

Evie permaneció de pie.

No me ofreció asiento.

—¿Qué había sobre el escenario?

—Todavía no lo sabemos.

—Tú viste algo.

—Un punto rojo sobre tu vestido.

Su rostro perdió color.

La mano sana se cerró alrededor de su cintura.

—¿Un láser?

—Eso creo.

—Entonces alguien pudo intentar dispararme.

—O hacer que pareciera posible.

—Qué tranquilizador.

—No pretendía que lo fuera.

Evie se volvió hacia la ventana y apartó la cortina unos centímetros. Miró el estacionamiento antes de cerrarla nuevamente.

—Vi a un hombre cerca del escenario —dijo—. Tendría unos cincuenta años. Cabello gris, traje oscuro y una acreditación azul.

—Las acreditaciones de la gala eran blancas.

—La suya llevaba un círculo dorado con dos letras.

Tomó una servilleta y escribió:

A. H.

Las iniciales de Alexander Hawthorne.

Mantuve el rostro inmóvil.

—Es el emblema utilizado por el equipo de Clarence House.

—Entonces trabajaba para tu hermano.

—O quería que creyéramos eso.

—¿Hay alguna diferencia para mí?

—La habrá cuando sepamos a quién pertenecía la insignia.

Evie levantó la mirada.

—¿Tu hermano estaba realmente enfermo?

La pregunta me tensó.

—Sí.

—¿Tiene relación con esto?

—No puedo hablar de Alexander.

—Otra puerta cerrada.

—Su información no me pertenece.

—Pero mi información sí parece pertenecerles a todos.

La rabia regresó, aunque esta vez no estaba dirigida únicamente a mí.

—La fotografía llegó a mi número privado —continuó—. Asteria asegura que nadie lo compartió.

—Alguien miente.

—¿Tu familia?

—Probablemente. No sé si sobre esto.

Evie soltó una risa breve.

Un mechón cayó sobre su mejilla.

Extendí la mano y lo aparté detrás de su oreja.

Mis dedos rozaron su piel.

Ella quedó inmóvil.

—No pediste permiso —susurró.

—No.

—¿No aprendiste nada?

—Aprendí que debería detenerme.

Mi mano continuaba junto a su rostro.

—Pero no lo haces.

—Tú tampoco te apartas.

Evie sujetó mi muñeca.

No para retirarla.

Su pulgar recorrió lentamente el interior, sobre el latido que ya no podía controlar.

La caricia fue mínima.

Deliberada.

—La visita de mañana continúa —dijo.

—Puedes cancelarla.

—No permitiré que alguien decida dónde puedo aparecer.

—Esa lógica es atractiva hasta que intentan matarte.

Sus ojos brillaron.

—¿Atractiva?

—La lógica.

—Naturalmente.

Apoyó la palma sobre mi pecho.

El calor atravesó la camisa.

—No voy a besarte.

—No te lo he pedido.

—Estabas a punto.

—Podría sorprenderte.

—Hasta ahora has resultado decepcionantemente predecible.

Deslicé los dedos desde su cabello hasta la línea de su mandíbula.

Evie inhaló.

Su cuerpo se inclinó apenas hacia el mío.

—Dime que me detenga.

—Deberías detenerte.

—No es lo mismo.

La puerta se abrió.

Naomi asomó la cabeza.

Sus ojos pasaron de la mano de Evie sobre mi pecho a mis dedos junto a su rostro.

—Los cinco minutos terminaron.

Evie se apartó.

—No ocurrió nada.

Naomi levantó una ceja.

—Eso parece todavía más preocupante.

Me dirigí hacia la puerta.

Antes de salir, Evie habló:

—Adrien.

Me volví.

Continuaba junto a la mesa, con los labios entreabiertos y una mano cerrada alrededor de la muñeca que yo había tocado.

—Mañana no intentes salvarme.

—No prometo cosas que no pienso cumplir.

—Eso no era una petición.

—Entonces tenemos un problema.

Su mirada se volvió más oscura.

—Varios.

Salí.

Caminé por el corredor sin mirar atrás.

Si lo hacía, regresaría.

Y la próxima vez una puerta abierta no habría sido suficiente para detenerme.

El Centro Juvenil de Southwark ocupaba un antiguo edificio de ladrillos cerca del río.

Había sido renovado con donaciones privadas, fondos municipales y una cantidad ofensiva de placas con nombres de personas que probablemente jamás habían cruzado sus puertas.

Llegué cuarenta minutos antes.

No porque estuviera especialmente comprometido con la puntualidad.

Porque había dormido tres horas y permanecer solo en Kensington significaba pensar en Evie dentro de aquella sala.

En su mano sobre mi pecho.

En la forma en que había sostenido mi muñeca y acariciado el pulso con el pulgar.

En lo que habría ocurrido si Naomi tardaba otro minuto.

Bash ya había revisado el edificio dos veces. Caminaba por el salón principal con el abrigo abierto y un auricular transparente detrás de la oreja. Dos integrantes de su equipo comprobaban las ventanas mientras agentes de la policía metropolitana inspeccionaban los accesos.

Julian coordinaba a la prensa desde el vestíbulo. Sostenía una carpeta contra el pecho y daba instrucciones sin elevar la voz. El traje azul oscuro no mostraba una sola arruga, aunque llevaba despierto casi tanto tiempo como yo.

—La entrada principal se cerrará cuando llegue VANTA —informó—. Los fotógrafos permanecerán detrás de la línea marcada y las preguntas estarán limitadas al final de la actividad.

—¿Quién conoce el recorrido?

—El equipo operativo, los responsables del centro y los representantes de Asteria.

—Demasiadas personas.

—Son las mínimas necesarias.

—Esa expresión debería estar prohibida después de una vulneración de seguridad.

Julian apretó la carpeta.

—También se prohibió que usted emitiera declaraciones personales.

—Las prohibiciones han tenido una semana difícil.

Bash se acercó y me entregó una tableta.

—Seguridad revisó las antiguas insignias de Clarence House. Siete no fueron devueltas después de que sus propietarios dejaran el servicio.

Deslicé el dedo por la lista.

El nombre de Peter Lawson aparecía en la cuarta posición.

—¿Encontraron la suya?

—No.

—¿Los otros seis?

—Cuatro fueron destruidos, uno se perdió durante un traslado y otro pertenecía a un empleado fallecido.

—Entonces Lawson no es el único.

—No.

—¿Por qué figura como no devuelta?

—Se negó a entregarla después de su despido. Afirmó que la había extraviado.

—Conveniente.

—No constituye una prueba.

—Ginny estaría orgullosa.

—Ginny me llamó a las seis para recordarme exactamente eso.

Devolví la tableta.

—Evie no está identificada como fuente.

—Solo el investigador principal y yo conocemos su declaración.

—¿Asteria?

—Sabe que una testigo vio un distintivo. No cuál de sus artistas.

Asentí.

Era lo máximo que podía pedir sin intervenir formalmente.

—¿Algo más? —preguntó Bash.

—No.

Sus ojos descendieron hacia mi mano.

Había vuelto a vendarla. El corte tiraba cada vez que cerraba los dedos.

—Mientes —dijo.

—Empiezas a pasar demasiado tiempo con mi familia.

—¿La viste anoche?

—La vi en la reunión.

—No pregunté eso.

—Entonces formulaste mal la pregunta.

Bash se colocó frente a mí.

—Si vas a acercarte a ella, necesito saberlo.

—Por seguridad.

—Porque eres mi mejor amigo y tienes la capacidad emocional de una puerta cerrada.

—Ginny ocupa el cargo de amiga ofensivamente honesta.

—Podemos compartirlo.

—No ocurrió nada.

—Eso tampoco responde.

Antes de que pudiera replicar, una voz conocida surgió detrás de nosotros.

—Está enamorado.

Me volví.

Beatrice avanzaba por el salón acompañada por la directora del centro. Llevaba pantalones de pierna ancha, una blusa azul y el cabello rubio recogido en una trenza que caía sobre su hombro.

—No estoy enamorado —dije.

La directora abrió los ojos con sorpresa.

Beatrice sonrió hacia ella.

—Disculpe. Mi hermano tiene dificultades con las palabras sencillas.

La mujer decidió ocuparse de otra zona.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Este programa pertenece a uno de mis patronatos. Algunas personas leemos la agenda.

—No necesitas permanecer durante toda la visita.

—Tú tampoco y, sin embargo, llegaste cuarenta minutos antes.

Bash fingió recibir una llamada y se alejó.

Cobarde.

Beatrice se colocó a mi lado y examinó el salón. Varios jóvenes preparaban materiales sobre mesas cubiertas con papel.

—¿La viste anoche?

—Esa pregunta empieza a aburrirme.

—Sí.

—No he respondido.

—No era necesario.

—No ocurrió nada.

—Entonces ¿por qué tienes la misma expresión que pusiste durante una semana después de besar a Charlotte Pembroke?

—Tenía diecisiete años.

—Yo tenía cinco. Incluso entonces eras dramático.

—Charlotte me rompió la nariz.

—Porque besaste a su hermana al día siguiente.

—Nunca afirmé haber tomado decisiones impecables.

Beatrice se volvió hacia mí.

—Evie no es Charlotte.

—Gracias por la información.

—E Isabella tampoco.

—No existe nada con ninguna de las dos.

—Todavía.

Mi hermana observó la entrada.

—Madre me contó que Isabella adelantará el viaje.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

La noticia produjo una reacción distinta de la esperada.

No miedo.

Irritación.

Isabella ni siquiera había aterrizado y ya parecía interponerse entre Evie y algo que todavía no existía.

—¿Por qué no me informaron?

—Julian recibió el mensaje hace diez minutos.